SERMÓN 302

Traductor: Pío de Luis Vizcaíno, OSA

Tema: Vida temporal, vida eterna; no dañar a los malos; estar en paz con todos.
Lugar:
Hipona.
Fecha:
10 de agosto, fiesta de San Lorenzo. En torno al año 400.

1. Hoy es la fiesta solemne del bienaventurado mártir Lorenzo. Las lecturas escuchadas se ajustan perfectamente a la solemnidad. Hemos oído, cantado y acogido con suma atención la lectura evangélica. Sigamos, pues, las huellas de los mártires, imitándoles para que no sea inútil la celebración de sus fiestas. ¿Quién ignora los méritos del mencionado mártir? ¿Quién le oró sin conseguir lo que pedía? ¡A cuántos hombres débiles les obtuvo con sus méritos hasta los beneficios temporales que él desdeñó! Beneficios que les fueron concedidos no para que permaneciesen en su debilidad, sino para que, a partir de la concesión de esos favores terrenos, surja el amor que les lleve a apetecer otros mejores. Con frecuencia, el padre concede a sus hijos pequeños juguetes sin mayor valor para que no lloren si no los reciben. La benevolencia benigna y paterna les da y les otorga esas cosas que no quiere continuar viendo en manos de sus hijos ya mayorcetes y crecidos. Da, pues, nueces a los hijos a quienes reserva la herencia. La piedad paterna se doblega ante los niños juguetones, que se deleitan con tales juguetes, para que no desfallezca la debilidad propia de la edad. Se trata de hacerles caricias más que de edificarlos. Qué edificaron los mártires, qué pudieron conseguir, de qué se apropiaron con corazón magnánimo y por qué derramaron su sangre, lo acabáis de oír en el evangelio: Grande es vuestra recompensa en los cielos1.

2. Sin embargo, amadísimos, puesto que hay dos vidas, una antes de la muerte y otra después, ambas tuvieron y tienen sus amantes. ¿Qué necesidad hay de describir cómo es esta breve vida? Todos hemos experimentado cuan llena está de aflicciones y lamentaciones; cómo está rodeada de tentaciones y rebosante de temores, abrasada por las pasiones y sometida a los imprevistos; cómo la adversidad le causa dolor, y la prosperidad temor; las ganancias la hacen saltar de gozo y las pérdidas la atormentan. Y aun en el mismo gozo de las ganancias tiembla ante el temor de perder lo adquirido y de que a causa de ello comiencen a ir tras él, lo que no ocurría antes de la adquisición. Verdadera la desdicha y falsa la felicidad. El humilde desea ascender y el elevado teme descender. Quien no tiene envidia a quien tiene; quien tiene desprecia a quien no tiene. ¿Quién explicará con palabras la fealdad tan grande y tan a la vista de esta vida? Y, sin embargo, esta fealdad tiene amantes tales que ojalá encontráramos algunos, aunque fueran muy pocos, que amasen la vida eterna que nunca acaba, como ellos aman ésta, que tan rápidamente se agota, y que, si se alarga, es para renovar día a día el temor de que se acabe a cada momento. ¿Qué he de hacer? ¿Cómo he de obrar? ¿Qué puedo decir? ¿Con qué punzadoras amenazas, con qué ardientes exhortaciones moveremos los corazones duros, perezosos y helados por el hielo del pasmo terreno para que sacudan de una vez la modorra del mundo y se inflamen en el amor de lo eterno? ¿Qué, repito, he de hacer? ¿Qué puedo decir? Se me ocurre entre tanto que los mismos acontecimientos cotidianos me están advirtiendo y sugiriendo lo que he de deciros. Pasa, si te es posible, del amor de esta vida temporal al amor de la eterna, la que amaron los mártires, que despreciaron esta temporal. Os ruego, os suplico, os exhorto, no sólo a vosotros, sino también a mí mismo, a amar la vida eterna. A pesar de que se merezca mayor amor, sólo pido que la amemos como aman la vida temporal sus amantes, no ya como la amaron los santos mártires, pues éstos no la amaron en absoluto o muy poco y con facilidad le antepusieron la eterna. No he mirado, pues, a los mártires cuando dije: «Amemos la vida eterna como se ama la temporal»; como aman la vida temporal sus amantes, así hemos de amar nosotros la eterna, de la que el cristiano se proclama amador.

3. En efecto, no nos hemos hecho cristianos por esta vida temporal. ¡Cuan numerosos son los cristianos arrebatados prematuramente y los hombres sacrílegos que aguantan en esta vida hasta la edad decrépita! Mas también muchos de éstos mueren antes de lo esperado. Muchas son las pérdidas de los cristianos y muchas las ganancias de los malvados; pero también muchas las pérdidas de los malvados y muchas las ganancias de los cristianos. Muchos, igualmente, los honores para los impíos y muchos los desprecios para los cristianos; pero también muchos los honores para los cristianos y muchos los desprecios para los impíos. Siéndoles, pues, comunes estos bienes y estos males, ¿acaso, hermanos, hemos consagrado nuestro nombre a Cristo y sometido nuestra frente a tan gran señal cuando nos hicimos cristianos para evitar estos males o para conseguir estos bienes? Eres cristiano y llevas en tu frente la cruz de Cristo, y este sello muestra lo que profesas. Cuando él colgaba de la cruz —cruz que tú llevas en la frente; no te deleita por ser un recuerdo del patíbulo, sino por ser signo de quien de él pendió—; cuando él, repito, pendía de la cruz, miraba a quienes se ensañaban contra él, soportaba a quienes le insultaban, oraba por sus enemigos. Al morir él, el médico, sanaba con su sangre a los enfermos. Dijo en efecto: Padre, perdónales, porgue no saben lo que hacen2. No fueron inútiles e infecundas estas palabras. Miles de entre ellos creyeron luego en Cristo, a quien habían dado muerte, y aprendieron a sufrir por quien sufrió antes por ellos y bajo ellos. Por esta señal, hermanos, por este carácter que recibe el cristiano incluso al hacerse catecúmeno, a partir de una y otra cosa se comprende por qué somos cristianos: no en atención a las cosas temporales y pasajeras, sino para evitar los males que nunca pasarán y para conseguir los bienes que no conocerán fin.

4. Sin embargo, hermanos, como había comenzado a decir, como os había amonestado y propuesto, os suplico que consideréis —y yo con vosotros— cómo aman esta vida temporal sus amantes. ¡Cuan grande es el temor que tienen a la muerte hombres que han de morir! Supón que estáis viendo a un hombre temblar, huir, buscar las tinieblas, procurarse una defensa, suplicar, postrarse delante de alguien; entregar, si le es posible, cuanto tiene para que se le conceda vivir, para vivir un día más, para alargar durante algún tiempo la incierta duración de sus días. ¡Cuántas cosas no hacen los hombres! ¿Quién hace algo parecido por la vida eterna? Dirijámonos a un amante de la vida presente: —¿Qué haces? ¿Por qué te apresuras, por qué tiemblas, por qué huyes y buscas las tinieblas? —Para vivir —responde. —¿Es cierto que para vivir? ¿Para vivir por siempre? —No. —Entonces no buscas eliminar la muerte, sino diferirla. Tú que tanto te afanas por morir un poco más tarde, haz algo para no morir nunca.

5. ¡Cuántos son los que dicen: «Llévese el fisco mis bienes con tal de morir más tarde», y cuan pocos los que dicen: «Llévese Cristo mis cosas para nunca morir»! Y, sin embargo, ¡oh amante de la vida temporal!, si se los lleva el fisco, te deja sin ellos en este mundo; si se los lleva Cristo, te los guarda en el cielo. Pensando en esta vida, quieren tener los hombres con qué vivir, y por ella están dispuestos a dar hasta aquello con lo que viven. Con tal de vivir, das incluso lo que te reservas para vivir, aun a riesgo de morir de hambre. Y, no obstante, dices: «Lléveselo; ¿qué me importa? Prefiero mendigar.» Das lo que sostiene tu vida y estás dispuesto a mendigar para vivir. Estás dispuesto a entregar las cosas que te son necesarias y a mendigar en este mundo, ¿y no estás dispuesto a entregar lo que tienes de superfluo y a reinar con Cristo? Te lo ruego, pon en la balanza una y otra cosa. Si se halla en tu corazón alguna balanza fiel, sácala, pon en sus platillos estas dos cosas v pésalas: mendigar en este mundo y reinar con Cristo. No hay nada que pesar; en comparación con lo último, lo primero no es contrapeso. Nada habría que pesar aunque hubiese dicho: «Reinar en este mundo y reinar con Cristo.» Me arrepiento de haberte invitado a comparar ambas cosas, pues no hay nada en absoluto que comparar. ¿De qué sirve al hombre ganar todo el mundo si es con detrimento de su alma?3 Quien no sufra detrimento en su alma será quien reine con Cristo. ¿Quién reina en este mundo con tranquilidad? Suponte que uno tiene el reino asegurado; ¿acaso lo tiene para siempre?

6. Considerad lo que os propuse antes: ¡qué amantes tiene la vida presente, vida temporal, breve y fea; qué amadores tiene! Con frecuencia, el hombre se torna mendigo por ella y se queda desnudo. ¿Le preguntas por qué? Así te responderá: «Para vivir.» ¿Qué amaste y qué amas? ¿Adonde llegaste? ¿Qué vas a decir, mal y perverso amante? ¿Qué vas a decir a esta tu amada? Dile algo, háblele, halágala si puedes. ¿Qué puedes decirle? «Tu belleza me condujo a esta desnudez.» Ella grita: «Soy fea, y ¿me amas?; soy dura, y ¿me abrazas?; soy fugaz, y ¿tratas de seguirme?» He aquí lo que te responde tu amada: «No me quedaré contigo, y, si estoy a tu lado un poco, no permaneceré contigo; pude desnudarte, pero no hacerte feliz.»

7. En consecuencia, dado que somos cristianos, imploremos el auxilio del Señor nuestro Dios contra las ternuras de esa mala amante y amemos la hermosura de aquella vida que ni ojo ha visto, ni oído escuchado, ni ha subido al corazón del hombre. Esta es la que ha preparado Dios para quienes le aman4, y esa vida es el mismo Dios. Habéis aclamado y suspirado por ella. Amémosla intensamente. Concédanos el Señor amarla. Derramemos ante él nuestras lágrimas no sólo para llegar a poseerla, sino también para amarla. ¿Qué consejo puedo daros? ¿Qué puedo mostraros? ¿He de presentaros, acaso, libros para mostraros cómo estas cosas son inciertas, pasajeras, casi nada, y cuan cierto es lo que está escrito: ¿Qué es vuestra vida? ¿Un vapor que aparece un instante y luego se disipa?5 Ayer vivía, hoy ya no existe; hace poco que se le veía, ahora no hay nadie a quien ver. Se conduce al sepulcro a un hombre: los acompañantes vuelven tristes, pero se olvidan luego. Se dice: «¡Qué poca cosa es el hombre!» Y esto lo dice el hombre mismo, pero no se corrige, a fin de ser algo y dejar de ser nada. Los mártires fueron amantes de esta vida y llegaron a poseerla. Poseen lo que amaron, pero lo poseerán más abundantemente tras la resurrección de los muertos. Con sus grandes sufrimientos nos allanaron este camino.

8. San Lorenzo fue un archidiácono. Según se cuenta, el perseguidor le reclamó las riquezas de la Iglesia; motivo por el cual sufrió lo que nos causa horror oír. Tendido sobre una parrilla, fue quemado en todos sus miembros y torturado con el tormento atrocísimo de las llamas. Sin embargo, superó todos los sufrimientos corporales con la enorme fortaleza de la caridad, ayudándole quien lo había hecho así. Pues somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para realizar las buenas obras que preparó Dios para que caminemos en ellas6. Para inflamar la cólera del perseguidor no con el deseo de encenderla, sino deseando encarecer a la posteridad su propia fe y mostrar cuan tranquilo iba a la muerte, dijo: «Acompáñenme vehículos para traer en ellos las riquezas de la Iglesia». Le llegaron los vehículos, los llenó de pobres y los mandó volver, diciendo: «He aquí las riquezas de la Iglesia.» Y así es, hermanos; las grandes riquezas de los cristianos son las necesidades de los pobres, si es que comprendemos dónde debemos guardar lo que poseemos. Ante nuestros ojos están los necesitados; si lo guardamos en ellos, no lo perdemos. No tememos que nadie nos lo quite, pues lo guarda el mismo que nos lo dio. No podemos encontrar mejor guardián ni más fiel promisor.

9. Pensando en todo esto, no seamos perezosos en imitar a los mártires si queremos que nos sean de provecho las solemnidades que celebramos. Siempre os he exhortado a lo mismo, hermanos; nunca he cesado ni callado al respecto. La vida eterna es digna de ser amada, y la terrena, merecedora de desprecio. Hay que vivir bien y esperar el bien. El malo ha de convertirse; una vez convertido, ha de ser instruido, y, una vez instruido, ha de ser perseverante. Pues quien persevere hasta el final, ése se salvará7.

10. Pero dicen: «Son muchos los malos que hacen mucho mal.» ¿Y qué quieres tú? ¿Acaso esperas que obre el bien quien es malo? No busques uvas en las espinas; te está vedado. De la abundancia del corazón habla la lengua8. Si algo puedes, si tú personalmente ya no eres malo, desea que el malo se convierta en bueno. ¿Por qué te ensañas contra los malos? «Porque son malos», respondes. Te sumas a su número al mostrarte cruel con ellos. Te doy un consejo: ¿Te desagrada quien es malo? Atento, no haya dos. Si se lo echas malamente en cara, te unes a él, aumentas el número mientras le condenas. ¿Quieres vencer el mal con el mal? ¿Quieres vencer la maldad con la maldad? Entonces habrá ya dos malicias a vencer. ¿No das oídos al consejo de tu Señor, que te dice por boca del Apóstol: No te dejes vencer por el mal, sino vence el mal a fuerza de bien?9 Quizá él es peor; pero, dado que tú eres malo, sois ya dos malos. Mi deseo es que al menos uno fuera bueno. Finalmente, se le maltrata hasta la muerte. ¿Por qué también incluso después de ella, cuando ese castigo ya no le afecta nada al malo, y lo único que se consigue es ejercitar la malicia del otro malo? Esto es propio de un demente, no de uno que quiere hacer justicia.

11. ¿Qué puedo deciros, hermanos; qué puedo deciros? ¡Ojalá os desagraden esos tales! Pero ¿es que puedo pensar que os agradan? ¡Lejos de mí el pensar eso de vosotros! Pero es poco el que os desagraden; poco es. Todavía se os debe exigir algo más. Que nadie diga: «Dios sabe que yo no lo hice; sabe Dios que yo no lo hice y que no quise que se hiciera.» He aquí que has mencionado dos cosas: que no lo hiciste y que no quisiste que se hiciera. Esto es poco todavía. Es ciertamente poco el no haberlo querido, si es que no lo impediste. Los malos tienen sus propios jueces, tienen sus autoridades, de quienes dice el Apóstol: No en vano trae la espada, pues en su cólera es vengador de quien obra el mal10. Mal que, si lo cometes, ha de infundirte temor, pues no sin motivo trae la espada. ¿Quieres no temer a quien tiene autoridad? Haz el bien, y recibirás alabanza de ella11.

12. Dirá alguien: «Según eso, ¿qué mal había cometido el santo Lorenzo para recibir la muerte de manos de la autoridad? ¿Cómo se ha cumplido en él estas palabras? Haz el bien, y recibirás alabanza de ella, si por hacer el bien sólo consiguió que lo atormentasen?» Si el santo mártir Lorenzo no recibiese alabanza de la autoridad, no sería honrado en el día de hoy, ni sería ensalzado ni alabado por nosotros con tantos elogios. Recibe, pues, alabanza de ella aun sin quererlo ella. En efecto, el Apóstol no dice: «Haz el bien, y te alabará la autoridad misma.» Todos los apóstoles y mártires hicieron el bien, y, sin embargo, las autoridades no los alabaron, antes bien les dieron muerte. Por tanto, si hubiese dicho: «Haz el bien, y te alabará», te habría engañado. Pero él midió las palabras, las eligió, las pesó, las templó y las pulió. Examina lo que escuchaste: Haz el bien, y recibirás alabanza de ella; en el caso de que se trate de una autoridad justa, recibirás alabanza de ella, alabándote ella personalmente. Si, por el contrario, se trata de una autoridad malvada, al morir por la fe, por la justicia y la verdad recibirás alabanza de ella aun maltratándote ella. Aunque ella no te alaba, recibirás alabanza de ella, en cuanto que te ofrece la ocasión para ser alabado. Haz, pues, el bien; tendrás alabanza y gozarás de seguridad.

13. «¡Pero ese malhechor hizo tanto daño, oprimió a tantos y a tantos redujo a la mendicidad y a la indigencia!» El tiene sus jueces, tiene sus autoridades. El Estado tiene su organización. Las autoridades existentes fueron establecidas por Dios12. ¿Por qué te ensañas tú con él? ¿Qué poder has recibido? Tales actos no son suplicios públicos, sino latrocinios al descubierto. ¿Qué decir, pues? Considerad los diversos grados de la jerarquía. A nadie, sino a quien tiene esa función específica, le es lícito herir al destinado al suplicio y condenado, sobre cuya cabeza está a punto de caer la espada. Entra en acción el verdugo, y sólo él hiere al condenado. Si el notario hiere al condenado ya conducido al patíbulo, ¿no es él asesino del condenado y se le juzga como a un homicida? Ciertamente, aquel a quien dio muerte había sido ya condenado y destinado al suplicio; pero herir mortalmente de forma ilegal es un homicidio. Y si es un homicidio dar muerte sin autorización a un condenado, ¿qué es, os ruego, querer herir a uno que aún no ha sido sometido al interrogatorio ni juzgado; querer herir a un hombre malo sin tener autoridad ninguna para ello? No estoy defendiendo a los malos ni afirmando que los malos no son malos. Eso queda en manos de los jueces. ¿Por qué tú, que no llevas el peso de la autoridad, quieres juzgar la mala voluntad ante una muerte ajena? Dios te ha quitado la responsabilidad de ser juez; ¿por qué usurpas lo que es de otro? Da razón de tu propia conducta.

14. «¡Oh Señor, cómo heriste los corazones de los hombres crueles cuando dijiste: Quien esté sin pecado arroje contra ella la primera piedra!13 Punzados en sus corazones con esta palabra dura y afilada, reconocieron sus conciencias y se ruborizaron ante la justicia que estaba presente; marchándose uno tras otro, dejaron sola a aquella mujer digna de compasión. Pero no estaba sola la acusada; con ella estaba también el juez; no para juzgarla, sino para otorgarle misericordia. Una vez alejados los demás, quedaron solos la miserable y la misericordia. Y el Señor le dice: —¿Nadie te ha condenado? Le respondió: —Nadie, Señor. Tampoco yo, le dijo, te condeno; vete y en adelante no peques más14.»

15. «¡Pero este soldado me ha hecho tanto mal!» Quisiera saber si no harías tú lo mismo si fueses soldado como él. Tampoco yo quiero que los soldados hagan cosas tales como afligir a los pobres; no lo quiero; quiero que también ellos escuchen el evangelio. El hacer bien no lo prohíbe la milicia, sino la malicia. Llegando unos soldados al bautismo de Juan, le preguntaron: —Y nosotros, ¿qué hemos de hacer? Juan les responde: —No hagáis extorsión a nadie ni denunciéis falsamente; básteos vuestro salario15. Así ha de ser, hermanos; si los soldados fuesen así, sería dichoso hasta el Estado; pero a condición de que también el recaudador de impuestos fuese como indica el evangelio. Le preguntaron los publícanos, es decir, los recaudadores de impuestos: «Y nosotros, ¿qué hemos de hacer?» Se les respondió: No cobréis más de lo que tenéis establecido16. Fue aleccionado el soldado, fue aleccionado el recaudador; séanlo también los tributarios6. Tienes una exhortación dirigida a todos: ¿Qué haremos todos?17 Quien tenga dos túnicas, dé una a quien no la tiene; haga lo mismo quien tiene alimentos18. Quiero que oigan los soldados lo que ordenó Cristo; oigámoslo también nosotros, pues Cristo es tanto nuestro como de ellos, y Dios lo es de ellos y nuestro al mismo tiempo. Escuchémoslo todos y vivamos concordes en la paz.

16. «Me ha vejado en mis negocios.» ¿Te comportaste tú como debías en tu profesión de negociante? ¿No defraudaste nunca a nadie? ¿Nunca juraste en falso? ¿No has dicho: «Juro por quien me lo trajo, por el mismo mar, que lo he comprado en tanto», no siendo cierto? Hermanos, os lo voy a decir más claramente y, en cuanto me lo conceda el Señor, con toda libertad: no se muestran crueles con los malos sino los malos. Otra es la necesidad de la autoridad. En efecto, con frecuencia el juez se ve obligado a desenvainar la espada, aunque no quiera herir. Personalmente, hubiera deseado que la sentencia permaneciera incruenta; pero quizá no quiso que se quebrantara el orden público. Todo ello era exigencia de su profesión, de su autoridad y de la necesidad que lo ata. ¿A ti qué te toca sino rogar a Dios: Líbranos del mal?19 ¡Oh tú, que dijiste: Líbranos del mal! Líbrete Dios de ti mismo.

17. En fin de cuentas, hermanos, ¿para qué detenernos en más ejemplos? Todos somos cristianos; pero yo llevo una carga mayor y más peligrosa. Con frecuencia se habla de mí: «¿A qué tendrá que ir a casa de tal autoridad? ¿Qué busca el obispo en ella?» Y, sin embargo, vosotros sabéis que son vuestras necesidades las que me obligan a ir adonde no quiero, a observar, a aguardar de pie a la puerta, a esperar mientras entran dignos e indignos, a hacerme anunciar, a ser admitido con rara frecuencia, a sufrir humillaciones, a rogar, a veces a conseguir algo, y otras veces a salir de allí triste. ¿Quién querría sufrir todo eso de no verse obligado? Dejadme libre; que nadie me obligue a padecer tales cosas; concedédmelo, dadme vacaciones al respecto. Os lo pido, os lo suplico: que nadie me obligue. No quiero tener nada que ver con las autoridades. Sabe Dios que lo hago obligado. Trato a las autoridades lo mismo que a los cristianos, si entre ellas encuentro cristianos; a quienes son paganos, como debo tratar a los paganos: queriendo el bien para todos. «Exhorte, dice, a las autoridades a hacer el bien.» ¿He de hacerlo en vuestra presencia? ¿Sabéis si lo he hecho? Ignoráis si lo he hecho o no. Sé bien que lo ignoráis, y, por tanto, juzgáis temerariamente. Sin embargo, hermanos míos, os lo ruego, podéis decirme acerca de las autoridades: «Si las hubiera exhortado, hubiesen hecho el bien.» Mi respuesta es ésta: «Le he exhortado, pero no me hizo caso; y lo exhorté cuando tú no me escuchaste.» ¿Cómo amonestar a un pueblo en particular? Al menos, a un hombre hemos podido exhortarlo en privado y decirle: «Obra de esta o de aquella manera», en ausencia de testigos. ¿Quién puede llevarse un pueblo aparte y amonestarlo sin que nadie lo sepa?

18. La necesidad me obliga a deciros estas cosas para no tener que entregar a Dios una mala cuenta de vosotros y para que no se nos tenga que decir: «Si tú hubieras amonestado o hubieras dado, yo hubiera exigido20.» Alejaos, pues; alejaos absolutamente de estos hechos cruentos. Cuando veis y oís estas cosas, a vosotros no os toca otra cosa más que compadeceros. «Pero ha muerto siendo un malvado.» Doble ha de ser el dolor, porque doble es la muerte: la temporal y la eterna. Si hubiese muerto siendo bueno, lo sentiríamos humanamente, porque nos abandonó, porque querríamos que viviera en nuestra compañía. El dolor por los malos ha de ser mayor, porque después de esta vida los acogerán las penas eternas. Sea lo vuestro, hermanos, el doleros; sea lo vuestro el sentir dolor, no el mostraros crueles.

19. Pero es poco, como dije, es poco que sintáis ese dolor, si no impedís, según vuestras posibilidades, lo que no corresponde hacer al pueblo. No quiero decir, hermanos, que pueda salir alguno de vosotros e impedirlo al pueblo; ni siquiera yo lo puedo; pero cada uno puede hacerlo en su casa con su hijo, su siervo, su vecino, su cliente, con quien es menor que él; moveos para que no lo hagan. Convenced a cuantos podáis; con otros, con aquellos sobre los que tenéis autoridad, mostraos severos. De una sola cosa estoy seguro, y todos lo están conmigo: en esta ciudad se encuentran muchas casas en las que no hay ni un pagano y que no se encuentra ni una sola casa en la que no haya cristianos. Y, si se mira bien, no hay ninguna casa donde no son más los cristianos que los paganos. Es cierto; vosotros estáis de acuerdo. Os dais cuenta, pues, de que no sucedería nada malo de no quererlo los cristianos. No hay réplica posible. Puede hacerse el mal en privado, pero no en público, si los cristianos no lo quieren y se proponen impedirlo, pues cada cual sujetaría a su siervo, a su hijo. Al adolescente lo amansaría la severidad del padre, del padrino, del maestro, del buen vecino; la severidad de una corrección mayor, en su propio cuerpo. Si se obrase de esta manera, no serían muchos los males que nos afligiesen.

20. Hermanos míos, temo la ira de Dios; de Dios, que no teme a las turbas. ¡Qué pronto se dice: «Lo que el pueblo ha hecho, hecho está»! «¿Quién hay que pueda vengarse de un pueblo entero?» Así es en verdad; ¿quién puede hacerlo? ¿Ni siquiera Dios? ¿Temió, acaso, Dios al mundo entero cuando envió el diluvio? ¿Temió a las pobladas ciudades de Sodoma y Gomorra cuando las destruyó con fuego bajado del cielo? No quiero hablar ya de los males presentes, de cuántos y dónde han tenido lugar; ni quiero recordar sus consecuencias, para no dar la impresión de que me dedico a insultar. ¿Acaso separó Dios en su cólera a los que hicieron el mal de los que no lo hicieron? Pero sí juntó a quienes lo hacían con quienes no lo impedían.

21. Demos fin ya de una vez al sermón. Hermanos míos, os exhorto y os suplico, por el Señor y su mansedumbre, a que viváis bien y en paz; permitid que las autoridades cumplan pacíficamente con lo que es de su incumbencia, pues han de rendir cuentas a Dios y a sus superiores. Cuando tengáis que solicitar alguna cosa, solicitadla con respeto y sin alboroto. No os mezcléis con quienes obran mal y se muestran crueles de forma desgraciada y sin control. No debéis hallaros presentes en tales hechos, ni siquiera como espectadores; al contrario, en cuanto os sea posible, cada uno en su propia casa y en su contorno amoneste, convenza, enseñe y corrija a aquel a quien le unen lazos de parentesco o de amistad. Alejadlos de tales males incluso con amenazas, para que llegue el momento en que Dios se compadezca, ponga fin a los males humanos y no nos trate según merecen nuestros pecados ni nos retribuya según nuestras maldades, antes bien aleje de nosotros nuestros pecados tanto cuanto dista el oriente del occidente. El nos libre por el honor de su nombre y se muestre propicio con nuestras culpas para que no digan los gentiles: «¿Dónde está tu Dios?»21

Hermanos, por aquellos que se refugian en la fortaleza de la madre Iglesia, por nuestro refugio común, no seáis perezosos ni holgazanes para visitar con frecuencia a vuestra madre. No os alejéis de la Iglesia. Le preocupa el que una multitud alborotada se atreva a hacer algo. Por lo demás, y en cuanto se refiere a las autoridades, sabed que hay leyes promulgadas por los emperadores cristianos en el nombre de Dios que la protegen con suficiencia y hasta abundantemente y que dichas autoridades parecen ser tales que no se atreverán a actuar contra su madre, lo que les acarrearía el reproche de los hombres y el juicio de Dios. Eso está lejos de su intención; ni creo que puedan hacerlo ni veo que lo hagan. Mas para que la multitud alborotada no ose hacer nada, debéis acudir a la madre Iglesia, puesto que, como dije, no es refugio para uno o dos hombres, sino para todos. Quien no tiene nada pendiente con la justicia, tema el llegar a tenerlo. Lo digo a vuestra caridad: hasta los malvados buscan refugio en la Iglesia huyendo de la presencia de los justos, y también los justos que huyen de la presencia de los malvados. A veces, hasta los malvados huyendo de otros malvados. Hay tres clases de fugitivos: los buenos nunca huyen de los buenos; solamente los justos no huyen de los justos. Huyen o bien los injustos de los justos, o bien los justos de los injustos, o también los injustos de los injustos. Mas, si quisiéramos hacer distinciones y sacar de la iglesia a quien obra mal, no tendrían dónde esconderse los que obran el bien; si quisiéramos permitir que fuesen sacados todos los culpables, no tendrían adonde huir los inocentes. Es preferible, pues, que la Iglesia proteja a los culpables antes que sean sacados de ella los inocentes. Quedaos con estas cosas, para que, como dije, sea temida vuestra asistencia, no vuestra crueldad.