SERMÓN 161

Traductor: Pío de Luis Vizcaíno, o.s.a.

La fornicación, el temor sano, la fuerza del amor (1Co 6,9—19)

1. En la lectura escuchamos cómo el Apóstol corregía y reprimía las pasiones humanas, y decía: ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Voy a tomar los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una meretriz? De ningún modo1. Dijo, pues, que nuestros cuerpos son miembros de Cristo, puesto que Cristo es nuestra cabeza en cuanto que se hizo hombre por nosotros. Él es la cabeza de la que se dijo: Él mismo es el Salvador de nuestro cuerpo2. Su cuerpo es la Iglesia3. Por lo tanto, si nuestro Señor Jesucristo solamente hubiese tomado el alma humana, sólo serían sus miembros nuestras almas; pero dado que tomó también el cuerpo, en virtud de lo cual es cabeza para nosotros que constamos de alma y cuerpo, por eso mismo también nuestros cuerpos son miembros suyos. En consecuencia, si alguien deseando fornicar se envilecía y en su mismo cuerpo se despreciaba a sí mismo, al menos no desprecie a Cristo en su cuerpo. No diga: «Voy a hacerlo, puesto que nada soy: Toda carne es heno4». Es cierto, pero tu cuerpo es miembro de Cristo. ¿A dónde ibas? Date la vuelta. ¿A dónde deseabas como precipitarte? Respeta en ti a Cristo; reconócelo en ti. ¿Voy a tomar los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una meretriz? Meretriz es la que consintió en cometer adulterio contigo y hasta es posible que ella, si es cristiana, tome los miembros de Cristo y los haga miembros de un adúltero. Uno y otra despreciáis en vosotros a Cristo, no reconocéis a vuestro Señor ni pensáis en cuál fue vuestro precio. ¿Qué decir de aquel Señor que a sus siervos los hace hermanos suyos? Pero aún sería poco hacerlos hermanos suyos, si no los convirtiera en miembros suyos. ¿Se envileció Dignidad tan grande? Porque se comportó tan benignamente, ¿no se le va a tributar honor? Si no hubiese sido tan condescendiente, se desearía que lo fuera; una vez que lo ha sido, ¿se le desprecia por ello?

2. Estos cuerpos nuestros, de los que dice el Apóstol que son miembros de Cristo5, debido al cuerpo que Cristo tomó de la naturaleza del nuestro, de estos mismos cuerpos dice también el Apóstol que son el templo del Espíritu Santo en nosotros6, Espíritu que recibimos de Dios. Gracias a que Cristo tuvo un cuerpo, nuestros cuerpos son miembros de Cristo; gracias a que el Espíritu de Cristo habita en nosotros, nuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo. ¿Cuál de estas dos cosas desprecias en ti mismo? ¿A Cristo de quien eres miembro, o al Espíritu Santo de quien eres templo? Quizá no oses introducir a la alcoba donde tienes tu lecho conyugal a la meretriz que consiente contigo al mal, pero buscas en tu misma casa un lugar retirado y deshonesto donde revolcarte en tus lascivias. ¿Así que respetas el honor de la alcoba de tu esposa y no respetas el del templo de tu Dios? ¿Evitas introducir a la ramera al lecho en que duermes con tu esposa y corres tú mismo hacia ella, a pesar de ser templo de Dios? Me parece que mejor cosa es el templo de Dios que la alcoba de tu esposa. A dondequiera que vayas, Jesús te ve; Jesús que te hizo, que te redimió cuando te hallabas extraviado y que murió por ti, que estabas muerto. Tú no te reconoces, pero él no aparta sus ojos de ti, no para ayudarte, sino para castigarte por ello. Pues los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a las súplicas que le dirigen7. Pero a continuación añadió algo terrorífico para quienes se tranquilizaban falsamente, que se decían: «Lo haré, pues Dios no se digna poner sus ojos en mí cuando cedo a la lascivia». Escucha lo que sigue; considera entre quienes te cuentas, pues Jesús te ve a dondequiera que vayas: La mirada del Señor se posa sobre los que obran el mal, para borrar de la tierra su memoria8. Pero ¿de qué tierra? De la que se dice: Tú eres mi esperanza, mi lote en la tierra de los vivientes9.

3. Es posible que un hombre malo, perverso, adúltero, impúdico o fornicario goce con sus obras, y que, cuando envejezca él, aunque no su pasión carnal, se diga a sí mismo: «Ciertamente la mirada del Señor se posa sobre los que obran mal para borrar de la tierra su memoria10. Pero ved que yo no me he privado de hacer nada desde mi infancia hasta el día de hoy, he llegado a viejo, he sepultado a muchos castos; yo mismo he llevado al sepulcro los cadáveres de muchos jóvenes castos, y, aun siendo impúdico, he sobrevivido a los puros. ¿Cómo, pues, se dice: La mirada del Señor se posa sobre los que obran mal, para borrar de la tierra su memoria?»11. Existe otra tierra donde no hay lugar para los impúdicos, otra tierra en el reino de Dios. No os llevéis a engaño: ni los fornicarios, ni los servidores de los ídolos, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios ni los maldicientes poseerán el reino de Dios12. A esto equivale el borrar de la tierra su memoria. Muchos de los que cometen acciones de ese estilo ponen en sí mismos su esperanza. Pensando en quienes viven libertinamente y ponen en sí la esperanza, refiriéndose al reino de Dios al que no tendrán acceso, se dijo: Borrará de la tierra su memoria. Habrá, pues, un cielo nuevo y una tierra nueva que habitarán los justos13, donde no se permitirá estar ni a los impíos, ni a los malvados, ni a los perversos. Quien se encuentra entre estos últimos, piense dónde le gustaría habitar mientras le queda tiempo para cambiar.

4. Hay dos lugares de morada: una en el fuego eterno y otra en el reino también eterno. Piensa que, dentro del fuego eterno, los tormentos serán distintos; pero todos estarán allí, allí todos serán atormentados, aunque unos más y otros menos, pues en el día del juicio será más tolerable la suerte de Sodoma que la de alguna otra ciudad14. Algunos recorren tierra y mar para hacer un solo prosélito, y, luego de hecho, le convierten en hijo de la gehenna dos veces más que ellos15. Pon atención a que unos lo son por duplicado, y otros de forma simple, es decir, unos más y otros menos: no hay lugar allí que puedas elegirte para ti. Cualquier tormento de los de allí, aun los más suaves, son peores que los que te asustan en este mundo. Piensa en el temblor que te entra ante el temor de ir a la cárcel cuando uno te calumnia; ¿y tú mismo vives, en perjuicio tuyo, de esa manera que te conduce al fuego? Tiemblas, te pones nervioso, palideces, corres a la iglesia, deseas entrevistarte con el obispo y te postras a sus pies. Él pregunta: ¿por qué haces eso? —Líbrame», le dices. ¿De qué se trata? —Mira que fulano me calumnia. ¿Y qué te puede hacer? —Señor, me azotará; señor, iré a parar a la cárcel; ten compasión de mí, líbrame. Veis cómo se teme la cárcel, cómo se teme la prisión, ¡y no se teme el fuego de la gehenna! Al último momento, cuando la desgracia se desborda, cuando aprieta de forma más cruel, llegando hasta la muerte, cuando el bien del hombre se cifra en no morir, en no ser matado, todos gritan que se les debe socorrer e imploran toda clase de auxilios. «Prestad ayuda, apresuraos pensando en mi alma». El introducir el alma es una forma de exagerar la desgracia. Sin duda se le ha de socorrer y no ha de negársele la ayuda frente a ese temor. Ha de hacerse lo que se pueda y por quien pueda.

5. Pero yo quiero preguntar a este hombre en peligro y que conmueve mis entrañas al decir: «Apresúrate, pensando en mi alma». No me cuesta encontrar respuesta para él: «Yo me apresuro pensando en tu carne. ¡Ojalá te apresurases tú con la vista puesta en tu alma! Te habrás dado cuenta de que me apresuro por tu cuerpo, no por tu alma». Me es mejor escuchar la verdad de Cristo que tus murmuraciones, fruto de un falso temor. En efecto, el mismo Señor dice: No temáis a quienes dan muerte al cuerpo, pero no pueden matar el alma16. Ciertamente quieres que yo me apresure por el bien de tu alma; pero advierte que aquel a quien temes y ante cuyas amenazas palideces no puede matar tu alma; su crueldad llega sólohasta tu cuerpo; ¡no seas cruel tú con tu alma! Él no puede darle muerte, tú sí puedes; aunque no con la lanza, sí con la lengua. El enemigo que te hiere pone término a esta vida; pero la boca que miente da muerte al alma17. Partiendo de lo que los hombres temen en este tiempo, deduzcan lo que deben temer. ¿Teme la cárcel, y no teme la gehenna? ¿Teme a los verdugos que trata de arrancarle una confesión, y no teme a los ángeles infernales? ¿Teme el tormento temporal, y no teme las penas del fuego eterno? Para concluir, ¿teme morir por un pequeño espacio de tiempo, y no teme morir para siempre?

6. Aquel que te va a dar muerte, aquel a quien temes, que te causa pavor, de quien huyes, por temor al cual no puedes dormir y cuya presencia te asusta, aunque sea en sueños, ¿qué puede hacerte? Puede hacer que salga el alma de tu carne; miraa dónde va a ir tu alma, una vez liberada. Él no puede dar muerte a tu carne de otra forma que causando la salida del alma por la cual vive tu carne. En efecto, tu carne vive gracias a la presencia del alma, y mientras el alma está presente en tu carne, necesariamente vivirá ésta. Quien busca tu muerte, lo que quiere es arrojar de tu carne la vida, por la que vive tu carne.

¿Piensas que no existe otra vida por la que vive tu alma? Tu alma es cierta vida, gracias a la cual vive tu carne. ¿Piensas que no hay otra vida gracias a la cual vive tu misma alma o que, como tu carne tiene una vida —el alma por la que vive tu carne— tu misma alma, tiene una vida propia suya? ¿No crees que igual que cuando muere la carne expira el alma, su vida, así cuando muere el alma expira alguna vida suya? Hallemos, pues, cuál es esta vida, no la de tu cuerpo, que es tu alma, sino la vida de la vida de tu cuerpo, la vida de tu alma. Una vez hallada, pienso que más que esta muerte por la que temes que el alma sea arrojada de tu carne, debes temer aquella otra, para que no sea arrojada de tu alma la vida de tu alma. Lo diré, pues, brevemente; pero ¿por qué me entretengo con tantas cosas? La vida del cuerpo es el alma, y la vida del alma, Dios. El Espíritu de Dios habita en el alma y, a través del alma, en el cuerpo, para que también nuestros cuerpos sean templos del Espíritu Santo, don que nos otorga Dios18. El Espíritu de Dios viene a nuestra alma, porque la caridad de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado19, y lo posee todo quien posee lo principal. En ti es lo principal lo que es mejor. Poseyendo Dios lo mejor, es decir, tu corazón, tu mente, tu alma, automáticamente, a través de lo superior posee también lo inferior, o sea, tu cuerpo. Muéstrese cruel tu enemigo, amenace con la muerte, cáusela si le es permitido, arroje el alma de tu carne; pero ¡que tu alma no expulse de sí a su vida! Sí tu llanto es sincero y de forma digna de compasión piensas decir a tu poderoso enemigo: «No me hieras, respeta mi sangre», ¿no te dice a ti Dios: Ten compasión de tu alma agradando a Dios?20. Quizá tu alma te diga: «Suplícale que no te hiera, pues entonces te dejaría. Si te hiriese, no podría permanecer contigo. Suplícale que no te hiera, si quieres que no te abandone». ¿Quién te dice: «si quieres que no te abandone»? Eres tú mismo. Tú eres quien hablas, tú eres el alma. Por lo tanto, si hiriese a la carne, tú huyes, tú sales, tú emigras, se queda la tierra tendida en la tierra. ¿Dónde estará lo que animó la tierra? Lo que se te concedió mediante el soplo de Dios21, ¿dónde irá a parar? Si no expiró su vida, es decir, a su Dios, se hallará en aquel a quien no alejó de sí, en aquel de quién no se separó. Si, por el contrario, condesciendes con la debilidad de tu alma que te dice: «Si te hiere, te abandono», ¿no temes a Dios que te dice: «Si pecas, te abandono»?

7. Que el temor vano nos conduzca al temor útil. Temor vano es el de todos los hombres que temen perder los bienes temporales, no obstante que alguna vez han de emigrar de aquí, y el de los que temen emigrar y quieren siempre diferir lo que no pueden evitar. Vano es este temor humano, pero existe y aparece con vehemencia y no se le puede resistir. He aquí por qué se ha de increpar, reprender, deplorar y llorar a los hombres: temen morir, y no hacen otra cosa sino retrasar la muerte. ¿Por qué no hacen realidad el no morir? Porque hagan cuanto hagan, no consiguen no morir. ¿Pueden hacer algo que les lleve a no morir? Nada ciertamente. Con toda certeza, hagas lo que hagas, por mucho que vigiles, huyas a donde huyas, cualesquiera defensas que busques, sean las que sean las riquezas con que te redimas y las astucias con que engañes al enemigo, no engañas a la fiebre. Cuando te esfuerzas por no morir de inmediato a manos del enemigo, no haces otra cosa sino retrasar para más tarde la muerte en poder de la fiebre. Algo puedes hacer para nunca morir. Si temes la muerte, ama la vida. Tu vida es Dios, tu vida es Cristo, tu vida es el Espíritu Santo. Obrando mal no le agradas. No habita en un templo que amenaza ruina ni entra a un templo sucio. Pero gime ante él, para que se limpie ese lugar; gime ante él para que se edifique su templo; reconstruya él lo que tu destruiste; reforme él lo que exterminaste; levante él lo que tú derribaste. Clama a Dios, clama interiormente, clama donde él oye, porque también pecas allí donde él ve; clama allí donde él oye.

8. Y aunque hayas cambiado el objeto de tu temor y hayas comenzado a temer de manera útil, es decir, no los tormentos temporales, sino los suplicios del fuego eterno, y, como consecuencia, hayas dejado de ser adúltero —pues de esto estaba hablando a causa de las palabras del Apóstol: Vuestros cuerpos son miembros de Cristo22—; por tanto, aunque hayas comenzado ya a no ser adúltero, por temor a arder en el fuego eterno, aún no eres digno de alabanza; ciertamente ya no causas compasión como antes, pero aún no te has hecho merecedor de alabanza.

¿Qué tiene de grande temer el castigo? Lo grande es amar la justicia. Yo te pregunto y te encuentro a ti. Tú considera mi pregunta sonora e interrógate a ti mismo en silencio. Yo te digo: «¿Por qué no cometes el adulterio si tienes quien consienta en ello y te hallas vencido por la pasión?». Tú me responderás: «Porque temo a la gehenna, temo el suplicio del fuego eterno, temo el juicio de Cristo, temo la compañía del diablo, ser castigado por él y con él arder». ¿Qué puedo decirte? ¿Qué temes mal como te indicaba con referencia al adversario que buscaba dar muerte a tu cuerpo? En aquella ocasión justamente te decía que tu temor era sin fundamento; la confirmación la hallamos en aquellas palabras del Señor: No temáis a quienes dan muerte al cuerpo23. Ahora, cuando me dices «Temo la gehenna, temo arder, temo el castigo eterno», ¿qué te voy a decir? ¿Qué tu temor carece de fundamento? ¿Qué tu temor es vano? No me atrevo, puesto que el Señor, quitando un temor, infunde otro con estas palabras: No temáis a quienes dan muerte al cuerpo y luego no pueden hacer más; temed más bien a aquel que puede matar cuerpo y alma y mandarlos a la gehenna eterna; esto es lo que os digo: temed a éste24. Habiendo infundido temor el Señor, y un temor grande, y habiendo duplicado la amenaza mediante la repetición de la palabra, ¿voy a decir yo que es un temor sin fundamento? No, no lo diré. Teme ciertamente, ninguna otra cosa puedes temer mejor; ninguna otra cosa debes temer más. Pero mi pregunta es ésta: «Si Dios no te viera en el momento de hacerlo ni nadie te acusase en el día del juicio, ¿lo harías?». Examínate a ti mismo. No puedes responder a todas mis palabras; mírate a ti mismo. ¿Lo harías? Si lo hicieras, es que temes el castigo, pero aún no amas la castidad, todavía no tienes la caridad. Tu temor es servil; hay miedo al mal, aún no amor al bien. No obstante, teme para que este miedo te guarde y te conduzca al amor. Este temor a la gehenna te aparta de hacer el mal y no permite hacerlo al ánimo que interiormente desea pecar. Es un temor que protege, del mismo modo que la ley es un pedagogo25: es letra de amenaza, aún no gracia auxiliadora. Con todo, que este temor te proteja, mientras evitas el adulterio por miedo, hasta que llegue la caridad. Ella entra en tu corazón y, en la medida en que ella entra, en esa misma medida sale el temor. El temor hacía que no cometieras el adulterio; la caridad logra que no quieras hacerlo, aun en el caso de que pudieras salir impune.

9. Os he dicho qué debéis temer y qué debéis apetecer. Buscad la caridad; penetre en vosotros la caridad. Dadle entrada temiendo pecar; dad entrada al amor que hace que no pequéis; dad entrada al amor por el que vivís bien. Como comencé a decir, cuando la caridad entra, el temor comienza a salir. Cuanto más dentro esté ella, tanto menor será el temor. Cuando ella esté totalmente dentro, no habrá temor alguno, porque la caridad perfecta expulsa fuera el temor26. Entra, pues, la caridad y expulsa el temor. Pero no entra sola sin compañía; lleva consigo su propio temor; es ella quien lo introduce; pero se trata del temor casto que dura por siempre27. Es servil el temor por el que temes arder con el diablo; es casto aquel por el que temes desagradar a Dios. Examinad, amadísimos, y centrad vuestra atención en los mismos sentimientos humanos. El siervo teme ofender a su señor por temor a que le mande azotar, o encadenar, o recluir en la cárcel o a ser triturado en el molino. Por temor a esto el siervo se abstiene de pecar, pero tan pronto como se ve lejos de los ojos de su señor y sin un testigo que pueda acusarlo, lo hace. ¿Por qué lo hace? Porque no amaba la justicia, sino que temía el castigo. En cambio, el varón bueno, el varón justo, el hombre libre —pues sólo el justo es libre; en efecto, todo el que comete pecado es siervo del pecado28— se complace en la misma justicia, y aunque pueda pecar sin testigos, teme al testigo y a Dios. Y si pudiera escuchar que Dios le decía: «Si pecas te voy a ver; no te condenaré, pero me desagradarás», él, no queriendo desagradar a los ojos de su padre, y no por miedo al juez, teme, pero no el ser condenado, ni ser castigado o atormentado, sino ofender el gozo paterno, desagradar a los ojos de aquel a quien ama. Si él mismo ama y siente que el señor le ama, no hace lo que desagrada a quien le ama a él.

10. Observad los amantes deshonestos y lascivos; ved si un hombre lascivo y malvado se viste de forma contraria a sus gustos por amor de una mujer; observad sí en su vestir contradice los gustos de su amada, o se acicala de forma distinta a como a ella le agrada. Si ella le dijera: «No quiero que lleves tal ?birro?», no lo llevará; si en invierno le dice: «Me gustas vestido con la ?lacerna?», prefiere temblar de frío a disgustarla. ¿Acaso puede condenarlo ella si la desagrada? ¿Puede acaso mandarlo a la cárcel o entregarlo a los verdugos? Sólo teme una cosa en la circunstancia: «No te volveré a ver»; sólo esto le hace temblar: «No volverás a ver mi cara». Dice esto la mujer impúdica y le aterroriza; ¿y no le aterroriza diciéndolo Dios? Sin duda alguna, pero sólo si le amamos. En cambio, si no le amamos, no nos aterrorizará eso, sino, como siervos, el fuego, la gehenna, las atroces amenazas del infierno, los innumerables ángeles del demonio y sus suplicios. ¡Ojalá sea al menos así! ¡Si no amamos lo suficientemente aquello, temamos al menos esto!

11. Por tanto, no haya lugar para las fornicaciones. Sois templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros. Si alguno destruye el templo de Dios, Dios le destruirá a él29. El matrimonio es cosa lícita, no busquéis más. No es tan grande el peso que se os ha impuesto. Un peso mayor se lo ha impuesto a las vírgenes un amor mayor. Las vírgenes renunciaron a lo que les estaba permitido para agradar más a aquel a quien se entregaron. Ambicionaron la belleza superior de su corazón. ¿Qué mandas? Como si preguntasen: «¿Qué mandas? ¿Mandas que no seamos adúlteras? Amándote a ti hacemos más de lo que nos mandas». Respecto a las vírgenes —dice el Apóstol— no tengo precepto del Señor. Entonces, ¿por qué hacen eso? Pero les doy un consejo30. Ellas, tan llenas de amor, a quienes parecieron viles las nupcias terrenas, que no desearon ya más los abrazos terrenos, en tal grado aceptaron el precepto, que no rechazaron el consejo; para agradar más, más se embellecieron. Los adornos de este cuerpo, es decir, los del hombre exterior, cuanto más se apetecen, mayor detrimento causan al hombre interior, y cuanto menos se desean los adornos del hombre exterior, con más hermosas costumbres se embellece el interior. Por eso dice también Pedro: Que se adornan, pero no con cabellos rizados31. Al decir: Que se adornan, ¿en qué otra cosa iban a pensar los hombres carnales sino en estos adornos visibles? Inmediatamente quitó del pensamiento lo que la pasión deseaba. Que no se adornan —dice— con cabellos rizados, ni con oro o piedras o vestidos preciosos32, sino con el hombre interior del corazón, que es rico ante Dios33. No es Dios capaz de dar riquezas al hombre exterior y dejar en la miseria al interior; al invisible dio riquezas invisibles y lo embelleció de forma invisible.

12. Suspirando por estos adornos, las hijas de Dios, las vírgenes santas, ni desearon lo que les era lícito ni dieron su consentimiento a algo a lo que se las obligaba. Muchas de ellas vencieron con el fuego del divino amor los esfuerzos en dirección opuesta de sus padres. El padre se llenó de ira, y la madre lloraba, pero esto no le preocupó a ella ante cuyos ojos estaba el más hermoso de los hijos de los hombres por su aspecto34. Pensando en él deseaba verse ataviada, para entregarse por completo a cuidarle a él. Porque la casada piensa en las cosas del mundo, en cómo agradar al marido; en cambio, la soltera piensa en las cosas de Dios, en cómo agradarle a él35. Considerad lo que es el amor. No dijo: «Se preocupa de que no la condene Dios». Esto es todavía temor servil, guardián sin duda de los malos para que se abstengan de obrar perversamente y absteniéndose se hagan dignos de admitir en su interior la caridad. Pero ellas no piensan en cómo evitar el castigo de Dios, sino en cómo agradarle, con la hermosura interior, con el decoro del hombre oculto, con la belleza del corazón donde se hallan desnudas ante sus ojos. Desnudas interiormente, no en el exterior; con integridad interior y exterior. Que al menos las vírgenes enseñen a los casados y casadas a no ir al adulterio; ¡al menos ellas! Ellas sobrepasan lo lícito; ellos no se salgan de lo lícito.