SERMÓN 96

Traductor: Pío de Luis Vizcaíno, OSA

La renuncia (Mc 8, 34) y el amor al mundo (1 Jn 2, 15)

1. Duro y pesado parece el precepto del Señor de que quien quiera seguirle ha de negarse a sí mismo. Pero no es duro ni pesado lo que manda el que ayuda a hacer lo que manda. Pues también es cierto lo que se le dice en el salmo: Por las palabras de tus labios he seguido ásperos caminos1. Y es verdadero también lo que dijo él mismo: Mi yugo es suave y mi carga ligera2. La caridad convierte en suave lo que los preceptos tienen de duro. Sabemos qué grandes cosas hace el amor. Con frecuencia este amor es reprobable y lascivo: ¡cuántas calamidades han sufrido los hombres, por cuántas deshonras han tenido que pasar y tolerar para llegar al objeto de su amor! Es igual que se trate de un amante del dinero, es decir, de un avaro; o de un amante de cargos públicos, es decir, de un ambicioso; o de un amante de los cuerpos hermosos, es decir, de un lascivo. Pero ¿quién puede enumerar todos los amores? Considerad, sin embargo, cuánto se fatigan todos los amantes y, no obstante, no sienten la fatiga; y más fatigas asumen cuando alguien les impide sufrir esas mismas fatigas. Si, pues, la mayor parte de los hombres son como son sus amores, de ninguna otra cosa debe uno preocuparse en la vida sino de elegir lo que ha de amar. ¿De qué te extrañas de que el que ama a Cristo y quiere seguirlo, por fuerza del mismo amor se niegue a sí mismo? Pues si, amándose a sí mismo, el hombre se pierde3, negándose a sí mismo, se reencuentra al instante.

2. El hombre se perdió por primera vez a causa del amor a sí mismo. Pues si no se hubiese amado y hubiese antepuesto a Dios a sí mismo, hubiese querido estar siempre sometido a Dios; no se hubiese inclinado a hacer su propia voluntad descuidando la de él. Amarse a uno mismo no consiste en otra cosa que en querer hacer la propia voluntad. Antepón a estas cosas la voluntad de Dios; aprende a amarte no amándote. Pues para que sepáis que es un vicio amarse, dice así el Apóstol: Habrá hombres amantes de sí mismos. Y quien se ama a sí mismo, ¿acaso confía en sí mismo? Tras abandonar a Dios, comienza a amarse a sí mismo, y para amar lo que está fuera de sí, es expulsado de sí mismo; hasta tal punto que, habiendo dicho el Apóstol: Habrá hombres amantes de sí mismos, acto seguido añadió: amantes del dinero4. Ya estás viendo que te encuentras fuera de ti mismo. Comenzaste a amarte; si puedes, mantente en ti. ¿Por qué sales de ti? ¿Te has hecho acaso rico con el dinero, tú, amador del dinero? Comenzaste a amar lo que es exterior a ti y te extraviaste. Por tanto, cuando el amor del hombre se pone en movimiento incluso desde sí mismo hacia las cosas que están fuera de él, comienza a hacerse tan vano como las cosas con las que anda y, en cierto modo, a regalar, en plan derrochador, sus fuerzas. Se vacía, se derrama, se empobrece, apacienta cerdos. Y mientras se fatiga en el pastoreo de los mismos, a veces hace memoria y dice: ¡Cuántos jornaleros de mi padre comen pan mientras que yo aquí perezco de hambre!5 Pero cuando dice esto, ¿qué está escrito del hijo que malgastó sus haberes con meretrices, que quiso tener en su poder cuanto el padre guardaba justamente para él? Quiso disponer de ello a su antojo, lo malgastó y se encontró necesitado. ¿Qué se dice de él? Y volviendo a sí mismo6. Si volvió a sí mismo, es que había salido de sí. Puesto que había caído lejos de sí y se había alejado de sí, regresa primero a sí para volver al lugar de donde había caído lejos de sí. Igual que, cayendo lejos de sí, permaneció en sí, de la misma manera, volviendo en sí, no debe permanecer en sí para no caer de nuevo lejos de sí. ¿Qué dijo al volver en sí para no permanecer en sí? Me levantaré e iré a mi padre7. Ved de dónde había caído lejos de sí: había caído de su padre; había caído lejos de sí: salió desde sí mismo hacia las cosas que están fuera de sí. Vuelve a sí y se dirige a su padre, donde puede refugiarse con toda seguridad. Si, pues, había salido de sí y de su padre, al volver a sí para ir al padre niéguese a sí mismo. ¿Qué significa: «niéguese a sí mismo»? No presuma de sí; advierta que es hombre y escuche el dicho profético: ¡Maldito todo el que pone su esperanza en un hombre!8 Retírese de sí mismo, pero no hacia abajo; retírese de sí mismo, mas para adherirse a Dios. Cuanto tiene de bueno, atribúyaselo a aquel por quien ha sido hecho; cuanto tiene de malo fue de cosecha propia. No hizo Dios lo que de malo existe en él: pierda lo que personalmente ha hecho quien se ha apartado de Dios: Niéguese a sí mismo —dice—, y tome su cruz y sígame9.

3. ¿A dónde hay que seguir al Señor? Sabemos adónde fue: hace muy pocos días hemos celebrado la fiesta solemne. En efecto, resucitó y subió al cielo: allí hay que seguirle. No hay motivo alguno para perder la esperanza; no porque el hombre pueda algo, sino porque Dios lo prometió. El cielo estaba lejos de nosotros antes de que nuestra cabeza subiese a él. ¿Por qué perder la esperanza si somos miembros de tal cabeza? Allí, pues, hemos de seguirle. ¿Y quién hay que no quiera seguirle a tal lugar, habida cuenta sobre todo de las muchas fatigas que, entre temores y dolores, se padecen en la tierra? ¿Quién no quiere seguir a Cristo al lugar en el que la felicidad es suma; la paz también y la seguridad, perpetuas? Cosa buena es seguirle a tal lugar; pero hay que ver por dónde. En efecto, el Señor Jesús no decía estas cosas después de haber resucitado. Aún no había resucitado; tenía que pasar por la cruz, la deshonra, las afrentas, la flagelación, la coronación de espinas, las llagas, los insultos, los oprobios, la muerte. Es como un camino abrupto: te convierte en perezoso, y no quieres seguirle. Síguele. Áspero es el camino que el hombre se hizo, pero está ya trillado al pisarlo Cristo en su regreso al Padre. En efecto, ¿quién no quiere caminar hacia la exaltación? A todos agrada la altura, pero la humildad es el peldaño para alcanzarla. ¿Por qué pones tu pie por encima de ti? Quieres caer, no subir. Comienza por el peldaño, y has subido. Este peldaño de la humildad lo querían ignorar los dos discípulos que decían: Señor, ordena que en tu reino uno de nosotros se siente a tu derecha y otro a tu izquierda10. Buscaban la altura, no veían el peldaño. Pero el Señor se lo mostró. ¿Que les respondió? ¿Podéis beber el cáliz que he de beber yo?11 Los que buscáis la cima más alta, ¿podéis beber el cáliz de la humildad? Por eso no dice simplemente: Niéguese a sí mismo y sígame, sino que añade: Tome su cruz y sígame12.

4. ¿Qué significa tome su cruz? Soporte lo que le sea molesto: sígame así. Cuando comience a seguirme en mis costumbres y preceptos, muchos le llevarán la contraria, muchos se lo impedirán, muchos le disuadirán, y esto de entre los que figuran como compañeros de viaje de Cristo. Al lado de Cristo caminaban quienes prohibían gritar a los ciegos13. Por tanto, si quieres seguirle, convierte en cruz tanto las amenazas como los halagos o cualquier clase de prohibiciones; tolérala, sopórtala y no sucumbas. Parece que estas palabras del Señor exhortan al martirio. En caso de persecución, ¿no debe despreciarse todo por Cristo? Se ama el mundo, pero antepóngase el que hizo el mundo. Grande es el mundo, pero mayor el que hizo el mundo. Hermoso es el mundo, pero más hermoso el que hizo el mundo. Suave es el mundo, pero más suave el que hizo el mundo. Malo es el mundo, pero bueno el que hizo el mundo. ¿Cómo puedo justificar y explicar lo que acabo de decir? Dios me ayude. ¿Qué he dicho? ¿Qué habéis alabado? Ved que, aunque solo he planteado una cuestión, ya me habéis aclamado. ¿Cómo es que el mundo es malo, siendo bueno el que hizo el mundo? ¿No hizo Dios todas las cosas, y he aquí que todas eran muy buenas? ¿No atestigua la Escritura que Dios hizo buenas todas las cosas, al decir a propósito de cada una de ellas: Y vio Dios que era bueno?14 Y, con referencia al conjunto de la creación, terminó de indicar cómo hizo Dios todas las cosas de esta manera: Y he aquí que eran muy buenas15.

5. ¿Cómo, entonces, es malo el mundo y bueno quien hizo el mundo? ¿Cómo? Porque el mundo fue hecho por él y el mundo no lo conoció16. Él hizo el mundo: el cielo y la tierra y todo cuanto hay en ellos17. El mundo no lo conoció: los amantes del mundo. Los que aman el mundo y desprecian a Dios: este es el mundo que no lo conoció. Por tanto, el mundo es malo porque son malos los que prefieren el mundo a Dios. Sin embargo, es bueno quien hizo el mundo, es decir, el cielo, la tierra y el mar e incluso a los que aman el mundo. Pues lo único que no hizo en ellos es esto: que amen el mundo y no amen a Dios. Pero a ellos los hizo él mismo en cuanto a su naturaleza, no en cuanto a su culpa. Esto es lo que poco antes he dicho: destruya el hombre lo que él hizo y agradará a quien lo hizo.

6. En efecto, también en los hombres mismos hay un mundo bueno, pero sacado del malo. Pues al mundo entero, si identificas al mundo con los hombres —dejando de lado que llamamos mundo al cielo y a la tierra y a todo lo que contienen—; al mundo entero, si —repito— identificas al mundo con los hombres, lo hizo malo el primer hombre que pecó. Toda la masa quedó viciada en su raíz. Dios hizo bueno al hombre. Así consta en la Escritura: Dios hizo al hombre recto y los hombres mismos se inventaron muchos pensamientos18. Corre a la unidad desde la multiplicidad; recoge en unidad las cosas dispersas: acude, mantente protegido, quédate con la unidad, no corras tras la multiplicidad. Allí está la felicidad. Pero nos deslizamos, nos encaminamos hacia la perdición: todos hemos nacido con el pecado y, al hecho de haber nacido en pecado, con nuestro mal vivir hemos añadido pecados, y así todo el mundo se ha hecho malo. Mas vino Cristo y eligió lo hecho por él, no lo que halló, pues encontró a todos malos y por su gracia los hizo buenos. Y fue creado otro mundo; y el mundo persigue al mundo.

7. ¿Cuál es el mundo que persigue? Aquel del que se nos dice: No améis el mundo ni lo que hay en el mundo. La caridad del Padre no está en quien ama el mundo. Porque cuanto hay en el mundo es concupiscencia de la carne, y concupiscencia de los ojos y ambición mundana, que no procede del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa y también su concupiscencia. En cambio, quien cumpla cabalmente la voluntad de Dios permanece en eterno, del mismo modo que también Dios permanece en eterno19. Ved que he mencionado los dos mundos: el que persigue y el perseguido. ¿Cuál es el mundo que persigue? Cuanto hay en el mundo: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la ambición mundana, que no procede del Padre, sino del mundo; y el mundo pasa. Ved que este es el mundo que persigue. ¿Cuál es el mundo perseguido? Quien cumpla la voluntad de Dios permanece en eterno del mismo modo que también Dios permanece en eterno.

8. Pero fijaos: el que persigue recibe el nombre de mundo; mostremos si también se llama mundo al perseguido. ¿Eres acaso sordo ante la voz de Cristo que dice, o mejor de las Escrituras santas que atestiguan: Dios estaba reconciliando consigo el mundo mediante Cristo?20 Si el mundo os odia —dice— sabed que antes me odió a mí21. Ved que el mundo odia. ¿Qué odia sino al mundo? ¿Qué mundo? Dios estaba reconciliando consigo el mundo mediante Cristo. Persigue el mundo condenado; sufre persecución el mundo reconciliado. El mundo condenado es cuanto está fuera de la Iglesia; el mundo reconciliado es la Iglesia. Pues el Hijo del hombre no vino —dice— a juzgar el mundo, sino para que el mundo se salve por él22.

9. Pero en este mundo santo, bueno, reconciliado, salvado; mejor, necesitado de salvación, de momento salvado en esperanza —en esperanza estamos salvados23—; en este mundo, pues, es decir, en la Iglesia, que toda entera sigue a Cristo, a todos se ha dicho: Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo24. Pues no es cosa que deban oír las vírgenes y no las casadas; o las viudas y no las esposas; o los monjes y no los casados; o los clérigos y no los laicos; al contrario, siga a Cristo la Iglesia entera, la totalidad del cuerpo, todos los miembros según sus funciones propias y distintas. Sígale la Iglesia única en su totalidad, sígale la paloma25, la esposa, la redimida y la que recibió en dote la sangre de Cristo. En ella encuentra su lugar específico la integridad virginal; en ella encuentra su lugar propio la continencia de los viudos; en ella la castidad conyugal; en ella no tiene lugar ni el adulterio ni la lascivia ilícita y merecedora de castigo. Sigan a Cristo estos miembros que tienen allí su lugar, cada uno en su género, en su puesto, a su manera; niéguense a sí mismos, es decir, no presuman de sí; tomen su cruz, es decir, mientras están en el mundo toleren por Cristo cuantos sufrimientos les procure el mundo. Amen al único que no decepciona, el único que no sufre engaño, el único que no engaña. Ámenle porque es verdad lo que promete. Mas como no lo da al instante, la fe titubea. Resiste, persevera, aguanta, soporta la dilación, y has cargado con tu cruz.

10. No diga la virgen: «Allí solo estaré yo», pues no estará solo María, sino también la viuda Ana26. No diga lacasada: «Allí estará la viuda, no yo», pues no es cierto que allí esté Ana y no Susana27. Pero los que van a estar allí examínense a partir de lo dicho, de modo que quienes tienen aquí un puesto inferior no envidien, sino que amen en los otros el puesto mejor. Para que os deis cuenta, hermanos míos, os pongo un ejemplo: uno eligió la vida conyugal y otro la vida de continencia; si el que eligió la vida conyugal desea cometer adulterio, echó la vista atrás: deseó lo que es ilícito. Quien, en cambio, desde la vida de continencia, quiere luego volver al matrimonio, echó la vista atrás: eligió una cosa lícita pero echó la vista atrás. ¿Hay que condenar, pues, el matrimonio? No; no hay que condenar el matrimonio, pero advierte a dónde había llegado el que lo eligió. Previamente ya había dado pasos hacia adelante. Cuando vivía lascivamente en la adolescencia, tenía ante sus ojos el matrimonio, tendía hacia él; en cambio, una vez que eligió la vida de continencia, el matrimonio queda detrás de él. Acordaos —dice el Señor— de la mujer de Lot28. La mujer de Lot quedó inmóvil al mirar atrás29. Así, pues, tema cada cual mirar atrás desde el lugar a donde pudo llegar; avance por el camino, siga a Cristo: olvidando lo que está atrás, tendido hacia lo de delante, en su intención persiga interiormente la palma de la vocación de Dios en Cristo Jesús30. Los casados antepongan a sí mismos a los célibes; confiesen que estos son mejores; amen en ellos lo que no poseen personalmente y en ellos amen a Cristo.