CARTA 3

Traducción: Lope Cilleruelo, OSA

Tema: Confidencias sobre la dicha del retiro.

Agustín a Nebridio

Casiciaco. Comienzos del 387.

1. No sé si con ese, por decirlo así, halago tuyo lo he imaginado, o es una realidad, pues es incierto para mí. Ha ocurrido de pronto y no he reflexionado bastante sobre si debo creerlo. ¿Preguntas de qué se trata? ¿Qué piensas tú? Casi me has convencido, no de que yo sea feliz, ya que eso es privilegio del sabio, pero seguramente semifeliz; así llamamos a un hombre semihombre en comparación del hombre definido por Platón, o decimos semirredondo o semicuadrado a un objeto que vemos, aunque disten mucho de las realidades que los ojos de muy pocos pueden ver. Leí tu carta a la luz de candela, después de cenar. Iba ya a acostarme, pero no todavía a dormir. Tendido en la cama, pensé largo rato entre mí y mantuve conmigo este palique, Agustín con Agustín: ¿No es verdad lo que place a Nebridio, queyo soy feliz? Desde luego que no. Ni él mismo se atreve a negar que todavía soy necio. ¿Y si la felicidad pertenece también a los necios? ¡Difícil! Como si la necedad fuese poca miseria, si no es la única. Pues ¿cómo se le ha ocurrido eso? ¿Quizá al leer mis ensayos se apresuró a creer que soy sabio? Pero la alegría entusiasta no es tan temeraria, sobre todo en un hombre cuya reflexiva ponderación nos es bien conocida. Esto es lo que ocurrió: escribió lo que estimó para mí sumamente agradable, porque a él le resultó dulce lo que yo escribí en esos ensayos; escribió en su entusiasmo y no meditó lo que confiaba a una pluma entusiasta. Y ¿qué dijera si hubiese leído los Soliloquios? Se hubiese entusiasmado mucho más, pero no hubiese encontrado otro título más elevado para mí que el de bienaventurado. Pronto me asignó el apelativo supremo, y no se reservó otro que pudiera aplicarme ante un entusiasmo más animoso. Mira lo que hace la alegría.

2. Pero ¿dónde está esa felicidad? ¿En dónde? ¡Oh, si consistiese en refutar los átomos de Epicuro! ¡Oh, si consistiese en saber que nada hay acá abajo fuera del mundo! ¡Oh, si consistiese en saber que los extremos de una esfera giran con mayor lentitud que el medio! O en otras cosas semejantes que de igual modo sabemos. Pero ¿cómo seré bienaventurado o qué bienaventuranza gozaré, cuando ignoro por qué el mundo tiene este determinado tamaño, siendo así que las razones de las figuras que le dan existencia en nada prohíben que sea tan grande como se quiera? ¿No me dirían, o más bien me obligarían a confesar que los cuerpos son divisibles hasta lo infinito, y así de una determinada base obtendríamos un determinado número de corpúsculos de una cuantidad determinada? Si no podemos admitir que un cuerpo sea el mínimo posible, ¿por qué admitimos que sea el mayor y que ya no pueda aumentarse? A no ser que quizá tenga valor lo que en cierta ocasión dije en privado a Alipio: puesto que el número inteligible crece infinitamente, pero no decrece infinitamente -ya que no se divide más allá de la mónada-, por el contrario, el sensible -y ¿qué otra cosa es el número sensible sino la cuantidad de lo corpóreo o de los cuerpos?- se divide infinitamente, pero no puede crecer infinitamente. Y quizá por eso los filósofos ponen la riqueza en las realidades inteligibles y la pobreza en las sensibles. Pues ¿qué mayor miseria que el poder ser siempre menos y menos? O ¿qué mayor riqueza que el crecer cuanto quieras, ir a donde quieras, volver cuando quieras y hasta donde quieras, y amar intensamente lo que no puede menguar? En efecto, quien entiende estos números, nada ama tanto como la mónada. Y no es extraño, pues gracias a ella se aman los otros números. Y con todo, ¿por qué el mundo tiene este determinado grandor? Podía ser mayor o menor. No lo sé, pero él es así. Y ¿por qué ocupa este lugar y no otro? Tampoco esto debe crearnos problema: donde quiera que estuviese, tendríamos el mismo interrogante. Una sola cosa me preocupaba en extremo; el que los cuerpos se dividan hasta lo infinito. Pero quizá ese problema se ha solucionado por la potencia contraria del número inteligible.

3. Pero ¡aguarda! Veamos qué novedad es esta que me viene a las mientes. Sin duda se dice que este mundo sensible es imagen de no sé qué otro inteligible. Y es sorprendente lo que observamos en las imágenes que nos reflejan los espejos. Aunque el espejo sea grande, no aumenta las imágenes de los objetos que refleja, aunque ellos sean muy pequeños. En cambio, en los espejos pequeños, por ejemplo, en las pupilas de los ojos, aunque el rostro que reflejan sea grande, se forma una imagen muy pequeña en proporción con el mismo espejo.

Luego podemos reducir las imágenes de los cuerpos achicando el espejo; pero no podemos ampliarlas aumentándolo. Algo se esconde ahí, pero ahora hay que dormir. A Nebridio no le pareceré bienaventurado por inquirir, sino por encontrar quizá algo. Y ¿qué será ese algo? ¿Quizá esa argumentación, a la que suelo lisonjear como a mi única amada, a la vez que ella me halaga con exceso?

4. ¿De qué constamos? De alma y cuerpo. ¿Cuál de ellos es mejor? Sin duda, el alma. ¿Qué alabamos en el cuerpo? No veo otra cosa que la hermosura. Y ¿qué es la hermosura del cuerpo? Proporción de partes, con cierta suavidad de color. ¿Dónde es mejor y auténtica esa forma de la hermosura, y dónde es falsa? ¿Quién duda de que es mejor allí donde es auténtica? ¿Y dónde es auténtica? Sin duda en el alma. Por consiguiente, hay que amar más al alma que al cuerpo. Pero ¿en qué parte del alma se encuentra esa forma de la verdad? En la mente y en la inteligencia. Y ¿qué se opone a ella? El sentido. Luego será preciso resistir a los sentidos con todas las fuerzas del alma. ¿Y si las cosas sensibles deleitan intensamente? Hagamos que no deleiten. ¿Cómo? Habituándonos a carecer de ellas y apeteciendo otras mejores. ¿Y si el alma perece? En ese caso, o bien muere la verdad, o la verdad no es la inteligencia, o la inteligencia no se da en el alma, o bien puede morir un sujeto en el que reside algo inmortal. Pero mis Soliloquios hablan ya de eso, y ya estoy convencido de que ninguno de estos extremos es posible. Sólo que no sé por qué, habituados a nuestros males, recelamos y vacilamos. En fin, aunque el alma muriese (si bien no veo que eso sea posible), en este retiro he experimentado que la vida bienaventurada no reside en el goce de las cosas sensibles. Quizá por estos y semejantes conceptos le parezco a mi Nebridio, si no bienaventurado, semibienaventurado. Haré mío su parecer. ¿Qué pierdo con ello, o por qué rehusar tan buena opinión? Todo esto me dije. Luego recé, según mi costumbre, y me dormí.

5. Me plugo escribirte esto. Porque me complace que me agradezcas el que no te oculte nada de lo que me viene a la boca; y celebro el que así te complazco. ¿Ante quién puedo largar mejor que ante aquel a quien no puedo desagradar? Si atañe a la fortuna el que un hombre ame a otro, mira cuan afortunado soy, pues tanto gozo de lo fortuito, y deseo, lo confieso, que estos bienes se acumulen en sí. Los auténticos sabios, a quienes exclusivamente debemos llamar bienaventurados, no quisieron que los bienes de fortuna sean temidos ni codiciados (Cupi, an cupiri?). Tú lo verás. Esto ha venido a punto, pues quiero que me aclares esta conjugación, pues dudo cuando empleo términos semejantes. Porque cupio es como fugio, sapio, iacio o capio. Pero ignoro si el infinitivo es fugiri o fugi, sapiri o sapi. Podría preferir iaci y capi, si no temiera que me coja y arroje a su capricho quien me convenza de que una cosa es iactum y captum y otra fugitum, cupitum, sapitum. Ignoro también si la penúltima sílaba de estas tres últimas formas ha de pronunciarse larga y acentuada, o breve y sin acento. Ojalá te provoque a escribir una carta larga; te lo pido, para poderte leer más dilatadamente, pues no acierto a ponderar cuánto me deleita leerte.