SERMÓN 395

Traducción: Pío de Luis

Tema: La ascensión del Señor.
Lugar: Desconocido.
Fecha: Desconocida.

1. Hoy celebramos la ascensión del Señor al cielo. No escuchemos en vano las palabras: «Levantemos el corazón», y subamos con él con corazón íntegro, según lo que enseña y dice el Apóstol: Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está sentado Cristo a la derecha del Padre; gustad las cosas de arriba, no las de la tierra1. La necesidad de obrar siga en la tierra, pero esté en el cielo el deseo de la ascensión. Aquí la esperanza, allí la realidad. Cuando tengamos la realidad allí, no habrá esperanza ni aquí ni allí; no porque la esperanza carezca de contenido, sino porque deja de existir ante la presencia de la realidad. Oíd también lo que dijo el Apóstol acerca de la esperanza: Hemos sido salvados en esperanza. Mas la esperanza que se ve no es esperanza, pues lo que uno ve, ¿cómo lo espera? Vero, si esperamos lo que no vemos, por la paciencia lo esperamos2. Prestad atención a los mismos asuntos humanos y considerad que si alguien espera tomar mujer es porque aún no la tiene. Pues si ya la tiene, ¿qué espera? Se casa efectivamente con la mujer con que esperaba hacerlo y ya no esperará más tal cosa. La esperanza llega a su término felizmente cuando se hace presente la realidad. Todo peregrino espera llegar a su patria; hasta que no esté en ella sigue esperándolo; mas, una vez que haya llegado, deja de esperarlo. A la esperanza le sucede la realidad. La esperanza llega felizmente a su término cuando se posee lo que se esperaba. Por tanto, amadísimos, ahora habéis oído la invitación a levantar el corazón; al mismo corazón se debe el que pensemos en aquella vida futura. Vivamos santamente aquí para vivir allí.

2. Ved cuán grande fue la condescendencia de nuestro Señor. Quien nos hizo descendió hasta nosotros, puesto que habíamos caído de él. Mas, para venir a nosotros, él no cayó, sino que descendió. Por tanto, si descendió hasta nosotros, nos elevó. Nuestra cabeza nos ha elevado ya en su cuerpo; adonde está él le siguen también los miembros, puesto que adonde se ha dirigido antes la cabeza han de seguirle también los miembros. Él es la cabeza, nosotros somos los miembros. Él está en el cielo, nosotros en la tierra. ¿Tan lejos está él de nosotros? En ningún modo. Si te fijas en el espacio, está lejos; pero, si te fijas en el amor, está con nosotros. En efecto, si él no estuviese con nosotros, no hubiese dicho en el Evangelio: Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación del mundo3. Si él no está con nosotros, somos unos mentirosos cuando decimos: «El Señor esté con vosotros». Tampoco hubiese gritado desde el cielo cuando Saulo perseguía no a él, sino a sus santos, a sus siervos, o, para usar un término más familiar, a sus miembros: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?4 He aquí que yo estoy en el cielo, y tú en la tierra y entre los perseguidores. ¿Por qué dices me? Porque persigues a mis miembros, a través de los cuales yo estoy aquí. En efecto, si se pisa a alguien el pie, no se queda callada la lengua. Así, pues, aquel por quien fue hecho el cielo y la tierra descendió a la tierra por aquel que hizo de la tierra, y elevó a la tierra de aquí al cielo. Esperemos para el final lo que ya nos ha anticipado él. Él nos dará lo prometido; tenemos esa certeza porque nos dejó una garantía. Escribió el Evangelio; nos dará lo prometido. Más es lo que nos ha dado ya. ¿Acaso vamos a pensar que no nos dará la vida futura quien ya nos dio su muerte? Por nosotros tomó en la tierra la humillación de la pasión, las injurias, las burlas y cuanto había de vil, y ¿no nos dará el reino, la felicidad, la inmortalidad y la eternidad? Habiendo sufrido nuestros males, ¿no nos donará sus bienes? Caminemos confiados hacia esa esperanza, porque es veraz quien la ha prometido; pero vivamos de tal manera que podamos decirle con la frente bien alta: «Cumplimos lo que nos mandaste; danos lo que nos prometiste».