SERMÓN 3901

Traducción: Pío de Luis

La práctica de la limosna

1. En la medida en que el Señor me lo conceda, quiero exhortar a Vuestra Caridad a practicar la limosna; limosna que en los fieles y varones santos suele acompañar a los ayunos para que se sume a la cuenta de quien no tiene lo que se le resta a la del que tiene. De manera que, si defraudas a tu alma con tus lucros, sustraigas algo a la carne para ponerlo en el cielo. Allí tienes tu granero y tu guardián. Los hombres se construyen lugares dotados de la máxima seguridad para poner en ellos lo que aman en la tierra y, en cuanto les es posible, se esfuerzan por guardarlos para sí allí adonde los ladrones no tienen acceso. ¿Y cuándo puede ser realidad esto en la tierra, siendo ellos quienes lo quieren y lo guardan? Puede darse el caso de que el mismo guardián sea el ladrón. El Señor Jesucristo, considerando lo que quieren los hombres y qué pretenden cuando guardan sus cosas en la tierra, dio un consejo: «Guardadlas en el cielo; confiádmelas a mí». Por tanto, quien te mandó dar no quiso que perdieras nada, sino que lo cambiases de lugar. Vayan delante tus bienes al lugar adonde has de seguirlos tú. Ignoras quién puede poseer después de ti lo que no has enviado allá y has guardado aquí, donde no has de durar mucho tiempo. Levanta de aquí lo que amas para no adherirte a ello mediante el amor, y adhiriéndote lo pierdas y te pierdas. Tu mismo Señor es guardián tuyo y de tus bienes. Si, ignorando tú cómo conservar el trigo, un amigo cercano te aconsejase que lo pusieses en un lugar más alto para conservarlo mejor, ¿no aceptarías su consejo? Ese mismo consejo te da tu Señor, que no quiere que te corrompas tú ni tus bienes. «Colócalos aquí, si no quieres perderlos. ¿Quieres saber lo que hay que hacer? Yo lo sé, pues nadie puede dar, respecto a esta construcción, un consejo mejor que quien la hizo». Tú preguntas: «¿Dónde he de colocarlos?». Te responde: «En el cielo». Así dice: Acumulad vuestros tesoros en el cielo, donde el ladrón no excava ni la polilla los corrompe, pues donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón2. Acepta el consejo; se te da la opción de tan excelente depósito, donde ningún documento amenaza que tu posesión sea eterna.

2. Preguntarás, tal vez, cómo llevar arriba tus bienes. No te afanes pensando en escaleras o buscando algún que otro andamiaje. Haz un contrato de traslado como suelen hacerlo los ciudadanos que van de viaje. Muchos son quienes lo hacen; cuando encuentran a personas de confianza, les dan sus bienes sin vacilar. Lo hizo también Cristo tu Señor, rico arriba y pobre aquí abajo. Aquí sufre hambre; te pide que le concedas un préstamo, y él te restituirá conforme a justicia. ¿Por qué dudas, por qué difieres otorgárselo? ¿Acaso él no es solvente para devolver? Da a los pobres, no temas perder nada; cuando das a uno de sus pequeños, es a Cristo a quien das. Escucha el Evangelio. Cuando los que se hallen a su derecha, después de haberles enumerado algunas de sus necesidades, le pregunten estupefactos: ¿Cuándo te vimos en ellas?, el Señor les responderá: «Cuando lo hicisteis con uno de estos mis pequeños, conmigo lo hicisteis3. Yo —repito— lo recibí cuando un pobre lo recibió; en él sufría hambre y en él me saciaba». Da con tranquilidad: el Señor es quien recibe, el Señor es quien pide. Nada tendrías para darle si no lo hubieras recibido de él. Al prestar con intereses a un hombre, aumentas su carga; mas Cristo no es tal que se sienta abrumado por los intereses. «Si quieres prestar con intereses, hazme a mí el préstamo, te dice Dios; dame a mí; yo te lo restituiré con ellos». Levántate ya ahora; ensancha tu avaricia. Por un único sólido, quizá has de recibir no ya diez, ni cien, ni mil, ni la tierra, sino el cielo. Si dieses una libra de bronce y la recibieses de plata, o la dieses de plata y la recibieras de oro, te considerarías feliz. Lo que das se transforma realmente; se convertirá para ti no en oro ni en plata, sino en vida eterna. Se transformará, porque te transformarás tú. El dador se convertirá en ángel; lo dado se convertirá en trono de ángel. Fuera de la limosna no hay otro remedio que te libre de la muerte. Difícil es para cualquier hombre vivir esta vida sin pecados. Dad, pues, hermanos míos; compartid vuestros bienes. Procuraos bolsas de dinero que no envejecen4, el tesoro que perdura en el cielo. Escuchad el salmo: Aunque el hombre camina en imagen, inútil es su turbación; atesora, y no sabe para quién acumula5. Dad, y se os dará6.