SERMÓN 328 (=PL 38 + LAMBOT 13)

Traductor: Pío de Luis Vizcaíno, OSA

Tema: Los mártires, testigos de la verdad.
Lugar:
Desconocido.
Fecha:
Una fiesta de mártires. En los años 405—411.

1. Nos hemos dirigido al Señor nuestro Dios con las palabras del salmo: La muerte de sus santos es preciosa a los ojos del Señor. La muerte de los santos mártires es preciosa porque su precio es la sangre de su Señor. El, en efecto, sufrió su pasión pensando en quiénes la iban a sufrir después de él. Él fue delante, y le siguieron muchos. El camino era muy áspero, pero lo hizo suave al pasar él antes que los demás. Como él fue delante, los otros no temieron seguirle. Murió él, y esto llenó de terror a sus discípulos. Resucitó, y les quitó el temor otorgándoles el amor. Cuando Cristo murió, se asustaron los discípulos y pensaron que había perecido. Ved la gracia de Dios en él cuando le siguieron. El ladrón creyó en él precisamente cuando los discípulos temblaron de miedo. Estaba clavado con él en la cruz un ladrón, y de tal manera creyó en él que llegó a decir: Señor, piensa en mí cuando ¡legues a tu reino1. ¿Quién le instruía sino quien pendía a su lado? Estaba clavado a su vera, pero habitaba en su corazón.

2. En el mismo salmo en que leímos: La muerte de sus santos es preciosa a los ojos del Señor, está escrito también lo que oísteis: Yo dije en mi arrobamiento: «Todo hombre es mentiroso.»2

¿Qué acabamos de decir, hermanos? Todo hombre es mentiroso. Según eso, ¿también fueron mentirosos los mártires? Si, por el contrario, los mártires fueron veraces, ¿cómo es cierto que todo hombre es mentiroso? Lo dice la Escritura: Todo hombre es mentiroso. Si decimos que los mártires eran veraces, convertimos en mendaz a la Escritura. Y si dice verdad la Escritura al afirmar que todo hombre es mentiroso, entonces los mártires fueron mentirosos. ¿Cómo, pues, hemos de mostrar que tanto la Escritura como los mártires son veraces? ¿Acaso los mártires no fueron hombres? Y si fueron hombres, ¿cómo es verdad que todo hombre es mentiroso? ¿Qué hacer? ¿Me esforzaré en mostraros que la Escritura es verdadera, y que todo hombre es mentiroso, y que los mártires fueron veraces, porque murieron por la verdad? En efecto, si son mártires, se debe a que murieron por la verdad. «Mártir» es un término griego que en nuestra lengua equivale a «testigo». Por tanto, si fueron testigos verdaderos, dijeron la verdad, y al decir la verdad recibieron la corona. Si, por el contrario, fueron testigos falsos — ¡lejos de nosotros el pensarlo!—, no se dirigieron hacia la corona, sino a los tormentos, puesto que está escrito: El testigo falso no quedará impune3. Mostremos, pues, que ellos fueron veraces. Ya ellos mismos se muestran así al querer morir por la verdad. ¿Cómo entonces es verdadera la Escritura, que dice: Todo hombre es mentiroso? Supliquemos a nuestro Señor Jesucristo; él nos resolverá este problema. ¿De qué se servirá para resolvérnoslo? Del evangelio, del texto de que acabamos de hablar cuando se os leía.

3. En efecto, cuando se leía el evangelio, escuchasteis que el Señor Jesús decía a los mártires: Cuando os entreguen, no penséis en lo que vais a hablar o a decir; en aquel momento se m dará lo que tenéis que hablar. Pues no sois vosotros los que habláis, sino que es el Espíritu de vuestro Padre el que habla en vosotros4. Si habláis vosotros, decís mentira, puesto que todo hombre es mentiroso. Vio el Señor que todo hombre es mentiroso, y dio a los mártires su Espíritu, para que no fueran ellos quienes hablasen, sino su Espíritu; para que no fuesen mentirosos, sino veraces. Ved aquí cómo fueron veraces: porque no eran ellos quienes hablaban, sino el Espíritu de él. E incluso en lo que os estoy diciendo ahora, si hablo de lo mío, hablo mentira. Si, por el contrario, lo que os digo es del Espíritu de Dios, por eso mismo es verdad. Vosotros mismos sacad provecho: no queráis hablar de lo vuestro, si queréis hablar verdad, para no permanecer en vuestra condición de hombres mentirosos, en vez de ser hijos de Dios veraces.

4. Todos los herejes sufren incluso por la falsedad, no por la verdad, puesto que mienten contra el mismo Cristo. Cualquier cosa que sufran los paganos, todos los impíos, por la falsedad lo sufren. Así, pues, que nadie se enorgullezca y se gloríe de haber sufrido; muestre antes la verdad a su lengua. Tú muestras la pena, yo busco la causa. Tú dices: «He sufrido»; yo pregunto por qué has sufrido; pues, si nos fijamos sólo en los sufrimientos, hasta los ladrones han de ser coronados. ¿Acaso se atreve a decir él: «He sufrido esto y esto»? ¿Por qué no? Porque se le responde: «Lo has sufrido para realizar tus malas acciones; por eso tu sufrimiento fue malo: porque antes fue mala tu causa.» Si el haber sufrido es motivo de gloria, hasta el diablo puede gloriarse. Ved cuánto sufre: sus templos son destruidos por doquier, por doquier se abaten sus ídolos, por doquier caen sus sacerdotes y poseídos. ¿Acaso puede decir él: «También yo soy mártir, puesto que tanto padezco»? En consecuencia, el hombre de Dios ha de elegirse primero la causa, para acercarse confiado al tormento; pues, si se acerca al tormento teniendo una buena causa, después del tormento recibirá también la corona.

5. Así, pues, el justo vivirá en la memoria eterna y no temerá oír nada malo5. Llegará el juez de vivos y muertos, según leemos en el evangelio. Eso será una realidad, puesto que lo que estamos viendo ahora tampoco existía cuando se nos anunciaba como futuro. Estáis viendo ahora cómo el nombre de Cristo se anuncia a todos los pueblos, cómo se convierten los hombres al único Dios, cómo son abandonados los ídolos y los demonios, a la vez que se derrumban sus templos y se hacen añico sus imágenes; todas estas cosas no existían entonces, pero se anunciaron y ahora las vemos. En las mismas Escrituras en que se halla anunciado lo que ahora vemos —fueron escritas tales cosas cuando no se veían, pero se indicaba su existencia futura—, en esas mismas Escrituras, repito, leemos lo que aún no ha llegado. Aún no ha llegado la resurrección de los muertos ni el día del juicio; aún no ha venido a juzgar quien vino antes a ser juzgado. Juzgado injustamente, juzgará con justicia. Difiere el manifestar su poder porque quiere mostrar su paciencia. Ha de venir, pues, y, dado que prometió que había de venir en compañía de sus ángeles, así vendrá y se manifestará envuelto en claridad a todos los que han de resucitar.

Cada uno ha de resucitar con su causa. Como uno entra en la cárcel ahora, cuando muere, así se presentará ante el juez. Es preciso, pues, que arregle ahora su causa; una vez que esté en la prisión, ya no tendrá posibilidad. Los que tengan buenas causas serán recibidos en el descanso; quienes, en cambio, las tengan malas, irán a parar al tormento. Pero las penas mayores las sufrirán una vez resucitados; en comparación de ellas, las que padecen los hombres malos que han muerto son iguales a los sueños de los hombres que sueñan ser atormentados. En efecto, sus almas sufren, pero no sus cuerpos. El tormento es mayor si se produce estando despierto.

Así, pues, una vez que hayan resucitado todos y se hayan presentado ante el juez justo, según él mismo predijo, los separará como el pastor separa las ovejas de los cabritos: a los cabritos los pondrá a la izquierda y a las ovejas a la derecha. Y dirá a los que estén a su derecha: Venid, benditos de mi Padre; recibid el reino, preparado para vosotros desde el comienzo del mundo. Ante esta voz se llenarán de gozo los que estén a la derecha, se gozarán los justos. En cambio, a los que estén a su izquierda les dirá: Id al fuego eterno con el diablo y sus ángeles6. El justo no temerá oír esta mala noticia.

6. Antes, pues, de recibir sus frutos, los santos mártires son ya ahora bienaventurados, puesto que sus almas están ya con Cristo. ¿Quién puede explicar con palabras lo que está preparado para ellos en la resurrección? Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni ha subido al corazón del hombre: eso tiene preparado Dios para los que le aman7. Si nadie puede explicar con palabras los bienes tan grandes que han de recibir los buenos fieles, no sin motivo se preparan tales premios para aquellos que lucharon por la verdad hasta derramar la sangre. Ni el mundo los arrastró con sus halagos ni el terror los quebrantó; ni los vencieron los tormentos ni los engañaron las blanduras. Sus mismos cuerpos, en los que padecieron grandes tormentos, poseerán gran belleza.

7. Nosotros, si los amamos, imitémosles, eligiendo primero una causa buena y soportemos con ánimo sereno cuanto de molesto encontremos en esta vida. Muchos, en efecto, no eligieron su causa, y, siendo malos, murieron por una causa mala. Perdieron la paciencia porque no se mantuvieron en la sabiduría. Al mártir no lo hace la pena, sino la causa. Pues si es la pena la que hace al mártir, hasta el ladrón es mártir cuando se le causa la muerte. ¿Queréis saber que no es la pena, sino la causa, la que hace al mártir? Considerad las tres cruces presentes cuando el Señor fue crucificado en medio de dos ladrones. El tormento era igual, pero la causa separaba a aquellos a quienes unía el tormento. Uno de aquellos ladrones creyó en Jesucristo el Señor mientras pendía del madero. Primeramente dice a su compañero... el otro ladrón, su compañero, insultó a Cristo el Señor, diciéndole: Si eres Hijo de Dios, sálvate a ti mismo8; pero el otro le replicó: Tú no temes a Dios; nosotros padecemos estos males por nuestras acciones, pero éste es el Santo de Dios9. ¡Oh confesión! Si así lo confesaba, no sin motivo estaba colgado. A continuación dice al mismo Cristo el Señor: Señor, piensa en mí cuando llegues a tu reino10. ¡Qué fe! Esperaba que hasta había de reinar aquel a quien veía crucificado. Tal ladrón no despreciaba a Cristo por sufrir la misma pena que él. Le veía morir como él y esperaba que había de reinar sobre él. ¡Grande fue este ladrón! Hizo fuerza y arrebató el reino de los cielos. ¿Dónde aprendió eso? Atracaba a mano armada en los desfiladeros, fue conducido ante el juez y escuchó la sentencia: del desfiladero al juez, y del juez a la cruz. ¿Dónde aprendió lo que dijo si no se lo enseñó el maestro que tenía al lado? En efecto, Cristo el Señor, el maestro de todos, pendía a su lado y le enseñaba en el corazón. ¿Por qué he dicho esto, hermanos? Porque al mártir no lo hace la pena, sino la causa. Allí había tres cruces: el tormento era el mismo, pero distinta la causa. De los ladrones, uno iba a ser condenado y el otro salvado, y en el medio se hallaba quien condenaba y salvaba. A uno le castiga, al otro le absuelve. Aquella cruz fue un tribunal.

Así, pues, hermanos, luchemos mientras vivimos por mantenernos en la verdadera fe, por estar en la verdadera Iglesia de Dios, por llevar una vida santa, si es que amamos a los santos, para poder imitar a quienes tienen una causa santa. Que nadie diga: «No puedo ser mártir, puesto que ahora no hay persecuciones.» No cesan las tentaciones. Lucha, que la corona está preparada. ¿Cuándo? Voy a mencionar una sola cosa. Sería cosa de nunca acabar el mencionar todos los casos en los que el alma cristiana es tentada, en los que con la ayuda de Dios vence y logra una gran victoria, aunque nadie la vea, por hallarse encerrada en el cuerpo; lucha con el corazón y es coronada en el corazón, mas por aquel que ve en el corazón. Voy a poner, pues, un solo ejemplo. Quizá alguno de vosotros se encuentre enfermo. Dada la situación humana, ¡cuántos son los que se hallan en peligro! Se acercan a quien yace en el lecho y le hablan o le hacen no sé qué vendajes o no sé qué signos y le tientan con estas palabras: «Haz esto o lo otro.» Quien hace todo eso perece en compañía del diablo, puesto que todo ello no son más que artilugios de los demonios, no signos salvadores de los ángeles. Por tanto, el que desprecia todas esas prácticas, y si le dicen alguna vez: «Si no haces esto, morirás», responde: «Es mejor para mí morir que hacer eso», yace en el lecho y se encamina al martirio. Tendido en el lecho y fatigado por la fiebre, aunque no pueda moverse, está luchando. No mueve los miembros, mas con los brazos de la fe ahoga al león, del que dice el apóstol Pedro: Ignoráis que vuestro adversario el diablo ronda, cual león rugiente, buscando a quién devorar11. Describió al diablo como a un león rugiente que merodea y busca arrebatar o herir alguna oveja del redil. Nunca desiste. Nunca, hasta el final, cesa de tender emboscadas. Si, pues, nuestro adversario no duerme, nuestra lucha es diaria. Sin ver ni siquiera a nuestro adversario, le vencemos. ¿Por qué no le vemos? Porque sentimos en nuestro interior aquello con lo que él quiere vencernos, y en eso mismo le dominamos. No ves al diablo, tu enemigo, pero sientes en ti tu avaricia. No ves al diablo, tu enemigo, pero sientes en ti tu concupiscencia. No ves al diablo, tu enemigo, pero sientes tu ira. Vence lo que sientes en tu interior y quedan vencidos los que acechan desde fuera. En esto consiste el amar a los mártires y celebrar con religiosa piedad su día: no es anegarse en vino, sino en imitar su fe y su paciencia.