SERMÓN 294

Traductor: Pío de Luis Vizcaíno, OSA

Tema: El bautismo de los niños.
Lugar:
Cartago, basílica Maiorum.
Fecha:
27 de junio, fiesta de San Gudeno. En el año 413.

1. Hablando en la fiesta de San Juan de lo que nos parecía oportuno, nuestro sermón fue a parar al tema del bautismo de los niños. Mas como ya me había alargado demasiado y estaba pensando en terminarlo, no dije sobre el tema tanto cuanto gente solícita debía haber dicho ante peligro tan grande.

A mí me hace diligente no el convencimiento, enraizado ya desde hace tiempo con suma autoridad en la Iglesia católica, sino las discusiones de algunos, que ahora se van extendiendo e intentan pervertir los ánimos de muchos. Nos ha parecido bien hablaros hoy de ello con la gracia de Dios. Celebramos la fiesta solemne del mártir; pero tiene la primacía una causa que atañe a todos los fieles más que la otra, propia de los solos mártires. En efecto, no todos los fieles son mártires, pero aquéllos fueron mártires por ser fieles. Veamos, pues, lo que aquéllos proponen y qué intenciones les guían, pues respecto a ellos debemos pensar antes en sanarlos que en refutarlos.

2. Conceden que conviene bautizar a los párvulos. No nos separa, pues, la cuestión de si los niños han de ser bautizados o no; pero se pregunta por el motivo por el que han de ser bautizados. Afirmemos, sin la menor duda, lo que ellos nos conceden. Que los niños han de ser bautizados, nadie lo duda. Que nadie lo ponga en discusión, pues ni siquiera lo hacen quienes se oponen a nosotros en algún otro punto. Pero nosotros decimos que los niños no tienen otro medio de alcanzar la salvación y la vida eterna si no es mediante el bautismo en Cristo; ellos, en cambio, dicen que el bautismo lo reciben no con vistas a la salvación y vida eterna, sino al reino de los cielos. Prestad atención por un momento mientras os expongo de qué se trata. Los niños, dicen, debido a su inocencia, dado que no tienen absolutamente ningún pecado, ni personal, ni original, ni contraído por ellos, ni heredado de Adán, aunque no se bauticen, tendrán necesariamente la salvación y la vida eterna; pero han de bautizarse para entrar en el reino de Dios, es decir, en el reino de los cielos. Si se discute sobre esto, no es por nosotros, sino pensando en ellos. Son, en efecto, hermanos nuestros y están sacudidos por la profundidad del problema, pero debieron dejarse guiar por el timón de la autoridad. Cuando dicen que no se les ha de bautizar con la finalidad de que alcancen la salvación y la vida eterna, sino más bien el reino de Dios y de los cielos, admiten que han de ser bautizados ciertamente, pero no por la vida eterna, sino por el reino de los cielos. ¿Qué dicen respecto a la vida eterna? —La poseerán —responden. —¿En atención a qué? —Porque carecen de pecado, y no pueden ser condenados. ¿Hay, pues, una vida eterna distinta del reino de los cielos?

3. Este primer error ha de ser alejado de los oídos y extirpado de las mentes. Es algo nuevo en la Iglesia, jamás antes oído, la afirmación de que hay una vida eterna distinta del reino de los cielos y una salvación eterna distinta del reino de Dios. Ante todo, considera, hermano, si no debes quizá asentir con nosotros en que quien no pertenece al reino de Dios pertenece, sin duda alguna, al grupo de los condenados. Vendrá el Señor, juzgará a vivos y muertos, como dice el evangelio; formará dos grupos, uno a la derecha y otro a la izquierda. A los de la izquierda les dirá: Id al juego eterno, que está preparado para el diablo y sus ángeles; y a los de la derecha: Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino preparado para vosotros desde el comienzo del mundo1. En el primer caso menciona el reino, y en el segundo la condenación con el diablo. No queda lugar intermedio alguno donde poder colocar a tus niños. Se juzgará a vivos y a muertos: unos irán a la derecha, otros a la izquierda; no conozco ningún otro lugar. Tú que introduces ese lugar intermedio, apártate del medio, no sea que choque contra ti quien busca el lado derecho. También a ti te advierto: quítate del medio, pero no vayas a parar a la izquierda. Si, pues, habrá derecha e izquierda y no conocemos que el evangelio hable de lugar intermedio alguno, entonces a la derecha está el reino de los cielos. Recibid, dijo, el reino. Quien no está allí, está a la izquierda. ¿Qué sucederá a los de la izquierda? Id al fuego eterno. Los de la derecha irán al reino, sin duda eterno, y los de la izquierda, al fuego eterno. Quien no esté a la derecha, sin duda alguna estará a la izquierda; por tanto, quien no esté en el reino, estará en el fuego eterno. ¿Puede tener, en verdad, la vida eterna quien no se bautiza? Ese no estará a la derecha, es decir, no estará en el reino. ¿O identificas la vida eterna con el fuego sempiterno? Escucha también algo más claro referido a la vida eterna, puesto que el reino de Dios no es otra cosa que la vida eterna. Primero mencionó el reino, pero a la derecha; el fuego eterno, a la izquierda. Al final de la frase, para enseñarte qué es el reino y qué el fuego eterno, dijo: Entonces irán éstos a la combustión eterna, y los justos, en cambio, a la vida eterna2. Advierte que acaba de exponerte qué es el reino y qué el fuego eterno, para que, cuando confieses que el niño no ha de estar en el reino, confieses también que ha de estar en el fuego eterno, pues el reino de los cielos es la vida eterna.

4. No es otra cosa lo que dice el apóstol Pablo. Intentando infundir terror a los hombres, no a los niños ni a los bautizados, sino a los criminales, malvados, inmundos y pervertidos, no los aterroriza amenazándolos con el fuego eterno, al que irán a parar, sin duda, en caso de no corregirse, sino negándoles la presencia en el reino, para que, al ver que perdían la esperanza del reino, se dieran cuenta de que lógicamente no les quedaba sino ir al castigo del fuego eterno. No os engañéis, dijo, pues ni los fornicadores, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los salteadores poseerán el reino de Dios. No dijo que tales y tales serán torturados en el fuego eterno, sino: no poseerán el reino de Dios. Quitada la derecha, no queda más que la izquierda. ¿Cómo lograrán escapar del fuego eterno? Sólo de una manera: hallándose en el reino. Continúa: Todas esas cosas fuisteis vosotros. ¿Cómo es que ya no lo son? Pero fuisteis lavados, santificados y justificados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y en el espíritu de nuestro Dios. En el nombre de nuestro Señor Jesucristo3, pues no hay otro nombre bajo el cielo en el que nos convenga salvarnos4: todos nosotros, grandes y pequeños. Si nos conviene salvarnos en este nombre, no hay duda de que fuera de tal nombre no existirá ni siquiera la salvación que se promete a los niños sin contar con Cristo. Con la venia de ellos lo diré: quien promete a alguien la salvación fuera de Cristo, ignoro si él mismo podrá obtenerla en Cristo.

5. Ahora les preguntamos a ellos: Y si alguien dijera que los niños, en atención a la inocencia que vosotros les atribuís y a su inmunidad de toda culpa, no sólo poseerán la vida y la salvación eterna, sino también el reino de Dios, ¿qué diríais? ¿Dónde encontráis vosotros determinado y asegurado que, sin el bautismo, los niños no han de poseer el reino de Dios? ¿En base a qué los separaríais según vuestro capricho —más que defensores de los niños, verdugos de sus miserias—; en base a qué los separaríais y les concederíais la salvación y la vida eterna separada del reino de los cielos? El otro, más benevolente y misericordioso que vosotros y, según vuestra opinión, más justo, les dará todo, tanto la vida eterna como el reino de los cielos. ¿Cómo conseguiréis superarlo? Puesto que a vosotros os deleita el razonar de vez en cuando contra la autoridad por clara que esté, aducid las reglas de vuestra razón y aplicadlas con todas vuestras fuerzas para refutar a éste, que, en atención a la inocencia y a la carencia —como decís vosotros— de toda culpa, es decir, del pecado original, quiere otorgar, incluso a los niños sin bautizar, no sólo la vida eterna, sino también el reino de los cielos. Vencedle. Yo, sin prejuzgar nada, tomaré su defensa por un breve momento y diré también lo que personalmente pienso. Pero os advierto que tenéis que ver en mí a un adversario aún más acérrimo.

6. He aquí que aparece no sé quién diciendo: «Un niño que no tiene absolutamente ningún pecado, ni contraído en su vida ni heredado de la vida del primer padre, poseerá no sólo la vida eterna, sino también el reino de los cielos.» Respondedle; derrotad a este hombre que se opone a vuestras teorías y a vuestro reparto de los premios. Vosotros, en efecto, decís: «Este, al no estar bautizado, tendrá la vida eterna, pero no el reino de los cielos.» El otro, por el contrario, afirma: «No sólo la vida eterna, sino también el reino de los cielos. ¿Por qué privas a este inocente de la herencia del reino de los cielos? Si no adquiere el reino de los cielos, será defraudado en un bien ciertamente grande. ¿Qué justicia es ésa? Dime, ¿por qué le privas del reino de los cielos? ¿En qué ha pecado el niño —aunque no esté bautizado—, que carece de toda culpa tanto personal como heredada? ¿Qué pecado ha cometido, dímelo, para no entrar en el reino de los cielos, para verse separado de la suerte de los santos y alejado de la compañía de los ángeles? Te crees misericordioso porque no le privas de la vida; pero, sin embargo, estás condenando a quien apartas del reino de los cielos. Lo condenas, sí; no lo hieres, pero lo mandas al destierro. En efecto, también los exiliados sobreviven si están sanos; no sufren dolores corporales, no son torturados ni sufren la aflicción que suponen las tinieblas de la cárcel. Su única pena consiste en no hallarse en su patria. Si se ama a la patria, grande es el castigo; si, por el contrario, no se la ama, mayor es la pena del corazón. ¿Es pequeño mal para el corazón del hombre el no desear la compañía de los santos, el no desear el reino de los cielos? Si no siente tales deseos, la pena le viene de la maldad; pero, si los siente, la pena le viene del amor defraudado. Pero admitamos, si así te parece, que el tormento es pequeño; con todo, si no existe culpa alguna, aun siendo pequeño, es grande.» Defiende aquí la justicia de Dios. ¿Por qué infligir al inocente un castigo, aunque sea pequeño, si en él no se encuentra pecado alguno? Oponte a este adversario, que, presumiendo de una misericordia y justicia mayor que la tuya, quiere otorgar, incluso a los niños no bautizados, no sólo la vida eterna, sino también el reino de los cielos; respóndele, si puedes, pero razonando la respuesta, puesto que tanto te deleita gloriarte en tu razón.

7. Yo advierto cuan profunda es esta cuestión y reconozco que mis fuerzas no son suficientes para escudriñarla en toda su profundidad. Me agrada exclamar también como Pablo: ¡Oh profundidad de las riquezas! Un niño no bautizado camina hacia la condenación. Son palabras del Apóstol: De un solo hombre viene la condenación5. No encuentro un motivo suficientemente razonable; no lo encuentro yo, no digo que no lo haya. Ahora bien, cuando no consiga llegar a lo más profundo de un abismo, debo considerar la fragilidad humana antes de condenar la autoridad divina. Yo exclamo a todo grito y sin ruborizarme: ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y ciencia de Dios! ¡Cuan inescrutables son sus juicios y cuan irrastreables sus caminos! ¿Quién ha conocido la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le dio antes a él para que tenga que devolverle? Pues de él, y por él, y en él están todas las cosas; a él la gloria por los siglos de los siglos6. Yo pongo mi debilidad al amparo de estas palabras, y, rodeado de esta cautela, resisto amurallado contra las flechas de tus razonamientos. Pero tú, guerrero, es decir, vigoroso razonador, responde a quien te dice: «Un niño totalmente inocente y carente de todo pecado, propio u original, tendrá no sólo la vida eterna, sino también el reino de los cielos. Esto es lo justo. Quien carece de todo mal, ¿por qué ha de carecer de algún bien?» —Yo sé por qué —respondes. —¿Cómo lo sabes? —Porque el Señor lo dijo. —Al fin has venido. Te apoyas no en tu razonamiento, sino en la palabra del Señor. Lo alabo ciertamente; es saludable. En cuanto hombre, no hallaste una razón y te refugias en la autoridad. Lo apruebo; lo apruebo sin reparo alguno. Haces bien; si no encuentras qué responder, refúgiate en la autoridad; allí dejaré de acosarte y no te expulsaré fuera; al contrario, acojo y abrazo al que allí busca su refugio.

8. Aduce, pues, la autoridad y anclémonos en ella contra el enemigo común. Los dos decimos que el niño no bautizado no entra en el reino de los cielos. Opongamos los dos resistencia al adversario común, que afirma que hasta el niño no bautizado entrará en el reino de los cielos, y avancemos el escudo de la fe contra sus dardos, insidiosos en extremo. Vayan cediendo poco a poco las conjeturas de la razón humana; tomemos las armas divinas. Tomad, dice el Apóstol, la armadura de Dios7. Preguntemos ambos a este hombre: —¿Eres cristiano? —Lo soy —responde. —Escucha el evangelio tú que quieres que los niños no bautizados entren en el reino de los cielos; escucha el evangelio: El que no renazca del agua y del Espíritu Santo no entrará en el reino de los cielos8. La afirmación es del Señor. Sólo quien no es cristiano puede oponerle resistencia. Rechazado él, no me queda más que luchar contigo. Y quizá donde hallaste tu victoria para bien del otro, halles la derrota para tu propio bien. A aquel a quien venciste, de no ser de piedra, lo has adoctrinado. No seas de piedra tú; retengamos ambos por el momento la mencionada frase: El que no renazca del agua y del Espíritu no entrará en el reino de los cielos. —Por esto mismo, dices, no puedo prometer el reino de Dios a un niño no bautizado. Significaría oponerme a la afirmación explícita del Señor. He aquí por qué digo que no poseerán el reino de Dios. He aquí por qué digo que han de ser bautizados para alcanzar el reino de Dios. —¿Es ése el motivo por lo que dices eso? —Ese es —respondo. —Estate atento, no obstante, considerando lo que antes dijimos, no sea que no encuentres la vida eterna fuera del reino de Dios. Con mucha claridad se habló de aquellos dos grupos, el de la derecha y el de la izquierda, que no dejan lugar a ningún espacio intermedio para la vida sin el reino. ¿Es esto poco aún para corregirte? ¿Es pequeño aviso? Reflexiona un poco conmigo sobre la lectura de la que extrajiste aquella frase.

9. Dijiste, en efecto, que no querías prometer el reino de los cielos a los niños no bautizados porque está clara la afirmación del Señor: El que no renazca del agua y del Espíritu no entrará en el reino de los cielos. En aquella ocasión, Nicodemo le preguntó cómo podía suceder eso, es decir, que volviera a nacer el hombre, puesto que le es imposible entrar de nuevo en el seno de su madre y nacer otra vez. ¿No has prestado atención a lo que escuchó de boca del Señor, de boca del maestro bueno, a lo que escuchó el error de boca de la verdad? Para mostrarle el cómo, le puso, entre otras cosas, una comparación. Pero antes le dijo: Nadie sube al cielo sino el que ha bajado del cielo, el hijo del hombre que está en el cielo9. Estando en la tierra, decía hallarse en el cielo, y cosa más notable aún, que estaba en el cielo el hijo del hombre. De esta forma manifestaba la unidad de persona en ambas naturalezas, es decir, en su ser el Hijo de Dios igual al Padre, la Palabra de Dios, quedesde el principio existe en cuanto Dios junto a Dios, y en su ser hijo del hombre, asumiendo el alma y la carne humana, vestido de hombre y venido a buscar a los hombres. A pesar de ambas naturalezas, pues, no ha de hablarse de dos Cristos ni de dos hijos, sino de una sola persona, un único Cristo, Hijo de Dios y el mismo Cristo, no otro, que es hijo del hombre; pero Hijo de Dios según la divinidad e hijo del hombre según la carne. ¿Quién de nosotros, tan poco atentos y tan poco sabios, no estaría tentado de distinguirlos de esta manera: el Hijo de Dios en el cielo y el hijo del hombre en la tierra? Mas para que no hiciésemos tal división, introduciendo, mediante ella, dos personas, dijo: Nadie sube al cielo sino el hijo del hombre que bajó del cielo10. Por tanto, el hijo del hombrebajó del cielo. ¿No fue hecho en la tierra el hijo del hombre? ¿No se hizo hijo del hombre gracias a María? Pero, ¡oh hombre! , dice, no separes lo que yo quiero unir. Es poca cosa decir que el hijo del hombre bajó, pues descendió Cristo, siendo hijo del hombre el mismo que es Hijo de Dios; está sentado en el cielo quien caminaba por la tierra. Estaba en el cielo, porque Cristo está en todas partes, y el mismo Cristo es Hijo de Dios e hijo del hombre. Por la unicidad de su persona, afirmamos que el Hijo de Dios está en la tierra, y en virtud de esa misma unidad de persona hemos probado que el hijo del hombre está en el cielo a partir de las palabras del Señor: El hijo del hombre que está en el cielo. Por esa misma unicidad de persona, cuando aún se hallaba y era visible en la tierra, le dijo Pedro: Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo11.

10. Aprenda, pues, Nicodemo cómo se realizará aquello que a él, al no entenderlo perfectamente, le parecía increíble y poco menos que imposible: Nadie subió al cielo sino el que bajó del cielo. Todos los que renacen suben ciertamente al cielo; de los demás, absolutamente ninguno. Y todos los que renacen suben al cielo por la gracia de Dios: Y nadie sube al cielo sino quien bajó del cielo, el hijo del hombre que está en el cielo. ¿Cómo así? Porque todos los que renacen se convierten en miembros suyos; el único Cristo nacido de María es un único Cristo; unida la cabeza a su cuerpo, forma un único Cristo. Esto es lo que quiso significar con estas palabras: Nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo. Nadie subió, a no ser Cristo. Si quieres subir, permanece en el cuerpo de Cristo; sí quieres subir, sé miembro de Cristo. Como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros y todos son miembros del mismo cuerpo, así también Cristo12, puesto que Cristo es la cabeza y el cuerpo. Cómo acontece esto, sigamos investigándolo. La cuestión está oculta y su profundidad la exalta.

11. Cristo carece de todo pecado; ni heredó el original ni cometió ninguno personal. Vino por cauces distintos al placer de la concupiscencia carnal, pues no existió en su concepción el abrazo marital. Del cuerpo de la virgen no tomó la herida, sino la medicina; no tomó algo que debiera sanar, sino algo con que sanar. Me estoy refiriendo al pecado. Sólo él, pues, existió sin pecado. ¿Cómo podrán ser miembros suyos aquellos de los que ninguno carece de pecado? ¿Cómo? Escucha la comparación que sigue: Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así conviene que sea levantado el hijo del hombre, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna13. ¿Cómo es que te parecía que los hombres pecadores no podían hacerse miembros de Cristo, es decir, de quien no tenía pecado alguno? Te impulsaba a ello la mordedura de la serpiente. Por eso fue crucificado Cristo y derramó su sangre para el perdón de los pecados; a causa del pecado, es decir, del veneno de la serpiente, como Moisés levantó la serpiente en el desierto para que sanasen quienes en el mismo desierto eran mordidos por las serpientes, razón por la que se les mandaba mirarla, y quien lo hacía quedaba curado, así conviene que sea levantado el hijo del hombre, para que todo el que crea en él, es decir, quien lo contemple levantado, quien no se avergüence de su crucifixión, quien se gloríe en la cruz de Cristo, no perezca, sino que tenga la vida eterna. No perezca. ¿Cómo? Creyendo en él. ¿De qué manera no perecerá? Mirando al levantado. De otra forma hubiese perecido. Esto significa: para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna.

12. Me presentas un niño y le mandas que mire al crucificado, a la vez que niegas que tenga el veneno de la serpiente. Si quieres favorecerle, si te conmueve la inocencia en su propia vida, no niegues que haya contraído alguna culpa en la vida anterior, no suya, pero sí del primer padre. No lo niegues; confiesa que está envenenado antes de pedir el medicamento; de otra forma no sanará. O de lo contrario, ¿a qué fin le dices que crea? La respuesta la dará quien lleva al niño. Es sanado con palabras ajenas, porque fue herido con una acción ajena. Se le pregunta: —¿Cree en Jesucristo? —Cree —se responde. Responden otros por quien no habla, está callado o llora, y con su mismo llanto pidiendo en cierta manera que se llegue en su ayuda. La respuesta es válida. ¿O llega la serpiente hasta intentar negar esa validez? ¡Lejos eso del corazón de cualquier cristiano! Así, pues, se responde por él, y la respuesta es válida. Con cierto soplo común se comunica el Espíritu: cree en otro porque pecó en otro. ¿O acaso encuentra la vida del mundo presente aquel a quien dio a luz la debilidad y no alcanza la vida del mundo futuro el engendrado por la caridad?

13. Por tanto, como Moisés levantó la serpiente en el desierto para que todo el picado por ella sanase al mirarla en lo alto, así convenía que fuese levantado el hijo del hombre para que todo el envenenado por la serpiente sane mirando al crucificado. Adán fue el primero en recibir la mordedura de la serpiente y su veneno. En consecuencia, el nacido en la carne de pecado encuentra la salvación en Cristo por la semejanza de la carne de pecado. En efecto, Dios envió a su hijo no en la carne de pecado, sino, como sigue el escritor, en la semejanza de la carne de pecado, puesto que no nació del abrazo conyugal, sino del seno virginal. Lo envió en la semejanza de la carne de pecado. ¿Con qué finalidad? Para condenar en su carne el pecado por medio del mismo pecado14. El pecado, pues, es vencido por el pecado, y la serpiente, por la serpiente. Pero hablemos de la semejanza, puesto que en Cristo no hay pecado alguno, sino solamente semejanza de carne de pecado. Por eso la serpiente levantada era de bronce: fue levantada a semejanza de la carne de pecado para sanar la raíz del pecado. Dios envió a su Hijo en la semejanza de la carne de pecado. No en la semejanza de la carne, pues era verdadera carne, sino en la semejanza de la carne de pecado, por tratarse de carne mortal sin mancha alguna de pecado. Para condenar en su carne el pecado, en atención a que la maldad existía; a partir del pecado mismo, en atención a la semejanza. En Cristo no hubo verdadera maldad, pero sí mortalidad. No tomó el pecado, pero sí la pena del pecado. Recibiendo la pena sin la culpa, sanó la pena y la culpa. Ved cómo se realiza esto. Extrañado, Nicodemo había dicho: ¿Cómo puede ser eso? Si somos sanados, no es porque lo merezcamos. Ved cómo se realiza esto. ¿Dónde sitúas ahora a los niños? Ya has afirmado que no están dañados con veneno alguno. Retíralos de la presencia de la serpiente levantada. Si no los retiras, estás afirmando que necesitan ser sanados y confiesas que están emponzoñados.

14. Además, cuando se leyó hoy esa misma lectura, ¿no escuchasteis lo que dijo entonces el Señor a Nicodemo? Quien cree en él no es juzgado; quien, en cambio, no cree, ya está juzgado15. También aquí buscas un espacio intermedio, tú hombre mediano; discutes, se te presta atención, pero tú no la prestas a estas palabras: Quien cree en él no es juzgado; quien, en cambio, no cree, ya está juzgado. ¿Qué significa: Ya está juzgado? Está condenado, pues sabéis que con frecuencia se usa la palabra «juicio» como equivalente de «condenación». Las Escrituras son testigo de ello, sobre todo en un texto que no deja lugar alguno a la duda y que nadie puede contradecir. Hablando el Señor de la resurrección, dijo: Quienes obraron el bien irán a la resurrección de la vida; quienes, en cambio, hicieron el mal, a la resurrección del juicio16. Con toda certeza, aquí «juicio» está puesto por «condenación». ¿Y tú te atreves a afirmar o creer otra cosa distinta? Quien no cree, ya está condenado. En otro
Lugar: Quien cree en el hijo tiene la vida eterna, que tú prometías a los niños aún no bautizados. Quien cree en el Hijo tiene la vida eterna. «Pero la tiene también, dice, el niño que no cree, aunque no posea el reino de Dios.» Ve lo que sigue: En cambio, quien es incrédulo frente al hijo, no tiene la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él17. ¿Dónde sitúas a los niños bautizados? Ciertamente, en el número de los creyentes. En efecto, según la costumbre antigua, canónica y fundada de la Iglesia, a los niños bautizados se les llama fieles. Así las cosas, pregunto respecto a ellos: —Este niño, ¿es cristiano? —Sí —responden. —¿Catecúmeno o ya fiel? —Ya es fiel—, precisamente porque tiene fe, y tiene fe porque cree. Así, pues, cuentas a los niños bautizados entre los creyentes. No te atreverás a pensar de otro modo si no quieres ser un hereje manifiesto. Tienen, por tanto, la vida eterna, porque quien cree en el Hijo tiene la vida eterna. No les prometáis la vida eterna sin esta fe y sin el sacramento que le es propio. En cambio, quien es incrédulo frente al Hijo y quien no cree en el Hijo no tiene vida, antes bien la ira de Dios permanece sobre él. No dijo: «Vendrá sobre él», sino: permanece sobre él. Al decir: La ira de Dios permanece sobre él, puso su mirada en el origen, con relación al cual dijo igualmente el Apóstol: También nosotros fuimos en otro tiempo hijos de la ira18. No acusamos a la naturaleza, cuyo autor es Dios. El la creó buena, pero fue viciada por la mala voluntad de la serpiente. Lo que en Adán fue fruto de la culpa, no de la naturaleza, en nosotros, sus descendientes, es ya propio de la naturaleza. De esta deficiencia de la naturaleza con la que nace el hombre no lo libra sino quien nació sin ella. De esta carne de pecado no lo libra más que quien nació sin pecado por la semejanza de la carne de pecado. De este veneno de la serpiente no lo libra sino la elevación de la serpiente. ¿Qué tienes que decir a esto? ¿Es ya suficiente?

15. Escuchad por un momento una argucia a que ellos recurren. Cuando se sienten apremiados por las palabras del Apóstol, que dice: Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así pasó a todos los hombres, pues todos pecaron en él19 —palabras que ignoro si hay alguien que no las entienda o que requiera quien se las explique—, intentan responder y decir que el Apóstol escribió eso porque Adán pecó el primero, y quienes pecaron detrás de él lo hicieron imitándole a él. ¿Qué otra cosa es esto sino intentar cubrir de tinieblas la luz que brilla? Por un hombre entró el pecado, y por el pecado la muerte, y así pasó a todos los hombres, pues todos pecaron en él. Dices que fue por imitación, en cuanto que Adán fue el primero en pecar. Te respondo decididamente: «El primero en pecar no fue Adán. Si buscas saber quién fue el primer pecador, dirige tu mirada al diablo. Pero, queriendo mostrar el Apóstol que la masa del género humano estaba envenenada ya desde el comienzo, puso al origen a aquel de quien nacemos, no a aquel a quien imitamos. Ciertamente, se llama padre a aquel a quien uno imita. Hijos míos, dijo, a quienes doy a luz20. El dijo también: Sed mis imitadores21. Y, pensando en esa misma imitación, se dice a los impíos: Vosotros tenéis por padre al diablo22. Consta en la fe católica que el diablo ni engendró nuestra naturaleza ni la creó; en él no hay más que la seducción de quien precede y la imitación de quien le sigue. Además, que me presenten un texto donde se lea: «Todos pecaron en el diablo», tal como se dijo de Adán: En él todos pecaron. Una cosa es pecar por instigación y a ejemplo de alguien y otra pecar en él. Atendiendo a la descendencia de la carne, todos estábamos en Adán aun antes de nacer; estábamos en él como en el padre, como en la raíz; así fue envenenado este árbol en el que estábamos. Puesto que el diablo, es decir, el príncipe del pecado y, en verdad, primer pecador, no tiene nada que ver con nuestro origen, sino sólo con nuestra imitación, cuando la Escritura habla de él dice: Por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo; le imitan quienes son de su partido23. Imitándole entran a pertenecer a su partido. ¿Se dijo acaso: «Pecaron en él»? En cambio, hablando de Adán, dijo: En quien todos pecaron, considerando el origen, la posteridad y la descendencia carnal. Pues si Adán fue puesto el primero por haber sido el primero en pecar, como si se tratase de mostrar no el origen, sino el modelo, ¿por qué, después de tanto tiempo, se busca a Cristo para contraponerlo a Adán? Si todos los pecadores están en relación con Adán por haber sido él el primer pecador, todos los justos debieron de estar en relación con Abel, que fue el primer justo. ¿Por qué se busca a Cristo? Despierta, hermano. ¿Por qué se busca a Cristo sino porque en Adán quedó condenado el nacimiento, y en Cristo se busca el segundo nacimiento?

16. Por tanto, que nadie os engañe; la Escritura está clara, la autoridad está muy bien fundada, la fe es totalmente universal. Todo nacido nace condenado; nadie es liberado si no es regenerado. Una vez instruidos, amadísimos, ya podéis vosotros responder a la otra argucia que presentan. Cuando la profieren, turban hasta a los niños. «Si los que nacen de un pecador nacen pecadores, ¿por qué no nacen justos los hijos de un fiel ya bautizado, a quien le han sido perdonados ya todos los pecados?» Respondedles al instante: «El hijo de un bautizado no nace justo, porque la generación no es obra de él en cuanto regenerado, sino en cuanto engendrado.» De Cristo se dijo: Mortificado en la carne, vivificado en el Espíritu24; de igual manera puede decirse del hombre: Putrefacto en la carne y vivificado en el espíritu. Lo que nace de la carne es carne. Pretendes que de un justo nazca otro justo, sin advertir que uno no puede ser justo si no ha sido antes regenerado. Tampoco prestas atención a la sentencia del Señor que tú mismo tienes en la boca: El que no renazca del agua y del Espíritu25. Pienso que esto no se tramita en el lecho conyugal. Te extraña que nazca un pecador del semen de un justo; ¿no te agrada la admiración que te produce el que el acebuche nazca de la semilla del olivo? Ten en cuenta esta comparación. Supón que el grano limpio es el justo bautizado; ¿no adviertes que de un grano limpio nace el trigo con la paja, sin la cual fue sembrado? Además, si la generación carnal está a la base de la propagación natural, y la generación espiritual a la base de la propagación de los renacidos, ¿quieres que de un bautizado nazca otro bautizado viendo que de un circunciso nace un incircunciso? Carnal es ciertamente esta generación, y carnal también la circuncisión; pero de un circunciso no nace un circunciso; de la misma manera, de un bautizado no puede nacer otro bautizado, porque nadie renace antes de haber nacido.

17. Escuchad otra argucia más fina; pero ¿qué argucia, por aguda que sea, no se estrella contra el escudo de la verdad? Dicen aún algo más; vedlo. «Si Adán, dicen, daña a quienes no han pecado, entonces Cristo ha de ser provechoso hasta para quienes no han creído.» Veis ciertamente cuánto se opone a la verdad esta sutileza. Ved cuánto ayuda a la misma verdad. Quien esto dice, no dice otra cosa sino que Cristo de nada aprovecha a los no creyentes. Y esto es verdad. ¿Quién no lo admite? ¿Quién no acepta que Cristo no aprovecha a los no creyentes y sí a los creyentes? Pero dime, te suplico: a los niños bautizados, ¿Cristo les sirve para algo o no les sirve para nada? Necesariamente ha de decir que les sirve: se siente oprimido por el peso de la madre Iglesia. Quizá desearían poder decir lo contrario, pues sus razonamientos parece que conducen en esa dirección, pero se sienten cohibidos por la autoridad de la Iglesia, para no verse no digo ya cubiertos de los salivazos de los hombres, pero sí como arrastrados por el río de las lágrimas de los niños mismos. Pues si dijeren que Cristo no es de provecho para los niños bautizados, no dirían más que esto: «Es superfluo bautizar a los niños.» Para que el bautismo no resulte superfluo, afirmación que no se atreven a hacer, confiesan que Cristo es provechoso para los niños bautizados. Si es de provecho para los bautizados, pregunto ahora para quiénes es de provecho: ¿para los que creen o para los que no creen? Elijan lo que quieran. Si dicen que para los no creyentes, ¿dónde queda tu calumniosa afirmación anterior de que Cristo no puede ser de provecho para los que no creen? Tú mismo confiesas que es provechoso para los niños aunque no creen. Luego les es de provecho de todos modos: piensas que no les aprovecha ni para la vida eterna ni para la salvación eterna, pero sí para recibir el reino de los cielos. En esto sí aprovecha Cristo a los niños bautizados. ¿Es de provecho, pues, para los no creyentes? Pero atentos: ¡lejos de mí el decir que los niños no creen! Anteriormente hablé sobre ello; dado que el niño pecó en otro, cree también en otro. Se responde: «Cree»; la respuesta es válida, y el niño pasa a ser contado entre los fieles bautizados. Así lo afirma la autoridad de la madre Iglesia; así consta en el canon bien fundado de la verdad. Cualquiera que lance sus arietes contra esta robustez y contra este muro inexpugnable, él mismo se estrellará. Hemos de concluir, por consiguiente, que Cristo es de algún provecho para los niños bautizados. Y como yo afirmo, y conmigo toda la Iglesia, les aprovecha porque creen, porque son fieles. Tú elige lo que quieras. Deseo sinceramente que elijas lo más verdadero, a saber: que digas con nosotros que aprovecha a los que creen. Pero, si dices que les aprovecha aunque no creen, estás hablando contra ti mismo. Si dices que les aprovecha porque creen, te unes a mí. Elige entre decir contra ti lo que es falso, o decir conmigo lo que es verdadero. En efecto, poco antes decías tú: «Cristo de nada sirve a los que no creen», pretendiendo este resultado: que Adán en nada dañó a los que no pecaron personalmente, del mismo modo que Cristo no aprovecha nada a quienes no creen. He aquí que ya confiesas que Cristo aprovecha algo a los niños bautizados que no creen. Si admites que ellos creen, dices bien, te unes a mi opinión: creen también quienes aún no hablan. ¿De dónde les viene la fe? ¿Cómo creen? Con la fe de los padres. Si son purificados por la fe de los padres es porque estaban manchados con el pecado de los padres. El cuerpo de muerte de los primeros padres los engendró pecadores; el espíritu de vida de los padres postreros los regeneró fieles. Tú das la fe a quien no responde, y yo el pecado a quien nada hace.

18. Dicen: «De un santo tenía que nacer otro santo, puesto que dijo el Apóstol: De otra forma, vuestros hijos serían inmundos; ahora, en cambio, son santos26¿Cómo interpretáis esto? ¿Cómo pretendes que de padres fieles nazca un hijo santo, hasta el punto de no tener que bautizarlo? Entiende como quieras esta santidad, pues hay muchos modos de santidad, como también muchos modos de santificación. En efecto, no todo lo que es santificado es enviado al reino de los cielos. Sobre nuestro alimento dice el Apóstol: Se le santifica por medio de la palabra de Dios y la creación27; nuestro alimento es santificado; pero ¿no sabemos, acaso, adonde es enviado? Advierte, pues, que hay algún modo, como una cierta sombra de la santificación, que no es suficiente para alcanzar la salvación. Está muy lejos de ella, y sólo Dios sabe cuánto. No obstante, corran los fieles con su hijo al bautismo; no caigan los padres en el error de pensar que ya es fiel de nacimiento. Puedo decir que ha nacido, no que ha renacido. ¿Quieres saber cómo has de entender esa santificación de los hijos de los fieles? Investigarlo ahora llevaría mucho tiempo. Piensa en el caso de que el marido no tenga fe y la esposa sea creyente. El marido incrédulo, dice, se santifica en la mujer, y la mujer incrédula, en él hermano28. Aquí se da una cierta santificación, pues el marido incrédulo es santificado en la mujer fiel; ¿acaso por eso puede tener la seguridad de que ha de entrar en el reino de los cielos sin ser bautizado, regenerado y redimido con la sangre de Cristo? Por tanto, del mismo modo que el marido incrédulo es santificado en la mujer, y, sin embargo, perece si no se bautiza, así también los hijos de los fieles, aunque santificados en cierta manera, perecen si no son bautizados.

19. Os ruego que estéis quietos un poquito más. Me limito a leer. Tengo en mis manos un escrito de San Cipriano, antiguo obispo de esta sede. Ved brevemente lo que él pensaba del bautismo de los niños; mejor, lo que la Iglesia siempre pensó. El lo mostrará. Les parece poco el sembrar y disputar sobre no sé qué impías novedades y hasta pretenden argüirnos de innovadores. Con esta finalidad leo a San Cipriano; para que veáis cómo han de entenderse, de acuerdo con los cánones, las palabras que antes mencioné y cuál es su interpretación católica. Le habían preguntado si el niño debía ser bautizado antes del octavo día, pues en la antigua ley no podía ser circuncidado más que en el octavo día. Se había planteado la cuestión de saber en qué día había que bautizarlos; entonces no había surgido el problema sobre el origen del pecado. Y precisamente allí donde entonces no había problema, se encontró la solución a la cuestión ahora planteada. Entre otras cosas que ya he mencionado, dice San Cipriano: «Por lo cual pensamos que la ley establecida con anterioridad no debe ser un impedimento para nadie en orden a conseguir la gracia, ni la circuncisión espiritual debe ser obstaculizada por la circuncisión carnal, sino que absolutamente todos deben ser admitidos a la gracia de Cristo, teniendo en cuenta que también Pedro habla y dice en los Hechos de los Apóstoles: Dios me dijo que a ningún hombre se le ha de llamar profano e inmundo29. Por lo demás, si algo pudiera impedir que los hombres consiguiesen la gracia, los pecados graves podrían impedirlo a los adultos y mayores de edad. Pero si hasta a los más empedernidos pecadores y a quienes más han pecado contra el Señor, después que abrazan la fe, se les otorga el perdón y a ninguno se le rehúsa el bautismo y la gracia, con cuánto mayor motivo no se le debe rehusar al recién nacido, quien no tiene más pecado que el contagio de la muerte, contraído en su primer nacimiento en cuanto hijo de Adán. El puede acercarse más fácilmente a recibir el perdón de los pecados por el hecho de que lo que se le perdonan no son pecados propios, sino ajenos». Ved cómo, sin haber entonces dudas al respecto, resuelve la cuestión sobre la que versan nuestras dudas. Esto lo tomó del cimiento de la Iglesia, para asegurar a las piedras vacilantes.

20. Si nos es posible, consigamos de nuestros hermanos que no sigan tachándonos de herejes, cosa que nosotros podríamos hacer, si quisiéramos, con los que piensan tales cosas, pero no lo hacemos. Soporte la madre con sus piadosas entrañas a quienes han de ser sanados; aguante a quienes han de ser instruidos, para no llorarlos muertos. Van demasiado lejos; demasiado, repito; apenas puede tolerarse, y se requiere gran paciencia para soportarlos. No abusen de la paciencia de la Iglesia, corríjanse para su bien. Les exhortamos como amigos, no litigamos como enemigos. Nos escarnecen y los sufrimos; no escarnezcan a la norma de la Iglesia ni a la verdad; no contradigan a la Iglesia santa, que se fatiga día a día por borrar el pecado original de los niños. Esta doctrina está bien fundamentada. En otras cuestiones aún no examinadas con diligencia ni garantizadas con la autoridad de la Iglesia ha de soportarse al amante de discusiones que se equivoca; en tales cuestiones puede soportarse el error; pero no debe llegar hasta intentar sacudir incluso el fundamento mismo de la Iglesia. No es conveniente; quizá aún no sea reprensible nuestra paciencia, pero debemos temer que no se nos acuse de negligentes. Baste esto a vuestra caridad; con quienes conocéis que son tales, comportaos amigable, fraterna, plácidamente; amorosa y pacientemente. Haga la piedad cuanto esté en su mano, porque luego no habrá impíos a quienes amar. Vueltos al Señor.