SERMÓN 123

Traducción: Pío de Luis, OSA

Las bodas de Caná (Jn 2,1-11)

1. 1. Sabéis, hermanos, porque lo habéis aprendido al creer en Cristo y yo mismo os lo he indicado a menudo en el ejercicio de mi ministerio, que la medicina para la hinchazón del hombre es la humildad de Cristo. En efecto, el hombre no habría perecido de no haberse hinchado de orgullo. Como dice la Escritura, principio de todo pecado es el orgullo1. Al principio del pecado fue necesario oponer el principio de la justicia. En consecuencia, si fue el orgullo el principio de todo pecado, ¿con qué se iba a sanar la hinchazón del orgullo, si Dios no se hubiese dignado hacerse humilde? ¡Avergüéncese el hombre de ser orgulloso, puesto que Dios se hizo humilde! De hecho, cuando se dice al hombre que se humille, lo desdeñan, y es fruto del orgullo el que las personas quieran vengarse cuando alguien las daña. A la vez que desdeñan humillarse, quieren vengarse, como si sacasen provecho del mal ajeno. El que sufrió el daño y la injuria quiere vengarse: convierte el daño ajeno en su medicamento y lo que logra es un gran tormento. Éste es el motivo por el que Cristo el Señor se dignó humillarse en todo, mostrándonos el camino, si es que nos dignamos recorrerlo.

2. 2. Entre otras cosas, ved que el Hijo de la Virgen asiste a una boda, el que, cuando estaba junto al Padre, instituyó las bodas. Como la primera mujer, por la que entró el pecado, tuvo su origen en el varón sin intervención de otra mujer, de igual manera, el Varón que lo destruyó tuvo su origen en una mujer sin intervención de varón. Por el primer varón caímos, por el segundo nos levantamos. Pero ¿qué hizo éste en la boda? Convirtió el agua en vino. ¿Hay poder más grande? Quien podía hacer tales cosas se dignó sentir necesidad. Quien convirtió el agua en vino pudo hacer también pan de las piedras. Su poder era idéntico, pero en este caso se trataba de una tentación diabólica, razón por la que Cristo no lo hizo. Sabéis, en efecto, que fue el diablo quien se lo sugirió a Cristo, el Señor, cuando le tentó. De hecho, Cristo sintió hambre, pues también a esto condescendió, puesto que entraba dentro de su humillación. Sintió hambre de pan, igual que se cansó en el camino, igual que fue herida la Salud o murió la Vida. Así, pues, como sabéis, cuando sintió hambre, le dijo el tentador: Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan2. Pero él replicó al tentador, enseñándote a ti cómo responderle, igual que el general lucha para enseñar al soldado. ¿Qué le respondió? No de solo pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios3. Y no convirtió las piedras en panes él que, sin duda, podía hacerlo, igual que convirtió el agua en vino. De hecho, requiere el mismo poder convertir la piedra en pan, pero no lo hizo para desairar la voluntad del tentador darle al tentador, pues al tentador no se le vence si no es despreciándole. Y una vez que hubo vencido al diablo que le tentaba, vinieron los ángeles y le servían4. Así, pues, quien tanto poder tenía, por qué convirtió el agua en vino y no las piedras en pan? Lee, o mejor, recuerda, lo que acabaste de oír cuando convirtió el agua en vino. ¿Qué añadió el evangelista? Y creyeron en él sus discípulos5. ¿Acaso habría creído entonces el diablo?

3. 3. Luego quien tuvo tanto poder, sintió hambre, sed, se fatigó, durmió, fue apresado, flagelado, crucificado, matado. Tal es el camino: camina por la humildad para llegar a la eternidad. Cristo Dios es la patria adonde vamos; Cristo hombre, el camino por donde vamos. A él vamos, por él vamos; ¿por qué tememos errar el camino? Sin alejarse del Padre vino a nosotros; tomaba el pecho, y contenía en sí el mundo; yacía en un pesebre y era el alimento de los ángeles. Era Dios y hombre: el mismo que era hombre era Dios, y el mismo que era Dios era hombre. Pero no era hombre por lo mismo que era Dios. Era Dios porque era la Palabra; era hombre porque la Palabra se hizo carne. Era Dios al permanecer en su ser; hombre, al asumir carne humana, añadiendo lo que no era sin perder lo que era. Por tanto, al presente, siguiendo el camino de la humildad, ya sufrió la pasión, ya murió, ya resucitó, ya subió al cielo; y a la vez que allí está sentado a la derecha del Padre, aquí está necesitado en sus pobres. Esto lo recordé también ayer a Vuestra caridad [final del sermón anterior], a propósito de lo que dijo a Natanael: Cosas mayores verás. Porque os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles subir y bajar hacia el Hijo del hombre6. Indagué a qué se refería y hablé abundantemente sobre ello. ¿Acaso tengo que repetir lo mismo hoy? Los que ayer asistieron tráiganlo a la memoria; no obstante, lo recordaré brevemente.

4. 4. No habría dicho: Subir hacia el Hijo del hombre7, si el Hijo del hombre no estuviese allí arriba; ni habría dicho: Descender hacia el Hijo del hombre, si no se hallase también arriba. Él mismo estaba arriba y abajo; arriba, en sí mismo; abajo, en los suyos; arriba, junto al Padre; abajo, en nosotros. De allí arriba procedió aquella voz dirigida a Saulo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?8 No habría dicho: Saulo, Saulo, de no haber estado arriba. Saulo no le perseguía allí arriba. Estando arriba, no habría dicho: ¿Por qué me persigues? Si no estuviese también abajo. Temed a Cristo en cuanto está arriba, reconocedle en cuanto está abajo. Ten a Cristo arriba dando, reconócele aquí necesitando. Aquí es pobre, allí es rico. Puesto que Cristo es pobre aquí, él habla por nosotros: Tuve hambre, tuve sed, estuve desnudo, fui forastero, estuve en la cárcel9. Y a algunos les dijo: Me socorristeis y a otros: No me socorristeis10. Ved que os he probado que Cristo es pobre; que es rico, ¿quién lo ignora? Y, estando aquí, dentro de esa riqueza se incluía el convertir el agua en vino. Si es rico quien tiene vino, ¿cuán rico será el que lo hace? Así, pues, Cristo es rico y es pobre; rico en cuanto Dios, pobre en cuanto hombre. Ese hombre subió ya rico al cielo, está sentado a la derecha del Padre; no obstante, aquí, en cuanto pobre, todavía tiene hambre, tiene sed, está desnudo.

5. 5. ¿Qué eres tú? ¿Rico? ¿Pobre? Muchos me dicen: «Soy pobre», y dicen verdad. Reconozco que es pobre quien sólo tiene algo; reconozco que es pobre quien siente necesidad. Pero cierta persona tiene mucho oro y plata. ¡Oh, si se reconociese pobre! Reconoce que es pobre si reconoce estar junto a un pobre. Entonces ¿qué?. Por mucho que tengas, tú que eres rico, eres mendigo de Dios. Llega el momento de orar; en él te pongo a prueba. En la oración pides. ¿Cómo no eres pobre tú que pides? Más todavía: pides pan. ¿Acaso no vas a decir: Danos nuestro pan de cada día?11 El que pide el pan de cada día ¿es pobre o es rico? Y, no obstante, te dice Cristo: «Dame de lo que te he dado». Pues ¿qué trajiste cuando viniste a este mundo? Aquí encontraste todo lo que he creado, tú, creado también. Nada trajiste, nada te llevarás de aquí. ¿Por qué no me haces partícipe de lo que es mío? La razón es que tú estás lleno, y el pobre vacío. Considerad vuestros comienzos: ambos nacisteis desnudos. También tú, por tanto, naciste desnudo. Muchas cosas hallaste aquí, ¿acaso trajiste algo contigo? Reclamo que me des de lo mío; dame y te devolveré. Me encontraste dadivoso, conviérteme luego en deudor. Poco es lo que dije: «Me encontraste dadivoso, conviérteme pronto en deudor»: conviértete en mi acreedor. Tú me das poco, yo te devolveré mucho; tú me das bienes terrenos, yo te los devolveré celestes; tú me das bienes temporales, yo te los devolveré eternos. Te devolveré a ti a ti mismo cuando te haya devuelto a mí.