SERMÓN 71

Traductor: Pío de Luis Vizcaíno, OSA

El pecado contra el Espíritu (Mt 12, 31—32)

1. Una gran cuestión nos ha planteado el texto evangélico recién leído. Por lo que a mi se refiere, no estoy capacitado para resolverlo, pero nuestra capacidad viene de Dios1, en la medida en que podemos recibir o aceptar su ayuda. Advertid ante todo la magnitud de la cuestión para que, al ver su mole sobre mis hombros, oréis por mis fatigas y, por el auxilio que me preste el Señor, halléis edificación para vuestro espíritu. Se le presentó al Señor un ciego y mudo que tenía un demonio, y lo curó de modo que comenzó a hablar y a ver; la muchedumbre quedó estupefacta, diciendo: ¿Es este acaso el hijo de David?2 Cuando los fariseos oyeron esto, dijeron: Este no arroja los demonios sino por Belcebú, príncipe de los demonios. Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo, será desolado, y una ciudad o casa, dividida contra sí, no subsistirá; y si Satanás expulsa a Satanás, está dividido contra sí mismo; ¿cómo, pues, subsistirá su reino?3 Al hablar así, quería dar entender por la confesión de ellos mismos que, al no creer en él, habían elegido estar en el reino del diablo, el cual, dividido contra sí, no podía subsistir. Elijan, pues, los fariseos lo que quieran. Si Satanás no puede expulsar a Satanás, no pudieron hallar nada que decir contra el Señor; y, si puede, miren más bien por sí mismos y salgan de su reino, que, dividido contra sí, no puede subsistir.

2. ¿Por obra de quién expulsa los demonios Cristo el Señor? Para que no piensen los fariseos en el príncipe de los demonios, presten atención a lo que sigue: Y si yo —dice— expulso los demonios por Belcebú, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces4. Sin duda dijo esto refiriéndose a sus discípulos, hijos de aquel pueblo, los cuales, en cuanto discípulos del Señor Jesucristo, sabían bien que no habían aprendido de su buen maestro ninguna mala arte para arrojar los demonios por obra del príncipe de los demonios. Por eso —dice— ellos serán vuestros jueces. «Estos —dice— que son lo innoble y despreciable de este mundo, en los que no hay artificiosa malignidad, sino que aparece la santa simplicidad de mi poder; estos, que son mis testigos, serán vuestros jueces». Luego añade: Pero, si yo expulso los demonios en el Espíritu de Dios, entonces ha llegado a vosotros el reino de Dios5. ¿Qué significa esto? «Si yo —dice— expulso los demonios en el Espíritu de Dios, tampoco podrían expulsarlos de otra manera vuestros hijos a los que no he dado una doctrina maligna, sino una fe sencilla. Sin duda ha llegado a vosotros el reino de Dios, mediante el cual queda derrocado el reino del diablo y también vosotros, si no cambiáis».

3. Y como había dicho: ¿Por obra de quién los expulsan vuestros hijos?6, para mostrar que el poder expulsarlos era gracia suya, no mérito de ellos, dijo: ¿O cómo puede alguien entrar en casa del fuerte y saquear su ajuar, si no ata primero al fuerte, para así saquear la casa?7 «Vuestros hijos —dice—, los que ya creyeron en mí o los que todavía han de creer y arrojar demonios, no por el príncipe de los demonios, sino por su sencilla santidad; los que, sin duda, fueron o todavía son lo que también sois vosotros, esto es, pecadores e impíos y, por ende, están en casa del diablo y son objetos en sus manos, ¿cómo podrían ser liberados de él, dado que los conquistaba por la imponente prepotencia de su maldad, si no lo hubiera atado con los lazos de mi justicia y le hubiese quitado sus objetos, objetos de ira, para hacerlos mis útiles de misericordia?»8 Esto es lo que el bienaventurado Apóstol reprocha a los orgullosos y a los que en cierto modo se glorían de sus propios méritos: Pues ¿quién te distingue?9, es decir, ¿quién te distingue de la masa de perdición originada en Adán y de los objetos de ira?». Y para que nadie responda: «mi justicia», añade: ¿Qué tienes que no lo hayas recibido?10 Por ello dice, incluyéndose a sí mismo: También nosotros fuimos en otro tiempo naturalmente hijos de ira, como los demás11. Luego también él fue utensilio en casa del forzudo malvado, puesto que era perseguidor de la Iglesia, blasfemo, insolente12, actuando por malicia y celos13, como él mismo confiesa. Mas quien ató al fuerte, le arrebató el objeto de perdición e hizo de él un objeto de elección14.

4. Y para que no creyeran los incrédulos e impíos, enemigos del nombre cristiano que, a causa de los diversos cismas y herejías originados por quienes, bajo denominación cristiana, reúnen rebaños de gente perdida, también el reino de Cristo está dividido contra sí mismo, añade a continuación: Quien no está conmigo está contra mí; y quien no recoge conmigo, desparrama15. No dijo: «Quien no lleva mi nombre», o «quien no lleva el signo externo de mi sacramento», sino: Quien no está conmigo está contra mí. Tampoco dijo: «Quien no reúne llevando mi nombre», sino: Quien no recoge conmigo, desparrama. Por tanto, el reino de Cristo no está dividido contra sí mismo, incluso si los hombres se empeñan en dividir lo que fue comprado al precio de la sangre de Cristo16. Pues el Señor sabe quiénes son los suyos. Apártese —dice— de la maldad todo el que invoca el nombre del Señor17. En efecto, si no se aparta de la maldad, no pertenece al reino de Cristo, aunque lleve el nombre de Cristo. Voy a recordar algunas cosas a manera de ejemplo: el espíritu de avaricia y el espíritu de dispendio, puesto que uno acumula y el otro derrocha, están separados el uno del otro, pero ambos pertenecen al reino del diablo. Entre los adoradores de ídolos, el espíritu de Juno y el espíritu de Hércules están separados el uno del otro, pero ambos pertenecen al reino del diablo. El pagano y el judío, ambos enemigos de Cristo, están separados el uno del otro, pero ambos pertenecen al reino del diablo. El arriano y el fotiniano, herejes ambos, están separados el uno del otro. El donatista y el maximianista, ambos herejes, también se oponen entre sí; todos los vicios y errores de los mortales que son contrarios los unos a los otros, están separados entre sí, pero todos pertenecen al reino del diablo. Por eso no subsistirá su reino. En cambio, el justo y el impío, el fiel y el incrédulo, el católico y el hereje, están separados entre sí, pero no pertenecen ambos al reino de Cristo. El Señor sabe quiénes son los suyos. Nadie se lisonjee con el nombre que lleva. Si quiere que le sea de provecho el nombre del Señor, apártese de la iniquidad al invocar el nombre del Señor.

5. Pero, aunque estas palabras evangélicas tenían cierta oscuridad —que considero aclarada con la ayuda de Dios—, no era tan grande como la que parecen tener las que siguen: Por eso os digo: cualquier pecado y blasfemia se les perdonará a los hombres; en cambio el espíritu de blasfemia no se les perdonará. A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; en cambio, al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará, ni en este mundo ni en el venidero18. ¿Qué será, entonces, de los que pretende conquistar la Iglesia? ¿Acaso a los que, habiéndose corregido, vienen a ella desde cualquier error, se les ofrece una falsa esperanza de perdón de todos sus pecados? Pues ¿quién no quedará convicto de haber dicho algo contra el Espíritu Santo, antes de hacerse cristiano o católico? En primer lugar, esos que llamamos paganos, que rinden culto a muchos dioses falsos y adoran a los ídolos, cuando dicen que el Señor Cristo hizo milagros mediante sus artes mágicas, ¿no son semejantes a los que decían que arrojaba a los demonios por el príncipe de los mismos? Y en segundo lugar, cuando blasfeman cotidianamente contra nuestra santificación, ¿contra quién blasfeman sino contra el Espíritu Santo? ¿Y qué decir de los judíos, que pronunciaron, referidas al Señor, las palabras punto de partida de este sermón? ¿Acaso no dicen, incluso hoy, palabras contra el Espíritu Santo, al negar que habita en los cristianos, como aquellos negaban que habitaba en Cristo? Pues tampoco aquellos maldijeron al Espíritu Santo, o dijeron que no existía; o que existía, pero que no era Dios, sino una criatura; o que no tenía poder para arrojar a los demonios. ¿No dijeron del Espíritu Santo estas indignidades u otras semejantes? En efecto, los saduceos negaban que existiese el Espíritu; en cambio, los fariseos defendían su existencia contra los herejes saduceos, pero negaban que habitara en el Señor Jesucristo, quien, según ellos, arrojaba los demonios por el príncipe de los mismos, cuando los arrojaba por el Espíritu Santo. Por eso, los judíos y todos los herejes que confiesan la existencia del Espíritu Santo, niegan que habite en el cuerpo de Cristo, que es su única Iglesia, ciertamente no otra que la única católica. Sin duda, son semejantes a los fariseos, quienes, si bien aun entonces confesaban que existe el Espíritu Santo, negaban, no obstante, que habitara en Cristo, cuya obra de expulsión de los demonios atribuían al príncipe de los demonios. Omito decir que hay herejes que se empeñan en sostener que el Espíritu Santo no es creador, sino una criatura, como los arríanos, los eunomianos y los macedonianos; o niegan absolutamente su existencia, afirmando que Dios no es Trinidad, sino que solamente el Padre es Dios, y a él mismo a veces se le llama Hijo y a veces Espíritu Santo, como los sabelianos, a los que algunos llaman patripasianos porque sostienen que fue el Padre quien sufrió la pasión; al negar que tenga un Hijo, niegan sin duda la existencia del Espíritu Santo. También los fotinianos, al decir que solo el Padre es Dios y que el Hijo, en cambio, es solo un hombre, niegan que exista en absoluto la tercera persona, el Espíritu Santo.

6. Es, pues, manifiesto que tanto los paganos como los judíos y herejes blasfeman contra el Espíritu Santo. ¿Habrá que abandonarlos y juzgarlos sin esperanza alguna, por ser irrevocable la sentencia: al que diga una palabra contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo, ni en el venidero?19 ¿Habrá que pensar que solo están libres de la culpa de ese pecado gravísimo los que son católicos desde su infancia? Todos los que creyeron en la palabra de Dios para hacerse católicos, sin duda vinieron a la gracia y paz de Cristo desde el paganismo, el judaísmo o la herejía. Si no se les perdona el haber hablado contra el Espíritu Santo, en vano se promete el perdón y se anuncia el evangelio a los hombres para que se conviertan a Dios y reciban la remisión de los pecados ya en el bautismo, ya en la paz de la Iglesia Porque no se dice «No se le perdonará sino en el bautismo», sino No se le perdonará ni en este siglo ni en el venidero20.

7. A algunos les parece que solo pecan contra el Espíritu Santo los que, después de haber sido purificados en el baño de la regeneración21 en la Iglesia y de haber recibido el Espíritu Santo, como ingratos a tan gran don del Salvador, se sumergieron luego en algún pecado que les llevó a la muerte, por ejemplo, el adulterio, el homicidio y la apostasía, abjurando ya del nombre cristiano sin más, ya de la Iglesia católica. Pero ignoro cómo puede demostrarse esta interpretación, pues en la Iglesia hay siempre lugar para la penitencia de cualesquiera pecados graves y el Apóstol dice que, con esa finalidad, hay que corregir a los mismos herejes: Por si Dios les otorga el arrepentimiento que les lleve a conocer la verdad, y vuelvan a la sensatez, una vez liberados de los lazos del diablo que los tiene cautivos según su capricho22. ¿Cuál es el fruto de la corrección si falta la esperanza del perdón? En fin, el Señor no dijo: «Al fiel católico que diga una palabra contra el Espíritu Santo», sino: Al que diga, es decir, «cualquiera que diga», «quienquiera que diga», no será perdonado ni en este siglo ni en el venidero. Por tanto, ya sea un pagano, ya sea un judío, ya sea un cristiano, ya sea un hereje entre los judíos o cristianos, ya tenga cualquiera otro título de error, no se dijo «este» o «aquel», sino Al que diga una palabra contra el Espíritu Santo, esto es, «blasfeme contra el Espíritu Santo», no se le perdonará ni en este siglo ni en el venidero23. Al contrario, si todo error contrario a la verdad y enemigo de la paz católica, como antes he mostrado, dice algo contra el Espíritu Santo y, no obstante, la Iglesia no cesa de corregir y de reunir a personas provenientes de cualquier extravío doctrinal para que reciban el perdón de los pecados y a ese mismo Espíritu Santo contra quien blasfemaron, pienso haber mostrado el gran enigma que esconde tan gran dificultad. Pidamos, pues, al Señor la luz para desentrañarlo.

8. Así, pues, hermanos, dirigid vuestros oídos hacia mí y vuestras mentes hacia Dios. Digo a Vuestra Caridad: quizá no hay problema mayor ni más difícil en todas las sagradas Escrituras. Por eso —para haceros una confesión personal—, siempre he evitado esta cuestión difícil y molesta en los sermones que he predicado al pueblo. Y no porque no tuviera algo que decir sobre ella —pues tampoco descuidaría el pedir, buscar y llamar24 en punto de tanta importancia— sino porque pensaba que las palabras que en un momento determinado me saliesen al paso no serían suficientes para hacer comprender lo que en cierta medida se revelaba a mi mente. Pero hoy, al escuchar, cuando se leía el evangelio, las lecturas sobre las que os tenía que predicar el sermón, ha sido tocado mi corazón de modo que he creído que Dios quiere que oigáis algo sobre este tema por medio de mi ministerio.

9. Antes os exhorto, por tanto, a que advirtáis y entendáis que el Señor no dijo «ningún espíritu de blasfemia se le perdonará», ni «tampoco se le perdonará a quien diga cualquier palabra contra el Espíritu Santo», sino: A quien diga una palabra. Si hubiera dicho lo primero, ya no nos quedaría absolutamente nada que discutir: porque, si a los hombres no se les perdona ninguna blasfemia o palabra que digan contra el Espíritu Santo, la Iglesia no ganaría a nadie proveniente de ningún género de impiedad; a ninguno de los que se oponen al don de Cristo y a la santificación que ofrece la Iglesia; a ningún pagano, o judío, o cualquiera de los herejes, e incluso a ninguno de los poco instruidos pertenecientes a la Iglesia católica. Pero lejos de mí sostener que el Señor dijera eso; lejos de mí —repito— afirmar que la Verdad dijera que ninguna blasfemia o ninguna palabra dicha contra el Espíritu Santo tenga perdón ni en este siglo ni en el venidero25.

10. El Señor quiso ejercitarnos con una cuestión difícil, no engañarnos con una afirmación falsa. Por tanto, no hay necesidad de que alguien piense que cualquier blasfemia y cualquier palabra que se diga contra el Espíritu Santo quede sin perdón; pero es ciertamente necesario que haya alguna blasfemia y alguna palabra que, pronunciada contra el Espíritu Santo, no merezca perdón y remisión. Porque, si aceptamos que se refiere a todas, ¿quién podrá salvarse? Y, al revés, si juzgamos que no exista ninguna, llevamos la contraria al Salvador. Por consiguiente, sin duda alguna hay una blasfemia o palabra que, si se dice contra el Espíritu Santo, no se perdona. Como el Señor quiso que nosotros investiguemos cuál es esa palabra, rehusó hacerla explícita. Quiso —repito— que la investiguemos, no que la neguemos. Porque las Escrituras suelen hablar de tal modo que, cuando se afirma algo de manera que no queda determinado si se refiere a la totalidad o a una parte, no hay que entenderlo como si reclamase una aplicación global, excluyendo una particular. Por tanto, esa afirmación se interpretaría en sentido global, esto es, con valor universal, si se dijera: «ningún espíritu de blasfemia se perdonará» o «A todo el que diga cualquier palabra contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero». Se interpretaría en sentido particular, esto es, con valor parcial, si se dijera «cierta blasfemia contra el Espíritu no se perdonará». Ahora bien, como la afirmación no se ha enunciado ni en sentido universal ni en uno particular —puesto que no se dijo «toda blasfemia contra el Espíritu» ni «tal blasfemia», sino, de un modo indefinido: La blasfemia contra el Espíritu no se perdonará26, ni se dijo «a quien diga cualquier palabra» o «a quien diga tal palabra», sino de modo indefinido: A quien diga una palabra27 —, no es necesario que entendamos cualquier blasfemia o cualquier palabra; de necesidad es aceptar que el Señor quiso dar a entender cierta blasfemia y cierta palabra. Pero no quiso hacerla explícita, para que, si pidiendo, buscando, llamando, recibimos una comprensión recta, no la tengamos en poco.

11. Para ver esto con mayor claridad, prestad atención a lo que dijo el Señor mismo de los judíos: Si yo no hubiese venido y les hubiese hablado, no tendrían pecado28. Tampoco dijo esas palabras como si quisiera que se entendiese que los judíos iban a carecer de absolutamente todo pecado si él no hubiese venido y no les hubiese hablado. En efecto, los encontró llenos y cargados de pecados. Por ello dice: Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados29. ¿De qué, sino de la carga de los pecados, debido a sus transgresiones de la ley? Porque la ley entró para que sobreabundara el delito30. Por tanto, como el mismo Señor dice también en otro lugar: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores31, ¿cómo es verdad que tendrían pecado si él no hubiese venido, sino porque esa afirmación, no pronunciada ni en sentido universal, ni en sentido particular, sino en sentido indefinido obliga a que no se entienda como referida a todo pecado? Pero, sin duda, si no pensamos en un pecado determinado, el que no tendrían los judíos de no haber venido Cristo y haberles hablado, diríamos —¡lejos de nosotros!— que la afirmación es falsa. Por tanto, para que la Verdad no resultara ser mentirosa, no dijo: «Si yo no hubiese venido y les hubiese hablado, no tendrían ningún pecado». Ni dijo tampoco de forma concreta: «si yo no hubiese venido y les hubiese hablado, no tendrían tal pecado», no fuera que se ejercitase poco el piadoso deseo de conocer. Sin duda, la entera abundancia de las sagradas Escrituras se convierte para nosotros en alimento, cuando en ellas hay claridad, y en ejercitación, cuando hay oscuridad: en el primer caso ahuyenta el hambre, en el segundo el hastío. Por tanto, dado que no se dijo: «no tendrían ningún pecado», no nos turbemos al reconocer que los judíos eran pecadores aunque el Señor no hubiera venido. Pero al decir: Si yo no hubiese venido no tendrían pecado, se sigue necesariamente que con la venida del Señor contrajeron, no todos, pero sí un determinado pecado que no tenían. Y ese pecado fue efectivamente que, aun estando presente y hablándoles, no le creyeron y, además, juzgándole enemigo porque les decía la verdad, lo mataron. Evidentemente, no tendrían ese pecado tan grande y horrendo si él no hubiera venido y les hubiera hablado. Por tanto, igual que cuando oímos: No tendrían pecado no entendemos cualquier pecado, sino uno determinado, así cuando oímos: La blasfemia contra el Espíritu no se perdonará32 , noentendemos cualquier blasfemia, sino una determinada; y cuando oímos: A quien diga una palabra contra el Espíritu Santo, no se le perdonará33, no debemos entender cualquier palabra, sino una determinada.

12. En efecto, es también necesario que la afirmación: Mas la blasfemia contra el Espíritu no se perdonar34 no la entendamos referida a la blasfemia contra cualquier espíritu, sino contra el Espíritu Santo. Y, aunque no lo hubiera expresado con más claridad en otro lugar, ¿quién sería tan insensato que entendiese otra cosa? Conforme a esa manera de hablar hay que entender también este texto: Si alguien no renace del agua y del Espíritu35, pues tampoco se dice ahí «del Espíritu Santo» y, no obstante, se sobreentiende. Y por el hecho de que diga: del agua y del Espíritu, nadie se siente obligado a entenderlo de cualquier espíritu. Por lo cual, cuando oyes: Mas la blasfemia contra el Espíritu no se perdonará, no procede pensar en la blasfemia contra cualquier espíritu, igual que en la frase anterior no pensabas en cualquier espíritu.

13. Veo que ya queréis oír cuál es esa blasfemia contra el Espíritu que no se perdonará —ya que no se trata de toda blasfemia— y cuál es la palabra —dado que no es toda palabra— que, pronunciada contra el Espíritu Santo, no se perdonará ni en este siglo ni en el venidero36. También yo quisiera decir ya lo que con toda atención esperáis oír. Pero tolerad que, por afán de ser más completo, me demore por algún tiempo, hasta que, con la ayuda del Señor, os explique todo lo que pasa por mi mente. En efecto, otros dos evangelistas, Marcos y Lucas, al hablar de este punto, no dijeron «blasfemia» o «palabra», para que no entendamos cualquier blasfemia, sino cierta blasfemia, ni cualquier palabra, sino cierta palabra. ¿Qué dijeron, entonces? En Marcos está escrito: En verdad os digo que a los hijos de los hombres se les serán perdonarán cualesquiera pecados y blasfemias que hayan proferido. Mas el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá nunca perdón, sino que será reo de un delito eterno37. Y en Lucas se lee esto: A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará. Pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará38 . ¿Acaso por que se da alguna diferencia en las palabras se apartan estas de la verdad de la misma frase? Pues ¿qué otra razón existe para que los evangelistas no digan lo mismo de forma idéntica, sino el que, a partir de ahí, aprendamos a anteponer las realidades a las palabras, no las palabras a las realidades, y no busquemos en el que habla sino lo que quiere dar a conocer, para expresar lo cual utiliza las palabras? ¿Qué diferencia hay entre decir: el espíritu de blasfemia no se perdonará39, y decir: Al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará40, a no ser, tal vez, que este segundo texto dice lo mismo que el primero solo que con mayor claridad, y que un evangelista no niega, sino que expone lo que afirma el otro? Mas la blasfemia contra el espíritu es una expresión oscura, dado que no ha indicado de qué espíritu. Pues no cualquier espíritu es un espíritu santo. Asimismo se puede hablar del espíritu de blasfemia cuando alguien blasfema con el espíritu, igual que se puede decir «oración del espíritu» cuando alguien ora con el espíritu, razón por la que dice el Apóstol: Oraré con el espíritu, oraré también con la mente41 . En cambio, al decir: Al que blasfeme contra el Espíritu Santo, se eliminan las ambigüedades. Asimismo, el texto: No tendrá nunca perdón, sino que será reo de un delito eterno42 ¿qué otra cosa indica sino lo que se lee en Mateo: No se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero?43 Con otras palabras y otro modo de hablar se ha afirmado exactamente lo mismo. Y para que en las palabras de Mateo: Al que diga una palabra contra el Espíritu Santo no entendamos sino la blasfemia, los otros evangelistas lo dijeron más claramente: Al que blasfeme contra el Espíritu Santo. Todo afirmaron lo mismo y ninguno de ellos se apartó de lo que quiso decir el que hablaba, para entender lo cual se pronuncian, escriben, leen y oyen las palabras.

14. Pero dirá alguno: «Ved que he aceptado y entendido que, cuando se dice «blasfemia», sin añadir "cualquiera" o "tal", se puede entender "cualquiera", aunque no es necesario; pero si no se sobrentiende "cierta", es falso lo que se dice. Lo mismo cuando se dice "palabra", sin añadir "cualquiera" o "tal", no es necesario entender "cualquiera", pero si no se sobrentiende al menos «cierta», no puede ser verdadero lo que se afirma. Pero donde se lee: El que blasfeme44, ¿cómo puedo entender "cierta blasfemia", donde no se lee "blasfemia", o "cierta palabra" donde no se lee "palabra", sino que se dice como en general: El que blasfeme?» A esa contradicción respondo de esta manera: Incluso si aquí se dijera «A quien blasfeme con cualquier blasfemia contra el Espíritu Santo», no habría motivo para buscar una determinada blasfemia, pues deberíamos entender «cualquier blasfemia». Pero como no se puede entender «cualquier blasfemia» para no quitar la esperanza del perdón, aunque se corrijan, a los paganos, judíos, herejes y a toda clase de hombres, que con sus diferentes errores y contradicciones blasfeman contra el Espíritu Santo, solo queda entender el texto: El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá nunca perdón, referido a uno que no blasfeme de cualquier modo, sino de un modo concreto que nunca se le pueda perdonar.

15. En el pasaje Dios no prueba a nadie45 hay que entender que Dios no prueba a nadie con determinada prueba. De lo contrario, resultaría falso lo que está escrito: El Señor Dios vuestro os prueba46, y se negaría que Cristo es Dios o se afirmaría que es falso el evangelio, en el que leemos que él preguntaba a un discípulo para probarlo, aunque él ya sabía lo que iba a hacer47 —en efecto, hay una prueba que conduce al pecado, la tentación, con la que Dios no prueba a nadie48, y hay otra que comprueba la fe, de la que Dios se digna hacer uso—. Pues, de igual manera cuando oímos: El que blasfeme contra el Espíritu Santo49, no debemos entenderlo de cualquier tipo de blasfemia, como tampoco allí entendemos todo tipo de prueba.

16. Asimismo, cuando oímos: Quien crea y se bautice se salvará50, no lo entendemos ciertamente de uno que crea a la manera de los demonios —creen pero también tiemblan51— ni de uno de los bautizados en cuyo número estaba Simón Mago que pudo bautizarse, pero no salvarse52. Por tanto, como al decir: Quien crea y se bautice se salvará, el Señor no tenía en mente a todos los que creen y se bautizan, sino a algunos, esto es, a los que poseen la fe que, según la distinción del Apóstol, obra por la caridad53, de la misma manera, al decir: El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá nunca perdón54, no contemplaba toda culpa, sino tan solo una determinada que, si alguno quedaba atado con ella, nunca le desataría con el perdón55.

17. Además, ¿cómo hemos de entender estas palabras: Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él?56 ¿Acaso hemos de entender aquí también a aquellos de quienes afirma el Apóstol que comen y beben su propia condenación cuando comen esa carne y beben esa sangre?57 ¿Acaso también Judas, que vendió al maestro y le traicionó impíamente, permaneció en Cristo y Cristo en él, aunque comió y bebió con los demás discípulos el sacramento de su carne y sangre, confeccionado por primera vez con sus manos, como lo indica más claramente el evangelista Lucas?58 Para seguir, hay muchos que o comen dicha carne y beben dicha sangre con corazón fingido, o después de haberla comido y haberla bebido se hacen apóstatas: ¿acaso permanecen ellos en Cristo y Cristo en ellos? Hay, efectivamente, cierto modo de comer esa carne y de beber esa sangre, y quien así come la una y bebe la otra permanece en Cristo y Cristo en él. Por lo tanto, no todo el que coma la carne de Cristo y beba su sangre de cualquier manera permanece en Cristo y Cristo en él, sino quien lo hace de una determinada manera, modo que ciertamente tenía en mente Jesucristo cuando pronunciaba esas palabras. Pues del mismo modo, al decir El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá nunca perdón59, no afirma que todo el que blasfeme de cualquier modo es reo de ese delito irremisible, sino el que blasfeme de cierta manera, que quiso que busquemos y entendamos el que profirió esa afirmación verdadera y terrible.

18. A mi parecer, ha llegado ya el momento lógico de deciros cuál es ese modo —más exactamente, falta de modo— de blasfemar; cuál la blasfemia y cuál la palabra contra el Espíritu Santo. No procede hacer esperar ya más a esa Vuestra Expectación a la que he tenido en suspenso durante tanto tiempo, aunque por necesidad. Sabéis, hermanos, que en la invisible e incorruptible Trinidad que profesa y anuncia la fe verdadera y la Iglesia católica, Dios Padre no es «padre» del Espíritu Santo, sino del Hijo; y que Dios Hijo no es «hijo» del Espíritu Santo, sino del Padre; y que Dios Espíritu Santo no es «espíritu» de solo el Padre o de solo el Hijo, sino del Padre y del Hijo. Sabéis también que esta Trinidad, aun mantenido la propiedad específica y la sustancia de cada persona, en razón de la indivisible e inseparable esencia o naturaleza de eternidad, verdad y bondad, no es tres dioses, sino un único Dios. Por eso, según mi capacidad, en la medida en que se nos permite ver estas cosas por espejo y en enigma60, especialmente a unos hombres como somos todavía nosotros, se nos muestra en el Padre el ser origen, en el Hijo el nacimiento, en el Espíritu santo la comunión del Padre y del Hijo, y en los tres la igualdad. Por tanto, han querido que, mediante lo que es común al Padre y al Hijo, nosotros entremos en comunión entre nosotros y con ellos. Han querido también constituirnos en unidad, la unidad que tienen ambos, por medio de ese Don, es decir, por medio del Espíritu Santo, Dios y Don de Dios, pues en él nos reconciliamos con la divinidad y gozamos de ella. En efecto, ¿de qué nos serviría conocer algún bien si no lo amáramos? Por otra parte, igual que aprendemos mediante la verdad, así amamos mediante la caridad, para conocer más perfectamente y gozar felices de lo conocido. Ahora bien, la caridad se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que se nos ha donado61. Y ya que por los pecados estábamos lejos de poseer los auténticos bienes, la caridad cubrió la muchedumbre de los pecados62. El Padre es, pues, para el Hijo verdad, origen veraz, y el Hijo es la verdad, nacida del Padre veraz; y el Espíritu Santo es la bondad, derramada por el Padre bueno y por el Hijo bueno; y los tres son una divinidad igual, inseparable unidad.

19. Por tanto, el primer regalo de la bondad de Dios para con nosotros, dirigido a que recibamos la vida eterna, que se nos dará al final, fue el perdón de los pecados que nos llegó al comienzo de nuestra fe. Mientras ellos subsistan, subsiste en cierto modo nuestra enemistad contra Dios y nuestra separación de él, que proviene de nuestro mal, ya que no miente la Escritura cuando dice: Vuestros pecados causan la separación entre vosotros y de Dios63. Por eso, él no nos infunde sus bienes si no nos ha librado de nuestros males. Y tanto más crecen aquellos cuanto más disminuyen estos; ni aquellos alcanzan la perfección mas que cuando desaparecen estos. Pero dado que Cristo el Señor perdona los pecados en el Espíritu Santo igual que arroja los demonios en el Espíritu Santo, de este particular se puede entender que, habiendo dicho a sus discípulos, después de haber resucitado de entre los muertos: Recibid el Espíritu Santo64, añadió a continuación: A quien perdonéis los pecados, le serán perdonados; y a quien se los retengáis, le serán retenidos65. Efectivamente, también la regeneración, en que tiene lugar el perdón de todos los pecados pasados, se verifica en el Espíritu Santo, pues dice el Señor: Si alguien no renace del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios66. Pero una cosa es nacer del Espíritu y otra nutrirse del Espíritu, igual que una cosa es nacer de la carne, que acontece en el parto de la madre, y otra cosa es nutrirse de la carne, que acontece cuando la madre amamanta al niño. Este se dirige a la mujer de la que nació buscando la satisfacción que obtiene de su pecho, a fin de vivir y recibir el alimento con que pervivir de la misma de la que recibió el comenzar a existir. Así, pues, el primer beneficio de la benignidad de Dios para los creyentes es la remisión de los pecados en nombre del Espíritu Santo. Por esa razón, así comenzó también la predicación de Juan el Bautista, enviado como precursor del Señor, pues está escrito: En aquellos días vino Juan el Bautista, predicando en el desierto de Judea, y diciendo: haced penitencia, pues se ha acercado el reino de los cielos67. Es la misma razón por la que también comenzó así la predicación del mismo Señor; de hecho, leemos: Entonces comenzó Jesús a predicar y decir: haced penitencia, pues se ha acercado el reino de los cielos68. A su vez, Juan, entre otras cosas que dijo a los que se acercaron a que los bautizara, se cuenta esto: Yo ciertamente os bautizo con agua en señal de arrepentimiento; mas el que ha de venir después de mí es más poderoso que yo, y no soy digno de llevar su calzado. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego69. También dijo el Señor: Juan bautizó con agua; mas vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo, que recibiréis dentro de pocos días70, hasta Pentecostés. En cuanto a lo que dijo Juan: Y fuego, aunque pueda entenderse de la tribulación que, por el nombre de Cristo, iban a sufrir los creyentes, no se aleja de la realidad que el Espíritu Santo mismo aparezca designado con el nombre de fuego. Por eso se dijo también a propósito de su venida: Aparecieron lenguas distintas, como de fuego que se posó asimismo sobre cada uno de ellos71. Por idéntica razón dijo también el Señor mismo: Fuego vine a traer al mundo72. Por lo mismo dice también el Apóstol: Hirviendo en el Espíritu, pues del Espíritu le viene el hervor, pues se derrama en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que se nos ha donado73. A ese hervor se opone lo que dijo el Señor: Se enfriará la caridad de muchos74. Ahora bien, la caridad perfecta es el don perfecto del Espíritu Santo. Antes, sin embargo, llega lo que atañe al perdón de los pecados; el beneficio por el que somos sacados del poder de las tinieblas75 y por el que el príncipe de este mundo es arrojado fuera por nuestra fe76, él que no obra en los hijos de la infidelidad77 si no es por el derecho que le otorga el tenerlos unidos y atados por el pecado. Pues en ese Espíritu Santo, por el que el pueblo de Dios es congregado en unidad, es arrojado el espíritu inmundo, dividido contra sí mismo78.

20. Contra este don gratuito, contra esta gracia de Dios habla el corazón impenitente. Y esa misma impenitencia es la blasfemia contra el Espíritu, que no se perdona ni en este siglo ni en el venidero79. De hecho, ya sea con el pensamiento, ya sea también con la lengua, pronuncia una palabra malvada e impía en extremo contra el Espíritu Santo —Espíritu en el que son bautizados todos aquellos cuyos pecados son perdonados y que ha recibido la Iglesia para que al que se le perdonen le queden perdonados— la persona que, aunque la paciencia de Dios la impulse al arrepentimiento, llevada por la dureza de su corazón y por su corazón impenitente, atesora para sí ira en el día de la ira y de revelación del justo juicio de Dios, que pagará a cada uno según sus obras80. Por tanto, esta falta de arrepentimiento —pues de esta única manera podemos designar de algún modo tanto la blasfemia como la palabra contra el Espíritu Santo que nunca serán perdonadas—; esta falta de arrepentimiento —repito— contra la que gritaba el pregonero y el juez diciendo: Haced penitencia, pues se ha acercado el reino de los cielos81 no tiene en absoluto perdón ni en este mundo ni en el venidero, puesto que es el arrepentimiento el que alcanza en este mundo un perdón que valga en el venidero. Para oponerse a esa falta de arrepentimiento abrió el Señor la boca de la predicación evangélica y predijo que se predicaría el Evangelio en todo el orbe82, en la misma circunstancia en que, después de la resurrección, dijo a los discípulos: Convenía que Cristo padeciera y resucitase de entre los muertos al tercer día y que en su nombre se predicase el arrepentimiento y el perdón de los pecados por todos los pueblos, comenzando por Jerusalén83.

21. Pero esta falta de arrepentimiento o corazón impenitente no puede ser juzgada mientras la persona vive en esta carne. Pues respecto de nadie hay que perder la esperanza mientras la paciencia de Dios la impulsa al arrepentimiento84 y no arrebata de esta vida al impío, ya que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva85. Hoy es pagano; ¿cómo sabes si mañana no será cristiano? Hoy es judío incrédulo, ¿y si mañana cree en Cristo? Hoy es hereje, ¿y si mañana se atiene a la verdad católica? Hoy es cismático, ¿y si mañana abraza la paz católica? ¿Y si estos a los que incluyes en cualquier clase de error y que condenas como ya sin esperanza, se arrepienten antes de acabar esta vida y encuentran la vida verdadera? Por lo tanto, hermanos, sírvaos también de advertencia a este respecto lo que dice el Apóstol: No juzguéis nada antes de tiempo86. Esta blasfemia contra el Espíritu, que no admite perdón alguno, que entendemos que no es cualquier blasfemia sino una determinada, y que he dicho, o descubierto, o —según pienso— mostrado que es la persistente dureza de un corazón impenitente, no se la puede advertir en nadie mientras se halla en esta vida, según acabo de indicar.

22. Lo dicho no tiene que pareceros absurdo. En efecto, aunque una persona que persevera hasta el fin de su vida en una terca falta de arrepentimiento hable durante mucho tiempo y abundantemente contra esta gracia del Espíritu Santo, tan larga oposición del corazón impenitente se designa en el Evangelio como «palabra», cual si fuese algo de breve duración, al decir Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; en cambio, al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero87. De hecho, aunque esta blasfemia sea prolija, conste de muchas palabras y aparezca dilatada en el tiempo, la Escritura suele llamar también «palabra» a muchas palabras. Ningún profeta habló solo una palabra y, sin embargo, se lee así: Palabra que fue dirigida a88 «este u otro profeta». También el Apóstol dice: Los presbíteros reciban un doble honor, especialmente los que se afanan en la palabra y la enseñanza89. No dice «en las palabras», sino en la palabra. También dice el santo Santiago: Sed realizadores de la palabra y no solo oyentes90. Tampoco él dice «de las palabras», sino de la palabra, aunque sean tantas las palabras de la sagrada Escritura que en la Iglesia se leen, se dicen, se oyen con frecuencia y solemnidad. Así, pues, por mucho que sea el tiempo en que cualquiera de nosotros se afane en predicar el Evangelio, no se le llama predicador «de palabras», sino «de la palabra»; asimismo, por mucho tiempo que cualquiera de vosotros escuche con diligencia y fervor mi predicación, no se dice de él que sea un enamoradísimo de escuchar «palabras», sino «la palabra». Así, según ese modo de hablar de la Escritura, conocido por la costumbre eclesiástica, sean las que sean las palabras que, durante la vida entera que pasa en esta carne, por mucho que se prolongue, cualquiera haya dicho con corazón impenitente —sea con la boca, sea con solo el pensamiento— contra el perdón de los pecados que tiene lugar en la Iglesia, pronuncia una palabra contra el Espíritu Santo.

23. Por eso, no solo la palabra que se diga contra el Hijo del hombre, sino absolutamente cualquier pecado o blasfemia se perdonará a los hombres, porque donde no existe el corazón impenitente —el pecado contra el Espíritu Santo, por quien se perdonan los pecados en la Iglesia—, todos los demás se perdonan. ¿Pero cómo va a perdonarse ese que impide el perdón de los otros también? Se les perdonan, pues, todos, mientras no esté entre ellos ese que nunca se perdonará. Si está entre ellos, ya que este no se perdona, tampoco son perdonados los demás, pues la remisión de todos la impide la atadura que supone ese pecado. Luego, si al que diga una palabra contra el Hijo del hombre se le perdonará y, en cambio, al que la diga contra el Espíritu Santo no se le perdonará, no se debe a que en la Trinidad el Espíritu Santo sea mayor que el Hijo, cosa que nunca ha defendido nadie, aunque fuera hereje. Se debe a que todo el que opone resistencia a la verdad y blasfema contra la verdad, que es Cristo, incluso después de anunciarse a los hombres de forma tan prolongada que la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros91 —Palabra que es el Hijo del hombre, Cristo mismo en persona—, si no pronuncia la palabra del corazón impenitente contra el Espíritu Santo —del que se dijo El que no renazca del agua y del Espíritu Santo92 y Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados les serán perdonados93—, esto es, si se arrepiente, recibirá mediante este Don la remisión de todos los pecados y, a la vez, de la palabra que haya dicho contra el Hijo del hombre. La razón es que, al pecado de ignorancia o de contumacia o de otra blasfemia cualquiera, no añadió el de falta de arrepentimiento que se opone al don de Dios y a la gracia de la regeneración y reconciliación, que tiene lugar en la Iglesia mediante el Espíritu Santo.

24. Por tanto, tampoco hay que aceptar lo que algunos piensan, a saber, que se perdona la palabra contra el Hijo del hombre, pero no la que se dice contra el Espíritu Santo, porque Cristo se hizo Hijo del hombre al asumir la carne, y mayor que esta carne es sin duda el Espíritu Santo que, por su propia sustancia, es igual al Padre y al Hijo Unigénito según su divinidad, según la cual también el Hijo Unigénito es igual al Padre y al Espíritu Santo. De hecho, si la razón fuese la indicada, sin duda no mencionaría ninguna otra blasfemia, y parecería que solo está abierta al perdón la que se dice contra el Hijo del hombre, como si se pensase que solo es hombre. Mas como puso delante: Cualquier pecado y blasfemia se perdonará a los hombres94 —lo que también se encuentra en otro evangelista en estos términos: a los hijos de los hombres se les serán perdonarán cualesquiera pecados y blasfemias que hayan proferido95— sin duda queda también incluida en esa afirmación general la blasfemia que se diga contra el Padre; y, sin embargo, solo se califica como irremisible la que se dice contra el Espíritu Santo. ¿Acaso también el Padre asumió la forma de siervo, por lo que es mayor el Espíritu Santo? Ciertamente no. Por ello, tras la mención global de todos los pecados y de toda blasfemia, quiso destacar, por encima de las demás, la blasfemia que se dice contra el Hijo del hombre96. El motivo es que, incluso si los hombres se hallasen atados por el pecado al que aludió al decir: Si yo no hubiere venido y les hubiere hablado, ellos no tendrían pecado97 —pecado que también el evangelio según Juan mostró ser muy grave cuando, al prometer que lo enviaría, dijo del Espíritu Santo: Él argüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio; de pecado ciertamente, porque no creyeron en mí98— si esa terquedad del corazón impenitente no llega a pronunciar la palabra contra el Espíritu Santo, se les perdonaría también esa palabra dicha contra el Hijo del hombre.

25. Llegados aquí quizá alguno pregunte si perdona los pecados solo el Espíritu Santo o también el Padre y el Hijo. Respondemos que también los perdonan el Padre y el Hijo, ya que el Hijo dice del Padre: Si perdonáis los pecados a los hombres, también vuestro Padre os perdonará los vuestros99. Padre al que también nosotros decimos en la oración dominical: Padre nuestro que estás en los cielos100, y entre otras cosas le pedimos también eso con estas palabras: Perdónanos nuestras deudas101. A su vez, dijo de sí mismo: Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene potestad para perdonar los pecados en la tierra102. «Entonces —dices— si perdonan los pecados el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, ¿por qué se dice que esa falta de arrepentimiento que nunca se perdona, se refiere solo a la blasfemia contra el Espíritu, como si el que está atado por ese pecado pareciera oponer resistencia al don del Espíritu Santo, por el hecho de que mediante ese don tiene lugar el perdón de los pecados?». A este respecto también yo pregunto si era Cristo el que expulsaba los demonios, o los expulsaban también el Padre y el Espíritu Santo. Pues, si solo los expulsaba Cristo, ¿cómo se entiende lo que él mismo dice: El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras?103 De hecho, se dijo así: Él mismo hace las obras como si no las hiciera el Hijo, sino el Padre que permanece en él. Y en este caso, ¿por qué dice en otro lugar: Mi Padre obra hasta ahora, y también yo obro?104 Y poco después: Pues todo lo que hace él, lo hace también el Hijo de modo semejante105. En cambio, lo que dice en otro lugar: Si no hubiese realizado entre ellos obras que ningún otro ha hecho106, lo dice como si lo hiciese él solo. Si, pues, estas cosas se afirman de modo que, con todo, son inseparables las obras del Padre y del Hijo, ¿qué hay que creer acerca del Espíritu Santo sino que también él obra de la misma manera? En efecto, en ese mismo pasaje, origen de la cuestión que estoy examinando, cuando el Hijo expulsaba los demonios, era él mismo quien decía: si yo expulso los demonios en el Espíritu de Dios, entonces ha llegado a vosotros el reino de Dios107.

26. Ahora quizá diga alguien que el Espíritu Santo en vez de hacer algo por propia voluntad es más bien dado por el Padre o por el Hijo, y que precisamente a esto se refiere lo que dijo Jesucristo: Yo expulso los demonios en el Espíritu Santo108, porque no es el Espíritu mismo, sino Cristo quien lo hace en el Espíritu. De esta manera, las palabras Yo expulso los demonios en el Espíritu Santo se entenderían como equivalentes a «Yo los expulso con el Espíritu Santo». Efectivamente, las Escrituras suelen hablar así: Le mataron en espada109, esto es, «con la espada»; Incendiaron en fuego110, esto es, con fuego, y Tomó Josué cuchillos de piedra, en los que circuncidaría a los hijos de Israel111, esto es, «con los que circuncidaría a los hijos de Israel». Mas los que por esa causa pretenden quitar al Espíritu Santo la propia iniciativa, atiendan a lo que leemos que dijo el Señor: El Espíritu sopla donde quiere112. En cambio, en cuanto a lo que dice el Apóstol: Todo esto lo obra un único y mismo Espíritu113, hay que temer que alguien crea que eso no lo hacen el Padre y el Hijo, pues entre esas obras cita el don de curación y el obrar prodigios114, uno de los cuales es ciertamente el expulsar demonios. Mas, al decir a continuación: Distribuyendo a cada uno lo suyo, según su voluntad115, ¿no manifiesta también un poder del Espíritu Santo, aunque plenamente indivisible del que poseen el Padre y el Hijo? Se habla así, pero manteniendo inseparable la operación de la Trinidad, de modo que, cuando se habla de la operación del Padre, se entiende que no obra sin el Hijo y el Espíritu Santo; y cuando se habla de la operación del Hijo, no se da sin el Padre y el Espíritu Santo; y cuando se habla de la operación del Espíritu Santo, se incluye al Padre y al Hijo. En consecuencia, saben muy bien los que poseen la recta fe, o también los que en cuanto pueden la comprenden, que las palabras Él hace las obras116 se refieren al Padre, porque el origen de las obras está también en la persona a la que deben la existencia las personas que colaboran en ella. En efecto, el Hijo nació de Él y el Espíritu Santo procede principalmente de aquel de quien nació el Hijo y con quien tiene en común el Espíritu. Saben también que, al decir el Señor: Si yo no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro hizo117, no se refería al Padre y al Espíritu, como si no hubiesen cooperado en ellas, sino a los hombres que leen esos muchos milagros, ninguno de los cuales hace los que hizo el Hijo. Saben, por último, que las palabras del Apóstol acerca del Espíritu Santo: Todas estas cosas las hace un único y mismo Espíritu118, no las dijo como si no cooperasen el Padre y el Hijo, sino porque en tales obras no son muchos los espíritus, sino uno sólo, y en esas sus diversas operaciones no es diverso de sí mismo.

27. Sin embargo, tampoco se afirma en vano, sino lógica y verazmente, que fue el Padre, no el Hijo o el Espíritu Santo, quien dijo: Tú eres mi Hijo amado, en quien me he complacido119. Pero tampoco negamos que ese milagro de la palabra que sonaba desde el cielo, aunque pertenecía solo a la persona del Padre, se verificaba cooperando el Hijo y el Espíritu Santo. En efecto, no porque el Hijo, asumida la carne, viviese entonces con los hombres en la tierra, dejaba de estar también en el seno del Padre como Palabra Unigénita, cuando se produjo la voz desde la nube. Tampoco se puede creer sabia y espiritualmente que Dios Padre haya excluido la cooperación de su Sabiduría y Espíritu en el obrar sus palabras sonantes y transeúntes. Del mismo modo, cuando decimos con toda rectitud que el Hijo, no el Padre ni el Espíritu Santo, caminó sobre el mar120, pues solo de él eran la carne y los pies que andaban sobre las olas, ¿quién rechaza que el Padre y el Espíritu Santo cooperaban en la realización de tan gran milagro? Pues así decimos con toda verdad que solo el Hijo tomó la carne, no el Padre ni el Espíritu Santo; sin embargo, no juzga rectamente quien niegue que el Padre y el Espíritu Santo cooperaron en esa misma encarnación que pertenece a solo el Hijo. Asimismo decimos que el Espíritu Santo, no el Padre o el Hijo, apareció en figura de paloma121 y en lenguas como de fuego y concedió a aquellos sobre los que vino proclamar en muchas y variadas lenguas las maravillas de Dios122; pero en este milagro, aunque pertenece solo al Espíritu Santo, no podemos separar la cooperación del Padre y de la Palabra Unigénita. Así, en la Trinidad, la Trinidad obra las obras de cada persona; cuando obra una, cooperan las otras dos por una conveniente concordia operativa en las tres, sin que falte en ninguna la eficacia en el obrar. Siendo esto así, se explica la frase de que el Señor Jesús arroja los demonios en el Espíritu Santo123. No es que no pudiera realizar esa obra él solo, por lo que, como si no se bastase a sí mismo para tal empresa, buscaba tal ayuda; sino que convenía que el espíritu dividido en sí mismo fuese expulsado mediante el Espíritu que tienen comúnmente entre sí el Padre y el Hijo, no divididos contra sí.

28. Del mismo modo, ya que los pecados no se perdonan fuera de la Iglesia124, convenía que se perdonasen en el Espíritu por el que la Iglesia se congrega en unidad. Además, si alguno se arrepiente de sus pecados fuera de la Iglesia, pero tiene un corazón impenitente respecto a ese gran pecado por el que es extraño a la Iglesia de Dios, ¿de qué le sirve ese arrepentimiento? Sólo con eso pronuncia palabra contra el Espíritu Santo, por la que se hace extraño a la Iglesia que recibió ese don, para que en ella se realice el perdón de los pecados en el Espíritu Santo. Tal perdón lo realiza la Trinidad, no obstante se entienda que propiamente pertenece al Espíritu Santo. En efecto, él es el Espíritu de adopción de los hijos, en el que clamamos «¡Abba, Padre!»125, para que podamos decirle: Perdónanos nuestras deudas126. Y, como dice el apóstol Juan: En esto conocemos que Cristo permanece en nosotros por el Espíritu que nos ha dado127 . El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios128. Porque a él pertenece la comunión por la que nos constituimos en el único cuerpo del único Hijo de Dios. Por eso está escrito: Si hay alguna exhortación en Cristo, si algún consuelo de caridad, si alguna comunión en el Espíritu129. Por esa comunión, aquellos sobre los que vino por primera vez hablaron las lenguas de todas las naciones130. Como la lengua común hace que el género humano se asocie, así convenía que mediante las lenguas de todos los pueblos se significase esta unión de los hijos de Dios y miembros de Cristo que iba a darse en todos los pueblos, de modo que, como entonces quien hablaba el idioma de todos ellos manifestaba haber recibido el Espíritu Santo, así ahora reconozca que ha recibido el Espíritu Santo el que mantiene el vínculo de la paz de la Iglesia, que se difunde por todos los pueblos. Por lo que dice el Apóstol: Poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz131.

29. Que él sea Espíritu del Padre, lo dice el mismo Hijo: Del Padre procede132; y en otro lugar: No sois vosotros los que habláis, sino que el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros133. Y que sea también Espíritu del Hijo, lo dice el Apóstol: Envió Dios el Espíritu de su Hijo a vuestros corazones, el que clama ¡Abba, Padre!134, esto es, que «hace clamar». Clamamos nosotros, pero en Él, es decir, porque él difunde la caridad en nuestros corazones135, sin la cual clama en vano todo el que clama. Y por eso dice también: Mas quien no tiene el Espíritu de Cristo no le pertenece136. ¿A quién, entonces, pertenecerá propiamente dentro de la Trinidad la comunión de esta sociedad, sino al Espíritu que es común al Padre y al Hijo?

30. Que están privados de este Espíritu los que viven separados de la Iglesia, lo declara con toda claridad el apóstol Judas, al decir: Los que a sí mismos se segregan son hombres carnales, pues no tienen el Espíritu137. Por eso, a los que aun dentro de la Iglesia proyectaban ciertos cismas, apoyándose en los nombres de personas que, no obstante, formaban parte de su unidad, les arguye el apóstol Pablo diciendo entre otras cosas: El hombre carnal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios; para él son estulticia y no puede conocerlas porque el discernimiento es espiritual138. Muestra por qué dijo: No percibe, esto es, «no capta la palabra de la ciencia»139. Afirma que son párvulos dentro de la Iglesia, aún no espirituales, sino todavía carnales, a los que hay que alimentar con leche, no con alimento sólido: Como a niños en Cristo —dice—, os di a beber leche, no alimento sólido; pues aún no lo podíais soportar, ni todavía lo soportáis140. Al decir Aún no o ni todavía, no se pierde la esperanza, si se tiende a que llegue alguna vez lo que todavía no tiene lugar. Pues todavía —dice— sois carnales141. Y mostrando por qué son carnales, añade: Porque, mientras haya en vosotros envidias y reyertas, ¿no sois carnales y camináis a lo humano?142 E indicando lo mismo con más claridad, añade: Pues cuando uno dice «Yo soy de Pablo», y otro «Yo de Apolo», ¿no sois hombres? ¿Qué es, pues, Apolo? ¿Qué es Pablo? Ministros por medio de los cuales habéis creído143. Estos, Pablo y Apolo, vivían concordes en la unidad de espíritu y en el vínculo de la paz144; y, sin embargo, como ellos pretendían dividirlos entre sí y habían comenzado a jactarse del uno contra el otro145, les dice que son hombres, carnales, animales, incapaces de percibir las cosas del Espíritu de Dios146. Con todo, ya que no están separados de la Iglesia, los designa como párvulos en Cristo147. Pablo deseaba que fueran ángeles o dioses, pues les reprochaba ser hombres, esto es, que en sus reyertas no respiraban las cosas de Dios, sino las de los hombres148. En cambio, de los que están separados de la Iglesia no se dijo que «no perciben las cosas que son del espíritu», para no referirlos a la percepción de la ciencia, sino: No tienen el Espíritu149. No es necesario que quien lo tiene, tenga consciencia de que lo tiene.

31. Tienen, pues, este Espíritu los párvulos en Cristo que están dentro de la Iglesia, aunque sean animales y carnales, incapaces de percibir lo que tienen150, esto es, de entenderlo y saberlo. Porque ¿cómo serían párvulos en Cristo151, si no hubieran renacido del Espíritu Santo?152 No debe causar asombro el que alguien tenga una cosa e ignore que la tiene. Aun sin hablar de la divinidad del Omnipotente, y de la unidad de la inmutable Trinidad, ¿quién percibe fácilmente de modo científico qué es el alma? ¿Y quién no tiene alma? En fin, para que veamos con absoluta certeza que los párvulos en Cristo, incapaces de percibir las cosas del Espíritu de Dios, tienen, sin embargo, el Espíritu de Dios, veamos cómo el Apóstol los increpa algo más adelante diciéndoles: ¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?153 Nunca diría esto a los separados de la Iglesia, de los que dijo que no tienen el Espíritu154.

32. Pero no hay que afirmar que está en la Iglesia y pertenece a esta comunión en el Espíritu el que se mezcla con las ovejas de Cristo físicamente, pero con fingido corazón. Porque el Espíritu Santo de disciplina huirá del que finge155. Por ende, los que, sin renacer en el Espíritu, son bautizados en una u otra congregación —o, más bien, segregación— cismática o herética, son semejantes a Ismael, que nació de Abrahán según la carne, no como Isaac, que nació según el Espíritu dado que nació en virtud de la promesa156. Por eso, cuando vienen a la católica y se agregan a la comunión del Espíritu del que ciertamente carecían cuando estaban fuera, no se les reitera el bautismo en su carne. De hecho, a los que estaban fuera no les faltó esta forma externa de la piedad157, pero se le añade lo que no se les puede dar si no están dentro, a saber, la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz158. Antes de ser católicos, eran como los mencionados por el Apóstol: Tienen la forma externa de piedad, pero niegan su eficacia159. Puede darse la forma visible del sarmiento aun fuera de la parra, pero la vida invisible no puede tener raíces sino en la parra. Así, los ritos sagrados visibles, que poseen y celebran también los que se han separado de la unidad del Cuerpo de Cristo, pueden mostrar una forma externa de piedad; pero la eficacia de la piedad invisible y espiritual no puede darse en ellos, como la sensación ya no acompaña al órgano humano cuando ha sido amputado del cuerpo.

33. Siendo esto así, puesto que el perdón de los pecados no se otorga sino en el Espíritu Santo, solo puede darse en la Iglesia que posee el Espíritu Santo. Pues esto es lo que va asociado al perdón de los pecados: que el príncipe de este mundo, el espíritu que está dividido contra sí mismo160, no reine en nosotros, para que, liberados de la potestad del espíritu inmundo, nos convirtamos luego en templos del Espíritu Santo y, recibiendo el perdón de los pecados del mismo que nos limpia de ellos, le recibamos como huésped para que haga realidad, aumente y perfeccione nuestra justicia. Pues incluso en su primera venida, cuando los que lo recibieron hablaron las lenguas de todos los pueblos, y el apóstol Pedro habló a los presentes estupefactos, se compungieron de corazón y dijeron a Pedro161 y a los apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, entonces, hermanos? Mostrádnoslo. Y Pedro les dijo: Haced penitencia y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de Jesucristo para remisión de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo162. En la Iglesia, en la que estaba el Espíritu Santo, se realizaron ciertamente ambas cosas, esto es, el perdón de los pecados y la recepción de ese don. Mas, si se realizó en el nombre de Jesucristo, fue porque, al prometer al mismo Espíritu Santo, dijo: A quien envía el Padre en mi nombre163. Pues no habita en nadie el Espíritu Santo sin el Padre y el Hijo, como tampoco el Hijo sin el Padre y el Espíritu Santo, ni el Padre sin los otros dos. La inhabitación de las personas cuya operación es inseparable, es también inseparable, pero la mayor parte de las veces ellas se manifiestan separadamente no en su misma naturaleza sino por medio de criaturas que las significan. Un ejemplo: la voz pronuncia por separado cada sílaba con su propio espacio de tiempo y, sin embargo, ningún intervalo o espacio de tiempo separa unas sílabas de las otras. Nunca pueden pronunciarse todas a la vez, pero no pueden existir sino todas juntas. Pero, como he repetido ya, el perdón de los pecados —mediante el cual se derroca y suprime el reino del espíritu dividido en sí mismo— y la comunión de la unidad de la Iglesia de Dios —fuera de la cual no se da el perdón de los pecados— es como obra propia del Espíritu Santo, aunque cooperan el Padre y el Hijo, puesto que el Espíritu Santo mismo es, en cierto modo, la comunión del Padre y del Hijo. En efecto, el Hijo y el Espíritu Santo no tienen en común al Padre, pues no es Padre de ambos; el Padre y el Espíritu Santo no tienen en común al Hijo, pues no es hijo de ambos; en cambio, el Padre y el Hijo tienen en común al Espíritu Santo, pues es Espíritu único de ambos.

34. Por consiguiente, al reo de esa falta de arrepentimiento, pecado contra el Espíritu en el que se congrega la unidad y la sociedad de comunión de la Iglesia, nunca se le perdonará, porque se ha cerrado la puerta de acceso al lugar donde se perdona; y con razón se le condenará junto con el espíritu dividido contra sí mismo, dado que él está dividido contra el Espíritu Santo que no está dividido contra sí. Esto nos lo advierten también los testimonios evangélicos, si los examinamos con atención. Efectivamente, según Lucas, en el pasaje en que responde a los que le dijeron que expulsaba los demonios en virtud del príncipe de los demonios, el Señor no dice que no se perdona a quien blasfeme contra el Espíritu Santo164. Por donde se ve que el Señor no habló una sola vez de esto. Pero tampoco se ha de omitir por negligencia en qué circunstancia lo dijo. Estaba hablando de los que le iban a confesar o negar delante de los hombres, momento en que dijo: Os aseguro que a quien me confiese delante de los hombres, también el Hijo del hombre le confesará delante de los ángeles de Dios; en cambio, a quien me niegue delante de los hombres, le negaré delante de los ángeles165. Y para que estas palabras no significasen que debería perder toda esperanza de salvación el apóstol Pedro que le negó tres veces delante de los hombres, añadió a continuación: Y a todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; en cambio, al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará166, esto es, no se le perdonará la blasfemia de tener un corazón impenitente por la que se opone resistencia al perdón de los pecados, que se realiza en la Iglesia por el Espíritu Santo. Blasfemia que no tuvo Pedro, quien luego se arrepintió cuando lloró amargamente167. De hecho, vencido el espíritu dividido contra sí mismo y que había pedido licencia para atormentarle, y contra el cual el Señor había intercedido por Pedro para que no flaquease su fe168, recibió también el Espíritu Santo mismo, al que no opuso resistencia, de modo que no solo se le perdonó el pecado, sino que por su medio se predicó y concedió el perdón de los pecados.

35. A su vez, en el relato de los otros dos evangelistas, la causa de que el Señor pronunciara la sentencia sobre la blasfemia contra el Espíritu fue la mención del espíritu inmundo que está dividido contra sí mismo. Se había dicho del Señor que expulsaba los demonios en virtud del príncipe de los demonios; fue entonces cuando el Señor dijo que expulsaba los demonios en el Espíritu Santo, de modo que el Espíritu que no está dividido contra sí mismo vence y expulsa al espíritu dividido contra sí, pero que permanece en su perdición la persona que, por falta de arrepentimiento, rehúsa entrar en la paz del Espíritu que no está dividido contra sí. Marcos lo relata de esta manera: En verdad os digo que a los hombres se les serán perdonarán cualesquiera pecados y blasfemias que hayan proferido. Mas el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá nunca perdón, sino que será reo de un delito eterno169. Después de citar esas palabras del Señor, las unió con las suyas, diciendo: Porque ellos decían: tiene un espíritu inmundo170, para mostrar que de aquí surgió el motivo para decir eso, a saber: porque los judíos habían afirmado que expulsaba los demonios por Belcebú, príncipe de los demonios. No porque sea una blasfemia imperdonable, dado que también eso se perdona si le sigue el debido arrepentimiento; sino porque —como dije— la causa de que el Señor profiriese tal sentencia fue la mención del espíritu inmundo que el Señor mostró que estaba dividido contra sí mismo. Pero tenía en mente al Espíritu Santo que no solo no está dividido contra sí mismo sino que incluso une a los que reúne, perdonándoles los pecados por los que están divididos contra sí y morando en ellos, una vez que los ha limpiado, a fin de que, como está escrito en los Hechos de los Apóstoles, la multitud de los creyentes tenga un solo corazón y una alma sola171. A ese don del perdón no opone resistencia sino el que se mantiene terco en su corazón impenitente. Pues en otro lugar los judíos dijeron del Señor que tenía un demonio172; y, sin embargo, entonces no dijo nada sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo, porque no le echaron en cara que tenía un espíritu inmundo de manera que, por boca de ellos, pudiese mostrarse dividido en sí mismo, como Belcebú en virtud del cual dijeron que podía él expulsar los demonios.

36. En cambio, en este mismo pasaje según Mateo, el Señor manifestó con mayor claridad lo que aquí quería dar a entender, a saber: que pronuncia una palabra contra el Espíritu Santo quien, con su corazón impenitente, opone resistencia a la unidad de la Iglesia, en la cual se otorga el perdón de los pecados en el Espíritu Santo. Como ya se ha dicho, no tienen ese Espíritu los que, incluso poseyendo y administrando los sacramentos de Cristo, viven separados de su comunión. Pues cuando Jesús habló de la división de Satanás contra Satanás y de que él arrojaba los demonios en el Espíritu Santo, en el Espíritu que ciertamente no está dividido contra sí como Satanás, añadió a continuación: Quien no está conmigo, está contra mí, y quien no reúne conmigo, desparrama173, para que nadie piense que el reino de Cristo está dividido contra sí mismo por el hecho de que existen quienes reúnen sus capillitas bajo el nombre de Cristo, pero fuera de su redil. De esta manera mostraba que no pertenecen a él los que, al reunir fuera, más que reunir quieren desparramar. Luego añadió: Por eso os digo: cualquier pecado y blasfemia se perdonará a los hombres; pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no se perdonará174. ¿Qué significa eso? ¿Acaso queda solo sin perdonar la blasfemia contra el Espíritu, porque quien no está con Cristo está contra él y quien no reúne con él, desparrama? Esa es la razón, sin duda. Pues quien no reúne con él, cualquiera que sea el modo como reúna bajo su nombre, carece del Espíritu Santo.

37. Este Espíritu precisamente es el que nos impulsa a entender que el perdón de cualquier pecado y de cualquier blasfemia no puede darse en ningún otro lugar más que en la comunidad de Cristo, que no desparrama. En efecto, ella se halla reunida en el Espíritu Santo, que no está dividido contra sí, como aquel espíritu inmundo. Y por eso todas las congregaciones —o más bien disgregaciones— que se llaman Iglesia de Cristo y que, divididas y opuestas entre sí, son enemigas de la congregación de la unidad que es su verdadera Iglesia no por ostentar su nombre pertenecen a su congregación. Pertenecerían si estuviese dividido contra sí el Espíritu Santo en el que se constituye como congregación. Mas como eso no ocurre —ya que quien no está con Cristo, está contra él, y quien no reúne con él, desparrama175— por eso mismo cualquier pecado y cualquier blasfemia se perdonará a los hombres en esta comunidad que Cristo, nunca dividido contra sí mismo, reúne en el Espíritu Santo; en cambio, la blasfemia contra el Espíritu, a la que se debe que, con un corazón impenitente, se ponga resistencia a tan gran don de Dios hasta el final de la vida, no se perdonará. Pues si alguien es tan contrario a la unidad, que se opone a Dios que habla, no en los profetas, sino en su único Hijo —ya que por nosotros quiso que fuera Hijo del hombre para hablarnos en él—, se le perdonará ese pecado, si, arrepintiéndose, se convierte a la benignidad de Dios, el cual, no queriendo la muerte del impío, sino que se convierta y viva176, otorgó a su Iglesia el Espíritu Santo, para que a cualquiera a quien perdone en él los pecados, le queden perdonados177. En cambio, quien se declara enemigo de este don de modo que no lo pide con su arrepentimiento, sino que lo contradice al rehusar arrepentirse, hace que no se le perdone, no cualquier pecado, sino el de haber despreciado y hasta combatido el perdón de los pecados. Y de esta manera, se pronuncia palabra contra el Espíritu Santo cuando no se pasa de la dispersión a la congregación que recibió el Espíritu Santo para perdonar los pecados. Si alguien viene con corazón sincero a esta congregación aunque sea por la mediación de un clérigo malo, réprobo y falso, con tal que sea ministro católico, recibe el perdón de los pecados en el mismo Espíritu Santo. Este Espíritu obra en la santa Iglesia, aun en este tiempo en el que, como en una era, es triturada la paja178, de manera que no desdeña la auténtica confesión de los pecados de nadie, no lo engaña la simulación de nadie y rehúye a los malvados y, no obstante, incluso por su ministerio, reúne a los buenos. Así, pues, el único recurso para que la blasfemia no sea irremisible es evitar el corazón impenitente. Y nadie crea que es provechoso el arrepentimiento a quien no está dentro de la Iglesia en la que se otorga el perdón de los pecados y no mantiene la comunión del Espíritu en el vínculo de la paz179.

38. Con la misericordia y la ayuda del Señor, he expuesto como he podido, si es que he podido en alguna medida, una dificilísima cuestión. Lo que, por su dificultad, no he sido capaz de alcanzar no se impute a la misma verdad, que ejercita para su salvación a los piadosos incluso cuando se les oculta, sino a mi deficiencia, que no he podido ver lo que tenía que entender o explicar lo que había entendido. Y, con referencia a lo que, tal vez, he podido investigar con el pensamiento o explicar con la palabra, hay que dar gracias a Aquel en quien hemos buscado, a quien hemos pedido y al que hemos llamado para tener yo de qué alimentarme con la meditación y qué serviros a vosotros con la palabra.