SERMÓN 58

Traductor: Pío de Luis Vizcaíno, OSA

La entrega del Padrenuestro1

1. Habéis recitado de memoria el Símbolo en el que se halla compendiada nuestra fe. Ya antes os he indicado lo que dice el apóstol Pablo: ¿Cómo van a invocar a aquel en quien no han creído?2 Así, pues, dado que ya habéis recibido, aprendido de memoria y proclamado en público cómo hay que creer en Dios, recibid hoy cómo hay que invocarle. Como habéis oído cuando se leyó el Evangelio, fue su mismo Hijo el que enseñó esta oración a sus discípulos y a quienes creen en él. Habiéndonos formulado tales preces tan gran jurista, tenemos esperanza de ganar nuestra causa. Nuestro abogado es precisamente el mismo que ha de ser nuestro juez, el asesor del Padre que, como habéis confesado, está sentado a la derecha del Padre. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Aprended, pues, esta oración que tenéis que recitar de memoria dentro de ocho días. Por su parte, quienes de vosotros no fuisteis capaces de recitar debidamente el Símbolo, disponéis de tiempo todavía, dado que es el sábado, el último sábado, día en que vais a ser bautizados, la fecha en que tenéis que recitarlo de nuevo en presencia de todos los asistentes. A su vez, la oración que hoy recibís la tenéis que recitar en público dentro de ocho días a partir de hoy.

2. La oración empieza así: Padre nuestro que estás en los cielo3. Hemos hallado un Padre en los cielos; veamos cómo hemos de vivir en la tierra, pues quien ha hallado un Padre así debe vivir de manera tal que sea digno de alcanzar su herencia. Pero Padre nuestro lo decimos juntos. ¡Qué condescendencia! Lo dice el emperador y lo dice el mendigo; lo dice el siervo, lo dice su amo. Uno y otro dicen: Padre nuestro que estás en los cielos. Por tanto, reconozcan que son hermanos dado que tienen un único padre. Que el amo a quien su Amo, Cristo, quiso tener como hermano no desdeñe tener como hermano a su siervo.

3. Decimos: Santificado sea tu nombre. Venga tu reino4. Se trata de la santificación del nombre de Dios por la que nosotros nos hacemos santos, pues su nombre es siempre santo. También deseamos que venga su reino. Vendrá, lo queramos o no, pero desear y suplicar que venga su reino no es otra cosa que desear que nos haga dignos de él, no sea que —Dios no lo quiera— venga, pero no para nosotros. Pues para muchos no ha de venir el reino que ha de venir. Vendrá para aquellos a quienes se dirá: Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino que está preparado para vosotros desde el comienzo del mundo5. No vendrá para aquellos a quienes se dirá: Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno6. Cuando decimos: Venga tu reino pedimos, por tanto, que venga para nosotros. ¿Qué significa que venga para nosotros? Que nos encuentre buenos. Esto es lo que pedimos: que nos haga buenos; entonces vendrá para nosotros su reino.

4. Añadimos: Hágase tu voluntad: como en el cielo, también en la tierra7. Te sirven los ángeles en el cielo, sirvámoste nosotros en la tierra. No te ofenden los ángeles en el cielo, tampoco lo hagamos nosotros en la tierra. Como ellos hacen tu voluntad, hagámosla también nosotros. ¿Qué pedimos aquí sino ser buenos? En efecto, cuando cumplimos la voluntad de Dios —él, sin duda, hace siempre la suya—, es cuando se cumple en nosotros su voluntad. Existe todavía otra comprensión adecuada de Hágase tu voluntad: como en el cielo, también en la tierra. Acogemos el precepto de Dios; nos agrada y agrada a nuestra mente, pues nos complacemos en la ley de Dios según el hombre interior8. Entonces se hace su voluntad en el cielo. Con el cielo se compara nuestro espíritu y con la tierra nuestra carne. ¿Qué significa, por tanto, Hágase tu voluntad: como en el cielo, así también en la tierra? Que del mismo modo que a nuestra mente le agrada tu mandato, asimismo lo acate nuestra carne, y desaparezca del medio la lucha descrita por el Apóstol: La carne tiene deseos contrarios a los del espíritu, y el espíritu, contrarios a los de la carne9. Cuando la carne tiene deseos contrarios a los del espíritu, aún no se ha cumplido su voluntad en la tierra; cuando el espíritu tiene deseos contrarios a los de 1a carne, ya se ha cumplido su voluntad en el cielo. A su vez, la plena concordia existirá cuando Dios quiera; haya lucha ahora, para que pueda tener lugar la victoria. Hágase tu voluntad: como en el cielo, así también en la tierra, puede entenderse de otra manera todavía: considerando a la Iglesia como el cielo, en cuanto que lleva a Dios, y como la tierra a los infieles, de quienes se dijo: Tierra eres y a la tierra volverás10. Así, pues, cuando oramos por nuestros enemigos, por los enemigos de la Iglesia y del nombre cristiano, esto pedimos: que se haga su voluntad como en el cielo, así también en la tierra, es decir, como en los fieles, así también en quienes blasfeman contra ti, para que todos lleguen a ser cielo.

5. Sigue: Danos hoy nuestro pan de cada día11. Puede entenderse que con esta súplica pedimos sin más el pan de cada día para que abunde o, al menos, para que no nos falte. Dijo de cada día, es decir, mientras perdura lo que llamamos «hoy». Cada día vivimos, cada día nos levantamos, cada día sentimos sed, cada día sentimos hambre. Que Dios nos dé el pan de cada día. ¿Por qué no mencionó también la bebida? ¿Por qué no mencionó también el abrigo? En efecto, nuestro alimento consiste en tener comida y bebida; nuestro abrigo, en tener vestido y un techo. Y nada más desee el hombre, puesto que dice el Apóstol: Nada trajimos a este mundo, pero tampoco podemos llevarnos nada de él. Teniendo alimento y abrigo, estemos contentos con ello12. Desaparezca la avaricia; rica es también la naturaleza. Por tanto, si se refiere al alimento de cada día —puesto que también es correcto entender así las palabras: Danos hoy nuestro pan de cada día—, no ha de extrañarnos que, aunque nombre solo el pan, haya que entender todo lo necesario, igual que, cuando José invitó a sus hermanos, dijo: Estos hombres comerán hoy el pan conmigo13. ¿Por qué iban a comer solamente pan? Pero, mencionado solo el pan, se entendieron todos los demás alimentos. Del mismo modo, cuando pedimos a Dios el pan de cada día, le pedimos cuanto necesitamos en la tierra debido a nuestra carne. Pero —son palabras del Señor Jesús— Buscad primero el reino de Dios, y las demás cosas se os darán por añadidura14. Danos hoy nuestro pan de cada día: estas palabras se entienden asimismo perfectamente referidas a la Eucaristía, el alimen­to de cada día. En efecto, los ya bautizados saben qué reciben y que para ellos es un bien recibir este pan de cada día, necesario para esta vida. Piden por sí mismos a fin de llegar a ser buenos y perseverar en la bondad, en la fe y en la vida santa. Esto desean, esto piden, pues si no perseveraran en la vida santa serán apartados de aquel pan. Por tanto, ¿qué significa: Danos hoy nuestro pan de cada día? Vivamos de tal modo que no seamos apartados de tu altar. Pan de cada día es también la palabra de Dios, que día a día se os explica y en cierto modo se os reparte. Y del mismo modo que el estómago siente hambre de aquel pan, así el espíritu la siente de éste. También nosotros, pues, pedimos sin más este pan; en el pan de cada día está incluido cuanto en esta vida necesitan nuestra alma y nuestro cuerpo.

6. Perdónanos nuestras deudas15: lo decimos y hemos de decirlo porque decimos una verdad. De hecho, ¿quién vive aquí, en la carne, sin tener deudas? ¿Qué hombre hay que vida de tal manera que no tenga necesidad de esta súplica? Puede hincharse, pero no hacerse a sí mismo justo. Le viene bien imitar al publicano y no engreírse como el fariseo que subió al templo, se jactó de sus méritos16, tapó sus heridas. Por el contrario, el que decía: Señor, se me propicio, pues soy un pecador17, sabía a qué había subido al templo. El Señor Jesús —consideradlo, hermanos míos—, el Señor Jesús fue quien enseñó esta petición a sus discípulos, a aquellos hombres grandes, sus primeros apóstoles, nuestros carneros. Si, pues, hasta los carneros oran para que se les perdonen sus pecados, ¿qué han de hacer los corderos, de los que se dijo: Traed al Señor los hijos de los carneros?18 Sabéis que habéis proclamado esto, en cuanto contenido en el Símbolo de la fe, puesto que, entre otras cosas, habéis mencionado el perdón de los pecados. Hay dos clases de perdón de los pecados: uno que se nos concede una sola vez; otro que se nos otorga cada día. El primero es el que se nos otorga, una única vez, en el santo bautismo; el segundo, el que se nos concede, mientras vivimos aquí, gracias a la oración del Señor. Por eso decimos: Perdónanos nuestras deudas.

7. Pero Dios estableció con nosotros un pacto, un convenio y una escritura en firme, conforme a la cual hemos de decir: Como también nosotros perdonamos a nuestros deudores19. Quien desee que le produzca efecto la súplica: Perdónanos nuestras deudas, diga con sinceridad: Como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Si no lo dice o dice fingidamente esto último, en vano dice lo primero. Os lo digo sobre todo a vosotros que vais a acercaros al santo bautismo: Perdonad de todo corazón. También vosotros, los ya bautizados, que en circunstancia similar escuchasteis esta oración y mi exposición, perdonad de corazón cuanto tengáis contra quien sea; perdonad allí donde Dios ve. A veces el hombre perdona de palabra, pero retiene en el corazón la ofensa; la perdona de palabra por respetos humanos, pero la retiene, sin temer la mirada de Dios, en su corazón. Perdonad absolutamente todo: cualquier ofensa que hayáis retenido hasta hoy; perdonad al menos estos días. Ni un solo día debió ponerse el sol sobre vuestra ira20, y han pasado ya mu­chos soles. Pase alguna vez también vuestra ira, pues celebramos ahora el día del gran Sol, del sol del que dice la Escritura: Saldrá para vosotros el sol de justicia y en sus alas vendrá la salvación21. ¿Qué significa en sus alas? En su protección. Por eso se lee el salmo: Protégeme a la sombra de tus alas22. En cambio, los otros, predichos por la Sabiduría, los que en el día del juicio futuro manifestarán un arrepentimiento tardío y un dolor sin provecho, ¿qué han de decir entonces, espíritus arrepentidos que gimen en su angustia? ¿Qué nos aprovechó el orgullo? ¿Qué nos reportó el jactarnos de nuestras riquezas? Todo pasó como una sombra23. Entre otras cosas dirán también: Luego nos extraviamos del camino de la verdad; la luz de la justicia no nos alumbró, ni el sol salió para nosotros24. Ese Sol saldrá para los justos; en cambio, a este sol visible, Dios lo hace salir a diario para buenos y malos25. Es a los justos a quienes pertenece ver ese Sol que ahora habita en nuestros corazones mediante la fe26. No te aíres, pues; no se ponga este Sol en tu corazón pasando por encima de tu ira. No se ponga el sol sobre vuestra ira27, no sea que, tal vez, te aíres y se ponga para ti el Sol, es decir, te abandone el Sol de justicia y te quedes en tinieblas.

8. Pero no penséis que la ira es cosa de nada. Mi ojo se ha turbado a causa de la ira28. Ciertamente el que tiene el ojo turbado no puede ver el sol y, si intenta verlo, le producirá dolor en lugar de placer. ¿Qué es la ira? El deseo de venganza. ¡Se complace un hombre en la venganza, cuando aun no se han vengado ni Cristo ni se los santos mártires! La paciencia de Dios está aún a la espera de que se conviertan los enemigos de los mártires, de que se conviertan los enemigos de Cristo: ¿quiénes somos nosotros para buscar venganza? Si Dios quisiese vengarse de nosotros, ¿seguiríamos con vida? Él, que nunca nos dañó, no quiere tomar venganza de nosotros, y ¿queremos tomarla nosotros, que casi a diario ofendemos a Dios? Por tanto, perdonad de corazón. ¿Estás airado? No peques: Airaos y no pequéis29. Airaos como hombres cuando la ira os venza, pero no pequéis reteniendo en vuestro corazón la ira —si la retenéis, contra vosotros la retenéis—, impidiéndoos el acceso a aquella luz. Perdonad, pues. ¿Qué es la ira? El deseo de venganza. ¿Qué es el odio? La ira inveterada Si la ira se ha hecho vetusta, se llama ya odio. Así parece reconocerlo también aquel que, después de haber dicho: Mi ojo está turbado por la ira, [añadió:] He envejecido en medio de todos mis enemigos30. Lo que al principio era solamente ira, se convirtió en odio, porque se hizo vetusta. La ira es la paja, el odio la viga A veces reprendemos al que se aíra, manteniendo nosotros el odio en el corazón. Pero Cristo nos dice: Ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo31. ¿Cómo la paja, creciendo, llegó a hacerse una viga? Porque se arrancó al momento. Al tolerar que el sol saliera y se pusiera tantas veces por encima de tu ira, la hiciste vetusta, provocaste sospechas malignas y regaste la paja; al regarla, la nutriste; al nutrirla, la convertiste en una viga. Tiembla al menos cuando se te dice: El que odia a su hermano es un homicida32. No has desenvainado la espada, no has producido herida alguna a su carne, no has despedazado cuerpo alguno de un tajo, en tu corazón existe solamente el pensamiento de odio y se te tiene por un homicida; a los ojos de Dios eres reo. Él sigue con vida, pero tú le has dado muerte. Por lo que a ti respecta, has dado muerte al que odias. Enmiéndate, corrígete. Si en vuestras casas hubiese escorpiones o áspides, ¿cuánto no os esforzaríais para limpiarlas y poder habitarlas tranquilos? Os airáis; las cóleras se hacen inveteradas en vuestros corazones, surgen tantos otros odios, tantas otras vigas, tantos otros escorpiones y serpientes, ¿y no queréis limpiar vuestro corazón, casa de Dios? Haced, pues, lo que está dicho: Como también nosotros perdonamos a nuestros deudores33, y decid seguros: Perdónanos nuestras deudas34. La razón es que en esta tierra no podéis vivir sin deudas. Sin embargo, una cosa son los grandes pecados que se os tienen que perdonar en el bautismo, de los cuales debéis estar alejados siempre, y otra los pecados de cada día, sin los cuales es imposible que viva aquí el hombre, y a causa de los cuales es necesaria la oración cotidiana con su pacto y convenio. De modo que, igual que se dice con alegría: Perdónanos nuestras deudas, se diga con igual verdad: Como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Lo que he dicho se refiere a 1os pecados pasados; ¿qué decir de los otros?

9. No nos abandones a la tentación35: perdónanos los pecados cometidos y concédenos no cometer otros. Pues todo el que cae vencido en la tentación comete pecado. Y nadie, cuando sea tentado, diga «Es Dios quien me tienta». Dios no tienta para llevar al mal; él no tienta a nadie; cada uno es tentado por su concupiscencia, que le arrastra y le atrapa. Luego la concupiscencia, cuando concibe, da a luz al pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte36. En consecuencia, para que no te arrastre la concupiscencia, no le des tu consentimiento. Ella no puede concebir sino por obra tuya. ¿Le diste tu consentimiento? Es como si hubierais yacido juntos en el hecho de tu corazón. Se ha levantado tu concupiscencia: niégate a ella, no sigas sus pasos. Es ilícita, lasciva, torpe y te aparta de Dios. No le des el abrazo del consentimiento para no tener que llorar el parto, porque si consientes, es decir, si le das el abrazo, ella concibe. Una vez que la concupiscencia ha concebido, pare el pecado. ¿No temes aún? El pecado engendra la muerte; teme al menos la muerte. Si no temes el pecado, teme aquello a lo que conduce el pecado. Dulce es el pecado, pero amarga es la muerte. Tal es la desdicha de los hombres: al morir dejan aquí aquello por lo que pecan y llevan consigo sus pecados. Pecas por causa del dinero: lo has de dejar aquí; pecas por una quinta: la has de dejar aquí; pecas por una mujer: la has de dejar aquí. Y sea lo que sea lo que te lleva a pecar, cuando la muerte haya cerrado tus ojos, lo dejas aquí y llevas contigo el pecado mismo que has cometido.

10. Perdónense los pecados, y dejan de existir los pecados; perdónense los pecados pasados, no existan los futuros. Pero aquí es imposible vivir sin ellos: sean menos graves, sean diminutos, sean leves. No despreciéis, sin embargo, ni los leves, ni los diminutos. Los ríos se hacen de diminutas gotas. No los despreciéis. Por estrechas rendijas se filtra el agua a la nave, se llena la sentina; y si no se hace caso, la nave va a pique. Pero los marineros no se echan a dormir; sus manos se ponen en movimiento. Pónganse igualmente en movimiento tus manos día a día para achicar el agua. ¿Qué significa poner en movimiento las ma­nos? Dar. Realiza obras buenas: pónganse en movimiento tus manos. Reparte tu pan con el hambriento e introduce en tu casa al necesitado que no tiene techo; si ves a alguien desnudo, vístele37. Haz lo que puedas, hazlo con lo que puedas, hazlo con alegría y eleva tu oración confiadamente. Tendrá dos alas: la doble limosna. ¿Cuál es la doble limosna? Perdonad y se os perdonará; dad y se os dará38. Una limosna es la que sacas del corazón cuando concedes el perdón a tu hermano; la otra es la que haces con tus bienes cuando das pan al pobre. Practica ambas, no sea que tu oración se quede sin un ala.

11. Así, pues, después que hayamos dicho: No nos abandones a la tentación, continúa: Líbranos del mal39. Quien quiere que le libren del mal, atestigua que está metido en él. Por esto dice el Apóstol: Redimiendo el tiempo, porque los días son malos40. Pero ¿quién es el que quiere la vida y ama el ver días dichosos?41 ¿Quién no quiere eso, si todo hombre, mientras vive en esta carne, no tiene sino días malos? Haz lo que se dice a continuación: Refrena tu lengua del mal y no hablen tus labios mentira; apártate del mal y obra el bien; busca la paz y persíguela42. De esta forma comenzaste a carecer de días malos, y se cumple lo que has pedido: Líbranos del mal.

12. Las tres primeras peticiones: Santificado sea tu nombre, Venga tu reino y Hágase tu voluntad: como en el cielo así también en la tierra43 son eternas. Las cuatros siguientes, por el contrario, corresponden a la vida presente. Danos hoy nuestro pan de cada día44: ¿acaso, una vez que hayamos llegado a la saciedad, hemos de pedir diariamente el pan de cada día? Perdónanos nuestras deudas45: ¿acaso hemos de decir esto en el reino en que no tendremos deuda alguna? No nos abandones a la tentación46: ¿podremos decirlo cuando ya no exista tentación alguna? ¿Acaso diremos: Líbranos del mal47 cuando no haya mal de que ser librados? Por tanto, estas cuatro peticiones nos son necesarias para nuestra vida diaria; las otras tres, para la vida eterna. No obstante, pidamos todo para llegar a esa vida; también lo pedimos aquí para no hallarnos separados de ella. Una vez bautizados, tenéis que decir diariamente la oración. De hecho, esta oración del Señor se recita a diario en la iglesia ante el altar de Dios y los fíeles la escuchan. No tengo miedo a que no la retengáis bien de memoria, porque, incluso si alguno de vosotros no la puede retener ahora perfectamente, la retendrá de solo oírla todos los días.

13. Por ello, el sábado, cuando por la misericordia de Dios celebremos la vigilia [pascual], tendréis que recitar de memoria no la oración del Señor, sino el Símbolo. Si no lo aprendéis ahora, en la iglesia no lo vais a escuchar a diario cuando estéis ya entre el pueblo. Y, una vez que lo hayáis aprendido, repetidlo todos los días para que no se os olvide: cuando os levantáis de la cama, cuando os entregáis al sueño, recitad vuestro Símbolo; recitádselo a Dios, recordáoslo unos a otros, no os avergoncéis de repetirlo. En verdad, es buen método repetirlo para que no sobrevenga el olvido. No digáis: «Lo recité ayer, lo recité hoy, lo recito todos los días, lo sé perfectamente». Trae a la memoria tu fe, mírate: tu Símbolo sea para ti como un espejo. Mira en él si crees todas las verdades que confiesas creer y regocíjate a diario en tu fe. Sean ellas tus riquezas; sean, por decirlo así, el vestido diario de tu mente. ¿No te vistes, acaso, cuando te levantas de la cama? Viste igualmente tu alma con el recuerdo de tu Símbolo, no sea que el olvido la desnude y, una vez desnuda, se cumpla en ti —Dios no lo quiera— lo que dice el Apóstol: Aunque despojados, no nos hallemos desnudos48. Efectivamente, nuestra fe será nuestro vestido; será también nuestra túnica y nuestra coraza: túnica contra la vergüenza, coraza contra la adversidad. Cuando hayamos llegado al lugar en que reinaremos, no será necesario recitar el Símbolo: veremos a Dios, el mismo Dios será el objeto de nuestra visión, la visión será la recompensa de esa fe. Amén. Concluye el sermón sobre la oración del Señor.