RÉPLICA A JULIANO

Traductor: P. Luis Arias Álvarez, OSA

Libro VI

Respuesta de Agustín a calumnias de Juliano

I. 1. Di ya respuesta a tu libro III; paso ahora a contestar al IV. Me ayude el Señor para que te haga ver la verdad y mis sentimientos de caridad hacia ti. Todo el que cumpla estos dos deseos no puede ser acusado de loco ni de envidioso, vicios sobre los cuales dices muchas cosas al principio del mencionado volumen, porque la verdad disipa el error, y la caridad la envidia. Cuando en tu discusión dices que la insensatez es madre de todos los vicios, encuentras apoyo en un texto de la Escritura en el que se lee: Dios no ama sino a quien habita con la sabiduría 1. Examina con atención si la vanidad pueril, por la que necesariamente ha de pasar la infancia, si es que pasa, puede habitar con la sabiduría y considera cuál es el fruto que brota de esta raíz que elogias y cómo el niño debe cambiar para que sea amado de Dios, porque sólo ama al que habita con la sabiduría. A los niños que Dios predestina los libra de todo lo que en ellos puede odiar para que, libres de toda vanidad, ame a los que habitan con la Sabiduría. Y, si les arrebata la muerte desde el pecho materno, no creo te atrevas a decir que habitan con la Sabiduría "fuera del reino de Dios", donde, según tú, "el bien de una naturaleza inocente y pura no les permite la entrada" sino después de ser liberados, por la gracia del Salvador, de la necedad de un falso panegirista.

Omito a los que son memos por naturaleza, y de los que dice la Escritura han de ser llorados más que los muertos. La gracia de Dios puede, es verdad, librarles de tan gran mal por la sangre del Mediador. Mas ¿cómo pudieron caer en tan gran mal, si, por un juicio divino, ninguna pena se debe a nuestra naturaleza, viciada en su origen?

2. Con razón reprendes gravemente "a los que son perezosos en aprender lo que deben saber o no temen condenar lo que ignoran". Mas ¿puedes tú lamentar esto en los tontos? Sin embargo, no puedes encontrar un argumento válido por el que, bajo un Dios justo, les pueda suceder tamaña desgracia, si es que los hijos no contraen el mal de sus padres que los hace culpable. Y, para servirme de tus palabras, "la envidia que de ti sentimos nos hace enloquecer e impide ver la verdad, que ninguna sombra de ignorancia puede ocultar, pues es tan clara como la luz de mediodía". Y tú, que estás limpio de envidia, ¿no ves los males que oprimen a los niños? Dios es bueno, Dios es justo. No existe naturaleza mala, extraña a la nuestra y con ella mezclada, como opinan los maniqueos. ¿De dónde, pues, vienen tantos males como en los hombres vemos, no digo en el terreno de las costumbres, sino del espíritu, si el origen del hombre no está corrompido en su fuente y el género humano no es una masa condenada? Tú que eres un hombre exento de necedad y limpio de envidia, ¿por qué haces de ésta una descripción tal que en tus palabras se transparente este vicio que es pecado y castigo de pecado? ¿Acaso no es la envidia pecado diab-lico? ¿No es también pena de pecado, si ya en el momento de existir atormenta a su autor? Estas son tus propias palabras; sin embargo, te parece haber discutido con ingenio muy penetrante, con locuacidad interminable, y todo para probar que una cosa "no puede ser, a la vez, pecado y pena de pecado". Es posible que, no siendo envidioso, hayas encontrado en otro libro, después de muchos afanes, todo lo que de la envidia dices, y has preferido contradecirte a ti mismo para darme la alegría de que no nutres contra mí sentimiento alguno de envidia.

El mundo, bajo el poder del maligno

II. 3. Concluido el exordio, en el que, según tu costumbre, te esfuerzas en probar lo mismo que yo predico, es decir, que Dios es el creador de los hombres, citas unas palabras de mi libro en las que digo: "El hombre, fruto de la concupiscencia de la carne, nace para el mundo, no para Dios. Nace para Dios cuando renace del agua y del Espíritu". Pones asechanzas a mis palabras, y afirmas que se ha de entender que quiero decir que todo lo que al mundo pertenece es propiedad del diablo. Te apoyas en otro pasaje donde digo: "Los que nacen de la unión de los cuerpos pertenecen, por derecho, al diablo"; pero afirmo también que "son arrancados del poder de las tinieblas cuando son regenerados en Cristo".

A tu calumnia respondo: Crees llamo mundo a lo que pertenece al dominio del diablo, como si éste fuera el creador de cielo y tierra y cuanto en ellos se contiene. Lejos de enseñar esto, condeno, rechazo y detesto a todo el que hable así. Cuando en este pasaje hablo del mundo, es en el mismo sentido que habla el Señor cuando dice: Llega el príncipe de este mundo 2. Ciertamente, el Señor no ha querido dar a entender que el diablo es el príncipe de cielo y tierra y de todo lo que ha sido creado por la Palabra, es decir, el mismo Cristo, y del que está escrito: El mundo fue hecho por él 3; sino que tiene el mismo significado que en aquel otro lugar: El mundo está bajo el poder del Maligno 4. Y en otro pasaje: Todo lo que en el mundo hay es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y ambición del siglo, que no viene del Padre, sino del mundo 5.

No se puede decir que el cielo y la tierra no vengan del Padre por el Hijo; ni que los ángeles, los astros, los árboles, los animales y los hombres, en cuanto a la sustancia, por la que son hombres, no vengan del Padre por el Hijo. Pero el diablo es el príncipe de este mundo, y el mundo está bajo el imperio del Maligno, como también todos los hombres, reos de condenación eterna si no son librados por la sangre derramada para el perdón de los pecados, y no sigan perteneciendo al príncipe de los pecadores. Este es el mundo cuyo príncipe es el diablo, del que dice aquel que venció al mundo: Llega el príncipe del mundo, y nada encuentra en mí 6. Lo digo por este mundo en el que el hombre nace, hasta que no renazca de aquel que venció al mundo, y en él nada encontró el príncipe de este mundo.

4. ¿Cuál es el mundo del que dice el Salvador y vencedor del mundo: El mundo no puede odiaros; a mí me odia porque doy testimonio de que sus obras son malas? 7 ¿Son malas, acaso, las obras del cielo, de la tierra y de los astros? Este mundo son los hombres. Nadie puede verse libre de este mundo sino por la gracia de Dios, que nos ha sido dada por Jesucristo nuestro Señor; que dio su carne por la vida del mundo, cosa que no hubiera hecho de no encontrar el mundo muerto. ¿Cuál es el mundo del que dice a los judíos: Vosotros sois de este mundo; yo no soy de este mundo? 8 Por último, ¿cuál es este mundo en el que Jesús ha elegido a sus discípulos para que no fueran ya del mundo, y que el mundo odia, porque ya no son del mundo? Porque el Salvador del mundo y luz del mundo habla así: Esto os mando: que os améis los unos a los otros. Si el mundo os odia, sabed que antes me ha odiado a mí. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo, al elegiros, os saqué del mundo, por eso os odia el mundo 9.

Si no añadiese: Yo os elegí del mundo, se podía pensar que dijese: "Vosotros no sois del mundo", como de sí mismo dijo: Yo no soy de este mundo. En efecto, él no era de este mundo ni fue elegido para ser sacado del mundo. No hay cristiano que niegue esta verdad. Tampoco se puede decir que el Hijo de Dios fue de este mundo, aunque se haya dignado revestirse de la naturaleza humana. ¿Cómo así? Porque jamás tuvo pecado, en virtud del cual todos los hombres nacen antes para el mundo que para Dios; y, a fin de que nazcan para Dios, elige a los que renacen, para que no sean ya del mundo. Por eso, el pr'ncipe de este mundo es arrojado fuera, como testifica el Salvador: Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera 10.

5. A no ser que lleves tu audacia hasta el extremo, y digas que los niños no son elegidos del mundo cuando son lavados por el bautismo de aquel de quien está escrito: Dios estaba en Cristo reconciliando consigo el mundo. Si negáis que los niños tengan parte en esta reconciliación, si negáis sean del mundo, no sé cómo tenéis cara para vivir en el mundo. Y si confesáis que, al pasar a ser cuerpo de Cristo, fueron elegidos y separados del mundo, necesariamente han de nacer antes para renacer para el que los eligió del mundo. Nacen por la concupiscencia de la carne, renacen por la gracia del Espíritu. La concupiscencia es del mundo, la regeneración viene al mundo, para que sean elegidos del mundo los que fueron predestinados antes del mundo. Al decir el Apóstol: Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo con él, añade en seguida para indicarnos cómo sucede esto: No imputándoles sus delitos 11.

Luego el mundo entero es culpable por Adán; pero Dios no rehusó alargar su mano a la obra de su creación, aunque viciada por la prevaricación paterna. Y, cuando el mundo es reconciliado con Dios por Cristo, es liberado del mundo por la misericordia de aquel que vino al mundo, no para ser elegido y separado del mundo, sino para elegir a los que han de ser separados del mundo; no en recompensa de sus méritos, sino por gracia, porque subsiste un resto salvado por gracia.

Significado del bautismo "en la muerte de Cristo"

III. 6. Insertas luego otras palabras mías en las que digo "La culpa de esta concupiscencia sólo la perdona la regeneración y se hereda por generación". Y acto seguido añado: "Lo que ha sido engendrado ha de ser regenerado, porque es el único medio de que se nos perdone el pecado que en nuestro nacimiento heredamos". Te empeñas, en vano, en disimular y consideras superfluo el bautismo de los niños, diciendo: "La gracia de los sacramentos de Cristo es rica en muchas clases de dones". Quieras o no, has de confesar que los niños creen en Cristo por boca y corazón de sus madres. A ellos se refieren también las palabras del Señor: El que no crea se condenará 12. ¿Por qué motivo, con qué justicia, si no tienen pecado original? Replicas: "El bautismo es un nuevo beneficio que Dios añade a los que ya se han recibido de él, y mediante el cual reconoce a los que son suyos antes incluso que le presten el obsequio de su voluntad".

En consecuencia, si Dios reconoce como suyos a los que dispensa este beneficio, ¿por qué no reconoce como suyos a los que no dispensa el mismo favor? Y como unos y otros le pertenecen por juro de creación, ¿por qué no reconoce a los dos de la misma manera? Y no me vengas ahora diciendo que todo esto es obra del hado o de la acepción de personas. Confiesa, pues, con nosotros la gracia de Dios. ¿Qué puede haber en ellos, si nada propio tienen? En una misma causa, uno es dejado por justo juicio de Dios; otro es aceptado, no en virtud de sus méritos, sino por gracia.

7. En vano te empeñas en negar que los niños, por el baño de la regeneración, queden limpios del pecado original. No enseña esto el que dijo: Todos los que fuimos bautizados en Cristo, fuimos bautizados en su muerte. Al decir todos, no exceptúa el Apóstol a los niños. ¿Qué significa "ser bautizados en la muerte de Cristo" sino morir al pecado? Por eso, en otro pasaje dice San Pablo: Lo que está muerto al pecado, muere una sola vez, y se ha de entender, con toda certeza, de la carne a semejanza de la carne de pecado; por eso es un gran misterio el de la cruz, donde nuestro hombre viejo ha sido crucificado con él para que fuera destruido el cuerpo de pecado.

Si los niños son bautizados en Cristo, lo son en su muerte, y, si son bautizados en su muerte, mueren, cierto, al pecado, coplantados con él a semejanza de su muerte. Porque lo que está muerto al pecado, muere una sola vez, lo que vive, vive para Dios. Y ¿qué significa ser coplantados a semejanza de su muerte sino ser considerados muertos al pecado y vivir para Dios en Cristo Jesús? 13 ¿Vamos a decir que Jesús, exento de pecado, murió al pecado? ¡No lo permita Dios! Sin embargo, lo que está muerto al pecado muere una sola vez. Su muerte hace ver nuestro pecado, por el que sufrió muerte. Y como murió a esta muerte para no morir ya, se dice que murió al pecado. Lo que él simbolizó en una carne a semejanza de la carne de pecado, nosotros lo hacemos, por su gracia, en una carne de pecado; y así como decimos que él murió al pecado porque ha muerto a semejanza de la carne de pecado, decimos también que todos los bautizados en Cristo mueren a la realidad misma, cuya semejanza fue él; y es necesario un verdadero perdón de los pecados en aquellos que son verdaderamente pecadores.

Comentario al capítulo 5, 8-35 de la carta a los Romanos

IV. 8. Si esta perícopa de la carta del Apóstol no te corrige de tu perverso error, estás endurecido en grado sumo. Y, aunque todo lo que dice a los romanos para darles a conocer la excelencia de la gracia de Dios por Jesucristo esté íntimamente trabado, como sería muy largo comentar y repasar toda la carta, fijo mi atención en el capítulo 5, que trata de nuestra cuestión. La prueba -dice- de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros 14. Tú quieres se exceptúen los niños. Te pregunto: Si no se encuentran entre los pecadores, ¿cómo es que murió por ellos el que murió por los pecadores? A esta pregunta responderás que Cristo no sólo murió por los pecadores, aunque también haya muerto por los pecadores. Pero ni una sola vez lees en las divinas Escrituras que Cristo haya muerto por los que están limpios de pecado, pon atención a la fuerza de los argumentos. Cristo, dices, murió también por los pecadores; yo te respondo que murió sólo por los pecadores; de suerte que te ves obligado a reconocer que, si los niños no tienen pecado alguno, Cristo no murió por ellos. Y dice Pablo a los fieles de Corinto: Uno murió por todos; por tanto, todos murieron, y Cristo murió por todos 15. No puedes negar que Cristo murió por los que estaban muertos. ¿Quiénes son, según tú, los que en este texto están muertos? ¿Serán los que han ya abandonado su cuerpo? ¿Quién puede estar tan loco para decir esto? Luego entendemos por muertos aquellos por quienes uno, Cristo, murió, como se lee en otro lugar: A vosotros, que estabais muertos, en vuestros delitos y en vuestra carne incircuncisa, os vivificó con él 16. En consecuencia: Si uno murió por todos, todos han muerto, probando así que no es posible morir sino por los muertos. Por tanto, queda asentado que todos estaban muertos, pues uno murió por todos. Golpeo, insisto, machaco, persigo al recalcitrante con las palabras de Pablo; escúchalas, son saludables: no quiero dejarte morir: Uno murió por todos, luego todos murieron.

Considera con atención que, al decir el Apóstol: Uno murió por todos, quiso darnos a entender que todos estaban muertos. Y como no todos estaban muertos en el cuerpo, es necesario admitir que todos estaban muertos en el pecado, por los que Cristo murió. Nadie lo dude, nadie lo niegue, si no quiere negar o dudar que es cristiano. En consecuencia, si los niños no contraen pecado, no están muertos. Si no están muertos, no murió por ellos el que no murió sino por los muertos.

En tu primer libro gritas contra nosotros: "Cristo también murió por los niños". De ningún modo te está permitido negar que los niños contraigan pecado original. ¿Cuál sería la causa de su muerte sino este pecado? ¿O por qué muerte de los niños murió el que no murió sino por los muertos? Confiesa, pues, que Cristo murió por los niños. Retorna conmigo a lo que había comenzado a decir sobre la carta a los Romanos.

9. Prueba Dios -dice- su amor por nosotros porque, siendo pecadores, Cristo murió por nosotros. Siendo pecadores, es decir, estando muertos, Cristo murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la ira! Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, con más razón estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida 17. Es lo que en otro lugar dice: Dios estaba en Cristo reconciliando consigo el mundo 18. Continúa luego el Apóstol: "Y no solamente nos reconcilió, sino que también nos glorificó en Dios por nuestro Señor Jesucristo, y no sólo nos salvó, sino que nos gloriamos por el que hemos obtenido ahora la reconciliación. Y como si le preguntáramos el motivo, por qué esta reconciliación se realiza por un solo mediador, añade: Por lo tanto, como por un hombre entró en el mundo el pecado, y por el pecado la muerte, y así pasó por todos los hombres, en el que todos pecaron. ¿Qué hizo entonces la ley? ¿No pudo ella reconciliar? No -dice él-, porque, hasta la ley, el pecado reinaba en el mundo. Es decir, la ley no pudo quitar el pecado. Pero el pecado no se imputaba no existiendo ley 19. Existía el pecado, pero no se imputaba, porque no se conocía. Por la ley -dice en otro lugar-, el conocimiento del pecado 20. Pero la muerte reinó desde Adán hasta Moisés. Es decir, su reino no fue destruido por la ley. Reinó, pues, en los que no habían pecado. ¿Por qué, si no pecaron? Escucha el motivo: No pecaron por una transgresión semejante a la de Adán, el cual era figura del que había de venir. Dejó, sí, su impronta en todos sus descendientes, y, aunque no tengan pecados personales, mueren por haber contraído el contagio paterno, porque son engendrados por la concupiscencia carnal. Mas en el don no sucede como en el delito. Si por el delito de uno solo murieron muchos, mucho más por la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un solo hombre Jesucristo, sobreabundó en muchos 21. Sobreabundó el don porque aquellos en los que sobreabunda mueren, sí, en el tiempo, pero viven en la eternidad. Y no como el pecado así el don. Porque la sentencia, partiendo de uno, lleva a la condenación, mas la gracia parte de muchos delitos y se resuelve en justificación.

En efecto, un solo delito pudo traer la condenación, pero la gracia borra no sólo este pecado, sino todos los que nosotros hemos añadido. Si por un delito la muerte reinó en el mundo, mucho más los que reciben la abundancia de la gracia y de la justificación reinarán en la vida por uno solo, Jesucristo. Se repite el sentido anterior, para hacer ver que el reinado de los que reinarán en la vida eterna es más prolongado que el de la muerte, que sólo dura cierto tiempo. Así, pues, como el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, as' la justicia de uno solo procura a todos los hombres la justificación que da vida.

En uno y otro hemistiquios se dice todos, porque todos mueren por el pecado de un solo hombre y todos reciben la vida por la justicia de Jesucristo. Como, por la desobediencia de un solo hombre, muchos fueron constituidos pecadores, as', por la obediencia de uno solo, muchos son constituidos justos. La ley se introdujo para que abundara el delito. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia; así, lo mismo que reinó el pecado en el mundo, así reinará la gracia por la justicia para vida eterna, por Cristo nuestro Señor 22.

10. ¿Qué diremos, pues? ¿Permaneceremos en el pecado para que abunde la gracia? De ninguna manera. ¿De qué nos sirve la gracia, si se permanece en pecado? Luego dice: Los que estamos muertos al pecado, ¿cómo viviremos aún en el pecado? ¿Ignoráis que, cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? 23 ¿Se encuentran aquí los niños bautizados o no? Si no lo están, es falso lo que dice el Apóstol: Todos nosotros que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte, pues los niños no han sido bautizados en su muerte. Mas como el Apóstol dice verdad, nadie queda exceptuado; porque, si crees que se dice solamente de los adultos, en uso ya del libre albedrío, aunque el Apóstol diga todos, en vano os aterroriza la sentencia del Señor: El que no renazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos. Tenéis a mano un medio muy sencillo de abreviar vuestras discusiones: afirmar que esto se entiende sólo de los adultos y que los niños no se incluyen en esta universalidad. ¿Qué necesidad tenéis de trabajar tanto en la cuestión del bautismo para saber si existe una vida eterna al margen del reino de Dios y si los niños, inocentes imágenes de Dios, se han de ver privados de esta vida eterna y condenados a una eterna muerte? Y si no os atrevéis a decir esto porque la sentencia tiene sentido universal: El que no renazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos 24, esta misma universalidad encontramos en las palabras del Apóstol cuando dice: Todos los que hemos sido bautizados en Cristo fuimos bautizados en su muerte. Por consiguiente, los ni-os que son bautizados en Cristo, son bautizados en su muerte y mueren al pecado. Es una consecuencia necesaria de lo que dijo más arriba: Nosotros los que estamos muertos al pecado, ¿cómo podemos vivir en el pecado? Y como si se le preguntase qué es morir al pecado, responde: ¿Ignoráis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Prueba aquí lo que antes afirmó: Si estamos muertos al pecado, ¿como podemos vivir en él?; y aquellos que no ignoran que están bautizados en Cristo sepan que están muertos al pecado, porque ser bautizados en la muerte de Cristo no es otra cosa que morir al pecado. Lo expone con más claridad y dice: Fuimos sepultados con él por el bautismo en la muerte, para que así como Cristo resucitó de entre los muertos para gloria de Dios Padre, así nosotros caminemos en una vida nueva. Porque, si hemos sido injertados en él por una muerte semejante a la suya, lo seremos también por una resurrección semejante; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él para que fuera destruido el cuerpo de pecado y no sirvamos ya más al pecado. Y si hemos muerto en Cristo, creemos que también viviremos en él, pues sabemos que Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere, y la muerte ya no tiene señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado de una vez para siempre, y su vida es un vivir para Dios. Así, vosotros consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús 25.

Si los niños no mueren al pecado, ciertamente no han sido bautizados en la muerte de Cristo. Y, si no son bautizados en la muerte de Cristo, no han sido bautizados en Cristo. Todos los que hemos sido bautizados en Cristo, fuimos bautizados en su muerte. Pero son bautizados en Cristo, luego mueren al pecado. ¿A qué pecado mueren, por favor, sino al pecado contraído en su nacimiento? Enmudezcan los argumentos de los hombres, porque el Señor conoce los pensamientos de los hombres, y sabe que son vanos. ƒl ha escondido estas cosas a los sabios y prudentes y las reveló a los niños. Si esta doctrina cristiana te desagrada, dilo claramente, porque otra fe cristiana no la puedes encontrar. Un hombre conduce a la muerte y un hombre conduce a la vida. Uno es simplemente hombre, el otro es Dios y hombre. El primero enemistó el mundo con Dios; el segundo, elegido del mundo, reconcilió el mundo con Dios. Porque así como todos murieron en Adán, así en Cristo todos serán vivificados. Como llevamos la imagen del Adán terreno, llevaremos también la imagen del hombre celeste 26. Todo el que se esfuerce por socavar estos fundamentos de la fe cristiana queda destruido, mientras los cimientos quedan en pie.

En verdades de fe hemos de ajustarnos a lo que enseña la Iglesia
universal, aunque la razón no las comprenda

V. 11. Verdad es lo que dije en mi libro que tú impugnas. "El pecado perdonado en los padres se transmite a los hijos por caminos ignorados. Es un hecho. Mas los infieles no lo creen, porque es difícil a la razón comprender cómo sucede y la palabra no lo acierta a explicar". Cambias, insidioso, mis palabras, como si yo dijera que este misterio no lo puede comprender la razón ni explicar la palabra, cuando dije que "no es fácil" ni a la razón comprender ni a la palabra enunciar. Hay una diferencia entre imposibilidad, cosa que me haces decir, y dificultad, como yo escribí, dificultad de comprender y explicar, y así tu calumnia queda en evidencia. Mas, aunque la razón fuera incapaz de comprender y la palabra impotente para expresar una realidad, sería necesario considerar verdadero lo que desde toda la antigüedad cree y predica la verdadera fe católica en toda la Iglesia. En efecto, la Iglesia exorciza a sus hijos, sopla sobre ellos, rito que no ejecutaría si no creyese que quedan libres del poder de las tinieblas y del príncipe de la muerte. Esto es lo que digo en mi libro y que tú refutas.

Omites recordar todo esto por temor a que el mundo entero sople sobre ti, si te empeñas en contradecir este soplo por el cual es arrojado de los niños el príncipe de este mundo. Te enredas, sin éxito, en vanas argucias; no contra mí, sino contra la madre espiritual de todos, que te alumbró como ya no quieres que alumbre. Llevas en tu aljaba flechas afiladas, en forma de argumentos, para dispararlas contra su seno, y en nombre de la gracia de Dios, contra la gracia de Dios. ¿No es desconocer la justicia de Dios ver que no es injusto al imponer sobre los hijos de Adán un pesado yugo desde el día que salieron del vientre de su madre? ¿Cómo no va a ser injusto este duro yugo si en los niños no existe un mal por el que en justicia puedan ser castigados con yugo tan pesado? La gracia de Dios es verdadera cuando obra en nosotros lo que significan las palabras. ¿Cómo puede ser verdad, si el soplo nada tiene que aventar y si lava al que sabe que nada tiene que purificar?

12. A ti y a tus gregarios, ¿no os parecen vanos tus discursos, si, por un sentimiento piadoso, podéis medir toda la profundidad del mal de la concupiscencia de la carne, que exige que el nacido de ella tenga necesidad de renacer y el que no renace debe ser condenado? Y, por el contrario, ¿cuál es la excelencia de la gracia, que borra en el hombre la mancha que le hace culpable en su mismo origen y le consigue el perdón de todos sus pecados; si el hombre regenerado conserva el mal de la concupiscencia, contra la que el espíritu lucha sin desmayo, para hacer buen uso de ella, o no usar, en medio de "gloriosos combates"? Este mal existe en nosotros cuando se le rechaza y reprime. No sentimos su presencia cuando es borrada por el sacramento de la regeneración, y tampoco advertimos en nuestra carne o en nuestro espíritu su ausencia, pero la creemos por fe. Tú te aprovechas de lo que hay oculto y oscuro en este misterio, y como es difícil hacer ver esta verdad, sobre todo a los hombres carnales, te jactas de combatirla con mayor mala fe cuanto con más vigor crees impugnarla.

13. "Ensaya todos los medios que puedas, reúne cuanto tu arte y tu espíritu te proporcionan": Todos los que hemos sido bautizados en Cristo, fuimos bautizados en su muerte 27. Siempre será verdad que hemos muerto al pecado por la muerte de Cristo Jesús, el único sin pecado: y esto es verdad para adultos y niños. No aquellos no y éstos sí, o éstos no y aquéllos sí, porque todos los que hemos sido bautizados en Jesucristo, fuimos bautizados en su muerte y sepultados con él por el bautismo en la muerte. Y así como Cristo resucitó de entre los muertos para gloria de Dios Padre, así nosotros caminemos en una vida nueva. Si hemos sido injertados en él por la semejanza de su muerte, también lo seremos por la semejanza de su resurrección 28. Los niños, pues, también han sido injertados en Cristo por la semejanza de su muerte, y esto se aplica a cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús. No negarás que los niños son bautizados en Cristo Jesús. Sabemos que nuestro hombre viejo fue crucificado. Y ¿quién es el hombre viejo sino todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús? ¿Por qué nuestro hombre viejo fue crucificado en Cristo? Fue -dice el Apóstol- para destruir este cuerpo de pecado que Dios envió a su Hijo, a semejanza de carne de pecado 29. ¿Con qué cara vamos a decir que los niños no tienen cuerpo de pecado, cuando el que esto afirma dice se ha de aplicar a todos los que hemos sido bautizados en Cristo? Y el que está muerto queda libre al pecado. Si morimos con Cristo, creemos que viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, la muerte ya no tiene sobre él señorío. Lo que está muerto al pecado, muere una sola vez; lo que vive, vive para Dios. Así, vosotros consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

¿A quiénes dice esto el Apóstol? ¡Despierta y escucha! Sin duda, a los mismos a quienes decía: Si estamos muertos en Cristo 30. Y ¿quiénes son éstos sino aquellos a quienes dijo: nuestro hombre viejo está crucificado, para que el cuerpo de pecado sea destruido? ¿Sino aquellos a quienes había dicho: Hemos sido injertados a semejanza de su muerte? ¿Sino aquellos a quienes dijo: Hemos sido sepultados en él por el bautismo en la muerte? Mas ¿a quién se dirige o de quién habla? Lee las palabras que preceden, a las que están vinculadas las restantes y encontrarás éstas: ¿No sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo, fuimos bautizados en su muerte? Y al decir esto, ¿qué quiso probar? Lee un poco más arriba: Si estamos muertos al pecado, ¿cómo viviremos aún en el pecado?

Reconoced, pues, que los niños mueren al pecado en el bautismo y que existía en ellos un pecado de origen, al que debemos morir; o confesad abiertamente que no han sido bautizados en la muerte de Cristo cuando fueron bautizados en Cristo y acusad de mentira al Apóstol cuando dice: Todos los que hemos sido bautizados en Cristo, fuimos bautizados en su muerte 31.

14. No rindo mis armas celestes que han vencido a Celestio. A ellas rindo mi fe y mis palabras. Tus argumentos son humanos; mis armas, divinas. ¿Quién puede comprender sus delitos? 32 ¿Acaso por eso no son delitos? ¿Quién comprende que el pecado original, perdonado ya en un padre regenerado, lo transmita a sus hijos hasta que sean también ellos regenerados? ¿Quién puede comprender esta verdad? ¿Acaso por eso deja de ser pecado? Uno murió por todos, luego todos murieron. ¿Con qué corazón, con qué boca, con qué cara niegas que estén muertos los niños, por los que afirmas que murió Cristo? Porque, si Cristo no murió por ellos, ¿por qué son bautizados? Todos los que hemos sido bautizados, fuimos bautizados en su muerte. Si uno murió por todos, murió también por los niños; luego murieron con todos. Y, si murieron por el pecado, mueren al pecado para vivir en Dios cuando renacen de Dios.

Y si con palabras no puedo explicar cómo un vivo puede engendrar un muerto -porque un padre muerto al pecado y vivo para Dios engendra hijos muertos en el pecado, si por la regeneración no mueren al pecado para vivir para Dios-, ¿no va a ser verdad, aunque sea, si no imposible, sí difícil, explicar con palabras? Si te atreves, niega que el nacido está muerto, cuando reconoces que Cristo murió también por ellos. Uno murió por todos, luego todos murieron 33.

Estas palabras del Apóstol son nuestras armas. Si no quieres oponerte a ellas, admite como indubitable verdad lo que dice el Apóstol, verdad que es necesario creer aunque no la comprendas. El hombre nacido espiritualmente engendra según la carne; tiene como dos semillas: una dotada de un principio inmortal, por la que es ser viviente; la otra dotada de un principio de mortalidad, por la que engendra muertos. En efecto, si los niños no estuvieran muertos, no tendrían necesidad de la muerte de Cristo para ser vivificados, porque uno murió por todos, luego todos murieron. Y no salvas de esta muerte a los que sostienes que no están muertos y pones obstáculos a su vida, dando a entender, con razonamientos sofisticados e impíos, que sus hijos no necesitan del sacramento de la fe, único que puede dar vida.

El acebuche y el olivo

VI. 15. Vengamos ya a tu extensa y laboriosa discusión, en la que tratas de refutar un ejemplo que empleo para mejor dar a comprender una verdad en sí abstrusa, es decir, el ejemplo del olivo, cuya semilla degenera en acebuche. Como principio afirmas: "Lo imposible no puede ser confirmado con ejemplos". ¿Por qué entonces el Apóstol, después de proponer la difícil cuestión de cómo resucitan los muertos, trata a continuación de explicar tan inexperimentable verdad, diciendo: Necio, lo que tú siembras no revive si no muere? 34 Ejemplo también acomodado a la materia que tratamos, porque el grano de trigo es separado de la paja, como el hombre es separado del pecado, y, con todo, el grano nace con paja.

16. La verdad, no sé qué quieres decir cuando citas el ejemplo del cocodrilo, que, como dice Albino, "es el único animal que mueve ]a mandíbula superior; o el de la salamandra, que juega con el fuego, siendo para todos destrucción". ¿No se retuercen contra ti estas cosas cuando citas un ejemplo que permite afirmar lo que generalmente se niega? En general, vosotros negáis que los padres puedan transmitir a sus hijos lo que ellos no tienen; pero, si se encuentra que es posible, vuestra derrota es cierta; como si uno dice que los animales sólo pueden mover la mandíbula inferior, y se le arguye con el ejemplo del cocodrilo, queda vencido; o si uno afirma que ningún animal puede vivir en el fuego, y se le prueba lo contrario con el ejemplo de la salamandra, sin duda queda convencido. Así, cuando sentencias que "el accidente no puede modificar la sustancia", si se encuentra un mutilado en accidente que engendra un hijo con el mismo defecto, éste sería natural en el hijo y lo fue accidental en el padre, y tu afirmación queda invalidada. Sentencias también: "No puede transmitir al hijo lo que no tiene el padre". ¿No quedaría tu apotegma anulado si se comprueba que nacen hijos con todos sus miembros íntegros de padres que han perdido algún miembro? Hemos oído a nuestros mayores, como cosa que ellos vieron y conocieron, que Fundanio, profesor de retórica en Cartago, perdió, en accidente, un ojo, y engendró un hijo tuerto, como su padre. Este hecho pulveriza tu sentencia, que dice: "Lo accidental no puede modificar lo natural"; pues lo que en Fundanio fue accidental, se hizo natural en su hijo. Y otra sentencia tuya, en la que afirmas "Los padres no pueden transmitir a sus hijos lo que ellos no tienen", queda igualmente arrasada por e] ejemplo de otro de los hijos de Fundanio, que nace con los dos ojos, de un padre tuerto; y esto lo vemos todos los días que muchedumbre de videntes son hijos de padres ciegos. Transmiten a sus hijos lo que ellos no tienen. Y estos ciegos os hacen ver que os asemejáis más a ellos que a sus hijos, pues en vuestras definiciones os reveláis ciegos.

Cesa la admiración cuando la evidencia se impone

VII. 17. Entre las muchas cosas que dices ajenas a la cuestión que nos ocupa, encuentro algo que sí interesa. Y es que Çdecrece la curiosidad cuando crece la comprensión; y, contra esta curiosidad, la Providencia divina hizo producir a la tierra infinidad de cosas distintas en sus propiedades". Muy cierto, ésta es la utilidad que sacamos de las obras ocultas del Creador. La costumbre nos las harían despreciables, y comprendidas perdería puntos la admiración. Por eso dice la Escritura: Ignoras cómo se forman los huesos en el vientre de una mujer encinta, ni conoces las obras de Dios, hacedor de todo 35. Has dicho bien las obras de Dios son incomprensibles, para no hacer fácil su conocimiento a la curiosidad, que admira menos lo que comprende. ¿Por qué entonces, con humanos razonamientos, te empeñas en combatir lo que en las obras de Dios no puedes comprender? Yo no dije, como me acusas, que sea imposible, sino difícil de explicar, "cómo el pecado, perdonado en el padre, pasa a los hijos". Mas si Dios, como en otras muchas cosas, ha querido quede esto velado a la curiosidad del hombre; pues, como dices, lo que se comprende tiene menos valor, y para impedir formar vanas conjeturas sobre sus obras, es ésta razón para armarte, contra nuestra madre la Iglesia, de racioncillas como de pequeños puñales parricidas, e impugnar la fuerza oculta del sacramento que santifica a los hijos que en su seno concibe, aunque nazcan de padres regenerados; niños cuya formación en el vientre de una mujer empreñada ignoras y, lejos de querer curar, desgarras. Y, si no fuera porque no quiero aburrir al lector con la extensión de mis palabras, podía citar mil ejemplos de especies diversas en los que no se descubre la razón, y acaecen contra el curso trillado de la naturaleza, discurriendo entre profundos desfiladeros. Y te haría ver cómo en las plantas degeneran sus semillas no hasta el punto de producir especies distintas -el acebuche no es tan diferente del olivo como la vid-, sino, si así se puede decir, con una semejanza desemejante, como el agrazón es desemejante a la uva, aunque nace de la misma semilla.

¿Por qué no creer que el Creador, por estos ejemplos, ha querido comprendamos cómo la semilla del hombre puede traer de sus primogenitores un mal que no existía en ellos, para inspirarles -aunque ellos mismos estén bautizados- el deseo de correr con sus hijos a la fuente de la gracia, que arranca a los hombres del poder de las tinieblas y los traslada al reino de Dios; como tu padre, santo varón, corrió, llevándote en sus brazos, sin sospechar que pudieras ser ingrato a esta misma gracia?

18. Tú, incansable escudriñador de la naturaleza, encuentras y fijas sus reglas. "No hay -dices- en la naturaleza ejemplo que pueda probar que los padres transmiten a sus hijos lo que creemos no tienen". Y si lo transmiten, "señal es -dices- que no lo perdieron". Estas son máximas de los pelagianos que tú debías rechazar después de haber leído mi opúsculo del que haces mención y dediqué a Marcelino, de santa memoria. Pelagio, hablando de padres creyentes, afirmó: "No pueden transmitir a sus hijos lo que ellos nunca tuvieron". Pero los ejemplos que anteriormente puse y este que ahora voy a citar prueban la falsedad de este aserto. ¿Qué señal, en efecto, queda de incircuncisión en un hombre circuncidado? No obstante, todo hombre nace incircunciso, y lo que no existe en el hombre, se encuentra en la semilla del hombre. Este es el motivo por el cual se debe creer que los antiguos patriarcas recibieron de Dios la orden de circuncidar a sus hijos varones al octavo día de su nacimiento, para significar la regeneración espiritual en Cristo, que, después del sábado, día séptimo, en el que descansó en el sepulcro entregado por nuestros delitos, resucitó al día siguiente, es decir, el domingo, para nuestra justificación. ¡Quién, medianamente instruido en las Sagradas Escrituras, ignora que el sacramento de la circuncisión fue figura del bautismo? El Apóstol lo explica, con toda claridad, de Cristo, Cabeza de todo principado y de toda potestad. En él fuisteis también circuncidados; con circuncisión no hecha con mano de hombre en el despojo de nuestro cuerpo de carne, en la circuncisión de Cristo. Sepultados con él en el bautismo, habéis también resucitado con él por la fe en la acción de Dios, que lo resucitó le entre los muertos. Y a vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y en vuestra carne incircuncisa, os vivificó, juntamente con él, y nos perdonó todos nuestros delitos 36. Aquella circuncisión hecha por mano de hombre, dada a Abrahán, fue signo que prefiguraba la circuncisión no hecha por mano de hombre, que ahora se actualiza en Cristo.

19. No vengas diciéndonos que el prepucio es una parte del cuerpo, y el pecado original un vicio, y, amputado el prepucio, no disminuye el poder de engendrar, intacto en el semen; mientras el pecado original es un vicio; y, al no ser cuerpo, sino accidente, una vez perdonado, no deja huellas maculosas en la semilla. Pero esto es lo que precisamente no puede decir un ingenio sutilísimo sin que tenga en contra suya la autoridad divina, que mandó amputar esta parte del cuerpo con el fin de lavar esta mancha. Y, de no estar localizada en el semen, no podía transmitirse a los niños, y sería inútil circuncidar este miembro del cuerpo. Y como los niños no tienen pecado personal, es necesario reconocer en ellos un pecado de origen, que les podía ser perdonado por este medio, sin el cual sería el alma del niño exterminada del pueblo de Dios; cosa que no podía suceder bajo un Dios justo si en el niño no existiera culpa alguna. Y como personalmente no es culpable, sólo queda en ellos la culpa que viene de un origen viciado.

20. Ves, pues, cómo un circuncidado transmite a su hijo lo que no tiene. ¿Por qué dices: "Examinando bien la naturaleza de las cosas, es imposible que los hombres transmitan lo que no tienen?" Bueno es el prepucio, no malo, pues es obra de Dios; lo mismo el acebuche, sobre el que largamente discutes. Te respondo: En la naturaleza de las cosas, bueno es el acebuche, pero en el lenguaje metafórico de la Escritura simboliza el mal. Y bueno es el lobo, la zorra, el cerdo que se revuelca en el lodazal; bueno el perro, que come lo que vomitó. En la naturaleza, todos son buenos, como las ovejas, porque Dios hizo las cosas muy buenas. Mas, en los libros santos, los lobos son figura de los malos, y las ovejas, de los buenos. Y no por lo que son, sino por lo que simbolizan; y nosotros los tomamos como término de comparación para establecer diferencias entre malos y buenos. Bueno es el cuerpo humano, buena esa partecica que llamamos prepucio, y buena por naturaleza; pero en sentido metafórico significa el mal, y por eso se manda circuncidar al niño el octavo día, por relación a Cristo, en el cual, según palabras del Apóstol, hemos sido circuncidados; no con circuncisión hecha por mano de hombre, prefigurada por la circuncisión hecha por mano de hombre. El prepucio en sí no es pecado, pero significa el pecado, y en particular el original, porque el nacimiento de un niño tiene origen mediante este miembro, que, con propiedad, se llama naturaleza, y por eso somos, por naturaleza, hijos de ira.

En consecuencia, la circuncisión de la carne socava tu afirmación general que dice: "Examinando bien la naturaleza de las cosas, es imposible que los padres transmitan a sus hijos lo que no tienen ellos". Más aún, como el prepucio es símbolo del pecado, ¡existe en el niño que nace, aunque no se encuentre en el padre!, de ahí se sigue por el pecado original, ya perdonado en los padres por el bautismo, aparece en los hijos hasta que sean purificados por una circuncisión espiritual. Y espero quedes convencido de una verdad que niegas; porque, al negar la existencia del pecado original, no puedes explicar por qué, bajo un Dios justo, el alma del niño ha de ser borrada del pueblo de Dios si no es circuncidado al octavo día de su nacimiento.

21. Abandonemos las selvas de los acebuches y las montañas olivareras de África o Italia. No preguntemos a los agricultores, que pueden darte a ti una respuesta y a mí otra, y nos sería imposible convencerles, sin una larga experiencia, si, para hacerles ver la verdad, plantamos un árbol, "que sólo a los nietos daría sombra". Tenemos un olivo que no es africano ni ítalo, sino judío, en el cual, nosotros que fuimos acebuches, nos alegra vernos injertados. He aquí un olivo circuncidado que puede darnos una solución al tema que nos ocupa. Un padre circuncidado engendra un hijo incircunciso. No tiene el padre prepucio, y lo transmite; lo perdió y lo entregó, y este prepucio es símbolo del pecado. Luego puede perderse en el padre y encontrarse en el hijo.

Dé, pues, testimonio el niño y diga sin palabras: "Mi alma sería borrada si no fuera circuncidado al octavo día". Los que negáis el pecado original y confesáis que Dios es justo, decidme: ¿en qué pequé? Y como, a pesar de vuestros vanos discursos, no sabéis decir una palabra razonable a este niño que grita en su silencio, unid con nosotros vuestras voces a las del Apóstol. Somos libres para buscar cuáles son los males que pasan de padres a hijos, o si además hay otros pecados que se transmiten a la prole; pero sea fácil, o difícil, o imposible descubrir, digamos con el Apóstol: Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así pasó a todos los hombres, en el que todos pecaron. Y no nos está permitido interpretar estas palabras del Apóstol en otro sentido; es preciso creer que todos hemos muerto a causa del pecado del primer hombre, y por los que Cristo murió, pues todos los que son bautizados en Cristo mueren al pecado.

Refuta Agustín otras calumnias de Juliano

VIII. 22. Intercalas otras palabras mías en tu discusión para refutarlas, y afirmas que trato de lanzar contra ti al vulgo vil porque digo: "La fe cristiana, que los nuevos herejes combaten, no duda en reconocer como verdad incuestionable que todos los que son lavados en las aguas de la regeneración son rescatados del poder del diablo, y los que aún no han sido redimidos por esta regeneración, aunque sean hijos de redimidos, permanecen cautivos bajo el poder del diablo hasta que sean redimidos por la gracia cristiana". Y para probar mi aserto cito un texto del Apóstol y añado: "Este beneficio del que habla Pablo se ha de extender a todas las edades; beneficio que nos libró del poder de las tinieblas y nos trasplantó al reino del Hijo de su amor" 37.

Si estas palabras sublevan al vulgo contra vosotros, te deberían advertir que la fe católica ha sido predicada y confirmada en todas las naciones, y no puede escapar al conocimiento del vulgo. Es, pues, necesario que todos los cristianos conozcan lo concerniente a los sacramentos de la Iglesia y lo que hace en favor de los niños. ¿Por qué afirmas que "me refugio en el vulgo, con olvido de nuestra singular disputa?" ¿Cuándo te desafié a singular combate? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuándo y en presencia de qué árbitro? Dices: "Propuesta la paz, prefirió la guerra, para que nuestra disputa dirimiera el combate de todos".

No quiera Dios me arrugue la representación de todos los católicos, aunque a ti no te dé sonrojo apropiarte la de los pelagianos. Yo soy uno de los muchos que combaten vuestras novedades profanas según nuestras posibilidades y en la medida del don de la fe que a cada uno de nosotros nos ha sido dado por Dios. Antes de nacer yo y antes de renacer para Dios, muchas lumbreras católicas se anticiparon a iluminar vuestras futuras tinieblas. Y, a medida de mis fuerzas, es lo que hice ver en mis libros precedentes. Tienes a quién recurrir si te deleita decir sandeces contra la fe católica.

23. No te burles de los miembros de Cristo llamándoles "artesanos de baja condición". Recuerda que Dios escogió a los más débiles del mundo para confundir a los fuertes. ¿Qué quieres decir con estas palabras: "Cuando me presento ante ellos, se irritan más contra mí?" No les mientas y no se irritarán. Nunca he dicho, como me calumnias, que sean "patrimonio del diablo", pues han sido redimidos por la sangre de Cristo. Nunca he dicho que el matrimonio es una institución del diablo en cuanto matrimonio. No es verdad lo haga autor de los miembros genitales. No es verdad que llame al diablo estimulador de las acciones ilícitas de los hombres. No he dicho sea él el que fecunda a las mujeres ni que sea el creador de los niños. Si dices de mí estas estupideces, muy ajenas a mi pensamiento, mientes. Y, si alguno de los que te escuchan presta fe a tus palabras, puede ser un engañado, nunca un sabio. Aquellos que nos conocen a los dos y conocen la fe católica, lejos de querer ser adoctrinados por ti, cautamente te evitan para que no les arranques la fe que conocieron. Muchos de ellos no la han aprendido de mí, sino que, antes que yo, aprendieron las verdades que combate vuestro nuevo error. Y al no hacerlos yo, sino encontrarlos compañeros en la verdad, ¿cómo pude ser autor de esto que creéis un error?

¿Voluntariedad en el pecado original?

IX. 24. "¿Explica -dices- cómo puede, con justicia, ser imputado a una persona un pecado que ni quiso ni pudo pecar?" En las acciones de cada uno, una cosa es cometer pecados personales y otra ser contagiado por pecados ajenos. Si quisierais vosotros ateneros al verdadero sentido de la Escritura, sin acomodarlo a vuestra torcida manera de pensar, escucharíais al Apóstol explicarlo con suma brevedad cuando dice: En uno, todos pecaron. Todos murieron en aquel uno para que otro uno muriese por todos. Uno murió por todos. Luego todos murieron 38, si Cristo murió por todos. Niega que Cristo haya muerto por los niños, y así podrás exceptuarlos del número de los muertos, es decir, del contagio del pecado. Preguntas: "¿Cómo algo que pertenece al dominio del libre albedrío puede comunicarse por el semen?" Si no fuera posible, no podríamos afirmar que los niños, ya antes de nacer, están muertos. Porque, si Cristo murió por ellos, muertos estaban. Uno murió por todos; por lo tanto, todos murieron. ¿Lo oyes, Juliano? Estas no son palabras mías, sino del Apóstol. Por qué me preguntas: "¿Cómo sucedió?", si, de cualquier modo que haya sido ves que es una realidad, si es que prestas crédito a las palabras del Apóstol, que no puede mentir cuando habla de Cristo y de aquellos por los que Cristo murió.

25. Otro, con error tan perverso como el vuestro, aunque de signo diferente, podría decir lo que pretendéis que yo digo de los niños; es decir, "que Dios trabaja en favor de su enemigo", pues no cesa de crear, alimentar, vestir, a los que con el tiempo han de estar bajo el poder del diablo, si no es que han de arder eternamente con él; y, no obstante, les conserva la vida y la salud, a pesar de su obstinación en permanecer en el pecado. Pero Dios obra así porque sabe hacer buen uso de buenos y malos, y el diablo no puede sustraer a los designios de la divina majestad a los que engaña y oprime; pero ni él mismo se puede sustraer, a pesar de su malicia y de sus artes. Por tanto, no pertenecen al diablo los que son rescatados de su poder; pero incluso los que le pertenecen están, como él, bajo el poder de Dios.

26. Lo que te parece una idea genial es una vaciedad imponente, como si nosotros asegurásemos que Dios y el diablo firmasen entre ellos un pacto, por el cual Dios tomaría para sí todo lo que es lavado, y el diablo, por su parte, todo lo que nace; con una condición, dices: "que Dios, por un poder dependiente del diablo, fecunde la acción de los sexos, institución del diablo". La verdad es que el diablo no es autor de esta unión, pues, aunque el hombre no hubiese pecado, siempre habría existido. Pero, en este caso, la unión se verificaría sin intervención de la concupiscencia, de la que tú eres abogado, o no se sentiría inquietud alguna perturbadora. Y esto no es por un poder dependiente del diablo, sino en virtud de una acción libre y todopoderosa de Dios, que da fecundidad a la mujer, aunque dé a luz vasos diabólicos; porque los hombres malos, aunque vengan de una raíz viciada, su naturaleza es buena, por ser obra de Dios, y de él reciben crecimiento, forma, vida, salud; y les otorga estos bienes con gratuita bondad, entera libertad, poder absoluto e irreprensible justicia. Tanto lo que es purificado como lo que nace está bajo el poder de Dios, y ni el mismo diablo puede escapar a este poder. ¿Cómo haces, entre estas dos cosas, distinción? ¿Acaso es mejor nacer que renacer? El que no ha nacido, no puede ser purificado. ¿Es que pesas en una misma balanza ambas cosas? Si tus preferencias se inclinan por el nacimiento, haces injuria al renacimiento espiritual, pues, con sacrílego error, antepones la generación carnal.

No en vano se cree que no has querido decir "lo que renace", sino "lo que es purificado", para no hacer partijas entre Dios y el diablo y asignar, con tus palabras, la parte más vil a Dios. En efecto, pudiste decir: "los que renacen"; pudiste decir: "los que son regenerados"; pudiste decir, en fin, "los bautizados", con vocablo propio, que el uso ha trasvasado a la lengua latina, y se emplea exclusivamente para designar el sacramento de la regeneración. No has querido usar ninguna de estas expresiones, y has elegido una palabra que hace despreciable la realidad de la que hablas. Ninguno de tus lectores puede preferir un hombre nacido a uno renacido, regenerado, bautizado; pero creíste que con facilidad se puede preferir un nacido a un recién bañado. Cuanto dista el cielo de la tierra, tanto difiere el ser purificado y ser revestido de la imagen del hombre celeste, del nacer y vestirse de la imagen del hombre terreno. Se evapora así tu odiosa partición, porque nada tiene de asombroso que Dios reivindique para él los que llevan la imagen del hombre celeste que se recibe en el baño sagrado del bautismo, y deje en poder del diablo la enlodada imagen del hombre terreno, manchada por el pecado, hasta que renazcan en Cristo para revestirse del hombre celeste.

27. Pero si pesa para ti lo mismo el nacer y ser lavado, para no dar la sensación de estar los niños no regenerados bajo el poder del diablo y que éste y Dios se los repartan en número igual, y Dios se reserve los renacidos, y los nacidos el diablo; como en esta hipótesis vale tanto el nacido como el renacido, es superfluo el baño, pues no vale más que el nacido. Pero damos gracias a Dios, porque no es éste vuestro pensamiento. Vosotros no admitís en el reino de los cielos a los que han nacido, pero no han sido lavados, y así pensáis que es mejor renacer que nacer. Os corresponde buscar la razón por la cual no es una injusticia que los no admitidos en el reino de Dios estén bajo el poder de aquel que ha sido excluido del reino de Dios, y aquellos que no tienen vida dependen del que perdió la vida. Los niños no viven si no tienen vida en Cristo; vida que no pueden tener si no se revisten de Cristo, según está escrito: Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo 39. Los niños, pues, no tienen vida si no tienen a Cristo. Juan el evangelista da testimonio en su primera carta y dice: Quien tiene al Hijo, tiene la vida; quien no tiene al Hijo, no tiene la vida 40. Con razón decimos que los que no tienen vida están muertos; y, para que tengan vida, Cristo murió por todos. Uno solo murió por todos, luego todos murieron. Y murió, como se lee en la carta a los Hebreos, para aniquilar, por la muerte, al señor de la muerte, es decir, al diablo 41. ¿Qué tiene, pues, de sorprendente si los niños, mientras están muertos y antes de tener al que por los muertos murió, dependan del que tiene el imperio de la muerte?

Pesado yugo sobre los hijos de Adán

X. 28. Enumeras verdades de las que no duda la fe cristiana; entre ellas mencionas las que nosotros predicamos y las consideras incuestionables. Confesamos también ser cierta esta tu sentencia: "Sin la cooperación del libre albedrío no puede existir en el hombre pecado". No existiría, en efecto, pecado original sin la acción pecaminosa del libre albedrío del primer hombre, por quien entró en el mundo el pecado, y pasó a todos los hombres. Dices: "No se puede imputar a un hombre el pecado de otros". Interesa puntualizar su verdadero sentido. No quiero mencionar ahora el pecado de David, causa de la muerte para millares de hombres; ni la transgresión cometida por uno solo del mandato de no tocar ninguna cosa puesta bajo anatema, que hizo caer la venganza sobre los que no habían violado el pacto ni conocían el hecho. Muy otra es nuestra disputa, y no debemos entretenernos sobre esta especie de castigo que se sufre por pecados ajenos. Los pecados de los padres, en cierto sentido, nos son extraños, pero en otro sentido son nuestros. Ajenos, porque la acción no es personal; nuestros, por contagio original. Y, si esto no fuera verdad, oprimiría a los hijos de Adán un pesado yugo desde el día que salen del vientre de sus madres, y esto no es justo.

29. ¿Cómo entiendes tú las palabras que mencionas del Apóstol en relación a los niños: Todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba conforme a lo que hizo durante su vida corporal: el bien o el mal? 42 ¿Se presentarán o no los niños ante el tribunal de Cristo? Si no se presentan, ¿por qué citar estas palabras del Apóstol, si no hacen referencia a lo que ahora tratamos? Y si comparecen, ¿cómo va a responder cada uno de lo que hizo, si no hizo nada, a no ser que se les impute el creer o no creer por el corazón y la boca de aquellos que los presentaron al bautismo? El Apóstol dijo, conforme a lo que hizo cada uno durante su vida corporal, cosa que se refiere a lo que hizo cada uno en esta vida. ¿Cómo va a recibir el niño la recompensa de sus buenas acciones para poder entrar en el reino de Dios, si cada uno recibe conforme a lo que hizo, si no se le imputa lo que otros hicieron por él, es decir, de haber creído por boca de aquellos que lo presentaron al bautismo? Y así, al que creyó le pertenece recibir la recompensa, es decir, el reino de Dios; el que no cree recibirá sentencia de condenación, pues es palabra evangélica: El que no cree se condenará 43; y el Apóstol no hace excepción ninguna cuando dice: Todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo para que cada uno reciba conforme a lo que hizo: el bien o el mal.

Pienso cuán ilógico eres no queriendo que el niño participe en un pecado ajeno, y sí del premio por una obra buena que otro hizo; y no se trata de una recompensa cualquiera, sino del reino de Dios. Porque lo mismo que los que creen por boca de otro es una acción ajena al niño, lo mismo es extraño al niño el pecado de otro. No dudamos que el pecado se perdone e el bautismo, porque al renacer quedamos purificados. Lo que no se borra sino por la regeneración, no deja de transmitirse por generación.

30. Decir que la concupiscencia "no siempre es rebelde al espíritu", es confesar, sin duda, que, a veces, lo es. ¿Por qué no confiesas que es un verdadero suplicio luchar contra ti mismo? "Dígase -añades-que Dios es el creador de los niños, pero tales como salieron de las manos de Dios, es decir, inocentes". Estas son tus palabras. Pero ¿no se mostraría más piadoso y daría a Dios más gloria uno que diga que sólo pueden salir de las manos de Dios obras perfectas y sanas? Sin embargo, entre los niños, los hay deformes, enfermizos, monstruosos y esto no es óbice para que la naturaleza de estos niños, todos sus miembros, todo cuanto en ellos hay de vida y sustancia sea obra de las manos de un Dios bueno y verdadero.

31. Mandas explique "cómo el diablo se atreve a reivindicar como suyos niños que han sido creados por Cristo, es decir, por su poder". Explícame tú, si puedes, cómo pudo reivindicar para sí Cristo unos niños atormentados por los espíritus inmundos, y no de una manera oculta, sino a vista de todos. Si dices que le fueron entregados, uno y otro vemos la pena, explica la causa. Los dos vemos el castigo y los dos reconocemos la justicia de Dios; pero como tú no reconoces en los niños pecado alguno heredado de sus padres, hazme ver, si puedes, alguna falta en ellos que merezca tal castigo. ¿No reconocerás que un yugo pesado oprime a los hijos de Adán desde el día que salieron del vientre de sus madres hasta el día de su regreso a la tierra, madre común de todos?

Bajo este yugo es triturado el género humano con diversas clases de males, que evidencian cómo los hijos de ira se pueden convertir, por la gracia recibida, en hijos de misericordia y adopción, dispuestos a entrar en el reino futuro; pero en este siglo, desde el día de su nacimiento hasta el día de su muerte, han de ser oprimidos por un duro yugo. Amén de los males a que están expuestos los niños bautizados en esta vida, se les ve, a veces, atormentados por espíritus impuros para que no sean precipitados en un eterno suplicio.

32. Repites lo que has dicho y tengo contestado, pero hay algo que ahora no puedo pasar en silencio. Y es que, "cuando Dios concede -dices- a los niños la gloria de la regeneración, sin méritos propios buenos o malos, nos prueba con esto que los toma bajo su amparo, que le pertenecen, que es su maestro y señor, y que por esta razón previene su querer con la abundancia de sus dones inefables". Pero ¿qué pecado han cometido contra él otros innumerables niños inocentes, puros, creados a su imagen, para que les prive de la gracia de la regeneración, y no prevenir su querer con la abundancia de sus dones, y aleje así de su reino a los que han sido creados a su imagen? Si dices que para ellos esto no es un mal, todas estas inocentes imágenes de Dios, ¿no amarán el reino de Dios? Y si lo aman, y lo aman tanto como pueden amar las almas inocentes el reino de aquel que las hizo a imagen suya, ¿no sufrirán al verse excluidas del reino celeste? Por fin, dondequiera estén estos niños, de cualquier manera que se encuentren bajo un Dios justo e insobornable, libre del hado, para el que no hay acepción de personas, lo cierto es que no vivirán en el reino de la felicidad, donde, sin embargo, se encuentran otros que no hicieron méritos ni buenos ni malos.

Con todo, si no hubieran merecido algún mal, jamás en una misma causa hubieran sido privados de participar de tan gran bien. Es, pues, preciso reconocer, como lo hemos dicho con frecuencia, que Dios, a tenor de las palabras del Apóstol, hace ostensibles en los vasos de ira las riquezas de su gloria sobre vasos de misericordia. Si Dios actúa así, es para que éstos no se gloríen como si lo hubieran merecido por sus obras, al ver que les pudo suceder a ellos lo que ven sucedió a sus compañeros de muerte.

33. Si quieres pensar sabiamente, aplica a los niños lo que dice el Apóstol de Dios Padre: Nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor 44. Y en otro lugar: Fuimos alguna vez, por naturaleza, hijos de ira, como todos los demás 45. Todos los que mueren al pecado y son arrancados del poder de las tinieblas eran hijos de ira. Todos los bautizados en la muerte de Cristo mueren al pecado y viven para Dios. Todos los bautizados en Cristo, lo son en su muerte, por tanto, como los niños son bautizados en Cristo, mueren al pecado y son arrancados al poder de las tinieblas, cuando eran, por naturaleza, hijos de ira.

Estas palabras del Apóstol: por naturaleza, hijos de ira, dices se pueden entender como si hubiera dicho "hijos de ira"; pero debieras advertir que contra vosotros defendemos la creencia de la Iglesia, y no se encontrará apenas un manuscrito latino en el que no sea lea por naturaleza, a no ser te hayas procurado uno en el que este pasaje se halle corregido, o mejor, por vosotros corrompido. Los antiguos intérpretes evitaban, con sumo cuidado, poner una coma contraria a la antigua fe de la Iglesia, que vosotros empezáis, con vuestra novedad, a combatir.

Condena Agustín el vicio, alaba la naturaleza

XI. 34. Mas como tú eres un hombre ilustre, no quieres ser uno más en el rebaño vulgar. Rechazas de nuevo el sentir de la plebe después de tantos discursos en los que explicabas los argumentos que tenías para azuzarlos contra mí, pero resulta que los levantas contra ti. Si en serio tomas tus discusiones, debías darte cuenta de que todos tus razonamientos no impresionan ni pueden impresionar a un pueblo cuyas creencias se fundan en la verdad y en la antigüedad de la fe católica. Por eso vuelves de nuevo contra la plebe el ácido corrosivo de tu desprecio, y esta muchedumbre de cristianos, irritada, con razón, contra ti, es objeto de tus ultrajes. Con cierta displicencia recorres toda la escala, mencionas a los oradores de escuela y dices exclamarán contra mí: "¡Oh tiempos, oh costumbres!" Sin embargo, temes el juicio de la plebe, entre los que buscas entusiastas partidarios que te aplaudan, y contra mí, enemigos que me atruenen con gritos tulianos. Les dices que, según mi sentir, "las partes genitales no vienen del mismo principio que el resto del cuerpo". Contesto: Mientes; no digo semejante dislate. Condeno la concupiscencia, no los miembros; señalo el vicio, no la naturaleza. Mas este que ante vosotros me calumnia, se atreve en la Iglesia de Cristo, ante el Maestro supremo, que tiene su trono en el cielo; se atreve, repito, a recitar un canto a la concupiscencia; y, si estudiase con vosotros, vería que ninguno de vuestros maestros le propone semejante lenguaje, para no ofender el pudor de todos vosotros. Otras palabras de Tulio acaso le vengan bien. Escucha: "De una parte combate el pudor; de otra, la petulancia; de un lado, la continencia, de otro, la libido".

35. No sé a qué apóstatas de vuestro dogma echas en cara su conversión o retorno a la fe católica. Das pruebas de temerles cuando no osas dar sus nombres, no suceda que, al oír de tu boca falsos crímenes que les imputas, elevasen contra ti otras acusaciones, si no más verdaderas, sí más verosímiles. Pero sean las que sean estas personas, si con sabiduría obran, no lo harían y hasta son capaces de otorgarte su perdón, según el consejo del Apóstol: No devolváis maldición por maldición 46. Tú dígnate, al menos, escuchar al que te adoctrina y del que tomas tu exclamación: "¡Oh tiempos, oh costumbres!" Escúchale para que te abstengas de palabras demasiado libres, como te abstienes de toda acción deshonesta, si es que te abstienes, y no digas de otros lo que te sonrojaría si otros lo dijeran de ti, aunque fuera falso.

Sepan tus lectores lo que dices contra no se qué personas, para nosotros en absoluto desconocidas; pero sí conocemos algunos que abjuraron la herejía pelagiana con el propósito de guardar continencia. No me interesa conocer a esos fulanos o zutanos de tu secta, a quienes engañas diciéndoles que yo sostengo que "es imposible poner freno a la concupiscencia ni en un cuerpo carcomido por los años". Declaro, por el contrario, que se puede y debe frenar, pues la considero un mal. Si alguien niega sea un mal, vea cómo la puede considerar como un bien, porque el que lucha contra ella, quiera o no, confiesa se ha de frenar la concupiscencia. Sostengo que no sólo en la ancianidad, sino también en la juventud, es posible dominar la concupiscencia. Lo que me llena de asombro es que los que profesan continencia alaben la libido.

36. ¿Quién de los nuestros afirma que "el mal que los niños, en su origen, contraen puede existir o existió sin la sustancia en la que está?" Mas tú, como si lo dijéramos, recurres al juicio de los dialécticos, te mofas del vulgo, como si yo lo tomase por juez entre los dos, para que decidan en materias sobre las cuales son incapaces de pronunciarse. Si tú no lo hubieras aprendido, el dogma pelagiano permanecería sin arquitecto. Tú, si quieres vivir, no ames la sabiduría de la palabra, que desvirtúa la cruz de Cristo. En mi libro anterior (c. l4) expliqué cómo las cualidades, buenas o malas, pasan de una a otra sustancia, modificándolas, sin hacerlas cambiar de lugar. Si desprecias el juicio del vulgo, ten presentes a aquellos jueces que en mis dos primeros libros cité, de gran autoridad en la Iglesia de Cristo.

Acusación de Juliano centra el papa Zósimo

XII. 37. ¿Por qué, para persistir en tu error perverso, acusas de prevaricación al obispo de la Sede Apostólica Zósimo, de santa memoria? Pues no se apartó ni un ápice de la doctrina de su predecesor, Inocencio I, al que temes nombrar. Prefieres citar a Zósimo, porque en un principio actuó con cierta benevolencia con Celestio, si lo veía dispuesto a corregirse y si en su doctrina se encontraba algo condenable, y a suscribir las cartas de Inocencio.

38. Recuerda con qué insolencia atacas al pueblo romano con ocasión del cisma que estalló a raíz de la elección de un obispo. Te pregunto si esto sucedió por voluntad de los hombres. Si niegas, ¿cómo puedes defender el libre albedrío? Si afirmas, ¿cómo puedes decir que el cisma fue efecto de la "venganza divina"? ¿No te apartas así de los principios de vuestro dogma queriendo hacer creíble que, por medio de este cisma, Dios os vengó? ¿O es que, por fin, concedes lo que con obstinada pertinacia has negado, a saber, que sucede por secreto juicio de Dios, y afirmas ahora que en las voluntades mismas de los hombres hay algo que es pecado y castigo de pecado? De no admitir esta doctrina, no puedes llamar "castigo de Dios" un hecho humano. Algo parecido sucedió ha muchos años con el bienaventurado Dámaso y Ursicino, aunque entonces Roma no había condenado a los pelagianos.

39. Dices que "yo mismo he cambiado de parecer porque al principio de mi conversión pensaba como tú". Pero o te engañas o te equivocas, y calumnias lo que ahora digo o no entiendes, y mejor, no lees lo que entonces dije. Porque desde el principio de mi conversión defendí siempre, y defiendo ahora, que por un hombre entró en el mundo el pecado, y por el pecado la muerte, y así pasó a todos los hombres en el que todos pecaron. Esto se puede ver en los libros que, siendo seglar, escribí poco después de mi conversión, aunque entonces no estaba aún tan versado en las Sagradas Escrituras como lo estoy ahora. Sin embargo, sobre este punto de fe ya entonces sentía, y cuando se me brindaba la ocasión lo afirmaba, la doctrina que desde antiguo enseña y cree toda la Iglesia; esto es, que el pecado original hizo caer en grandes y evidentes miserias a todo el género humano, que hacen al hombre semejante a un soplo, y sus días, como sombra que pasa, pues todo hombre es un saco de vanidad; y de esta vanidad sólo podemos ser liberados por aquel que ha dicho: La verdad os hará libres 47; y también: Yo soy la vida; y: si os libró el Hijo, sois verdaderamente libres 48.

Libra la verdad, no la vanidad; libra la gracia, y no según los méritos; y por misericordia, no por obligación. Por justo juicio de Dios, estamos sujetos a la vanidad, y, por un efecto de su misericordia, la verdad nos libra de la esclavitud de la vanidad, de suerte que es necesario confesar que nuestros méritos buenos no son sino dones de Dios.

El hombre exterior y el hombre interior

XIII. 40. Examinemos ahora tu calumnia. Me recriminas como si yo hubiera dicho que los bautizados "sólo en parte son purificados". Y esto aparece en plena luz en varios pasajes de mis sermones, y pones algunas perícopas de los sermones a consideración del lector en tu disputa. Te doy las gracias. Son: "La concupiscencia de la carne no se ha de imputar al matrimonio sino que debe ser tolerada". No es un bien que venga de la unión natural del hombre y la mujer, sino que es un mal proveniente del antiguo pecado. Y es esta concupiscencia la que hace que los mismos que son fruto de un matrimonio justo y legítimo entre los hijos de Dios no sean hijos de Dios, pues los engendran como hijos de este siglo. Es sentencia del Señor: Los hijos de este siglo engendran y son engendrados 49. Y como hijos que somos del siglo, nuestro hombre exterior se destruye, y por esto son engendrados hijos del siglo. Mas para que nazcamos hijos de Dios es preciso que nuestro hombre interior se renueve de día en día.

El mismo hombre exterior, santificado por las aguas del bautismo, recibe en esperanza su futura incorruptibilidad, lo que hace que se convierta en templo de Dios; y esto se dice no sólo a causa de nuestra santificación presente, sino también en virtud de la esperanza, de la que está escrito: Poseemos las primicias del Espíritu y gemimos anhelando la redención de nuestro cuerpo 50. Y si esperamos, según el Apóstol, la redención de nuestro cuerpo, es claro que no se tiene lo que se espera. No hay en estas mis palabras nada que en sí mismo no reconozca el bautizado y no diga con el Apóstol: Gemimos en nuestro interior. Y en otro lugar dice: Los que estamos en esta tienda gemimos oprimidos 51. Esto rima con lo que en el libro de la Sabiduría se lee: Un cuerpo corruptible hace pesada el alma y la tienda terrena abate el alma fecunda en pensamientos 52.

Pero tú, como si habitaras en el inmortal seguro entre los ángeles del cielo, te ríes de los vocablos enfermedad y mortalidad, y los explicas no en mi sentido, sino según tu mala fe, y sostienes que yo he dicho que "la gracia no renueva totalmente al hombre". No he dicho esto. Escucha lo que afirmo: la gracia renueva totalmente al hombre, pues le conduce a la inmortalidad del cuerpo y a una felicidad plena. Y ahora le renueva por completo, pues lo libra de todos sus pecdos aunque no de todos los males ni de la corrupción de su cuerpo de muerte, que hace pesada al alma. De ahí los gemidos que el Apóstol sentía en sí mismo cuando dice: Nosotros gemimos en nuestro interior. Y por el bautismo que aquí abajo recibimos se llega a la felicidad que esperamos. Mas no todos los hijos del siglo son hijos del diablo, aunque todos los hijos del diablo sean hijos de este siglo; y por eso contraen matrimonio; mas por esta unión carnal no engendran hijos de Dios, porque para llegar a ser hijos de Dios han de nacer no de la carne, ni de la sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

El cuerpo es santificado por el bautismo, sin que pierda su corruptibilidad, que hace pesada al alma. Y aunque sean sus cuerpos castos cuando sus miembros no sirven de instrumento a los deseos del pecado, y merced a esto empiezan a convertirse en templos de Dios, sin embargo, aún hay algo en este edificio que la gracia ha de perfeccionar cuando la carne lucha contra el espíritu, para excitar en nosotros movimientos desordenados, y el espíritu lucha contra la carne, para que la santidad del alma permanezca.

Construcción del templo de Dios

XIV. 41. ¿Quién, ilustre doctor, ignora lo que enseñas, a saber, que "se dice que la concupiscencia de la carne codicia, porque el alma tiene deseos carnales?" Sin alma no hay codicias en la carne. El codiciar es propio de un ser que vive y siente, e incluso se deja sentir en los castrados, y sólo pueden ser castos si la reprimen. Cierto que en ellos es menos violenta al no encontrar materia en que actuar; por eso en ellos son menos vivas las reacciones, aunque existe en ellos, y únicamente el recurso a la castidad puede frenar sus ímpetus, para que, a pesar de sus vanos esfuerzos por complacerla, no corran la suerte de Calígono, eunuco de Valentiniano el Joven, quien, convicto por la confesión de una meretriz, fue decapitado por haber querido saciar con ella sus apetencias. A pesar de su impotencia, sienten los eunucos los movimientos de la concupiscencia carnal, y así encontramos en el Eclesiástico esta comparación que nos lo permite creer: El que mira con sus ojos y gime, es como eunuco que oprime a una virgen y suspira 53.

Tiene el alma afectos, según el espíritu, contrarios a los deseos de la carne, que combaten a los del espíritu; por eso dice el Apóstol: La carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne. Por esta misma razón dice que el alma se renueva de día en día 54, porque crece en santidad a medida que en ella decrece la violencia de las pasiones de la carne, a las que niega su consentimiento. A personas bautizadas habla el Apóstol y les dice: Mortificad vuestros miembros terrenos. Y menciona la fornicación, los malos deseos de la carne, la avaricia. ¿Cómo un hombre bautizado va a mortificar la fornicación que ya no comete, y que, en tu sentir, nada tiene que mortificar? ¿Cómo va a obedecer al Apóstol cuando manda dar muerte a la fornicación sino combatiendo los movimientos desordenados de la carne negándoles su consentimiento; y, aunque se dejen sentir, disminuyen de día en día en virulencia en los que progresan en la virtud y ya no fornican ni de hecho ni de deseo? Esto se realiza en el templo de Dios cuando, con ayuda de la gracia del cielo, cumplimos los mandamientos del Señor. Es entonces cuando se levanta airoso el edificio del espíritu y se mortifican las obras de la carne. Porque, si vivís según la carne, moriréis; si con el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis. Y para que supiesen los romanos que esto no es factible sin la ayuda de Dios, añade: Todos los que son conducidos por el espíritu de Dios son hijos de Dios 55. Y los conducidos por el espíritu de Dios mortifican, por el espíritu, las obras de la carne.

42. Tienen ya los bautizados tarea a realizar en sí mismos, es decir, en el templo de Dios, que se construye en el tiempo y se celebra su dedicación en la eternidad. Se levanta el templo, como indica el título del salmo, después de la cautividad, una vez arrojado fuera el enemigo que los tenía cautivos. Puede llamar la atención que, en el orden de los salmos, primero esté el salmo de la dedicación y luego el de la construcción, primero, el salmo compuesto para la dedicación, porque se celebra la dedicación del templo del que dijo su arquitecto: Destruid este templo, y en tres días lo reedificaré 56. El otro salmo se cantaba durante la construcción del templo después de la cautividad, y es como una profecía de la Iglesia. Empieza con estas palabras: Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor toda la tierra 57. Nadie pierda el sentido y piense que todo bautizado es ya perfecto porque diga el Apóstol: El templo de Dios, que sois vosotros, es santo 58; y: ¿Ignoráis que vuestros cuerpos son santuarios del Espíritu Santo que está en vosotros, que habéis recibido de Dios? 59 Y en otro lugar: Somos templo de Dios vivo 60. Y en otros textos llama templo cuando se edifica por la mortificación de los miembros terrenos. Aunque estemos muertos al pecado y vivamos para Dios, hay algo en nosotros que debemos mortificar para que no reine el pecado en nuestro cuerpo mortal y no obedezcamos sus apetencias desordenadas.

Somos, es cierto, libertados de la esclavitud del pecado por la plena y perfecta remisión de todos nuestros pecados; pero aún permanecen en nosotros pasiones para que combatan los castos. Tal es la concupiscencia de la que usan bien los esposos castos; pero este bien nace de un mal, y como no se nace sin este mal, es necesario renacer para verse uno libre de este mal. Lo que Dios crea y el hombre engendra es ciertamente bueno, pues el fruto es un hombre; pero este bien no está exento de mal, porque sólo la regeneración libra del mal que la generación carnal trae del gran pecado de nuestro primer padre.

43. Te parece increíble que "en el seno de una mujer bautizada, cuyo cuerpo es templo de Dios, se forme un hombre que estará bajo el dominio del diablo si no renace de Dios y para Dios". ¡Como si no fuera todavía más increíble que Dios actúe donde no está! Porque Dios no habita en un cuerpo sometido al pecado; y, sin embargo, crea un hombre en el seno de una ramera. Todo lo abarca en virtud de su pureza, y nada manchado le alcanza. Y es aún más sorprendente que adopte como hijo al niño que forma en el cuerpo de la mujer más inmunda, y, a veces no quiere sea hijo suyo el niño que forma en una hija suya; el primero, no sé por qué providencia, llega al bautismo, mientras éste, a causa de una muerte repentina, no puede ser bautizado. Y así, Dios, en cuyo poder están todas las cosas, hace que disfrute de la compañía de Cristo el que formó en el domicilio del diablo y no quiere en su reino al que creó en su templo. Y si lo quiere, ¿por qué no hace lo que quiere? Ahora no puedes decir de los niños lo que sueles decir de los adultos: Dios sí quiere, pero el niño no quiere. En este caso, donde nada se puede atribuir a la fatalidad del hado, ni al capricho de la fortuna, ni a los méritos de la persona es preciso inclinar la cabeza ante la profundidad misteriosa de la verdad y misericordia divinas.

Por medio de este misterio incomprensible ha querido Dios enseñarnos que existen dos hombres: uno introdujo el pecado en el mundo, el otro borró el pecado del mundo; todos los niños, fruto de la concupiscencia de la carne, de cualquier padre que nazcan, están, con justicia, condenados a llevar el duro yugo que oprime a los hijos de Adán; y, por el contrario, todos los que la gracia de Dios hace nacer del espíritu, de cualquier padre que nazcan, sin mérito alguno por su parte, están destinados a llevar el yugo ligero y suave de los hijos de Dios. Es conforme a las leyes de la naturaleza que el niño formado en un cuerpo que es templo de Dios, no por eso sea templo de Dios, aunque haya sido creado en un templo de Dios. Porque el ser templo de Dios el cuerpo de la madre no es efecto de la naturaleza, sino beneficio de la gracia; gracia que se confiere en la regeneración, no en la generación. Porque, si lo que la madre concibe fuera parte de su cuerpo y fuese considerado parte de ella misma, no habría necesidad de bautizar a un niño cuya madre haya sido bautizada en peligro de muerte cuando llevaba en sus entrañas al hijo. Por eso, cuando se le bautiza, no es un segundo bautismo el que recibe. Luego no formaba parte del cuerpo de la madre cuando estaba aún en el seno materno; sin embargo, fue formado en un templo de Dios, sin ser, por eso templo de Dios. Y así, en una mujer fiel se crea un hijo infiel y sus padres le transmiten una infidelidad que ellos no tenían cuando le dieron el ser, pero que tenían cuando recibieron un ser semejante. Transmitieron lo que no tenían, a causa de la semilla espiritual, que los regeneró, pero que se encuentra en el semen carnal, por el que son engendrados.

44. Y así, aunque el cuerpo sea santificado en la sagrada fuente del bautismo, no obstante, es santificado para que por el perdón de los pecados quede libre no sólo de los pecados pasados, sino también de la concupiscencia de la carne, que habita en él desde su nacimiento y muere con él si no es regenerado. ÀDónde has oído o en qué escrito mío has leído que yo haya dicho que "los hombres no son renovados por el bautismo, sino que son casi renovados; que no son librados, sino casi librados; que no se salvan, sino que casi se salvan?" ¡Lejos de mí afirmar sea estéril la gracia de la fuente bautismal, en la que renací del agua y del Espíritu, por la que he sido librado de la deuda de todos mis pecados, ora sea del que al nacer contraje, ora de los que cometí en mi juventud disoluta! Gracia por la que soy librado para que sepa no entrar en tentación atraído y seducido por mi concupiscencia; gracia que me hace ser escuchado cuando recito con mis hermanos: Perdónanos nuestras deudas; gracia por la que espero verme libre por toda la eternidad. Entonces ya no sentiré en mis miembros una ley en lucha contra la ley de mi espíritu.

No hago yo estéril la gracia de Dios, sino tú, su enemigo, que haces gala de vana ciencia mencionando en tus discursos a Epicuro porque dijo que "los dioses no tenían cuerpo, sino una especie de cuerpo; ni tenían sangre, sino una especie de sangre". Y aprovechas la ocasión para citar, tomadas de los libros de los filósofos, sentencias que nada tienen que ver con la cuestión que tratamos; verdaderas vaciedades y delirios, aunque a ti te parecen dichos sapienciales. ¿Quién de nosotros dice que "todo lo que se hace en el siglo presente merece condena", cuando Cristo hizo en la tierra tantas buenas obras para librarnos del mal del siglo presente?

Hay pecados que se perdonan en el siglo futuro

XV. 45. Es importante examinar con diligencia el sentido que das al texto del Apóstol que dice: Por la esperanza somos salvados, hasta llegar a las palabras rescate de nuestro cuerpo 61. Según tú, "esta resurrección no perdona todos los pecados, pero sí criba los méritos de cada uno". Dices que recompensa según las obras, pero no dices qué obras hacen a los niños dignos del reino de los cielos. Sin duda que en el reino no hay pecados que se perdonen; pero, si no se perdonasen algunos en el juicio final, creo que el Señor no habría dicho de cierto pecado: No se le perdonará ni en este mundo ni en el otro 62. El buen ladrón esperaba obtener perdón de sus pecados en el otro mundo, pues le suplica al Señor se acuerde de él cuando llegues a tu reino 63. Sobre esta cuestión profundísima no debemos aventurar una opinión precipitada. ¿Por qué no perdona Dios ningún pecado en el reino sino porque no encuentra nada que perdonar? No puede existir pecado allí donde el espíritu no digo que no consienta a las apetencias de la carne, sino que ni tiene deseos contrarios a los de la carne, pues la carne no lucha contra el espíritu. Entonces la obra de la salvación es inefablemente perfecta, no como ahora en el bautismo, que se nos perdonan, sí todos los pecados, pero perviven en nosotros los deseos carnales, con los cuales los mismos casados castos se ejercitan en "gloriosos combates", y en más gloriosos todavía, los continentes; verdad que tú confiesas, pero no sé por qué, lamentablemente, cuando hablas en favor de la verdad, no te escuchas a ti mismo.

46. Describes la suprema felicidad de la resurrección y dices: "Allí ningún justo maltratará su cuerpo para reducirlo a esclavitud, ni humillará su alma durmiendo sobre el duro suelo, ni descuidará la limpieza de sus miembros". Dime: ¿por qué entonces el que ha sido purificado en el bautismo practica estas austeridades y se atreve a disciplinar el templo de Dios? ¿No son sus miembros santuario de Dios? ¿Por qué, cuando clama por la presencia de Dios, o invoca su misericordia, o aplaca su enojo, no usa perfumes de agradable olor, sino que emplea el hedor de su templo? ¿No existirá en este santuario de Dios algo malo que es menester castigar, domar, vencer, aplastar? No prestas atención. ¿No ves que, si uno trata con dureza su cuerpo y no hay nada que mortificar que desagrade a Dios, le hace gran injusticia al maltratar en vano su templo? ¿Por qué andas con rodeos? ¿Por qué tantas dudas? Confiesa claramente lo que no puedes evitar reconocer; es decir, que este mal, sí, este mal que el hombre en su cuerpo, acardenalado a golpes, persigue, no es otro que aquel que hacía decir al Apóstol: Sé que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne 64.

¿Por qué niegas ser éste el clamor del bautizado, cuando conoces los frutos de este clamor en las torturas del cuerpo y en la corrupción de los miembros? Pues no son castigos que Dios inflija a los santos o que sufran por parte de sus enemigos; son penitencias que se imponen a sí mismos por amor a la continencia. ¿Por qué estos cilicios sino porque el espíritu lucha contra la concupiscencia de la carne? Y esto mismo lo experimentas tú, pues en la descripción que haces de la dicha futura añades y dices: "Nadie tendrá entonces necesidad de presentar su feliz impudencia a los ultrajes, ni sus mejillas a las bofetadas, ni sus espaldas a los azotes. Ni buscará su fuerza en la debilidad. Ni tratará de hermanar la frugalidad con la miseria, ni el optimismo con la tristeza". ¿Por qué no dijiste "Ni la concupiscencia de la carne con la castidad?" Pero te apresuras a concluir tu razonamiento, y dices: "Ni la paciencia con el dolor".

Hablas sólo de los males que vienen de afuera y con valor se soportan, pero no del mal que se deja sentir dentro de nosotros y sólo con la castidad se reprime. ¿Nos arguyes, acaso, de torpeza porque no hemos comprendido que hablas de estos males cuando más arriba describes los trabajos y sufrimientos del cuerpo y la corrupción de los miembros? Porque, cuando un hombre vigoroso es maltratado no por un enemigo exterior, sino por él mismo, es que dentro hay un enemigo a vencer.

47. Recuerda que aún no has explicado por qué el Apóstol, adoptado ya en las aguas de la regeneración, dice: Esperando la regeneración 65. Y repites: Nadie tiene odio a su carne. ¿Lo niega alguien? Sin embargo, añades que es preciso amansarla a golpes de rigurosa disciplina. De nuevo hablas en favor de la verdad si quieres escucharte a ti mismo; ¿por qué los fieles disciplinan su carne, si después de su bautismo no hay en ellas nada que contraríe los deseos del espíritu? ¿Por qué se mortifica este templo de Dios, si en él no hay nada que resista al Espíritu de Dios? El mal reside en nosotros, y nos perjudica en gran manera si no hemos sido liberados de la esclavitud que nos atenaza por el perdón de los pecados. Se nos perdona la deuda que nos hacía culpables y se la tritura por la continencia, para que, debilitada, no salga vencedora en el combate. Se la doma para que no dañe, hasta que, sanada, deje de existir.

Por tanto, en el bautismo se perdonan todos los pecados, el original y los que por ignorancia o advertencia hemos cometido. Dice Santiago, el apóstol: Cada uno es tentado por su concupiscencia, que le arrastra y seduce. Después, la concupiscencia, cuando ha concebido, pare el pecado 66. Es evidente que en estas palabras distingue el apóstol entre preñez y parto. La concupiscencia concibe, el pecado es fruto del parto. Pero la concupiscencia no da a luz, sino concibe; ni concibe si antes no seduce; es decir, no obtiene el consentimiento de la voluntad para cometer el mal. Se lucha contra ella para que no conciba y dé a luz el pecado. En el bautismo se perdonan todos los pecados, es decir, todos los fetos de la concupiscencia, y si ésta se extingue, ¿por qué los santos, para impedir su preñez, combaten contra ella, por medio de la mortificación corporal, la disciplina de los miembros, la tortura de la carne? He citado tus palabras. ¿Por qué, digo yo, si la concupiscencia se apaga en el bautismo, luchan contra ella los santos con mortificaciones, disciplinas, privaciones? Permanece, pues; no la suprime el agua de la regeneración, si es que no hemos perdido el sentimiento que nos hace sentirla muy al vivo.

48. ¿Quién hay tan imprudente, tan sinvergüenza, descarado, tozudo, obstinado y, por fin, tan insensato o loco que, confesando que es un mal el pecado, niega a continuación que la concupiscencia que concibe el pecado sea un mal, incluso si el espíritu, al luchar contra ella, no le permita concebir y parir el pecado? Un mal tan grande y que en nosotros habita, ¿cómo no va a tener sujetos a la muerte a todos nosotros y arrastrarnos a la muerte eterna si estos lazos no fueran rotos en el bautismo por el perdón de los pecados que se nos otorga. Por eso, el nudo tuvo su origen en el primer Adán, y sólo puede ser desatado por el segundo Adán; y es a causa de este nudo de muerte que los niños mueren en su nacimiento; no por esta muerte que consiste en la separación del alma del cuerpo, sino por la muerte que a todos oprimía y por los que Cristo murió. Sabemos -dice el Apóstol, y nosotros con frecuencia lo repetimos- que uno murió por todos; luego todos murieron. Y murió por todos para que los que viven, no vivan ya para sí, sino para el que por todos murió y resucitó 67.

Viven, pues, aquellos por los que, para que vivan, murió el que vivía. Y, para hablar con más claridad, diremos con el salmista: Aquellos están libres de la muerte por quienes murió el que estaba libre entre los muertos. O aún más claramente: han sido rescatados del pecado aquellos por los que murió el que nunca tuvo pecado. Y, aunque murió una sola vez, muere, no obstante, cuantas veces uno de nosotros, en cualquier edad, es bautizado en su muerte; es decir que la muerte de aquel que no conoció pecado aprovecha a los que están muertos en el pecado; pero, una vez bautizados en su muerte, mueren al pecado.

El bautizado queda libre de toda culpa, no de todos los males

XVI. 49. Citas este texto del Apóstol: No os engañéis. Ni los impuros ni los idólatras... heredarán el reino de los cielos. Los que estos excesos cometen son los que, incitados por el aguijón de la concupiscencia, consienten en sus movimientos torpes y perversos. Añade el Apóstol: Y esto es lo que fuisteis vosotros, pero habéis sido lavados, habéis sido santificados 68.

Indica, pues, un cambio en algo mejor; y no porque desaparezca la concupiscencia, cosa imposible en esta vida, sino porque ya no obedecen a sus apetencias; y esto se puede hacer cuando se lleva una vida casta y santa y reconocen haber sido liberados del que los tenía cautivos, lo que sin la regeneración no es posible.

Estás en un error cuando escribes: "Si es un mal la concupiscencia, los bautizados están limpios de ella". No, los bautizados están libres de todo pecado, no de todo mal. O, para hablar con más propiedad, carecen de la mancha que los hacía culpables, pero no de todos los males. ¿Acaso no están sometidos aún a la corrupción del cuerpo? Lo que hace al alma pesada, ¿no es un mal? ¿Se equivoca el que dice: Un cuerpo corruptible hace pesada el alma? 69 ¿Carecerá del mal de la ignorancia, causa de males sin número? ¿Es mal liviano no comprender las cosas que son del Espíritu de Dios? De bautizados habla el Apóstol cuando dice: El hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de juzgar espiritualmente 70. Y en el capitulo siguiente: Yo, hermanos, no puedo hablaros como a espirituales, sino como a carnales. Como a niños en Cristo, os di a beber leche, no alimentos sólidos, pues todavía no los podéis digerir. Porque hay entre vosotros envidias y discordias; ¿no es cierto que sois carnales y camináis a lo humano? ¡Mira cuántos males atribuye al mal de la ignorancia! Pienso que el Apóstol no decía esto a los catecúmenos. ¿Cómo podían estos jóvenes estar en Cristo sin haber sido aún regenerados? Y, si no lo crees, escucha lo que dice poco después: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? 71

¿Dudarás todavía o negarás que sólo los bautizados pueden ser templo de Dios, en el que habita el Espíritu de Dios? Escucha, una vez más, lo que dice el Apóstol a los fieles de Corinto: ¿Acaso fuisteis bautizados en nombre de Pablo? 72 Aquellos a quienes se dirige Pablo no carecían del gran mal de la ignorancia, aunque habían sido lavados en las aguas del sacramento de la regeneración; pero sí habían sido purificados de toda mancha de pecado. Este mal de la ignorancia hacía parecer locuras cosas que pertenecen al Espíritu de Dios, y eran ya templo de Dios, en el que habitaba el Espíritu de Dios. Pero, progresando de día en día en el camino en el que se encontraban, podían, sin duda alguna, debilitar este mal con ayuda de una sana doctrina. Creamos que en esta vida puede, sí, disminuir este mal y aun desaparecer después del bautismo; ¿pero en el bautismo? ¿Quién duda que la concupiscencia puede decrecer en esta vida, pero no morir?

50. En la sagrada fuente del bautismo se perdonan todas las culpas pasadas. Se perdonan en los que renacen, disminuyen en los que progresan. La ignorancia retrocede a medida que nos ilumina la luz de la verdad; y la misma concupiscencia se debilita al calor de la caridad. Mas ninguno de estos dos bienes es nuestro. Porque no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el espíritu que viene de Dios, para conocer los dones que Dios nos ha dado 73.

En este sentido, la concupiscencia es peor que la ignorancia, porque la ignorancia, sin la concupiscencia, nos hace cometer faltas leves, mientras la concupiscencia, sin la ignorancia, nos lleva a cometer pecados graves. Ignorar el mal no siempre es un mal, pero siempre es un mal desear el mal. Incluso, a veces, es un bien ignorar el bien, para aprender a conocerlo en tiempo oportuno. Lo que nunca puede suceder es que el hombre pueda, por medio de la concupiscencia de la carne, codiciar un bien; porque el deseo de engendrar hijos no es un deseo de la concupiscencia, sino de la voluntad del alma, aunque la siembra no se realice sin la concupiscencia carnal. Tratamos aquí de la concupiscencia de la carne en lucha contra el espíritu, no de la concupiscencia buena, que hace al espíritu luchar contra la carne, por la que codicia la continencia para vencer la concupiscencia. Jamás puede el hombre desear bien alguno por la concupiscencia de la carne, a no ser que considere la voluptuosidad como un bien. Si, como en algunos pasajes de tus escritos has dicho, te agrada la secta de Dinómaco, "que confunde honestidad y placer", opinión que filósofos paganos más honestos llaman bien escileo, una mezcla de la naturaleza humana y animal; si abrazas, digo, esta monstruosa opinión, nos basta reconozcas que hay un placer lícito y otro ilícito; y así, la concupiscencia es un mal, pues puede, indiferentemente, apetecer ambas cosas, si el placer lícito no frena sus codicias ilícitas. Y este mal no se deja en el bautismo, pero de él triunfan los bautizados para que no los arrastre a lo ilícito, libres ya de su yugo por la gracia regenerativa. Mas, en el día de la resurrecci-n, la concupiscencia dejará de existir en un cuerpo vivo y exento de dolor, y ésta será la recompensa de los que fielmente lucharon contra ella, y, curados ya de su enfermedad, serán revestidos de inmortalidad feliz. Para los que no resucitan a la vida, no existirá para dicha suya, sino para castigo; no porque queden limpios de sus inmundicias, sino porque para los malos no será deleite, sino tormento.

¡Guerra a la concupiscencia!

XVII. 51. Veamos ya lo que la agudeza de tu fino ingenio ha inventado para combatir un pasaje de mi libro en el que digo: "El mal de la concupiscencia de la carne se perdona en el bautismo; no porque deje de existir, sino porque no se imputa a pecado; mal que permanece en nosotros aunque se perdone la culpa". Con tu agudeza acostumbrada, argumentas contra mis palabras como si yo hubiera dicho que "la concupiscencia con su reato desapareciese en el bautismo", pues dije que "su mancha era lavada", y tú interpretas "su" como si yo quisiera indicar la culpa, que hace criminal la concupiscencia; culpa que, una vez perdonada, absuelve de todo mal la libido. Si éste fuera mi pensamiento, no hubiera dicho que la concupiscencia es, sino que fue un mal. Según tu maravilloso entender, cuando oyes decir que en una causa por homicidio ha sido perdonada la culpa, piensas que no es el hombre, sino el crimen de homicidio el absuelto. ¿Quién lo va a entender así sino aquel que no siente sonrojo en alabar lo que se ve obligado a combatir? ¿Por qué fanfarroneas y te gozas al rechazar una opinión que no es mía, sino tuya? Sientes lo que se debe decir contra los que sostienen que la concupiscencia de la carne es santificada y se hace fiel por el bautismo en aquellos en los que permanece al ser regenerados. Pero esto, mejor que a nadie, te conviene a ti, pues sostienes que la concupiscencia es un bien natural, y en los niños bautizados añade a este bien "el de la santificación"; y la carne santificada es hija de Dios.

Nosotros afirmamos que es un mal y permanece en los bautizados aunque el bautismo lave la mancha; y no porque sea ella criminal, pues no es persona, sino porque hace al hombre culpable desde su nacimiento. Y nos guardamos bien de afirmar sea santificada, antes, al contrario, sostenemos que, si los bautizados no han recibido en vano la gracia de Dios, deben combatir sin descanso la concupiscencia, como a enemigo agazapado dentro de nosotros, y deseamos sanar de esta peste.

52. Si piensas que en los bautizados no queda mal alguno, para no dar pie a que se crea que el mal mismo ha sido lavado y santificado, mira el absurdo de la consecuencia. Si consideras santificado y purificado todo cuanto hay en el hombre cuando es bautizado, tienes que afirmar lo mismo de cuanto hay en los intestinos y en la vejiga, y que el cuerpo elimina. Tienes también que afirmar es santificado y purificado el feto humano en el vientre de su madre, si una necesidad la obliga a recibir el sacramento estando embarazada. Por último, tienes que decir que son bautizadas y santificadas las fiebres cuando son bautizados los enfermos; y, en consecuencia, que son bautizadas y santificadas las obras del diablo, como en el caso de aquella mujer del Evangelio a la que tenía Satanás atada hacía dieciocho años, si se hubiera bautizado antes de ser curada.

Y ¿qué decir de los males del alma? Piensa cuán gran mal es tener por necedad las cosas del espíritu de Dios. Sin embargo, así eran aquellos que el Apóstol alimentaba con leche, no con mendrugos. ¿Vas, acaso, a sostener que el mal tan enorme de esta locura ha sido bautizado y santificado porque no fue en el bautismo destruido? Pues lo mismo sucede con la concupiscencia, que permanece en nosotros y hemos de combatir para ser curados, aunque en el bautismo se nos perdonen todos los pecados. Lejos de ser santificada, se la debilita, para que no pueda retener, en los lazos de una muerte eterna, a los que han sido santificados.

Si aquellos que se alimentaban de leche, no de viandas sólidas, eran aún carnales y no percibían las cosas del Espíritu de Dios, porque para ellos eran necedad; si en aquella edad infantil, en el alma, no en el cuerpo, edad en la que, como hombres nuevos, son llamados niños en Cristo, si entonces muriesen, esta necedad no les sería imputada a pecado. Porque el beneficio de la regeneración recibida es tan eficaz, que la mancha de todos los males que los hacían culpables y de los que debían ser liberados, ora fuese por la muerte, ora por un progreso en la virtud, sería borrada por el perdón de todos los pecados, sin sanar todas las enfermedades del alma. Culpa que señorea en el que es engendrado según la carne, y que sólo se le perdona si es regenerado según el espíritu. Sólo el Mediador entre Dios y los hombres puede librar al género humano de la muerte, a la que, con toda justicia, ha sido condenado; y no sólo de la muerte del cuerpo, sino también de la muerte por la que se consideran muertos todos aquellos por los que uno murió. Y como murió por todos, luego todos murieron.

¿Es la concupiscencia una parte viciosa del alma?

XVIII. 53. No te das cuenta que no viene al caso discutir sin límites sobre las diferencias de las cualidades, porque una vez me haya servido del vocablo cualidad en un pasaje donde digo: "La concupiscencia no permanece en nosotros como algo sustancial, como un cuerpo o un espíritu, sino que es la afección de una cualidad mala, algo así como languidez". ¿No ves que no viene a cuento? Primero afirmas que "cambié de modo de pensar; es decir, que he olvidado cuanto a lo largo de mi libro sostengo, a saber, que la concupiscencia es sustancia". Relee las páginas de mi libro, y ni una sola vez encontrarás que llame sustancia a la concupiscencia. Verdad es que algunos filósofos dijeron que la concupiscencia era una parte viciosa del alma, y que, como parte del alma, es sustancia, porque el alma sustancia es.

Yo llamo a la concupiscencia vicio que mancha el alma o una parte del alma, de suerte que, sanado este vicio, queda sana la sustancia. Me parece que los filósofos que llaman a la concupiscencia una parte viciosa del alma usan una metáfora para decir que es un vicio que reside en cierta parte del alma; como se dice, en sentido metafórico, casa para designar a los moradores de la casa.

54. Has herido de muerte vuestra secta al manejar con manos inexpertas los afiladísimos dardos de tu dialéctica, pensando, en tu jactancia, que nos aterrabas. Defines, divides, describes diferentes cualidades, y dices: "La tercera especie de cualidad es la manera como una cosa afecta y es afectada. Esta afección -según tú- se pone entre las cualidades porque es principio de cualidades, y a ella se refieren todas las pasiones del alma o del cuerpo desde que hacen acto de presencia hasta que desaparecen. La cualidad afección -dices- nace de causas más profundas, se adhiere de una manera tan íntima a las cosas en las que se manifiesta, que es imposible separarlas o sólo con grandes esfuerzos se logra".

Para los sabios, todo queda suficientemente explicado; pero, como no han de ser subestimados los que ignoran la dialéctica y, no obstante, leen mis libros, voy a tratar de esclarecer con algunos ejemplos lo que para ellos me parece oscuro. En lo que se refiere al espíritu, la afección es el temor; la cualidad afectiva, la timidez; una cosa es estar enojado y otra ser propenso a la ira; una cosa es estar borracho y otra ser inclinado a la bebida; las primeras son afecciones; las segundas, cualidades de estas afecciones.

Si del cuerpo se trata, hay diferencia entre estar pálido y ser pálido, estar colorado y ser rojo. Nos faltan, a veces palabras para expresar todas las diferencias posibles de esta especie. Dices que "la cualidad afección nace de causas más profundas y se adhiere de una manera tan íntima a las cosas en las que se manifiesta, que es imposible o muy trabajosa la separación". Así, cuando se dice de una cualidad de este género que un alma, o, mejor, un hombre, es malo, ¿no temes se te pueda replicar que con esta cualidad es imposible pueda existir una voluntad buena? ¿No vas a conceder, al menos, que un hombre en tan mísero estado, cualquiera que sea o haya sido, pueda gritar: El querer está a mi alcance; realizar el bien, no? Reconoce el gemido de la impotencia en estas palabras del Apóstol: ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? La gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor 74.

55. Por tanto, aunque pongas sumo cuidado en vestirte clámide retórica ante los ojos de los ignorantes, quedas al desnudo ante la verdad manifiesta. Yo sostengo que la concupiscencia ha de considerarse un vicio, nacido en el hombre de una raíz infectada; como una salud quebradiza, que hace a la carne codiciar contra el espíritu; mal del que usa bien el pudor conyugal cuando se sirven de él para la generación de los hijos; pero afirmo también que, cuando se alaba el buen uso que se hace de este mal, no se alaba el mal; porque el mal no es bueno, sino el hombre que logra no le perjudique el mal por el buen uso que hace de él. Como la muerte, que es castigo para el pecador, y fuente de méritos para el mártir, por el buen uso que hace de este mal.

En el bautismo cristiano, la renovación es total, y la curación de todos los males, que nos hacían culpables, perfecta; pero no se curan aquellos contra los que tenemos que luchar para no ser reos, males que están en nosotros y son nuestros, no ajenos. Como, después del bautismo, los hombres han de resistir a la mala costumbre de emborracharse; costumbre no heredada, sino adquirida, para que no los arrastre al desorden de su mala costumbre. Se resiste al mal de la concupiscencia cuando, por amor a la castidad, se le dice "no", pues su hábito es codiciar. De ahí que contra esta concupiscencia de las partes íntimas, que después del pecado original es como una especie de naturaleza, ha de luchar con más vigor una viuda que una virgen, y una hetaira que quiera vivir en continencia, que una mujer que siempre guardó castidad. Por tanto, más tesonera ha de ser la voluntad para triunfar de la concupiscencia cuanto más arraigada esté la costumbre del placer.

De éste y con este mal nace el hombre; mal en sí tan enorme que nos ata a la condenación y nos excluye del reino de Dios, pues, aunque nos venga de padres regenerados, sólo podemos ser, como ellos, liberados por el sacramento de la regeneración, único remedio que puede arrancar al niño del poder del príncipe de la muerte, como lo fueron sus padres. La cualidad del mal no emigra de sustancia en sustancia, como de un lugar a otro, de suerte que abandone el lugar donde estaba para asentarse en otro. Es también cualidad, aunque de otro género; como una especie de contagio, suele acontecer que pase de los cuerpos enfermos de los padres a los hijos que de ellos nacen.

56. ¿Qué significa "dar cerrojazo -es frase tuya- a la academia de Aristóteles y pasar a las Sagradas Escrituras?" Dices: "La concupiscencia es una sensación, no una mala cualidad; en consecuencia, cuando decrece la concupiscencia, disminuye la sensación". ¿Acaso la concupiscencia de la carne no se debilita más y más cada día por las concupiscencias contrarias de la continencia y de la castidad? Quisiera me dijeras si no queda más inmunizado del mal aquel que cada vez encuentra menos placer en satisfacer su pasión, aunque después de su regeneración en las aguas del bautismo y en el momento de su conversión haya renunciado al pecado y no haya vuelto a caer en el vicio. Quisiera me dijeras también: si un hombre, antes de ser bautizado, había contraído la costumbre de embriagarse, y luego se ha corregido por completo, ¿no recobra cada día, respecto a esta enfermedad, una salud tanto más completa cuanto es menor el deseo de un trago? La sensación no es concupiscencia, sino lo que nos hace sentir su mayor o menor violencia. Lo mismo pasa con las afecciones del cuerpo. La sensación no es el dolor, sino lo que nos hace sentir el dolor; la sensación no es la enfermedad, sino lo que nos hace sentir el mal de la enfermedad. Pero si un hombre se hace bueno de repente por una buena cualidad y si renuncia a la fornicación y al vino sin recaer en el futuro en tales excesos, ¿no oye en él una voz que le dice: Mira, estás curado, no peques más? 75 ¿Y no se puede llamar este hombre sobrio y casto? Y si, con el progresar de estas buenas concupiscencias, combate las malas concupiscencias de la fornicación y de la bebida y se hace mejor que era a raíz de su conversión; y el deseo de aquellos excesos es cada día más débil, de manera que los combates contra dichos males no son tan violentos, sino de menor intensidad; y no porque se debiliten las virtudes, sino porque el enemigo pierde vigor; no porque desaparezca la lucha, sino porque crece la victoria, ¿dudarás reconocer en este hombre su mejoría? Dime, por favor: ¿cómo ha sucedido esto sino porque se afianzan las cualidades buenas, y las malas se debilitan? Aumenta la cualidad que lo hizo bueno, se debilita el hábito que lo hizo malo; y esto acontece no en el bautismo, sino después del bautismo; porque, aunque en el bautismo haya recibido pleno perdón de todos sus pecados, permanece la concupiscencia, para que progresemos en el bien mediante una lucha sin tregua y muy activa contra un tropel de malos deseos que se levantan en nuestro interior. Por eso se dice a los bautizados: Mortificad vuestros miembros terrenos 76, y: Si por el Espíritu mortificáis las obras del cuerpo, viviréis 77. Y en otro lugar: Despojaos del hombre viejo 78. Todas estas palabras riman con la verdad, sin rozar para nada la eficacia del bautismo.

57. Si no eres un terco discutidor, verás que tomamos en su verdadero sentido las palabras del salmista, que tú tratas de explicar a tu aire. Después que el profeta dice: Perdona todas tus culpas, lo que hace perdonando todos los pecados, añade a continuación: Y sana todas tus dolencias 79; queriendo dar a entender que las dolencias obligan a los santos a sostener sin descanso guerras intestinas hasta que sean de estos males sanados, o al menos hasta debilitar día tras día sus fuerzas, en cuanto es en esta vida posible. No desaparece, pues, la dolencia que lleva a la carne a combatir contra el espíritu, aunque no sufre daño la castidad.

Si en la carne no existiera languidez, no lucharía contra el espíritu. Y lucha para que, si no puede menos que combatir, consiga la fortaleza necesaria para no consentir y salvarse. Este mal que sentimos en nosotros y contra nosotros, o es una naturaleza extraña que ha de ser separada de nosotros o es nuestra naturaleza, que es necesario sanar. Si decimos que es una naturaleza extraña que es necesario separar de nosotros, favorecemos a los maniqueos. Para no caer en el error de maniqueos y pelagianos, sostenemos que es nuestra misma naturaleza, que es necesario sanar.

Renacimiento

XIX. 58. "Esta herida fue infligida por el diablo al género humano y condiciona a todo el que nace a estar bajo su poder, como fruto que con pleno derecho coge de su árbol". Pones estas palabras de mi libro para refutarlas. Insidiosamente, interpretas mis palabras, como si hubiera dicho "que el diablo es autor de la naturaleza humana y el creador de la sustancia que constituye al hombre". ¡Como si una herida en el cuerpo se pudiera llamar sustancia! Dije, según tú, que el diablo era el creador de una sustancia porque en la comparación que empleé me serví del vocablo árbol, que, sin duda, es sustancia. Mas ¿por qué eres o aparentas ser tan ignorante para no saber que, cuando se habla de cosas que no son sustancia, nos servimos de comparaciones tomadas de las sustancias? A no ser que, a tenor de los cánones de la dialéctica, acuses al Señor cuando dice: Un árbol sano da frutos sanos y un árbol dañado da frutos malos 80.

A no ser uno que no sepa lo que dice, ¿quién va a sostener que son sustancias la bondad o la malicia, las buenas o las malas acciones que el Señor compara a los árboles? Con frecuencia, vemos se comparan a las sustancias cosas que no lo son. Y si por árbol, bueno o malo, entendemos no la bondad o malicia del hombre, sino el hombre, en el que sabemos se encuentran estas cualidades: la bondad, en un hombre bueno; la maldad, en un hombre malo, y la sustancia, en el árbol, es decir, el hombre, que es sustancia; sin embargo, nadie hay tan ignorante, si está en su sano juicio, que pueda sostener que los frutos de estos hombres, es decir, sus obras, sean verdaderas sustancias. En consecuencia, está permitido emplear una comparación, tomada de una sustancia, para designar una cualidad que no es sustancia.

Es, pues, razonable comparar la herida causada al género humano por el diablo, aunque no sea sustancia, a un árbol, cuyo fruto maldito son los vicios con los que los hombres vienen al mundo; y esto, aunque vosotros lo neguéis, lo prueba la verdad; vicios que excluyen para siempre del reino de Dios, si la Verdad no los hace libres en el sacramento de la regeneración.

59. Digo que el diablo es el destructor, no el creador, de la sustancia. Mas por la herida causada al hombre somete a su poder al que no creó. La misma justicia de Dios le ha otorgado este poder, pero conservando, sobre él y sobre todo lo que le está sometido, su divina y suprema autoridad. Dios quiso instituir un segundo nacimiento porque el primero quedó maldito. Brilla en esto la bondad de Dios para con el primer nacimiento, al formar de una semilla maldita la naturaleza racional; y de esta inagotable bondad de Dios se alimenta una gran muchedumbre de hombres perversos, que él hace vegetar con su acción secreta activísima.

La eficacia de esta acción es tan universal y necesaria para la formación y crecimiento de todas las semillas y de todo ser moviente, que si por un momento la suspende, nada se podría producir y las creadas retornarían a la nada. Sólo un necio impío puede reprender a Dios porque permite vivir a hombres perversos, dignos de condenación, y viven porque él les da vida, como se la otorga a cuanto alienta. "¿Por qué considerar incompatible con la excelencia de las obras de Dios, creador de todas las cosas, el que forme un niño viciado en su origen y expuesto a la condenación, si son redimidos de la pena a la que fueron condenados una vez sean regenerados por el Mediador?" Esta libertad es efecto de una misericordia totalmente gratuita para con los elegidos antes de la creación del mundo, por una elección de gracia, no en virtud de méritos pretéritos, presentes o futuros. Pues de otra suerte, la gracia no es gracia. Esto se evidencia de una manera especial en los niños, pues no tienen obras pretéritas, al no existir; ni presentes, pues nada hacen conscientes; ni futuras, si mueren en una edad infantil.

60. Dije, es cierto, que "así como permanecen los pecados en cuanto nos hacen culpables, aunque su acción haya pasado, así, por el contrario, puede suceder que permanezca la concupiscencia como acción, aunque haya pasado como culpa". Dice tu error que esto es falso; la verdad nos convence que es verdadero. En la imposibilidad de impugnar mi aserto, te empecinas en extender las tinieblas de tu dialéctica sobre mentes poco cultivadas, diciendo: "Te es imposible comprender en virtud de qué dialéctica he podido encontrar la reciprocidad de todos los contrarios". Si para hacer comprensible tu pensamiento tratara de explicarlo a los que nunca han estudiado estas cosas, necesitaría, quizás, un volumen entero. Por el momento me basta saber que "en ninguna dialéctica has podido encontrar la reciprocidad de todos los contrarios". Luego, según tus palabras, es posible hallar reciprocidad, si no en todos los contrarios, sí en algunos. Es precisamente lo que en algunos he hallado yo. Si hubieras dicho que no existe en absoluto una dialéctica de los contrarios y hubieras demostrado que en los contrarios que mencioné no existe reciprocidad alguna, sencillamente porque no existe, debería probar yo su posibilidad en algunos, y luego demostrar que existe reciprocidad en los casos que indiqué; pero como admites su posibilidad en algunos, no en todos, es ya una concesión que me haces. Existe en algunos. Resta probar que es posible en los contrarios que mencioné; es decir, si, como es verdad, pecados que en su acción han pasado permanecen en cuanto a la culpa, es igualmente verdad que la concupiscencia permanece en nosotros en cuanto acción, aunque pase su tanto de culpabilidad. Queriendo tú probar que esto es un imposible, me haces decir lo que no he dicho.

Me refería a la concupiscencia, que habita en nuestros miembros y lucha contra la ley del espíritu; aunque, con el perdón de todos los pecados, la culpa ya pasó; y, por el contrario, sucede que un sacrificio ofrendado a los ídolos pasa, en cuanto a la acción, si no se vuelve a ofrecer otro; pero permanece la culpa hasta que se perdone por gracia. Y viceversa, la concupiscencia de la carne permanece en el hombre que la combate por la continencia; pero la mancha contraída en el nacimiento ha sido lavada por la regeneración. Permanece en cuanto acción, sin solicitarnos y seducirnos con sus encantos, de manera que no arranque el consentimiento, que la empreña y hace parir el pecado; pero sí excitando malos deseos, a los que el alma debe resistir. Estos movimientos son ya una acción, aunque carecen de efecto al no consentirlos el alma; porque, amén de esta acción, es decir, de este movimiento de la concupiscencia, que causa en nosotros excitaciones que llamamos deseos, existe un mal que habita en nosotros. No siempre existe un deseo que combatir; pero, aunque no se presente a nuestro espíritu o a nuestros sentidos objeto alguno que despierte nuestra codicia, puede darse en nosotros una mala cualidad, que permanece inactiva al no existir tentación alguna; como, por ejemplo, la timidez existe en un hombre tímido, aunque nada tema. Cuando se presenta un objeto concupiscible y no se sienten movimientos ni deseos remansados por la voluntad, entonces la salud es perfecta.

Mal que no deja de esclavizar al hombre aunque nazca del buen uso que de este mal hacen los esposos castos. Pero, aunque permanezca en nosotros el pecado que nos hacía culpables, queda perdonado cuando, por gracia de Dios, se nos perdonan todas las faltas, y quedamos libres de todo mal; porque el Señor no sólo se hizo propiciación por todos nuestros pecados, sino que sana también todas nuestras enfermedades. Recuerda lo que el mismo libertador y salvador de los hombres contestó a los que le aconsejaban salir de Jerusalén: Yo lanzo fuera demonios y hago curaciones hoy y mañana, y el tercer día llego a mi fin 81. Lee el Evangelio, y ve cuánto tiempo transcurrió hasta su muerte y resurrección. ¿Luego mintió? De ningún modo. Pero indica algo que tiene relación con el problema que nos ocupa. La expulsión de los demonios señala el perdón de los pecados; la curación de las enfermedades significa la perfección en la salud, que ha lugar después del bautismo, al progresar en la virtud; y su consumación al tercer día, que él probó por la inmortalidad de su carne, indica la felicidad de los gozos incorruptibles.

61. Como ejemplo de lo que hablas propones un sacrificio sacrílego ofrecido a los ídolos, y escribes: "Sólo esto basta para hacer comprender todas las cosas de esta especie. Porque, una vez que alguien sacrifica a los ídolos, queda aplastado por la iniquidad de esta acción hasta que obtenga perdón; y, aunque la acción pasa, permanece la culpa. Y de ninguna manera -añades- puede permanecer la acción si desaparece la culpa; es decir, que un hombre que no cesa de sacrificar a los demonios, no puede verse libre de la mancha de tal sacrilegio". Con toda verdad puedes afirmar esto del sacrificio ofrecido a los ídolos, porque la acción de ofrecer el sacrificio pasa con el sacrificio mismo; y, si se repite el sacrificio, es ya otra acción, es decir, se comete otro sacrilegio, y la impiedad permanece hasta que renuncie a sacrificar a los ídolos y crea en Dios. El sacrificio ofrecido a los ídolos es una acción transitoria, no un vicio permanente; la impiedad que nos lleva a sacrificar permanece una vez realizado el sacrificio, y parece asemejarse a la concupiscencia, que impulsa a cometer un adulterio. Pero, desvanecido el error que nos hacía confundir piedad e impiedad, ¿acaso deleita sacrificar a los ídolos y siente el oferente avivarse en él este deseo? Luego no hay paridad entre estas dos cosas que tú creías iguales.

De ninguna manera, repito, es semejante el sacrificio transitorio a la concupiscencia permanente, pues ésta con sus apetencias ilícitas, por la castidad combatidas, no deja de inquietar a los que ya no cometen los pecados en los que tenían por costumbre caer cuando consentían en los deseos de la concupiscencia y que, al progresar en la fe y conocimiento de la verdad, reconocen que tales acciones están prohibidas. El conocimiento no pone fin a la concupiscencia, pero la continencia le pone freno para que no pueda llegar a donde anhela. Por tanto, como la acción de inmolar a los ídolos no existe al cesar el acto, ni en la voluntad, pues el error que le llevó a la idolatría se disipó y permanece, no obstante, la culpa hasta que reciba, en las aguas de la regeneración, el perdón de todos sus pecados; y lo mismo, pero en sentido contrario, aunque la mancha de la concupiscencia carnal, que hace al hombre culpable, sea en el bautismo lavada, la concupiscencia permanece en nosotros hasta que, enteramente curada por los remedios salutíferos de aquel que, una vez lanzados los demonios, consolida la curación.

62. Pues reconoces, como yo, que la mancha de un pecado pretérito permanece en nosotros hasta que sea lavada en la fuente sagrada, dime, te ruego: ¿qué culpa es ésta y dónde permanece, si el hombre culpable se ha convertido y vive piadosamente; y, sin embargo, aún no ha recibido el perdón de todos sus pecados? Esta mancha que hace al hombre culpable, ¿es un sujeto, es decir, una sustancia como lo es el espíritu o el cuerpo, o está en un sujeto como la fiebre o una herida en el cuerpo o como la avaricia o el error en el alma? Responderás, seguro que está en un sujeto, pues no vas a decir que es una sustancia.

Entonces, ¿en qué sujeto crees se encuentra? Mas ¿por qué pedirte respuesta y no citar tus palabras? Dices: "El pecado pasa en cuanto acto, permanece la culpa en la conciencia del delincuente hasta que se le perdone". Luego está en un sujeto, es decir, en el alma del que recuerda haber pecado, y se ve atormentada por los remordimientos de su conciencia hasta que el perdón de sus pecados le devuelva la calma y seguridad. Y ¿qué pasa si olvida su pecado y no siente remordimiento alguno de conciencia? ¿Dónde encontrará la culpa, que permanece, según tú, después que ha pasado el acto pecaminoso, hasta que sea borrada por el perdón de todos sus pecados? Ciertamente que no está en el cuerpo, pues no pertenece a ninguno de sus accidentes; ni en el alma, pues el olvido borró su recuerdo. Sin embargo, existe.

¿Dónde se encuentra, si, antes pecador, lleva ahora una vida santa y no comete tales faltas, y no se puede decir que permanece la mancha del pecado, cuyo recuerdo pervive en nosotros y el de los pecados ya olvidados no permanece? Pues sin duda, permanece hasta que se perdone. ¿Dónde va a permanecer sino en las leyes secretas de Dios, escritas de alguna manera en la mente de los ángeles, para que ningún delito quede impune si no es expiado por la sangre del Mediador?

Por la señal de la cruz es consagrada el agua del bautismo, para que la culpa que nos hace pecadores, y es como un acta de obligación escrita y contraída antes, quede perdonada en presencia de las potestades angélicas encargadas de castigar los pecados. Por esta escritura quedan obligados cuantos nacen en la carne y carnalmente de la carne, y han de ser redimidos de esta deuda por aquel que nació en la carne y de la carne, pero no carnal, sino espiritualmente.

Nació de la Virgen María por obra del Espíritu Santo; por eso, su carne no es carne de pecado; y, si nació de María la virgen, fue para que su carne fuese a semejanza de la carne de pecado. En consecuencia, no está comprendido en el acta de obligación el que nació para redimir de esta escritura a los culpables. Porque se ha de considerar una iniquidad cuando en un hombre la parte más noble sirve vergonzosamente a la inferior; o cuando la parte inferior se rebela contra la parte superior, aunque no le permita vencer. Si un hombre sufriera injusticia por parte de un enemigo externo, como este enemigo no está dentro de él, puede ser castigado sin él; pero si este enemigo, es decir, este mal, está dentro de él, entonces o el hombre es castigado con el mal, o, si el hombre queda libre del mal que le hace culpable, dicho vicio puede continuar luchando contra el espíritu, aunque sin acarrear sobre este hombre inocente ningún castigo después de su muerte, sin desterrarlo del reino de Dios y sin ser retenido por condena alguna. Para librarnos por completo de este mal no es necesario separarlo de nosotros como si fuera una sustancia extraña, sino como una enfermedad de nuestra naturaleza que es necesario curar.

Buena es la criatura, obra de Dios; malo el vicio, obra del diablo

XX. 63. A causa de este vicio, como digo en el libro que combates, "la naturaleza humana es condenada; y esta condena le somete al poder del diablo maldito, pues el mismo diablo es un espíritu impuro; bueno como espíritu, malo en cuanto inmundo; espíritu por naturaleza, inmundo por vicio. No somete a su dominio niños o adultos porque sean hombres, sino porque son pecadores". Crees refutar estas palabras de mi libro diciendo: "Se ha de observar en un pecador la misma regla que se observó respecto del diablo; es decir, no se debe condenar a nadie si no es por los pecados que voluntariamente uno comete; en consecuencia, no existe pecado original; de otra suerte, no se podría aprobar la obra de aquel que creó bueno al mismo diablo". Pero no adviertes que Dios no creó al diablo de otro diablo ni de un ángel bueno que sintiese en sus miembros una ley contraria a la del espíritu, por la cual y con la cual todo hombre nace de otro hombre. Este tu razonamiento podía ser favorable a tu causa si, como el hombre, el diablo engendrara hijos, y yo negara fueran culpables por el pecado paterno. En realidad, una cosa es el que es homicida desde el principio, pues mató al hombre, mediante la seducción de la mujer, poco después de ser creado, y no se mantuvo en la verdad por libre decisión de su querer, y arrastró al hombre en su caída; y otra cosa es que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y as' pasó a todos los hombres, en el que todos pecaron 82. Hasta la evidencia prueban estas palabras que, además de los pecados propios de cada uno, existe un pecado de origen, común a todos los hombres.

64. Dije también: "El que se admira que una criatura de Dios esté sometida al diablo, no debe asombrarse, pues es una criatura de Dios la que se somete a otra criatura de Dios, la menor a la mayor". ¿Por qué citas estas palabras y silencias las que siguen, en las que indico el sentido que tiene mi aserto? Hablo de una criatura inferior sometida a otra superior; es decir, la naturaleza humana sometida a la naturaleza angélica. Sin duda, has querido que mis palabras fueran menos inteligibles, para hacer así un hueco, según costumbre tuya, y extender un velo de tinieblas sobre los ignorantes y hablarles de las categorías de Aristóteles, que, al no entender ni papa de lo que dices, crean que dices algo muy profundo y secreto. Vuestra herejía parece limitarse a que vuestros seguidores se lamenten por no encontrar jueces en la Iglesia de la escuela de los peripatéticos o de la Estoa que os absuelvan.

¿Qué significa, a qué viene lo que, para responder a mis palabras, dices: "Lo más o lo menos pertenece a una especie limitada de la cantidad?" Y añades: "La cantidad no es sujeto de contrarios, como lo es la cualidad y otros predicamentos: más aún, no tiene contrarios, tales como el bien y el mal, lo que, por definición, es común a la sustancia". En verdad que nunca hubieras dicho estas cosas si hubieras creído que tus oyentes o lectores iban a comprender algo de lo que has dicho. ¿No puede un hombre impuro estar sometido a un ángel inmundo, porque la cantidad por la cual el ángel es mayor que el hombre no sólo no es sujeto de contrarios, pero ni tiene siquiera contrarios? ¡Como si el hombre debiera estar sometido al diablo si se encontrase que le era contrario; como si lo malo no pudiera estar sometido a lo malo, porque lo bueno es contrario a lo malo, mientras lo que es malo no parece contrarío a lo malo!

¿Se puede pensar o decir algo más sin sentido y vacío? ¿Acaso el siervo no puede estar sometido a su amo, ya sean los dos buenos o ambos malos, o el siervo bueno y el amo malo: o el amo bueno y el siervo malo? ¿No puede una esposa estar sometida a su marido, ya sean buenos los dos, ya malos los dos: o bueno el marido, y la mujer mala; o la esposa buena, y malo el marido? Cuando se trata de ver si una cosa debe estar sometida a otra, ¿a qué viene examinar si tiene o no contrarios? Tú mismo no hubieras vertido tan inconsideradamente estas ideas, de haber consultado a la sabiduría, contraria a la estulticia, que tales necedades te inspira.

65. Veamos ya cuál es tu razonar. "Si lo que está -dices- bien ordenado pertenece a Dios, y lo que a Dios pertenece es bueno, es, pues, bueno estar sometido al diablo, pues así lo exige el orden establecido por Dios. Luego se sigue que es un mal rebelarse contra el diablo, porque por esta resistencia se perturba el orden querido por Dios". Razonando de esta manera, podías también decir que los agricultores se oponen a Dios al limpiar sus campos de cardos y abrojos, que él hace germinar para castigo de los pecadores. Con esta suerte de silogismos se puede decir: Si hay algo bien ordenado, pertenece a Dios, y todo lo que Dios ordena es bueno. Luego es un bien para los malos achicharrarse en el infierno, pues éste es el orden establecido por Dios.

Y añades: "Se sigue que es también un mal resistir al diablo, pues por esta resistencia se turba el orden querido por Dios". ¿Por qué dices esto? ¿Quién puede resistir al diablo sino aquel que ha sido liberado por la sangre del Mediador? Mejor es no tener enemigo que vencerlo. Mas como la humana naturaleza, en castigo del pecado, estaba sometida al enemigo, era necesario que el hombre, antes de poder combatirlo, fuera arrancado de sus garras; y si su vida se prolonga en esta carne mortal, es ayudado en el combate para salir victorioso; finalmente, si vence, reinará con los bienaventurados y podrá, en el último día, gritar: ¡Oh muerte! ¿Dónde está tu azote? 83 O con el Apóstol: ¡Oh muerte! ¿Dónde está tu aguijón? 84

La naturaleza, ¿madre o madrastra?

XXI. 66. Consideras también un acierto poner algunos pasajes tomados de los libros de Manés para compararlos con mi doctrina. Sabes que detesto y condeno, con toda la sinceridad de mi fe y de mis palabras, esa mezcla de dos naturalezas, buena y mala, de donde se deriva todo lo que hay de extravagante y fabuloso en el dogma maniqueo. Más aún, al refutar tu doctrina, probaré que eres partidario y favorecedor de su herejía. Grita la verdad contra ellos y dice: "Los males vienen de los bienes"; y tú elevas la voz en favor de ellos y con ellos y te opones a la verdad cuando dices: "La obra del diablo no tiene acceso a la obra de Dios. La raíz del mal no puede arraigar en un don de Dios. El orden establecido en el mundo no permite que el mal venga del bien, y la injusticia de la justicia. El pecado no puede nacer de lo que está exento de pecado. De una obra limpia de culpa no puede la culpa nacer".

De todas estas palabras se deduce que los males no nacen de los bienes, y, en consecuencia, hay que decir con los maniqueos que los males vienen de los males. ¿Cómo te atreves a tachar a alguien de maniqueo, como si tú fueras su adversario, cuando te pones a su lado, y ellos no pueden ser vencidos sin que tú quedes derrotado? Demostré ampliamente esto en el primer libro de esta obra (c. 8), y con más brevedad en el quinto (c. 16), y lo suficiente en éste.

67. Con frecuencia he probado lo que tu herejía tiene de común con la de los maniqueos, pero creo conveniente repetirlo aquí. Enumeran los maniqueos los males que oprimen a los ni-os, y que Cicerón menciona en su libro De Republica, del que tomé las palabras citadas en el libro IV. En el recuento que de los males hace escribe: "La naturaleza nos trata no como madre, sino como madrastra, pues arroja al hombre a un abismo de miserias". A estas miserias comunes hay que sumar males muy diversos, como vemos sufren, si no todos los hombres, sí una gran multitud, incluida la posesión diabólica.

Los maniqueos sientan esta conclusión: Si Dios es justo y todopoderoso, ¿por qué permite que los niños, imágenes suyas, sufran tantos males sino porque en verdad existen, como sostenemos, dos naturalezas, una buena y otra mala? A los maniqueos refuta la verdad católica, confesando la existencia del pecado original, que hizo al género humano juguete del diablo, e hizo condenar a la raza de los mortales a una extremada miseria y trabajos sin cuento. No hubiera sido así si la naturaleza humana, haciendo buen uso del libre albedrío, hubiese permanecido en el estado primitivo de gracia en que fue creada.

Vosotros, al negar la existencia del pecado original, os veis obligados a confesar que Dios es impotente e injusto, pues deja a los niños, imágenes suyas y que están bajo su poder, expuestos a tantos meles, sin demérito alguno personal u original. Porque no se puede decir que estos males son para los niños un medio de ejercitarse en la virtud, como se podría afirmar de los adultos que tienen uso de razón. Y como vosotros no podéis afirmar que Dios es impotente e injusto, dais ocasión a los maniqueos de sostener, contra vosotros, su dogma impío de una mezcla de dos sustancias contrarias entre sí.

No estoy yo infectado de error maniqueo, "sin que ninguna yerba de batanero pueda inmunizarme". Con estas insolentes palabras injurias el sacramento de la regeneración que recibí en el seno de la Iglesia católica, nuestra madre. Mas, para vosotros, el veneno del antiguo dragón se ha infiltrado de tal manera en vuestro espíritu que infamáis con el horrible nombre de maniqueos a los católicos y con la perversidad de vuestra doctrina echáis una mano a los maniqueos.

La serpiente, el diablo y la mujer

XXII. 68. En otro de mis libros, dedicado a Marcelino, escribí: "Los hijos de la mujer, que por dar crédito a las palabras de la serpiente fue corrompida por el mal de la concupiscencia, no pueden ser liberados sino por el Hijo de la Virgen, que, al creer en las palabras del ángel, concibió sin concupiscencia". Al transcribir mis palabras quieres se entiendan como si yo dijese "que la serpiente hubiera tenido comercio carnal con Eva", según la opinión delirante de los maniqueos, que sostienen que el padre de las tinieblas fue el padre de esta primera mujer y luego se acostó con ella. Nunca he dicho esto de la serpiente. Pero ¿vas a negar, contra el Apóstol, que el espíritu de la mujer fue seducido por la serpiente? ¿No le oyes gritar: Temo que así como la serpiente engañó a Eva con su astucia, se perviertan vuestras mentes, apartándoos de la sencillez y castidad en Cristo? 85 Corrompida por la serpiente -las malas palabras corrompen las buenas costumbres-, surge en la mente de la mujer un vivo deseo de pecar; corrompido el varón por una prevaricación igual, sintieron en su carne deseos impuros, y, avergonzados, cubrieron sus partes íntimas. Esto no fue, sin embargo, consecuencia de un comercio carnal con el diablo, sino del abandono de la gracia espiritual de Dios.

69. No has, pues, desmantelado, como te ufanas a lo largo de tu disputa, mi aserto sobre el mal de la concupiscencia de la carne y del pecado de origen. Queda en pie el elogio que hice del matrimonio, que hace buen uso de este mal, del que no es autor, sino que lo encontró ya establecido. Tú, en cambio, lejos de refutar a los maniqueos, favoreces, como probé ya, su herejía y, en general, el error de los partidarios de la novedad pelagiana. En el primer libro de esta obra os he contestado con plena suficiencia y con toda la luz de la verdad sobre los diferentes pasajes de autores católicos, como San Basilio de Cesarea y San Juan de Constantinopla, cuyas doctrinas quieres rimen con las vuestras. Os hice ver que por falta de entendimiento en algunos textos combates, con asombrosa ceguera, su dogma, que es el de la Iglesia católica.

En el libro II me expliqué lo suficiente para convenceros que no existe, como calumnias, "una conspiración de gentes perdidas", sino un consenso piadoso y fiel de los Padres más santos y sabios de la Iglesia católica, que lucharon a favor de la antiquísima verdad católica contra la novedad de vuestra herejía. No es, pues, sólo "el murmullo de la plebe", como dices, lo que te oponemos; es la autoridad de tantos hombres doctos; y este proceder es correcto. Y no sufre perviertas la creencia común de los fieles en Cristo, único salvador de los niños.

Exégesis de Romanos 7

XXIII. 70. Dice el Apóstol: Sé que no habita en mí, es decir, en mi carne, el bien..., hasta llegar a las palabras: ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? Afirmas que yo doy a esta perícopa un sentido que no rima con el contexto de todo el capítulo; y, sin yo saberlo, me atribuyes otras muchas cosas. No soy el único ni el primero en interpretar este texto como en verdad debe entenderse y que arrasa vuestra herejía. Cierto que, en un principio, yo mismo lo entendí de otra manera, o mejor, no lo entendí, como lo prueban algunos escritos míos de aquel tiempo. No comprendía entonces cómo el Apóstol, hombre espiritual, podía decir de sí mismo: Yo soy carnal; ni cómo podía estar cautivo bajo la ley del pecado, que estaba en sus miembros.

Creía entonces que estas palabras sólo podían aplicarse a los que, esclavos de la concupiscencia, obedecen sus deseos; y esto me parecía una locura pensarlo del Apóstol, porque él y una infinidad de santos, para no consentir en los deseos de la carne, luchaban con el espíritu contra la carne. Más tarde me rendí a hombres más sabios e inteligentes que yo; o, por mejor decir, me rendí a la misma verdad. Y me pareció oír, en las palabras del Apóstol, el gemido de todos los santos que luchan contra la concupiscencia de la carne. En el espíritu son espirituales, pero con un cuerpo corruptible que hace pesada el alma. Serán un día también en el cuerpo espirituales, cuando se siembre un cuerpo animal y resucite un cuerpo espiritual. Pero ahora se encuentran aún bajo la ley del pecado, pues mientras vivan en esta carne están sujetos a sus movimientos aunque no consientan en ellos. Y así entiendo yo ahora las palabras de Pablo, como las entendieron Hilario, Gregorio, Ambrosio y otros santos y célebres doctores de la Iglesia; enseñaron acordes que el mismo Apóstol tuvo que luchar sin tregua contra los deseos de la carne, que él no quería tener y, sin embargo, tenía; conflicto del que dan testimonio sus palabras.

Tú mismo has confesado que los santos libraron "gloriosos combates" contra estos movimientos de la carne; primero para no ser arrollados por ellos, luego para sanar hasta apagar por completo su ardor. Si somos combatientes, reconozcamos, en las palabras del Apóstol, la voz de todos los fieles que luchan. Y entonces podemos decir que no vivimos nosotros; es Cristo quien vive en nosotros; si es que en nuestra lucha contra la concupiscencia confiamos en él, no en nosotros, hasta conseguir victoria definitiva sobre el enemigo. Cristo se hizo por nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención, como está escrito: "El que se gloría, se gloríe en el Señor" 86.

71. No es una contradicción, como piensas, decir: No vivo yo, es Cristo quien vive en mí 87; y decir: Sé que no habita en mí, es decir, en mi carne, el bien. En efecto, si Cristo vive en él, tiene fuerza para luchar y vencer el mal que habita en su carne. Porque nadie puede combatir con eficacia los deseos de su carne con los del espíritu si el espíritu de Cristo no está en él. Muy lejos de nosotros el afirmar, como nos acusas, de haber dicho que "el Apóstol con sus palabras ha querido dar a entender que, a pesar de su resistencia, es llevado de la mano por la impura voluptuosidad a entregarse en brazos de una hetaira"; pero él afirma lo contrario: No soy yo quien obra el mal 88, indicando as' que la concupiscencia de la carne le solicitaba al pecado, pero su voluntad no consentía.

72. ¿Por qué te empeñas, en vano, en aplicar a los "orgullosos judíos las palabras del Apóstol y dices que son ellos los que hablan en la persona de Pablo, pues despreciaban los dones de Cristo, como si para ellos no fueran necesarios?" Esta es una suspicacia tuya; y ¡ojalá que, al menos tú, pudieras apreciar los dones de Cristo y creer son eficaces para ayudarnos a triunfar de la concupiscencia! Dices: "Los judíos despreciaban estos dones, porque el Señor les perdonaba los pecados que podían evitar por los avisos que encontraban en la ley". ¡Como si el perdón de los pecados pudiera evitar que la carne codicie contra el espíritu, lucha que da lugar a estas palabras: Sé que no habita en mí, es decir, en mi carne, el bien, y otras expresiones semejantes!

Pero tú no te apartas ni un ápice de vuestro dogma, y piensas que la gracia de Dios, por Jesucristo nuestro Señor, consiste solamente en el perdón de los pecados y no ayuda a evitarlos y a vencer las concupiscencias de la carne derramando en nuestros corazones el Espíritu Santo que nos ha sido dado. Ni consideras que dice: Veo otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi espíritu, y de este mal clama no puede ser liberado sino por la gracia de Jesucristo nuestro Señor; y no porque sea judío ni porque sea pecador, sino para esforzarse en no pecar.

73. "Exagera el Apóstol -dices- la fuerza de la costumbre". Dime si lucha el bautizado contra esta fuerza o no. Si respondes: "No", estás en contradicción con el sentimiento de todos los cristianos; y, si luchan, ¿por qué no reconoces en las palabras del Apóstol la voz de un luchador? "Pero aunque la ley -dices- es buena y santo el mandato, hace que los ánimos depravados se encorajinen, porque sin la voluntad ninguna instrucción puede llevar a la virtud". ¡Qué inteligencia tan aguda! ¡Qué habilidad la tuya para interpretar las Sagradas Escrituras! ¿Qué harás de las palabras del que dice: No hago lo que quiero; y: El querer está a mi alcance; y: Hago lo que no quiero, y: Me adelicio en la ley de Dios según el hombre interior?

Oyes esto y dices: "Faltan fuerzas, porque falta voluntad". Y ¿qué dirás si demuestro que no falta voluntad y que la virtud viene en su ayuda para impedir consienta en la concupiscencia de la carne, sujeta a la ley del pecado al sentir sus movimientos desordenados? Movimientos a los que el Apóstol no se doblegó para no ofrecer sus miembros, como armas de injusticia, al pecado; sin embargo, aun en contra de su querer, sentía su carne luchar contra su espíritu, y su espíritu luchar contra su carne; por eso, con toda la fuerza de la verdadera continencia clamaba: Yo mismo sirvo, según la mente, a la ley de Dios, pero en la carne, a la ley del pecado.

Citas este pasaje del Apóstol: La ley es santa y el mandamiento santo, justo y bueno. ¿Lo que es bueno se habrá convertido en muerte para mí? En ningún modo; sino que el pecado, para aparecer como pecado, se sirvió del bien, para procurarme la muerte, para que el pecado ejerciese todo su poder pecaminoso por medio de un mandamiento. En este pasaje es fácil ver que habla el Apóstol de su vida pasada, cuando vivía bajo la ley, no bajo la gracia. Por eso, siempre usa el verbo en pretérito: No conoció el pecado sino por la ley; y: Desconocía la concupiscencia; y: Viví algún tiempo sin ley; es decir, cuando no tenía uso de razón; y: El pecado, tomando ocasión del precepto, revivió y yo morí; y: Hallé que el mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte; con ocasión del precepto, el pecado me sedujo, y me mató por él; y el pecado me dio la muerte por una cosa que es buena.

Es evidente que todas estas expresiones señalan el tiempo en que el Apóstol vivía bajo la ley y cuando, sin el auxilio de la gracia, era vencido por las apetencias de la carne. Pero cuando dice: La ley es espiritual, yo soy carnal, indica ya que se trabó combate. No dice "fui" o "era", sino soy carnal. Y con más claridad distingue los tiempos cuando dice: Ahora no soy yo el que obra, sino el pecado que habita en mí. Porque entonces ya no era él autor de los malos movimientos y deseos que sentía, a los que no daba su consentimiento para cometer pecados. Con el nombre de pecado que habita en él, entiende la concupiscencia, porque es hija del pecado, y, si obtiene el consentimiento, empreña y pare el pecado.

Siguen otros versículos hasta llegar a éste, que dice: Yo mismo, según la mente, sirvo a la ley de Dios; pero, según la carne, a la ley del pecado 89; lenguaje de un hombre que está ya bajo la ley de la gracia y lucha aun contra la concupiscencia para no dar su consentimiento y pecar, y resiste las codicias del pecado cuando siente sus acometidas.

74. Ninguno de nosotros inculpa la sustancia del cuerpo; nadie acusa la naturaleza de la carne. Justificas en vano lo que nosotros no culpamos. Con todo, los malos deseos, que no consentimos si llevamos una vida santa, decimos que sí se deben castigar, embridar, resistir y vencer; sin embargo, están en nosotros y no nos son extraños; no, como sostiene la vanidad maniquea, que existan fuera de nosotros, sino, como enseña la verdad católica, curados, dejan de existir.

Comenta Juliano el capítulo 5 de la carta a los Romanos

XXIV. 75. Con asombrosa impudencia, mejor locura, contra la fe muy sólidamente establecida, interpretas esta perícopa del Apóstol: Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así pasó por todos los hombres, en el que todos pecaron 90. En vano tratas de dar a estas palabras un sentido nuevo, retorcido, alejado de la verdad, cuando afirmas que la expresión en el que todos pecaron tiene este sentido: Porque todos pecaron; como cuando dice el profeta: ¿En qué rectificará el joven su camino? 91 Es decir, que no todos los hombres pecaron originariamente en un solo hombre de modo que toda la masa del género humano se encuentra comprendida en el pecado de uno solo, sino que, a consecuencia del pecado del primer hombre, todos los demás se hacen pecadores cuando le imitan y no cuando son engendrados.

Este tu sentir no se adapta a la expresión del Apóstol, pues dice en el que y no porque (in quo, no propter quod).

Cada uno peca porque se propone pecar, o de cualquier otra manera es causa de pecado. ¿Quién hay tan ayuno de sentido común y absurdo que diga: "Este hombre cometió homicidio porque Adán en el paraíso comió del fruto del árbol prohibido?" Cuando nuestro hombre cometió un homicidio, para nada pensó en Adán, sino en robarle el oro que llevaba en su bolsa. Y otro tanto se diga de los demás pecados que cada uno comete por propia voluntad. Cierto que no se cometen sin causa; pero nadie al cometerlos piensa en el pecado del primer hombre culpable ni se propone imitarlo. En consecuencia, no se puede decir que Caín, aunque haya conocido a su padre, pecó porque antes había pecado su padre Adán, sino porque tuvo envidia de su hermano, mejor que él.

76. Los testimonios de la Escritura que aduces no prueban nada en favor del sentido que pretendes dar a las palabras del Apóstol. Con razón se dice: ¿En qué o por qué corrige el joven su camino?, pues el salmista añade: Con guardar tu palabra. Corrige su camino porque medita la palabra de Dios como debe ser meditada; y al meditarla la guarda, y al guardarla vive santamente. La causa porque rectifica su camino es porque guarda la palabra de Dios. En este sentido dijo el bienaventurado Esteban: Al oír esta palabra huyó Moisés 92. Se entiende perfectamente. A causa de esta palabra, es decir, porque oyó esta palabra, pensó, temió, huyó. La palabra fue, pues, la causa de la fuga. Mas ¿se ha dicho en todos estos textos algo que indique imitación; es decir, que un hombre imite a otro sin pensar imitarlo? En consecuencia, no se puede decir que uno peca porque otro pecó, con el cual nada tiene de común en su origen y en el que no piensa cuando comete un pecado personal.

77. Dices: "Si habla el Apóstol de la transmisión del pecado, nunca con más exactitud podía decir: 'El pecado pasó a todos los hombres, porque todos hemos sido engendrados por la concupiscencia carnal de los cónyuges'. Y pudo añadir: 'Este pecado pasó a todos, porque todos vienen de la raíz corrompida del primer hombre'". ¿Pero no ves que, de igual manera, se te puede decir: "Si quiso el Apóstol hablar de un pecado de imitación, nunca con más propiedad pudo decir: 'Pasó el pecado a todos los hombres', porque les dio ejemplo el primer hombre; y pudo añadir: 'El pecado pasó a todos, pues imitándole, todos pecaron'". De una de estas dos maneras se expresaría el Apóstol si hablase en tu sentido o en el mío. Pero como no se expresa como tú quieres ni como yo pretendo, ¿te place que no reconozcamos en esta perícopa ni la existencia del pecado original, según la doctrina de los católicos, ni el pecado de imitación, según el dogma de los pelagianos? Pienso que no quieres.

Deja, pues, a un lado las razones que se pueden alegar de una y otra parte, y, si quieres examinar, sin espíritu de contradicción, las palabras del Apóstol, advierte primero de qué trataba el Apóstol cuando pronunció estas palabras, y encontrarás que la ira de Dios vino sobre todo al género humano por el pecado de un solo hombre, y por un solo hombre vino la reconciliación entre Dios y el género humano para aquellos que son liberados gratis de la condenación que envuelve a todos los hombres.

El primer hombre fue Adán, formado de la tierra; el segundo es Cristo, nacido de una mujer. La carne del primero fue hecha por la Palabra; en el segundo, la Palabra se hizo carne para que nosotros viviéramos por su muerte, porque sin él aún permaneceríamos en la muerte. Encarece Dios la prueba de su amor hacia nosotros en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. Con mayor razón, justificados ahora por su sangre, seremos por Él salvos de la ira 93.

78. De esta ira dice el Apóstol: Éramos, por naturaleza, hijos de ira como los demás 94. De esta ira dice el profeta Jeremías: Maldito el día en que nací 95; de esta ira dice el santo Job: Perezca el día en que nací 96; y de esta ira dice en otro lugar: El hombre, nacido de mujer, vive breve tiempo y lleno de cólera; como flor de heno se marchita, huye como una sombra, sin pararse. ¿No tienes cuidado de él y le citas a juicio frente a ti? ¿Quién puede estar limpio de impureza? Ni uno solo, aunque su vida sea de un día sobre la tierra 97. De esta ira habla el Eclesiástico cuando dice: Toda carne envejece como un vestido, pues es ley eterna: morirás 98. Y en otro lugar: Por la mujer fue el comienzo del pecado. Por su causa todos morimos 99; y de nuevo: Para un gran trabajo ha sido creado el hombre y un yugo pesado hay sobre los hijos de Adán desde el día que salieron del vientre de su madre hasta el día de su sepultura en el vientre de la madre de todos 100. De esta ira dice el Eclesiastés: Vanidad de vanidades y todo vanidad. ¿Qué saca el hombre de la fatiga de sus afanes bajo el sol? 101 De esta ira habla la voz apostólica: Toda criatura está sujeta a la vanidad 102. De esta ira se queja el salmista: Hiciste viejos mis días, y mi existencia como nada ante ti. Todo hombre vivo, pura vanidad 103. De esta ira dice en otro salmo gimiendo: Sus años son como nada; como hierba, brota al amanecer; a la mañana florece y pasa, a la tarde se amustia, se seca y cae. Por tu ira somos consumidos, por tu furor, atemorizados. Has puesto nuestros delitos ante ti, nuestra existencia, a la luz de tu semblante. Por tu enojo declinan nuestros días. Por tu cólera somos confundidos. Nuestros años son como tela de araña 104.

79. Nadie se verá libre de esta cólera de Dios sino reconciliado con Dios por el Mediador. Esto es lo que hace decir al mismo Mediador: El que no cree en el Hijo, no tendrá vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él 105. No dice "vendrá", sino permanece sobre él. Por eso, los adultos creen en el Hijo, y lo confiesan con el corazón y con los labios, y los niños por medio de otros, a fin de ser reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, e impide que la ira de Dios permanezca sobre aquellos que un origen viciado hizo culpables. De esta realidad habla el Apóstol, y dice: Cuando éramos pecadores, Cristo murió por nosotros. ¿Con cuánta más razón, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de su cólera? Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con mayor motivo, reconciliados ya, seremos salvos por su vida! Y no solamente eso, sino que también nos gloriamos en Dios por Jesucristo nuestro Señor, por quien hemos recibido la reconciliación. Por tanto, como por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, así pasa por todos los hombres, en el que todos pecaron.

Venid ahora y exceptuad a los niños de esta reconciliación que ha lugar por la muerte del Hijo de Dios, que vino al mundo sin pecado. Privadles de esta gracia, para que la cólera de Dios permanezca sobre ellos a causa de aquel por el que entró el pecado en el mundo. Por favor, ¿qué tiene que ver la imitación cuando lees: Porque la sentencia, partiendo de uno solo, lleva a la condenación; la gracia, partiendo de muchos delitos lleva a la justificación? 106 ¿Cómo puede la gracia, partiendo de muchos delitos, llevar a la justificación sino porque, además del pecado original, encontró muchos otros delitos que borrar? De esta manera, si el juicio de condenación viene de muchos delitos cometidos a imitación de uno solo, sería necesario reconocer que la gracia se extiende a estos mismos delitos para su perdón y justificación de los pecadores. Un solo pecado bastó para hacer caer a todos los hombres en condenación; pero la gracia no se limita a perdonar aquel único pecado; era aún necesario que borrase también los muchos que hemos sumado al primero para justificación plena de todos nuestros pecados.

Por eso dice el Apóstol: La sentencia por uno, para condenación; pero la gracia, partiendo de muchos delitos, lleva a la justificación. Porque así como los niños, sin imitar a Cristo -no son capaces aún-, participan de su gracia espiritual, lo mismo los niños, sin imitar al primer hombre en el pecado, se encuentran atados a él con los lazos del pecado, contraído por contagio, en su nacimiento, por la generación carnal. Y si quieres exceptuar a los niños del pecado del primer hombre porque voluntariamente no le pueden imitar, por esta misma razón los excluyes de la justicia de Cristo, pues no son capaces de imitarlo por propia voluntad.

80. No quieres que los muchos de que habla después el Apóstol sean todos, de los que habla al principio. Piensas que dijo muchos para que entendamos que no son todos. Pero otro tanto pudieras decir de los descendientes de Abrahán, al que le fue hecha la promesa de entregarle todos los pueblos de la tierra; pero no serían todos, porque en otro lugar se dice: Te constituí padre de muchos pueblos 107. Es sano criterio pensar que la Escritura habla así porque a veces el vocablo todos no indica que sean muchos. Decimos todos los evangelios, y su número es corto: cuatro. Y algunos pueden ser muchos, pero no todos. Así decimos: "Muchos creyeron en Cristo", pero ciertamente no creyeron todos, pues, como dice el Apóstol, no todos tienen fe 108. Cuando en la Escritura se lee: En tu descendencia serán bendecidas todas las naciones; y: Te constituí padre de muchos pueblos, todos son muchos, y estos muchos son todos. Y lo mismo cuando se dice: Por un solo hombre, el pecado pasó a todos los hombres, y poco después: Por la desobediencia de uno solo, muchos han sido constituidos pecadores; estos muchos son todos. Y cuando dice San Pablo: Por la justificación de uno solo, todos los hombres reciben la justificación de la vida; y luego: Por la obediencia de uno solo, muchos serán constituidos justos 109, por muchos se han de entender todos, sin una excepción. No que todos los hombres sean justificados en Cristo, sino que todos los que son justificados, sólo en Cristo lo pueden ser. Y lo mismo, cuando decimos que todos los hombres entran en casa por una puerta, no queremos decir que todos los hombres entren en una sola casa, sino que nadie entra en una casa sino por la puerta. Todos los hombres mueren en Adán y todos son vivificados en Cristo. Porque así como en Adán todos murieron, así, en Cristo, todos son vivificados 110. Es decir, nadie para muerte sino por Adán, origen del género humano, y nadie viene al mundo por Adán sino para morir; nadie recibe la vida sino por Cristo, y nadie es regenerado en Cristo sin recibir la vida.

81. Vosotros, al no querer entender que los muchos que se condenan por Adán o son liberados por la gracia de Cristo son todos, con horrible perversidad os declaráis enemigos de la religión cristiana. Porque, si algunos se pueden salvar sin Cristo y ser justificados sin Cristo, en vano Cristo ha muerto. Existía, pues, en la naturaleza, según vosotros, en el libre albedrío, en la ley natural o escrita, algún medio por el que los justos que quisieran podían salvarse. ¿Y quién, sin ser injusto podía prohibir la entrada en el reino de Dios a estas imágenes santas de Dios? Quizá digas: "Por Cristo, la entrada es más fácil". Pero ¿no puede decirse esto mismo de la ley: la justicia se adquiere por la ley, pero es más fácil adquirirla por Cristo? Sin embargo, el Apóstol dice: Si la justicia viene por la ley, Cristo hubiera muerto en vano 111. Y en otro texto: Sólo hay un mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús; y: No hay, bajo el cielo, otro nombre por el que podamos salvarnos. Por eso dijo: "En Cristo todos serán vivificados", porque Dios confirmó la fe de todos levantándole de los muertos.

Al proclamar vuestro dogma la excelencia de la naturaleza humana exenta de pecado, el poder del libre albedrío, de la ley natural o la escrita dada por Moisés, se esfuerza en persuadirnos que, si es buena, no es necesario venir a Cristo para conseguir la salvación eterna, porque si por el sacramento de la muerte y resurrección de Cristo, si todavía pensáis así, se puede con más facilidad llegar a la salvación, no es el único medio de obtenerla. Pensad cuánto os deben detestar los cristianos; renunciad a vuestro dogma sin necesidad de nuestras exhortaciones.

Interpretación de un pasaje de Ezequiel

XXV. 82. Invocas como último y más robusto pilar de tu causa un testimonio profético de Ezequiel. Dice: No será ya proverbio: "Los padres comieron el agraz y sus hijos padecen dentera". No morirá el hijo por el pecado del padre, ni el padre por el pecado del hijo. El que peque morirá 112. Pero no comprendes que estas palabras contienen la promesa de una nueva alianza y de la herencia espiritual que nos está reservada en el siglo venidero. La gracia del Redentor borra y destruye la cédula escrita de la deuda de nuestros padres para que cada uno rinda cuentas de sus propias acciones.

Además, ¿quién podrá contar los innumerables pasajes de la Escritura en los que vemos se castigan en los hijos los pecados de los padres? ¿Por qué descarga la venganza por el pecado de Cam sobre su hijo Canaán? ¿Por qué, por el pecado de Salomón, en castigo, ve su hijo dividido su reino? ¿Por qué "el castigo que merecen los pecados de Ajab, rey de Israel, cae sobre sus descendientes?" ¿Por qué se lee en los libros santos: Se cobra el pecado de los padres en los hijos, sus descendientes 113; y: Castigo el pecado de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación? 114 Expresión ésta que se puede tomar por un número indefinido de años.

¿Son, acaso, estos testimonios falsos? ¿Quién lo puede afirmar, si no es declarado enemigo de las Escrituras divinas? La generación carnal, perteneciente al Antiguo Testamento, engendra esclavos y hace a los hijos responsables de los pecados de sus padres; en cambio, la generación espiritual nos hace hijos de la herencia y da un giro de gracia y cambia las amenazas de castigos en promesas de recompensa. Esto fue lo que han previsto y vaticinado los profetas, inspirados por el Espíritu Santo. Con mayor claridad que los otros lo explica Jeremías. En aquellos días no dirás: "Los padres comieron el agraz y los hijos sufren dentera", sino que cada uno morirá por su pecado, y quienquiera que coma uva agraz sufrirá dentera.

Es, pues, evidente que estas palabras son proféticas y ocurre como en el Nuevo Testamento, oculto hasta que fue revelado por Cristo. En fin, para disipar dudas y turbaciones que pudieran producirnos los textos anotados y otros muchos más en los que se ve claro que se castiga en los hijos los pecados de sus padres, testimonios sin duda, veraces, que parecen contrarios a esta profecía, da el profeta solución a este enojoso enigma y dice: He aquí que vendrán días, dice el Señor, en que pactaré una nueva alianza con la casa de Israel, no como la alianza que pacté con sus padres 115. En esta nueva alianza, la cédula suscrita por nuestros padres queda borrada por la sangre del Testador y empieza el hombre a verse libre de las culpas paternas mediante un renacimiento, a las que estaba obligado por nacimiento, según palabras del mismo Mediador: No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra 116. Por Él hemos recibido un nuevo nacimiento que nos desliga de nuestro padre terreno y nos hace vivir siempre con el padre del cielo.

Epifonema

XXVI. 83. Creo, Juliano, que, si no eres un testarudo de marca, te darás cuenta que he dado respuesta cumplida a todo lo que has dicho, y has de reconocer que he refutado todos tus argumentos en los que tratas, a lo largo de tus cuatro libros, de convencer a otros de la inexistencia del pecado original y que no se puede condenar la concupiscencia de la carne sin condenar el matrimonio.

Demostré que no queda ligado por la antigua deuda paterna únicamente el que cambia de herencia y de padre; y, adoptado por gracia, se convierte en coheredero de aquel que es único heredero por naturaleza. Hice también ver que la concupiscencia de la carne da a todos los hombres, después de la muerte temporal, una muerte eterna; exceptuamos a todos los que murieron en la muerte de Cristo, por la cual mueren al pecado y quedan libres de la muerte que los hizo nacer en pecado. Uno murió por todos. Luego todos murieron.

Por todos murió, y nadie puede tener vida si por él no murió el que, vivo, murió por los muertos. Si niegas o impugnas estas verdades, es que tratas de socavar los fundamentos de la fe católica y rompes las nervaduras de la religión cristiana y de la verdadera piedad. Y luego te atreves a decir: "He iniciado una guerra contra los impíos", cuando lo cierto es que empuñas las armas de la impiedad contra la madre que espiritualmente te amamantó. Y no sientes sonrojo por enfrentarte con toda una legión de santos patriarcas, profetas, apóstoles, mártires y sacerdotes. Porque te dicen los patriarcas que han ofrecido sacrificios por los pecados de los niños, pues nadie está exento de culpa, ni el bebé cuya vida es de un día sobre la tierra. Te dicen los profetas: Hemos sido concebidos en iniquidades. Te dicen los apóstoles: Todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte, para que nos consideremos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. Te dicen los mártires: "Todos los nacidos carnalmente de Adán contraen, en su nacimiento, el contagio de la muerte antigua; de ahí que se les perdonen a los niños, en el bautismo, los pecados ajenos, no los personales". Te dicen los sacerdotes de Cristo: "Todos los que son fruto de la concupiscencia de la carne están contagiados de pecado antes aún de respirar el aura vital".

Presumes asociarte a los que te empeñas en combatir. Te atreves a decir que te ves obligado a romper con los maniqueos, cuando los haces invencibles, a no ser que seas con ellos vencido. Te engañas, hijo mío; te engañas miserablemente, te engañas fatalmente. Cuando venzas esa animosidad que te arropa, podrás encontrar la verdad y serás, felizmente, por ella vencido.