RÉPLICA A GAUDENCIO, OBISPO DONATISTA

Traductor: P. Santos Santamarta, OSA

LIBRO PRIMERO

Motivación de la obra y modo de llevarla a cabo

I. 1. Gaudencio, obispo donatista de Tamugadi, amenazaba con quemarse a sí mismo dentro de la iglesia con algunos otros descarriados que se le habían unido. Un varón notable, el tribuno y notario Dulcicio, a quien el piadosísimo emperador encargó el cumplimiento de sus leyes para llevar a cabo la unidad, trataba con la mansedumbre conveniente con los exaltados; primeramente le escribió una carta al mismo Gaudencio en plan de paz. Este le contestó con dos: una, breve y apresurada, debido, según indica, a que tenían prisa los portadores; otra, más extensa, en la que piensa que respondió con más diligencia según las Escrituras. Con la ayuda del Señor determiné refutar esos sus escritos, y de tal suerte que hasta los de ingenio menos capaz no alberguen duda de que he respondido a todos los puntos.

Pondré en primer lugar sus palabras, después añadiré las mías; no precisamente como lo hice al responder a la carta de Petiliano. En efecto, entonces, ante sus palabras, puse: "Petiliano dijo", y ante las mías: "Respondió Agustín". Por ello, como si yo hubiera mentido, me calumnió diciendo que nunca había discutido conmigo, cara a cara; como si no hubiera dicho lo que escribió porque no lo oí de sus labios, sino que lo leí en su carta; o que yo no había respondido porque no había hablado estando él presente, sino que había respondido a sus escritos con otros escritos. ¿Qué podemos hacer con personas de tal espíritu que piensan que lo tienen igual aquellos que desean que conozcan sus escritos?

Pero procuremos dar satisfacción aun a los tales, y al citar las palabras de Gaudencio no diré: "Gaudencio dijo", sino: "Texto de la carta"; y al responder, no diré: "Respondió Agustín", sino: "Respuesta a esto". Así pues, comencemos ya a refutar la carta primera y más breve.

2. Texto de la carta: "Al honorable y, si así lo aceptas, muy deseable para nosotros, Dulcicio, tribuno y notario, Gaudencio obispo".

Respuesta a esto: No debemos discutir hasta sobre esta cuestión para no detenernos en cosas casi superfluas, ya que hay pasajes importantes que nos obligan a hablar con un poco más de detenimiento.

Brevísimo comentario de las primeras palabras

II. 3. Texto de la carta: "He recibido la carta de Tu Religión por medio de aquellos cuyas costumbres y tenor de vida ponen de manifiesto que son queridos por todos".

Respuesta a esto: Tampoco discutiré cómo has podido decir "de Tu Religión" precisamente a un hombre a quien juzgas más bien irreligioso. Ciertamente le has tributado el honor como pensaste debías tributárselo, ya que en la carta que te escribió te otorgó uno mayor que el que un católico debió otorgar a un hereje, pensando que con ese modo de hablar tu mente se tornaría razonable.

Gaudencio queda declarado como reo

III. 4. Texto de la carta: "En la carta Tu Dignidad ha dicho muchas cosas, que de momento paso por alto; pero como la agudeza de tu ingenio no advirtió que en el mismo escrito no pudiste declararnos ni totalmente inocentes ni totalmente culpables..."

Respuesta a esto: ¿No os declaró acaso reos, al decir que os habíais reunido para el mal? ¿No te declaró reo al decir que, siendo tú su jefe, las almas de los miserables habían de perecer con nefando resultado, añadiendo que debías darte cuenta de qué malevolencia podías ganarte en este mundo y la pena que podía reservársete en el último juicio sin esperanza para ti? ¿No declaró reo a quien exhortó cuanto estuvo a su alcance para que, siguiendo el ejemplo imitable de otros, desechado el error de la anterior herejía, te convirtieras a la única y verdadera fe en Dios? Pero no hemos emprendido la tarea de defender las palabras del tribuno, sino la de refutar las del hereje. Si este nuestro, digamos, laico militar ha dicho algo incautamente, ¿quién no tendrá a bien perdonarle? ¿Quién puede defender que por sus palabras se prejuzga a la Iglesia católica? Eres tú quien debes considerar con más detenimiento lo que dices, tú a quien el partido de Donato, en nuestra común Conferencia de Cartago, proclamó, junto con otros seis, defensor de su cisma.

Nuestra relación con los malvados

IV. 5. Texto de la carta: "Si nos consideras criminales, debéis evitar nuestra sociedad que merece condenación".

Respuesta a esto: Ciertamente debe huirse de la sociedad de los criminales, pero no se debe rechazar la de los corregidos. Y así evitamos saludablemente la primera, pero de suerte que queremos, solicitamos, apremiamos con afecto compasivo a la segunda.

Gaudencio se cree perseguido sin motivo

V. 6. Texto de la carta: "Si nos tienes por inocentes, como tú mismo dijiste, estando en la fe de Cristo, nos alegramos de soportar a los perseguidores".

Respuesta a esto: He considerado la carta que te envió el tribuno, y nunca leí en ella que te considerara inocente, sino que de boca de otros había oído o te había tenido por prudente. Y así se suele llamar en las santas Escrituras no sólo a los buenos, sino también a los malos. La misma serpiente que engañó al hombre recibe allí este nombre. En efecto, algunos tradujeron "la más sabia de las bestias" 1, pero los códices griegos traen "la más prudente"; y de ahí pasó el término a la versión latina. Y si se ha de juzgar que el tribuno llamó inocentes a aquellos de quienes dijo que tú forzabas a la muerte contra su voluntad, ¿qué tiene de extraño que pensase que tenía allí lugar lo que sabía que había sucedido en otros lugares?

No tienes, pues, motivo de alegrarte porque sufras persecución, ya que no puedes encontrar cómo afirmar tu inocencia. En modo alguno se debe hablar en este caso de persecución de hombres, ya que es más bien una persecución de vicios para librar a los hombres; es lo mismo que practica con los enfermos la diligencia de los médicos. En realidad, aunque fuerais inocentes, os convertiríais en culpables por el hecho de desear dar muerte a inocentes. Los que intentan afirmar su inocencia y, sin embargo, no quieren respetar su vida, ¿de qué quedan convictos sino de matar a inocentes?

Amenaza de Gaudencio y los suyos de darse muerte

VI. 7. Texto de la carta: "En esta iglesia en que el nombre de Dios y de su Cristo, como también tú dijiste, siempre se ha celebrado en la verdad con numerosa asistencia nosotros o permanecemos vivos, mientras a Dios le plazca, o, como es digno de la familia de Dios, pondremos fin a nuestra vida dentro del campamento del Señor, y ciertamente bajo la condición de que, si se emplea la fuerza, eso podrá acaecer. No hay, en efecto, nadie tan demente que se apresure a caminar a la muerte si no hay nadie que lo empuje".

Respuesta a esto: Tampoco se lee en la carta del tribuno que tú hayas invocado en la verdad el nombre del Señor, aunque sí ha dicho que lo has invocado. Bien es verdad que, aunque lo hubiera dicho, podría entenderse que no lo dijo para vuestra gloria, sino para vuestro castigo. Pues incluso de los pueblos impíos dijo el Apóstol: Aprisionan la verdad con la injusticia 2, como hacéis también vosotros al mantener la verdad del bautismo divino en la iniquidad del error humano. Por eso, cuando corregimos vuestra iniquidad, no debemos anular la verdad de aquel sacramento. Proclamas ciertamente, oh hombre inocente, aunque con otras palabras, que tú y los tuyos vais a perecer con la iglesia. Al decir "en iglesia", ¿qué otra cosa quieres afirmar sino con la iglesia, ya que te dispones a realizar lo que piensas mediante el fuego? En esto consiste la inocencia del partido de Donato, en hacer, añadiendo vuestras propias muertes, lo que como pudisteis y con quienes pudisteis aseguráis haber hecho en Cartago, por malevolencia para con nosotros sin morir vosotros, con las basílicas que eran vuestras. ¿Quién no creerá que habéis hecho, llevados de los celos, lo que habéis dispuesto hacer incluso muriendo? Y si no llegasteis a hacerlo, es ciertamente una locura mayor lo que os preparáis a hacer. Pero dijiste: "Si se emplease la fuerza", y añadiste: "No hay en efecto nadie tan demente que se apresure a caminar a la muerte si no hay quien le empuje". ¡Cuánta mayor demencia es la de quien, empujado a la vida, se apresure a la muerte!

Presume de que no quiere retener a nadie

VII. 8. Texto de la carta: "En cuanto a los que están con nosotros pongo por testigo a Dios y a todos sus sacramentos de que los he exhortado y procurado persuadir con todo encarecimiento que el que tenga voluntad de salir, lo confiese sin temor alguno públicamente; porque no podemos retener a nadie contra su voluntad, nosotros que hemos aprendido que no se debe forzar a nadie a creer en Dios".

Respuesta a esto: ¿Por qué no proclamas con toda claridad que, si no retienes a quienes no quieren, al menos los exhortas a hacer una obra buena, si es bueno lo que has de hacer? ¿Acaso te das cuenta de lo malo que es, y amenazas con que has de hacer esto más para aterrorizar que para cumplirlo, siendo infiel si mientes o cruel si dices la verdad?

Termina la primera carta

VIII. 9. Texto de la carta: "(Escrito por otra mano) Deseo te encuentres sano y salvo, con éxito en los asuntos de la república, y evitando inquietar a los cristianos".

Respuesta a esto: También podemos nosotros desearle salud y éxito en los asuntos de la república, pero sin abstenerse de corregir a los herejes.

Empieza la segunda carta

IX. 10. Texto de la segunda carta: "A Dulcicio, honorable y con todo nuestro afecto deseable, Gaudencio obispo".

Respuesta a esto: Si con todo afecto deseas al hombre, ¿por qué rechazas mantener con él la unidad de Cristo? ¿Acaso al devolver, digamos, un mal por otro, deseas rebautizar a quien consideras tu perseguidor?

No se ve lógica la queja de Gaudencio

X. 11. Texto de la carta: "Los que se conocen entre sí sólo por la opinión pública suelen intercambiarse mutuamente algunas palabras o al menos no temer la presencia del desconocido; en cambio, con tu censura me has hecho saber que te has felicitado de haberme encontrado ausente y que te has entristecido de que haya vuelto".

Respuesta a esto: No todos los que sólo se conocen por la opinión pública desean verse mutuamente, sino aquellos a quienes la misma opinión hace recomendables. Y es en verdad chocante lo que te ha ocurrido a ti: que consideras deseable a aquel de quien te quejas que sufres persecución; y que, en cambio, el que te persigue a ti prefiera que estés ausente y no quiera encontrar al que persigue. ¿De dónde procede esto sino de que quiso que se entendiese que eres tú más bien el perseguidor de aquellos cuya salud en Cristo pensó impedías con tu presencia?

Le reprocha que atribuya al tribuno intentos de matar que no existieron

XI. 12. Texto de la carta: "Pero como el otro día, para no dejar de responderte por carta, dada la prisa de los portadores, te comuniqué algunas cosas sucinta y brevemente, ahora tengo que responder a los escritos que te has dignado dirigirme con palabras de la sacrosanta ley divina. Dice el Señor: No darás muerte al inocente y al justo ni absolverás al culpable 3. Es cierto, por consiguiente, que en el juicio de Dios se ven encadenados por un crimen y culpabilidad iguales el que absuelve a un culpable y el que mata a un inocente. Si antes de estar en comunión eran culpables ese Gabinio citado por ti o los restantes náufragos de la fe, que participaron con él en el mal paso, en modo alguno debieron ser absueltos según las palabras de Dios. Y si fueron recibidos como inocentes o como santos, ¿por qué, permaneciendo en aquella fe, por lo que los recibís como santos, los matáis siendo inocentes?"

Respuesta a esto: Hablas con animosidad y mentira. Aquel a quien te diriges no recibió la orden de daros muerte, sino de procurar vuestra corrección, y, si no hubieseis querido corregiros, la de enviaros al destierro, para que no os convirtáis en impedimento para que se corrijan los demás. Si los justos no deben tratar así a los injustos, ¿por qué quisisteis gloriaros en la común Conferencia del destierro, falso, por una parte, de Ceciliano, al que dijisteis que había sido enviado por el emperador Constantino a instancias de vuestros antepasados? El tribuno a quien escribes, que tiene encomendada la ejecución de las leyes promulgadas en favor de la unidad, hasta tal punto desea que conserves la vida que teme te des muerte a ti mismo. ¡Mírale a él y mírate a ti mismo! Él quiere que vivas en la paz de Cristo; tú pretendes darte muerte en el partido de Donato: reconoce quién de los dos es el perseguidor.

No es necesario rebautizar

XII. 13. Respecto a Gabinio, ahora nuestro y en un tiempo vuestro, y muchísimos otros que pasaron de vosotros a nosotros después de haber examinado la verdad católica, no creáis que están sin purificar de vuestro contagio por el hecho de que no los hemos rebautizado. En efecto, a los que aún no han sido bautizados la Iglesia católica los purifica de todos sus pecados mediante el lavado de la regeneración. En cambio, a los que reciben el sacramento fuera, no para su salvación, sino para su condenación, como no violamos el carácter regio ni aun en el desertor, se les aplica lo que está escrito: La caridad cubre la multitud de los pecados 4. He aquí cómo la caridad de la unidad católica puede purificar a quienes no se debe bautizar; de modo que no empieza a existir dentro lo que existía fuera, sino que comienza a ser de provecho dentro lo que fuera perjudicaba. Por consiguiente, no los recibimos de vosotros como si fueran santos; al contrario, son santificados al pasar a nosotros los que, permaneciendo entre vosotros, en ningún modo pueden serlo. Ni os damos muerte a vosotros siendo inocentes, si queremos que viváis aun siendo culpables.

Ningún suicida es inocente

XIII. 14. Pero tú, que tan a propósito recuerdas el testimonio de la divina palabra y nos pones ante los ojos el mandato de Dios: No darás muerte al inocente y justo 5, si eres inocente y justo, ¿por qué te das muerte? Nosotros no decimos que seas inocente y justo y, sin embargo, no queremos que mueras; tú, que te consideras inocente y justo, no perdonas al inocente y justo. "Es cierto, por consiguiente -has dicho tú mismo-, que en el juicio de Dios se ven encadenados por un crimen y culpabilidad iguales el que absuelve a un culpable y el que mata a un inocente". ¿Por qué, pues, absolviste al maximianista Feliciano si era culpable? ¿Por qué te das muerte a ti mismo si eres inocente? Nosotros ni absolvemos al culpable, sino que deseamos que se corrija primero para merecer ser absuelto, ni a ti te juzgamos inocente, ya te perdones, ya te des muerte, si permaneces en el partido de Donato. Por grande que sea la inocencia de que te gloríes, si te das muerte a ti mismo siendo inocente, no podrás ser inocente; a no ser que me contestes diciendo: "Cuando me mato, no mato ciertamente a un inocente, ya que por la misma voluntad con que intento darme muerte me hago culpable en mi ánimo antes de matar el cuerpo". Si dices esto, dices verdad, y te defiendes acusándote de modo singular. Cuando manifiestas al matarte a ti mismo que te haces culpable antes por la misma intención, sin duda que, realizado el crimen, nadie te dejará convicto de haber matado a un inocente. De aquí se sigue que si hay muchos inocentes matados por otros, nadie se mata a sí mismo siendo inocente. Por la sola intención de maquinar la muerte contra sí mismo, queda despojado de su inocencia, de suerte que cuando se da la muerte muere siendo ya culpable. Esto te sucedería a ti si fueras inocente antes de disponerte a darte muerte. Ahora bien, como ya antes no eras inocente por ser hereje, el darte muerte no será ya el comienzo sino el aumento de tu iniquidad.

Se discute y pone de manifiesto el caso de Emérito

XIV. 15. Texto de la carta: "Sobre el santo Emérito de Cesarea, nos llegaron a nosotros rumores falsos, a la vista de sus méritos. Si eso fuera así, escucha al Apóstol que dice: Si algunos de ellos se han apartado de la fe, ¿acaso anuló su infidelidad la fidelidad de Dios? 6 No, ciertamente".

Respuesta a esto: Sobre Emérito de Cesarea hay que decir lo que temiste decir tú. Cierto que se propagó de él el falso rumor de que se hizo católico; pero igual que oísteis esto, pudisteis saber todo lo que aconteció. ¿Por qué entonces quisiste callar las alabanzas de tu colega en el episcopado, cuyo nombre se te presentó como ejemplo? En efecto, si hizo algo digno de alabanza en momento tan importante, nunca debiste callarlo. Pero como no quieres que a causa de la alabanza a él vayamos a pensar que tú le mirabas con malos ojos, ¿por qué te callaste, sino porque temiste que ibas a sentir vergüenza de él?

Vino, pues, Emérito de Cesarea, habiendo llegado nosotros y estando allí presentes. Y vino, no seducido por la sagacidad de alguno, ni traído por el poder de otro; movido por su propia voluntad quiso vernos. Lo vimos, acudimos juntos a la iglesia católica, estuvo presente una enorme multitud. No pudo decir nada en defensa suya o vuestra, rechazó nuestra comunión, prorrogó su estancia; una vez convicto calló, salió de allí ileso. ¿Pudo hacer algo más moderado nuestra mansedumbre, algo más convincente la verdad católica, algo más saludable para vuestra corrección, si lo entendéis? No habría venido espontáneamente a nosotros sino para decir algo contra nosotros en favor vuestro, y a buen seguro lo habría dicho si encontrara algo que decir. Lo que tenía preparado al venir, lo habíamos refutado previamente con la ayuda de la misericordia del Señor, antes de que lo pronunciara él con sus circunloquios. Si piensas que pudo, pero que no quiso responder, lee lo que se trató con él y responde tú mismo.

Si Emérito se hubiera pasado a la paz católica, diríais que él no cedió a la luz de la verdad por la misericordia del Señor, sino que, arrastrado por la debilidad humana, cedió al peso de la persecución. Si finalmente hubiera sido capturado y llevado contra su voluntad, proclamaríais a vuestro antojo que calló no por no tener qué responder, sino por la intención de evadirse. Ahora bien, al venir por propia iniciativa, a buen seguro que no calló por falta de palabra, sino que falló la causa; y si no quiso pasar a la unidad católica, la confusión hizo su alma soberbia y pertinaz.

Pero cuanto contribuyó esto a su perdición y tormento, tanto aprovechó a la salud y confirmación de otros. Si hubieran visto que Emérito había entrado en comunión con nosotros, habrían sospechado que tuvo miedo; sin embargo, al comprobar que permanecía en el partido de Donato y que se callaba frente a la fe católica, advirtieron que al callar gritaba en favor nuestro contra los suyos. ¿Acaso manteniéndose en pie, libre y sana la voz y la palabra, no era un testigo idóneo en favor de nuestra causa contra vosotros aquel Emérito, aquel Emérito, repito, enemigo y mudo?

¿Conservan la fe los que creen en Dios, o los que creen en el hombre?

XV. 16. Pero te pareció bien consolar a los vuestros con la autoridad apostólica; no precisamente en atención a Emérito, que no pudo hacer más por vosotros que no separarse al no encontrar qué decir en favor vuestro, sino en consideración a los otros que, dejado vuestro error y cambiados a mejor, se agregaron a la sociedad católica, y de quienes recordaste tú había dicho el Apóstol: "Si algunos de ellos se han apartado de la fe, ¿acaso anuló su infidelidad la fidelidad de Dios? No, ciertamente" 7. En verdad, sólo queda que se diga que han desertado de la fe los que creyeron en Dios, y mantienen esa fe los que creen a los hombres. En tu descendencia serán bendecidas todas las naciones de la tierra 8, dijo Dios. He aquí en quién creen los que pasan de vosotros a nosotros. Dijeron unos hombres que habían perecido los pueblos transmarinos por el pecado de Ceciliano. He aquí en quiénes creen los que persisten en vuestra sociedad.

Y afirmas que se han apartado de la fe los que otorgaron fe a Dios, y que tienen fe en Dios los que permanecieron en las palabras de los hombres. ¿Dónde queda, por consiguiente, lo que añade el Apóstol inmediatamente después de la sentencia citada por ti: Dios es veraz y todo hombre falaz 9, si se apartaron de la fe los que creen lo que dijo Dios que es veraz y persisten en la fe los que creen lo que dijo el hombre falaz?

Rebate a Gaudencio sobre la huida en las persecuciones

XVI. 17. Texto de la carta: "Me aconsejas la fuga, amparándote en la ley; pero sólo hay que escuchar al que cumple la ley, ya que dice el Apóstol: No son justos ante Dios los que oyen la Ley; los cumplidores de la Ley serán los justificados 10. Escucha también al Señor que dice: El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, el que no es pastor dueño de las ovejas, ve venir al lobo y huye, y el lobo arrebata y dispersa las ovejas" 11.

Respuesta a esto: ¡He aquí cómo entiende el Evangelio el partido de Donato! ¿Acaso el Apóstol no era pastor sino mercenario cuando, descolgado por el muro en una espuerta, huyó de las manos del que pretendía apresarle, y, en cambio, eres pastor tú que buscas matar contigo a las ovejas del Señor, de suerte que pierdan su alma por el error y maten su cuerpo con el furor, y no escuchas al pastor y príncipe de los pastores cuando dice: El ladrón no viene sino para matar y hacer perecer? 12 ¿A esto viniste, tú que te habías apartado? ¿Para esto tornaste, tú que habías huido? Esto es obra del ladrón y del bandido, no del pastor y del guardián. Sin embargo, sin que te forcemos nosotros, mira cómo has querido hacer pasar a todos los colegas que huyeron, no por pastores, sino por mercenarios. Si estuvieran contigo las ovejas del Señor, o vendrían contigo para poder tenerte como pastor una vez corregido, o, dejándote a ti, escaparían al pastor. El mercenario al que alude el Señor, al ver el lobo, no huye con el cuerpo, sino con el ánimo, cuando abandona la justicia por temor. Como huyó vuestro Segundo de Tigisi cuando temió a Purpurio de Limata que confesó un homicidio, e incluso le amenazaba con hacerle perder su primado o su episcopado.

En cambio, aun aquellos buenos pastores, los apóstoles, huyeron físicamente en la persecución, sin dejar por eso de prodigar su solicitud y su afecto a las ovejas de Cristo. Por consiguiente, si tú fueras pastor, ante todo no harías el papel del lobo; y luego habrías escuchado obedientemente aun mediante la voz de cualquier pecador la orden de tu Señor, que ordenó a sus siervos huir en las persecuciones, y no argumentarías contra tu Señor diciendo: "Sólo hay que escuchar al que cumple la ley, ya que dice el apóstol Pablo: No son justos ante Dios los que oyen la ley; los cumplidores de la ley son los justificados" 13.

Interpretación correcta de los textos escriturísticos

XVII. 18. ¿Por qué truecas las palabras manifiestas en un sentido diferente? Negó que sean justos ante Dios los que oyen la ley y no la practican; pero no prohibió escuchar a los hombres cuando dicen la verdad, para no hablar, como haces tú, contra su Señor que dice de algunos: Haced lo que os digan, pero no imitéis sus obras, porque ellos dicen y no hacen 14. Ves cómo Cristo, por medio de hombres que oyen y predican la ley sin observarla, ordenó a otros que la escucharan y la practicaran; y tú dices: "Sólo hay que escuchar al que cumple la ley"; y queriendo refutar al que consideras tu perseguidor, hablas contra tu Creador. Dios dice al pecador: ¿Por qué comentas mis mandamientos, y tienes en tu boca mi alianza? 15 Pero lo dice precisamente porque no le aprovecha nada al que lo dice y no hace lo que dice. En cambio, le aprovecha al que oye algo bueno por medio de uno malo y practica lo que oye. Ciertamente, no resplandece la alabanza en la boca del pecador, pero sí resplandece en la vida y costumbres del que cumple la ley, aunque éste la haya oído de labios del pecador.

Juzga, pues, cuanto te parezca que el tribuno es pecador y no cumplidor de la ley; pero escúchale y hazle caso, no sólo a él, sino también a quien por medio de él te dice: Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra 16. ¿Por qué os paráis? Escuchad y oíd, es Cristo el que lo manda, no el tribuno. A no ser que respondas y digas: "Ciertamente dice Cristo: Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra; pero ¿por qué tengo que salir de esta ciudad, cuando ni éste es mi perseguidor ni yo soy oyente de Cristo?" Por eso, si permaneces, eres un lobo sanguinario; si huyes, un lobo espantadizo. Y como el Esposo dice: A menos que te conozcas a ti misma, ¡oh la más hermosa entre las mujeres!, sal tras las huellas de los ganados y apacienta a tus cabritillos junto a las cabañas de los pastores 17; aunque te glorías de ser pastor, como saliste del ovil del Señor, apacientas a tus cabritos, no a las ovejas de Cristo.

No se persigue a los donatistas, sino sus errores

XVIII. 19. Texto de la carta: "Además, ¿qué lugares habrá que en esta tempestad de la persecución, perturbada por doquier la tranquilidad, reciban a los sacerdotes como en puerto de salvación, si el Señor ha dicho: Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra? 18 Los apóstoles huían entonces con toda seguridad, ya que el emperador no había proscrito a nadie por su causa. En cambio, ahora, aterrados por las proscripciones, los que reciben a los cristianos, temiendo el peligro, no sólo no los reciben, sino que temen ver a los que en secreto veneran".

Respuesta a esto: Alabo sin vacilación el hecho de que os conocéis; pero me duele el que no os enmendéis. ¿Puede haber cosa más patente que esta tu confesión, por la que dejas bien claro que vosotros no pertenecéis a la comunidad de aquellos a quienes dice el Señor: Si os persiguen en una ciudad, huid a otra? 19 Aquí tienes lo que te dije poco ha, que me podías contestar con toda verdad si me dijeras: Ni éste es mi perseguidor, ni yo soy oyente de Cristo. Y con toda claridad lo dices. ¿Cómo, en efecto, eres oyente de Cristo, si él promete a sus oyentes, esto es, a sus seguidores, que no faltarán hasta el fin de los siglos ciudades en que refugiarse, cuando sufran persecución, diciendo: Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra. En verdad os digo que no acabaréis las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del hombre? 20 Tú, en cambio, dices que en esta persecución, que os quejáis de soportar, ya os faltan lugares a donde huir y donde, como en un puerto, podáis descansar de esta tempestad; hablas ahí contra la promesa de Cristo, que asegura no faltarán ciudades en que refugiarse los suyos que sufren persecución hasta que él venga, esto es, hasta la consumación de los siglos. Como él prometió a los suyos esto que vosotros no encontráis, miente él si vosotros sois suyos; pero como él no miente, síguese que vosotros no sois suyos.

Por esto, tampoco el tribuno, a quien contestas, es vuestro perseguidor, sino perseguidor de vuestro perseguidor, esto es, de vuestro error, que os impulsa a hacer tales cosas, de suerte que pertenecéis a aquella clase de hombres de los cuales está escrito que fueron perseguidos por sus propias obras 21. Por consiguiente, si entendéis qué es lo que persiguen en vosotros los que os aman, huiríais sin duda de vuestros malos hechos, que son los que os persiguen, y os uniríais a los que, para haceros libres, persiguen a vuestros perseguidores; no persiguen, en efecto, sino vuestros errores.

No hay libertad ilimitada

XIX. 20. Texto de la carta: "Por el autor de todas las cosas, nuestro Señor Jesucristo, Dios todopoderoso, creó al hombre semejante a él y le entregó a su libre albedrío. Así está escrito: Dios creó al hombre, y le dejó en manos de su albedrío 22. ¿Por qué un mandato humano me arrebata ahora lo que Dios me dio? Advierte, oh varón excelso, qué sacrilegios tan grandes se cometen contra Dios, llegando la presunción humana al extremo de quitar lo que él otorgó, y jactarse en vano de hacerlo por Dios. Supone una gran injuria a Dios que los hombres traten de defenderlo. ¿Qué piensa de Dios quien trata de defenderlo con la violencia, sino que no es capaz de vengar los ultrajes que se le hacen?"

Respuesta a esto: Según estos sumamente falaces y vanos razonamientos vuestros, se deben soltar y abandonar las riendas y dejar impunes todos los pecados del capricho humano y permitir que el atrevimiento para dañar la pasión deshonesta campee sin cerrojo alguno de leyes: ni el rey en su reino, ni el jefe en sus soldados, ni el juez en su provincia, ni el señor en su siervo, ni el marido en su esposa, ni el padre en su hijo pueden reprimir con pena ni amenaza alguna la libertad y la dulzura del pecado.

Suprimid lo que sabiamente dice la sana doctrina por medio del Apóstol en pro de la cordura del orbe terráqueo, y para confirmar en una libertad tanto peor cuanto más autónoma a los hijos de la perdición; suprimid lo que dice el vaso de elección: Toda alma esté sometida a las autoridades superiores, pues no hay autoridad que no proceda de Dios; y las que hay han sido establecidas por Dios, de suerte que quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios, y los que la resisten se atraen hacia sí la condenación. Porque los magistrados no son de temer para los que obran bien, sino para los que obran mal. ¿Quieres vivir sin temor a la autoridad? Haz el bien, y tendrás su aprobación, porque es ministro de Dios para el bien. Pero si haces el mal, teme, que no en vano lleva la espada. Es ministro de Dios, vengador para castigo del que obra mal 23.

Borrad esto, si podéis; o despreciadlo, como soléis hacer, si no podéis borrarlo. Formaos de todas estas cuestiones la más baja opinión, a fin de no perder vuestro libre albedrío. O de otra manera, ya que os ruborizáis como hombres ante los hombres, clamad si os atrevéis: Sean castigados los homicidios, sean castigados los adulterios, sea castigada toda acción dañina o deshonesta, o criminal o inmoral o torpe; queden sólo impunes por las leyes de los príncipes los sacrilegios. ¿Acaso expresáis otra cosa cuando decís: "Supone una gran injuria a Dios que los hombres traten de defenderlo?" ¿Qué piensa de Dios quien trata de defenderlo con la violencia, sino que no es capaz de vengar los ultrajes que le hacen?

A afirmar esto, ¿qué otra cosa decís sino: "Ninguna potestad se oponga o moleste nuestro libre albedrío cuando injuriamos a Dios?" Qué dolor! Con tal magisterio quedan defraudados los tiempos antiguos, ya que aún no habías nacido tú cuando el santo Moisés soportó con toda mansedumbre las injurias que le hacían, y en cambio castigó con toda severidad las hechas a Dios. Tú, por el contrario, como un doctor con presunción malévola, clamas: "Dios creó al hombre, y le dejó en manos de su albedrío 24. ¿Por qué un mandato humano me arrebata ahora lo que me dio Dios?"

Con ello claramente reclamas que el hombre te deje libre albedrío para ofender a Dios, que te creó dotado de libre albedrío. También aquellas personas que por decreto del rey Nabucodonosor, bajo pena de su propia muerte y destrucción de sus casas, se veían impedidas con espantosas amenazas de blasfemar del Dios de Sidrach, Misach y Abdénago, y eran castigadas duramente si menospreciasen la orden 25, pudieron decir lo que tú dijiste: "Supone una gran injuria a Dios que los hombres traten de defenderlo. ¿Qué piensa de Dios quien trata de defenderlo con la violencia, sino que no es capaz de vengar los ultrajes que le hacen?" Estas palabras tuyas pudieron decirlas aquéllos también, y quizá las dijeron, si no con la misma libertad, sí con vaciedad semejante.

21. Se otorgó, es cierto, al hombre el libre albedrío en su creación; pero de modo que, si usaba mal de él, tendría que soportar el castigo. Finalmente, los primeros hombres, después de su pecado, fueron condenados, y antes de que se cumpliera en ellos la pena final de la muerte del cuerpo, fueron desterrados del paraíso. Influido por la mansedumbre cristiana, el emperador os infligió a vosotros penas más benignas: tuvo a bien imponeros el destierro, no la muerte; pero vosotros, hombres tan doctos, considerando qué es lo que merecíais y qué faltaba a vuestro castigo, añadís la muerte, siendo vosotros los jueces, no él. No perezcáis para siempre, al pretender que los hombres os concedan en este tiempo el libre albedrío para ofender a Dios. Escucha al Apóstol y tendrás un resumen con el cual no te puede perjudicar el poder regio: Haz el bien y tendrás su aprobación 26. De ese poder ya antes de nosotros obtuvieron aprobación no sólo los que obedecieron fielmente a emperadores piadosos, sino también quienes tuvieron que soportar por la verdad de Dios la hostilidad de reyes impíos. Aquéllos obtuvieron la alabanza de la obediencia, éstos la de la pasión, unos y otros la obtuvieron de aquel poder, pero haciendo el bien, no resistiendo a la autoridad.

Lo que hacéis vosotros no sólo no es bueno, sino un gran mal: rasgáis la unidad y la paz de Cristo, os rebeláis contra las promesas evangélicas y contra aquel de quien se dijo: Dominará de mar a mar, y desde el río hasta el extremo del orbe de la tierra 27; es decir, como si se tratara de una guerra civil, sois portadores de los estandartes cristianos contra el verdadero y supremo rey de los cristianos.

Por consiguiente, debería bastaros como motivo de corrección el hecho de haber recibido penas mucho más benignas y ligeras de lo que merecían vuestros grandes males, sin aventuraros espontáneamente en otros que no os ha impuesto el emperador; y no pretendáis que los hombres os otorguen un libre albedrío para una impunidad desenfrenada, evitando así caer, para mayor desdicha, en las manos del mismo Dios. Ya vuestros antepasados juzgaron que ante semejantes injurias a Dios los emperadores no debían dejar impune el libre albedrío del hombre; y aunque defendían una causa mala, en su persecución llevaron al obispo Ceciliano al tribunal del emperador Constantino.

Recurso a los textos sagrados

XX. 22. Texto de la carta: "Estas persecuciones nos hicieron sumamente grata nuestra fe, la que el Señor Jesucristo dejó a los apóstoles. Dice: Bienaventurados seréis cuando os persigan los hombres y digan contra vosotros todo género de mal a causa del Hijo del hombre. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos, pues así persiguieron sus padres a los profetas que hubo antes de vosotros 28. Si se dijo sólo a los apóstoles, la fe tuvo sus premios hasta ellos; ¿qué iba a aprovechar a los que habían de creer después? De donde se sigue que se dijo para todos. Después dice el apóstol Pablo: Los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús es necesario que sufran persecuciones 29. Y esto lo dijo el Señor en el Evangelio: Llega la hora en que todo el que os quite la vida pensará que ofrece un sacrificio a Dios. Y esto lo harán porque no conocieron al Padre ni a mí" 30.

Respuesta a esto: Con toda razón podríais decir estas cosas, buscando la gloria de los mártires, si tuvierais la causa de los mártires. No dice el Señor que son felices los que padecen esto, sino los que lo padecen por causa del Hijo del hombre, que es Cristo Jesús. Pero vosotros no lo sufrís por causa de él, sino contra él. Lo sufrís, es verdad, pero es porque no creéis en él, y lo toleráis para no creer. ¿Cómo, pues, presumís de tener esa fe que Jesucristo dejó a los apóstoles? ¿Queréis acaso que los hombres sean tan ciegos y tan sordos que no lean, que no oigan el Evangelio, donde conocen qué dejó Cristo a sus apóstoles que debían creer respecto a su Iglesia? Y si de ella os dividís y separáis, no hacéis otra cosa que rebelaros contra las palabras de la cabeza y del cuerpo, y no obstante presumís de sufrir persecución por el Hijo del hombre y por la fe que dejó a los apóstoles.

Pasemos por alto otras cosas y escuchemos sus últimas palabras en la tierra, para ver en ellas qué fe sobre la Iglesia dejó a los apóstoles, qué testamento y de qué modo lo hizo, no precisamente cuando iba a terminar la vida, sino a vivir sin fin, no cuando iba a ser llevado al sepulcro, sino cuando iba a subir al cielo. Tras su resurrección de los muertos, después de aparecer a sus discípulos para que le vieran con sus ojos y le tocaran con sus manos, dijo: Convenía que se cumpliera todo lo que está escrito en la Ley, en los Profetas y en los Salmos de mí. Entonces les abrió la inteligencia para que entendieran las Escrituras, y les dijo: Pues así estaba escrito y así convenía que Cristo padeciese y al tercer día resucitase, y que se predicase en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados a todas las naciones comenzando por Jerusalén 31.

Así también en el monte de los Olivos, momento después del cual ya no dijo nada más en la tierra, dio esta última recomendación en extremo necesaria. Habían de venir muchos por todas las partes del orbe a reclamar el nombre de la Iglesia para sí y a ladrar cada uno desde los escondrijos de sus ruinas contra la casa universal que a través de toda la tierra canta el cántico nuevo, de que se dijo: Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra 32.

Cosa distinta era lo que los apóstoles deseaban oír, sin buscar lo que les era sumamente necesario. Así dice: Dinos si es ahora cuando vas a restablecer el reino de Israel. Y él les contesta: No os toca a vosotros conocer los tiempos que el Padre ha fijado en su poder; pero recibiréis el poder del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaria y hasta el extremo de la tierra. Dichas estas palabras, una nube lo recibió en su seno 33. Nada más añadió; todo esto lo grabó en los ánimos de los oyentes con tanta mayor tenacidad cuanto fue lo último que dijo.

Esta es la Esposa que el Esposo confió a sus amigos al marchar. Esta es, pues, la fe que sobre la santa Iglesia dejó a sus discípulos. A esta fe, donatistas, oponéis vosotros resistencia, y os empeñáis en que soportáis persecución por la fe que Cristo el Señor dejó a sus apóstoles. Con sorprendente insolencia y ceguedad contradecís a este Hijo del hombre, que recomendó a su Iglesia que comenzaba en Jerusalén y fructificaba y crecía por todos los pueblos, y proclamáis que estáis soportando calamidades por causa del Hijo del hombre. ¿Decís acaso esto porque habéis encontrado otro Hijo del hombre, con cuyo nombre queréis denominaros, de cuyo partido os proclamáis? Os equivocáis, no es el mismo: cuando hablaba de la felicidad que comportaba sufrir persecución a causa del Hijo del hombre, aquel Esposo se refería a sí mismo, no a un adúltero.

23. También nosotros reconocemos, como decís, que no se dijo sólo a los apóstoles: Seréis bienaventurados cuando os persigan los hombres 34. Pues esto se refiere a todos; no a los que padecieron cualquier persecución después de ellos, o los que la padecen, o los que han de padecerla, sino a los que la padecen por la justicia como ellos. Esto es lo que había dicho poco antes: Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos 35. Después añadió todo lo que tuvisteis a bien recordar y en vano os lo habéis usurpado. En vano juzgáis que os pertenece esta bienaventuranza, cuando no demostráis que existe en vosotros la justicia a la que se debe el premio; antes, al contrario, padecéis por la iniquidad; menos por parte de los demás que por la vuestra, de suerte que antes del juicio futuro de Dios pagáis vosotros mismos alguna parte de lo que merecéis.

Por donde, como tú afirmaste que no se dijo sólo a los apóstoles, sino a todos, y lo dijiste para que no pareciera que la fe sólo había tenido su premio hasta ellos; como esto no se dijo sólo a los apóstoles, sino a todos los que después de ellos habían de soportar cualesquiera males por la justicia, de la misma manera se dijo también a todos aquello: Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra 36. ¿Por qué no hacéis esto si pertenecéis a la sociedad de aquellos a quienes se dijo esto? Cierto que, aunque lo hicierais, no por ello perteneceríais, ya que también pueden hacerlo hasta los ladrones, cuya búsqueda ordenaron las leyes públicas. Sin embargo, como no queréis hacerlo, bien claramente demostráis que vosotros no pertenecéis al número de aquellos a quienes se dijo eso. Y para que vuestro excusaros os ponga más de manifiesto que sois ajenos al número de los verdaderos cristianos, estáis pregonando que os faltan lugares en que refugiaros, lugares que Cristo prometió no faltarían hasta el fin de los siglos. Con ello en modo alguno demostráis que él hizo promesas vanas; lo que demostráis es que vosotros no pertenecéis a la comunidad de aquellos a quienes él prometió esto, y que así no sois mártires veraces, sino herejes embusteros. ¿Qué más podemos deciros si vuestro mismo hablar os derrota?

Los donatistas se persiguen a sí mismos

XXI. 24. Añadiste que dijo el Apóstol: "Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo, es necesario que padezcan persecución"; pero no dijo el Apóstol "es necesario", sino: Y todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo sufrirán persecución 37. ¿Quién duda que vosotros no pertenecéis a éstos? Porque si sois de quienes dijo esto el Apóstol, ¿por qué no hacéis lo que hizo el mismo Apóstol? Si se os cerraron las puertas, debieron bajaros secretamente por el muro, para huir de los que os perseguían. Las puertas están abiertas, y no queréis salir. ¿Qué persecución es la que sufrís sino la vuestra? Os ama vuestro perseguidor, y os persigue vuestro furor. Aquél desea que huyáis, éste os impulsa a perecer. Lo que dice el Apóstol: Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo sufrirán persecución 38, vosotros lo entendéis de tal manera que tenéis que confesar que vuestros antepasados no vivieron piadosamente bajo el apóstata emperador Juliano.

Todo el que se hizo donatista en aquel tiempo, hasta que de nuevo surgió la cuidadosa diligencia de los emperadores cristianos contra vuestro error, si murió antes, no murió piadosamente, ya que no tuvo que soportar la persecución. Y si el Apóstol dijo esto precisamente porque está escrito en otra parte: La vida del hombre sobre la tierra es una prueba 39, y no cesa de probar a los cristianos piadosos y verdaderos, no sólo con el vejamen de la adversidad, sino también con la seducción de la prosperidad, de suerte que el espíritu humano o sucumbe en la aflicción o se desvanece en la exaltación; sin duda que mientras se vive en este mundo, todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo sufrirán persecución 40. Así, o vencidos son aprisionados por el diablo, o probados vencen al diablo; y a los que ya posee apresados o cautivos, no los persigue para convertirlos, sino que, como ya los domina, se sirve de ellos.

25. A su vez, si se ha de decir que sólo persigue quien atormenta con algún dolor o quiere apoderarse de alguien para atormentarlo, no creas que es menos cruel el verdugo del corazón que el del cuerpo; considera también qué clase de persecución soportaba quien decía en el salmo: He visto a los insensatos y me consumía 41. Esta es la persecución que padecía el justo Lot en Sodoma aun antes que los ángeles, sus huéspedes, tenidos por hombres, fueran solicitados en su casa para ser violados por los sodomitas. Siendo justo como era, no podía sin gran tortura de su corazón ver a éstos tan públicamente torpes aun antes de la afrenta hecha a su casa.

Los donatistas, perseguidores de los católicos

XXII. Por eso entre sus persecuciones recuerda el Apóstol pruebas semejantes diciendo: ¿Quién desfallece que no desfallezca yo? ¿Quién se escandaliza que yo no me abrase? 42 Por consiguiente, cuanto es más intensa la caridad entre nosotros, con tanto mayor dolor del ánimo vemos que tenéis los sacramentos de Cristo y vivís separados de los miembros de Cristo, y os rebeláis contra la paz de Cristo. Cierto que mientras vivís en este cuerpo, alguna esperanza se nos concede respecto a vosotros; ahora bien, cuando morís en el cisma, tanto es mayor la amargura que nos embarga.

Por otra parte, cuando os dais muerte a vosotros mismos, ya lanzándoos a las armas ajenas, ya arrojándoos a los precipicios, ya anegándoos o echándoos al fuego, no se puede explicar la tristeza con que nos atormentáis. Más le afligió Absalón a su santo padre David con su muerte que con su rebelión 43. Pues estando vivo deseaba apresarlo, a fin de que quien se hinchaba de maldad se curara con la penitencia. Él perseguía a su padre, no sólo dividiendo al pueblo de Dios, ni sólo llevando armas y guerreando contra la ley de Dios y contra el legítimo reino de su padre; persiguió mucho más el corazón de su padre muriendo en aquella impiedad. Finalmente, perdida toda esperanza, el mejor padre lloró al peor hijo, ya muerto, por quien, no perdiendo la esperanza, no había llorado mientras estaba vivo.

Aprended, pues, qué es lo que dice el Apóstol: Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo sufrirán persecución 44. Si los donatistas no hubieran asaltado las casas de los católicos, si no hubiesen incendiado las iglesias católicas, si no hubieran echado al mismo fuego los códices de los católicos, si no hubieran afligido con tratos inhumanos los cuerpos de los católicos, si no hubieran amputado los miembros de los católicos ni les hubieran sacado los ojos, si finalmente no hubieran dado muerte cruel a los católicos, entonces podríamos decir con toda verdad que sólo habíamos soportado de vosotros esta durísima persecución: al veros insensatos, desfallecemos; al veros debilitados, somos presa de la debilidad; al ver que habéis tropezado, un fuego nos devora; al veros perdidos, os lloramos. Estos males vuestros que os conducen a la perdición eterna son una persecución para nosotros más amarga que la que nos causáis en nuestros cuerpos, en nuestros bienes, en las casas, en las basílicas. Nos perseguís menos cuando os ensañáis contra nosotros que cuando perecéis. Finalmente, en la persecución en que os ensañáis contra nosotros, nos alegramos alabando a Dios; en cambio, en la obra en que perecéis vosotros, pereceríamos junto con vosotros si nos alegráramos.

Cierto que mientras vivís en esta carne no podemos desesperar de vosotros, pero cuando morís en esta impiedad, y sobre todo cuando con horrenda y furiosa ceguera os dais muerte a vosotros mismos, sólo puede consolar nuestra amarguísima tristeza lo que consoló al santo David, la reunificación en la unidad de Dios del pueblo que había sido dividido por la tiranía del hijo malvado. Que sea mucho menor el número de vuestros seguidores tan pertinaces que perecen en sus precipicios, anegaciones o fuego, es más tolerable que el que sean innumerables los pueblos que, al impedirles conseguir la salvación, ardan con ellos en las llamas del fuego eterno. Así pues, nunca le faltaron ni faltarán a la Iglesia de Cristo ocasiones en que, según el Apóstol, los que quieran vivir piadosamente en Cristo sufran persecución, ya soportando la malicia de los impíos cuando viven en su culpa, ya llorándolos cuando perecen.

Interpretación torcida sobre la presunta persecución

XXIII. 26. No os engañéis, por tanto, como si se os hubiera dicho a vosotros: Llega la hora en que los que os quiten la vida pensarán prestar un servicio a Dios 45, o según tu cita: "pensará que ofrece un sacrificio a Dios". Esto, está bien claro, no se dijo de las persecuciones que causaron los gentiles a la Iglesia. Porque los gentiles pensaron ofrecer un sacrificio a sus muchísimos dioses, que ciertamente no existen, cuando en realidad lo hacían al único Dios. Por tanto, esto mismo que el Señor les predijo, una de dos: o tuvo su cumplimiento en los judíos, que dieron muerte al santo Esteban y a otros muchos, pensando prestar un servicio a Dios, pues parecía que ellos honraban al único verdadero Dios; o también se dijo a nosotros, los católicos, a propósito de los diversos herejes furiosos por todas partes, que donde pueden, cuanto pueden y como pueden, mientras dan muerte a los católicos, piensan que prestan un servicio a Dios; y se dice sobre todo de vosotros, que con tales víctimas os habéis granjeado un nombre en África. Si se os hubiese dicho a vosotros, a buen seguro que no os dierais muerte a vosotros mismos, antes bien esperaríais que os diésemos muerte nosotros, que pensamos, como decís, que al hacer esto ofrecemos un sacrificio a Dios.

Ahora bien, cuando os apresuráis a daros muerte para no ser detenidos por los nuestros, teméis vivir, no ser muertos, ya que os avergonzáis de corregiros o de quedar convictos sobre lo vuestro. ¿O acaso sois vosotros a quienes pertenecen los dos puntos, pues al daros muerte a vosotros mismos pensáis ofrecer a Dios un sacrificio y que vosotros mismos sois la víctima que le ofrecéis? A vosotros, pues, se refiere lo que sigue y que tú mismo citaste. En efecto, el Señor dice a continuación: Y esto os lo harán porque no conocieron al Padre ni a mí 46. Así pues, cuando os dais muerte a vosotros mismos pensando que prestáis un servicio a Dios, ni habéis conocido al Padre, a quien no habéis oído decir: No matarás 47, ni al Hijo, a quien no habéis oído decir: Huid 48.

¿Cómo pueden presumir ellos de la paz?

XXIV. 27. Texto de la carta: "Pero se jactan de morar en una paz belicosa y en una unidad sanguinaria. Escuchen al Señor que dice: La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da os la doy yo 49. La paz del mundo entre los ánimos disidentes de los pueblos se establece mediante las armas y el triunfo en la guerra; la paz de Cristo el Señor, con la tranquilidad suave y saludable, invita a los que la aceptan, no fuerza a los que no quieren".

Respuesta a esto: Sois vosotros los que deseáis conseguir una paz belicosa y una unidad sanguinaria, ya con las muertes violentas infligidas a los nuestros, ya con las vuestras voluntarias, no atribuyéndoos a vosotros lo que nos hacéis a nosotros, y en cambio achacándonos a nosotros lo que os hacéis a vosotros. Pero nosotros nos vemos forzados a soportar lo que nos hacéis, y respecto a lo que os hacéis a vosotros no podemos hacer más que lamentarlo; con tal de que, a pesar de todo, se afiance la paz y la unidad de Cristo por la salud de muchos, como ocurre en muchísimos, aunque a causa del furor de unos pocos no tiene lugar en todos.

Si quisierais prestar atención no con mirada llena de odio, sino leal, veríais de qué verdadera paz y unidad de Cristo disfrutan quienes de entre vosotros han venido a nosotros, tantas muchedumbres de pueblos tan importantes, entre los cuales, aunque aún existen algunos turbados por la misma novedad, los mismos van sanando poco a poco de esta debilidad. Y si hay todavía algunos fingidos, no era ello motivo para no recoger a los que reconocemos veraces, algunos de los cuales en vuestras regiones se mostraron superiores a algunos de los nuestros cuando al concedérseos aquella libertad de perdición rehusaron tornar a vosotros. Y para no perder a éstos debíamos aceptar aun a los fingidos, ya que se lee en el Evangelio que los siervos habían reunido para las bodas de su señor a invitados buenos y malos 50; máxime teniendo en cuenta que a vosotros os arrojó de la era del Señor antes de la bielda el espíritu de soberbia como un viento maligno, de donde, en cuanto está a nuestro alcance, con la ayuda del Señor nos esforzamos por haceros volver a la misma. Y bien sabéis cómo un barrido diligente arrastra el trigo con partículas de tierra cuando se lo lleva a la era.

¿Por qué no se puede forzar a nadie a la verdad?

XXV. 28. Por lo que respecta a vuestra opinión de que no se debe llevar a nadie por fuerza a la verdad, os equivocáis ignorando las Escrituras y el poder de Dios, que los obliga a querer cuando fuerza su voluntad. ¿Acaso los ninivitas hicieron penitencia contra su voluntad porque la hicieron forzándolos su rey? En efecto, ya había anunciado el profeta la ira de Dios sobre la ciudad entera recorriéndola por tres días. ¿Por qué se necesitaba del mandato del rey para que suplicaran con humildad a Dios, que no atiende a la boca, sino al corazón, sino porque había entre ellos algunos que no se preocupaban ni creían los anuncios divinos sino aterrados por la potestad terrena? Así es que esta orden del poder real, a la que respondéis con vuestra muerte voluntaria, les suministra a muchos la oportunidad de entrar en la salud, que se encuentra en Cristo; y si ellos son llevados a la fuerza a la cena de tan gran padre de familias y se ven forzados a entrar, dentro ya encuentran motivo de alegrarse de haber entrado. Ambas cosas las predijo el Señor que habían de suceder y ambas las realizó. Porque reprobados algunos, que se entiende son los judíos, ya que ellos habían sido invitados antes por los Profetas y llegado el momento prefirieron excusarse, dijo el Señor a su siervo: Sal a las plazas y calles de la ciudad, y a los pobres, tullidos, ciegos y cojos tráelos aquí. El siervo le dijo: Señor, está hecho lo que mandaste y aún queda lugar; y dijo el amo al siervo: Sal a los caminos y a los cercados, y obliga a entrar, para que se llene mi casa 51. Entendemos por caminos las herejías y por cercados los cismas. Los caminos, en efecto, significan en este lugar las diversas opiniones. ¿Por qué os admiráis, pues, si no muere por el hambre del alimento corporal, sino del espiritual, cualquiera que no entra a esta cena, ya introducido de buen grado, ya impulsado por la violencia?

En vano se apropian textos de la Escritura

XXVI. 29. Texto de la carta: "Nos alegramos del odio del siglo, no sucumbimos a sus golpes, sino que nos alegramos. Este mundo no puede amar a los siervos de Cristo, ya que se sabe no ha amado a Cristo, según dice el mismo Señor: Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí antes que a vosotros. Si me persiguieron a mí, también os perseguirán a vosotros" 52.

Respuesta a esto: ¿De qué odio del siglo os gozáis sin sucumbir ante sus tribulaciones, antes bien alegrándoos, si queréis mataros a vosotros mismos por no soportar cualquier molestia, y elegís morir, no matados por otros en defensa de la verdad de Cristo, sino por vosotros mismos en defensa del partido de Donato? Esto es locura de los circunceliones, no gloria de los mártires. Si aparecen claros vuestros hechos, ¿por qué usurpáis para vosotros las palabras dirigidas a otros? "Este mundo -dice- no puede amar a los siervos de Cristo, ya que se sabe no ha amado a Cristo". Entonces nosotros no pertenecemos a este mundo, ya que os amamos a vosotros. Pero vosotros no sois siervos de Cristo, ya que devolvéis mal por bien, y cuando no podéis ejercitar vuestra malicia contra nosotros, os volvéis contra vosotros mismos, sin amarnos a nosotros y odiándoos a vosotros. Cuando el Señor dijo: Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí antes que a vosotros. Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán 53, no os lo dijo a vosotros, sino a aquellos a quienes mandó que si los perseguían en una ciudad, huyeran a otra, cosa que no hacéis vosotros. Les dijo que hasta el fin del tiempo no faltarían ciudades en las que refugiarse; vosotros os quejáis de que ya ahora os faltan a vosotros, y no queréis confesar que no sois vosotros a quienes ha dicho esto.

Sigue reprochándoles sus suicidios

XXVII. 30. Texto de la carta: "Pero, aunque se suavice la persecución, ¿cómo se completa el número de los mártires? ¿No dice San Juan: Vi debajo del altar las almas de los que habían sido degollados, clamando a grandes voces y diciendo: Hasta cuándo, Señor, no juzgarás y vengarás nuestra sangre sobre los que moran en la tierra? Y a cada uno le fue dada una túnica blanca, y se les dijo que estuvieran callados un poco de tiempo aún, hasta que se completara el número de sus hermanos, que comenzarán a ser muertos como ellos" 54.

Respuesta a esto: Si quisierais ser mártires bajo el altar de Cristo, no sacrificaríais al diablo, quemándoos a vosotros mismos. ¿Quién puede alegrarse de este vuestro furor sino el diablo, que es el que os lo inspira, y sus partidarios? Es el mismo que lanzaba a aquel niño, como leemos en el Evangelio, unas veces al agua, otras al fuego 55; él mismo también hizo precipitarse a las aguas aquellas manadas de puercos 56. Él es el que sugirió al mismo Señor la tentación tan audaz de precipitarse desde el pináculo del templo 57. Sin duda alguna pertenecéis al diablo, pues frecuentáis en la práctica los tres géneros de muerte: el agua, el fuego, el precipicio. Si la demencia no os hace perder el juicio, esas mismas palabras que has aducido del libro santo debieran apartaros de esa clase de muerte a que os entregáis. ¿Qué dicen las almas de los mártires bajo el altar de Dios? ¿Hasta cuándo, Señor, no harás justicia y vengarás nuestra sangre sobre los que moran en la tierra? 58 Piden que se vengue su sangre en aquellos precisamente que la derramaron; ¿acaso en los otros? Por esto la vuestra será vengada en vosotros.

31. ¿Y qué cosa hay más necia que pensar, como vosotros, que esta profecía sobre los mártires, anunciados para el futuro, no se ha de cumplir sino en los donatistas? Como si desde que el bienaventurado Juan escribió esto no hubiera habido mártir alguno hasta que surgió el partido de Donato, éstos, si no pueden matar a otros, se matan a sí mismos, llevan a cabo las obras de los atracadores y de los demonios, y se arrogan la gloria de los mártires. Y si en un intervalo tan grande de tiempo, esto es, desde Juan hasta éstos, no hubiera habido muertes de mártires auténticos, llegando hasta afirmar que ni siquiera en los tiempos del anticristo, en los que se completará aquel número de mártires, han de existir, ni aun así creeríamos que éstos, reos de sangre ajena o de la suya, aumentarían el número de los verdaderos mártires, a quienes se dijo que reposasen durante un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus hermanos, que iban a comenzar a recibir la muerte como ellos mismos, ciertamente de manos de otros, no de la propia como los donatistas, que por esto no son como ellos.

Podemos también decir con toda verdad que, en tiempos de los donatistas, los mismos católicos a quienes ellos matan contribuyen a completar aquel número. Pero como después del apóstol Juan, que escribió lo que había de suceder, tuvo lugar tal estrago de mártires por todas partes en tantos pueblos, merced a los impíos asesinos, ¿cómo presumen estos torturadores de sus propias almas y verdugos de las ajenas de que lo que leen que se anunció de los santos mártires se ha cumplido en ellos? Preparaos vosotros más bien, para que vuestra sangre quede vengada, no en aquellos que para que viváis desean vuestra captura o vuestra herida, sino en vosotros mismos. ¿O acaso, para evitar que suceda esto, no derramáis vuestra sangre, sino que os lanzáis al precipicio, os anegáis en las aguas, os reducís a ceniza? Andáis muy errados; quedará vengada en vosotros, sea el que fuere el medio con que os priváis de la vida. Sin duda, quedaría vengada en vosotros, incluso si no se derramara en la Iglesia de Cristo, sino que la derramaran otros en el partido de Donato. ¿Clamaréis vosotros acaso a Dios para que vengue vuestra sangre, y os escuchará el Señor sin condenaros? ¿Y cómo la vengará sin condenar a quien osó cometer el asesinato? En esta reclamación no sois sino acusadores de vosotros mismos, puesto que sois culpables de derramar vuestra sangre, y a nadie sino a vosotros condenará Dios cuando tome venganza de vuestra sangre hecha añicos, anegada, quemada o asesinada de cualquier otro modo, o, si os ha parecido mejor, derramada.

Apoyo bíblico de los donatistas: Razías

XXVIII. 32. Texto de la carta: "¿No es acaso persecución aquella que forzó a tantos miles de inocentes mártires a la muerte? En verdad, los cristianos dispuestos en el espíritu según el Evangelio y débiles por la carne 59, encontrado el atajo de las hogueras, libraron sus almas del sacrílego contagio a imitación del anciano Razías en el libro de los Macabeos 60. No era vano su temor, ya que nadie que cayera en manos de aquéllos se libró. Pero hagan lo que les plazca; lo cierto es que no pueden ser de Dios los que obran contra Dios".

Respuesta a esto: Con toda claridad y verdad confiesas cuál es la persecución que padecéis. Es la misma de la que yo dije que se expresa con toda evidencia en las santas Escrituras referida a algunos impíos, de quienes se ha dicho que sufren persecución por sus mismos hechos 61. Esto puede decirse con toda propiedad de vosotros, aunque fueran las manos de otros las que os asesinaran por vuestros sacrilegios. Ni siquiera de los atracadores y cualesquiera hombres culpables de delitos capitales, cuando son castigados por justas leyes, se debe decir que soportan persecuciones sino por sus propios hechos. Pero, en vuestra situación, al perdonaros la mansedumbre cristiana, de tal modo se ha ensañado contra vosotros vuestra demencia que, como dices, "encontrado el atajo de las hogueras, os quitáis la vida", sería excesivo descaro negar que vosotros soportáis de vosotros mismos toda clase de persecución, dado que hacéis una y otra cosa, aportando el motivo por el que vuestra ruina es justa y la misma ruina. Y alegas que hay tantos miles de hombres que hacen esto, como si eso no fuera un motivo importante para librar al África de vuestro magisterio.

Existe, en efecto, tal clase de hombres a la cual pudisteis persuadir este mal, y ellos solían hacer esto antes, sobre todo cuando se desataba por todas partes el libertinaje de la idolatría, cuando con las armas de los paganos se lanzaban sobre cuantos afluían a sus fiestas. Los jóvenes paganos ofrecían a sus ídolos las víctimas que cada uno mataba, y éstos confluían en tropel de un lado y de otro; como bestias feroces acosadas por los cazadores en el anfiteatro, se lanzaban sobre los venablos que se les ponían delante; morían llevados por la furia, eran sepultados en estado de putrefacción, y en su engaño eran venerados. Además de esto están las rocas escarpadas y montañas de horrendas quebraduras, celebérrimas por las frecuentísimas muertes de los vuestros; más raramente se servían del agua o del fuego; los precipicios consumían grandes rebaños.

Hablo de cosas bien conocidas a nuestros contemporáneos. ¿Quién en verdad no conoce a esta clase de hombres turbulentos en sus horrendos crímenes, desocupados de todo trabajo útil, tan despiadados en los asesinatos de otras personas como viles en sus suicidios, sembrando el terror en los campos, huyendo de cultivarlos, recorriendo en busca de comida los graneros de los campesinos -por lo que se ganaron el nombre de circunceliones-, deshonra del error africano conocidísimo en casi todo el mundo?

Muchísimos se han separado ya de los donatistas

XXIX. 33. ¿Quién ignora cuántos de esta raza de hombres caminaban antes a la muerte y perecían, y cuán pocos en su comparación son los que ahora se dejan quemar en sus fuegos? Y si piensas que es preciso que nosotros nos sintamos afectados porque mueren de este modo tantos miles, ¿qué consolación piensas nos invade por el hecho de ser tantos miles, incomparablemente superiores en número, los que se libran de la demencia exorbitada del partido de Donato, en el que se ha convertido en ley no sólo el error del cisma nefasto, sino también este furor?

Y estos que perecen no alcanzan al menos el número de los que siendo como ellos están ahora sometidos al orden de la disciplina, se dedican a cultivar los campos, habiendo perdido el modo de actuar y el nombre de los circunceliones, observan la castidad, mantienen la unidad; y mucho menos llegan aquellos perdidos al número de las personas de uno y otro sexo, no sólo de niños y niñas, de jóvenes y doncellas, sino también de casados y ancianos, que, en cantidad innumerable, se pasan del nefasto cisma de los donatistas a la verdadera y católica paz de Cristo. Ciertamente estos mismos que se entregan a las llamas no son tampoco tantos cuantas son las comunidades locales que son arrancadas de la peste destructiva de aquel error furioso a impulsos de esta solicitud por llevar a cabo la unidad.

¿Acaso, ruego, es un plan razonable de misericordia que, junto con aquéllos, todos éstos queden destinados a los suplicios eternos del infierno para evitar que aquéllos, tan pocos en comparación de éstos, no se abrasen en el fuego de sus propias hogueras? Cierto que se ha de procurar con grandes esfuerzos y deseos que todos alcancen la vida con Cristo; pero si debido al furor de algunos no puede realizarse esto, al menos se ha de trabajar para que no perezcan todos con el diablo.

Opinión de San Pablo y San Cipriano sobre el suicidio

XXX. 34. Seguramente, indagando con extremada sagacidad en las santas Escrituras por ver si podías presentar algún argumento en defensa de esta insana teoría del suicidio, piensas haberlo encontrado, ya que se escribe en el Evangelio: El espíritu está pronto, pero la carne es débil 62, como si alguno debiera darse muerte precisamente porque es débil para soportar los martirios de mano de los perseguidores. No pudiste expresar con mayor brevedad que vuestros falsos mártires pertenecen al número de aquellos de quienes se escribió: ¡Ay de los que perdieron la paciencia! 63, y que, en cambio, no pertenecen en absoluto a aquellos a quienes dijo el Señor: Con vuestra paciencia poseeréis vuestras almas 64.

En cambio, aquellos de quienes se dice: El espíritu está pronto, pero la carne es débil 65, se veían abrumados por un sueño involuntario, no se daban muerte voluntariamente. Lee con diligencia y presta atención a lo que hablas. ¿Dónde queda lo que dice el Apóstol: Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, antes dispondrá con la tentación la salida para que podáis resistirla? 66

¿Acaso no debemos creer en esta verdad enseñada por el Apóstol y hemos de tenernos a nosotros mismos por enemigos, porque no podemos aguantar a los otros enemigos? Lejos esto del corazón cristiano. Den fe los católicos, no la den los donatistas, a esta fidelidad del Apóstol, y mejor aún, a la fidelidad del mismo Dios, que no permite que los suyos sean tentados más de lo que pueden, sino que con la tentación otorga una salida para que puedan aguantar; y para no rehusar siempre el dar fe, los donatistas dejen definitivamente de ser donatistas. Desesperar de conseguir del Señor la paciencia en cualesquiera tormentos y, en consecuencia, buscar el atajo de las hogueras en que se arrojan, no a las fieras como dice el bienaventurado Cipriano, sino a las llamas, éstos a quienes nadie condenó, no es prudencia, sino frenesí; no es sensatez, sino demencia. Entréguense a sus hogueras los que no dicen refiriéndose a la ayuda del Señor: Puesto que de él viene mi paciencia 67.

35. Ciertamente, el santo Job, cuando se pudría con heridas intolerables de la cabeza a los pies y se veía atormentado con dolores inhumanos, tenía a su disposición ese vuestro recurso, con el cual no quería librarse de esta vida llena de horrendas calamidades, en la que perseveraba sin la menor vacilación. Tenía a su disposición ese recurso, pero no lo autorizaba la justicia. Por eso decía: Ojalá pudiera darme muerte o pedir a alguien que me la diera 68. Negó que, como justo, pudiera él hacer lo que la justicia no podía autorizar. Usando de ese modo de hablar dice el Apóstol a los Gálatas: Testifico que, de haberos sido posible, los ojos mismos os hubierais arrancado para dármelos 69. ¿Por qué no podría tener lugar esto sino porque en modo alguno lo permite la justicia?

Así también el Señor, al urgir por sus ángeles a Lot que salía de Sodoma a que se diese prisa por llegar a Segor, dice: Pues no podré hacer nada hasta que tú entres allí 70. Dijo que no podía hacer lo que sin duda podía realizar en virtud de su poder, pero no en virtud de la justicia. Podía, efectivamente, el pacientísimo Job no tomar ningún alimento ni bebida y de este modo concluir aquella vida atribulada y horrible. Pero esto no podía hacerse en justicia, ya que a nadie le está permitido darse muerte a sí mismo, sobre todo teniendo en cuenta que aquél pudiera recurrir a la fuga para poder vivir. ¿Podría dudar alguien que este santo varón, que tanto hablaba en medio de sus dolores, pudiera rogar a alguien que le hiciera esto? Pues como faltó al que sufría y se pudría una mano que le diera muerte, no le faltó una lengua para pedirlo. Bien podía pedírselo sin duda a su misma esposa, aunque ni ella misma le sugirió esto, a pesar de que deseaba su muerte al estar Dios enojado por su blasfemia 71; y así, aunque le aconsejara con impío consejo lanzar algo contra Dios, no osaba, sin embargo, decirle que se diera muerte.

El diablo tiene más poder sobre vosotros al persuadiros tan fácilmente lo que no había podido persuadir a una mujer sin cordura, a la que se reservó como ministra para engañar al varón, a quien le había quitado todo lo suyo. Así es que dijo aquel justo que él no podía rogar a nadie que le diera muerte, mostrando además que no estaba permitido. Pues lo que no se puede hacer justamente, no lo puede hacer el justo, ya que al decidir esto, pierde primero la justicia, de suerte que lo que no puede hacer como justo, lo puede como injusto. Así pues, dijo: Ojalá pudiera darme muerte 72, como si dijera: "Ojalá fuera eso conforme a justicia"; entonces podría hacerlo el justo. Y no deseaba para sí la injusticia de poder lo que no puede sino el injusto. Antes, si fuera posible, desearía que eso fuera conforme a la justicia; pero como no pudo suceder que eso fuera así, no pudo el justo llevar a cabo lo que sólo podía hacer la injusticia.

Por eso no comete una injusticia el hombre justo al desear la muerte cuando la vida es sumamente amarga; pero si Dios no le da la vida que desea, lo justo será tolerar esa vida tan amarga. Como tampoco le es ajeno al justo el desear la vida cuando le amenaza una muerte cruel; pero cuando ve que no puede conseguirlo, dice como el Señor, que nos representaba en sí: No se haga lo que quiero, sino lo que quieres tú, Padre 73. Esto hay que decírselo a aquellos a quienes buscan los perseguidores para causarles males, no a aquellos a quienes solicitan para hacerles partícipes del bien; se deben decir estas cosas a los que padecen persecución por la justicia, no a los que se la causan a sí mismos injustamente.

El caso del anciano Razías citado por ellos

XXXI. 36. Por consiguiente, aun aquel anciano Razías, de quien éstos, careciendo de modelos de su crimen, se glorían haber encontrado como ejemplo que imitar en los libros de los Macabeos 74, debió hacer lo que en los mismos libros se lee que hicieron aquellos siete hermanos, siguiendo la exhortación de su madre 75, es decir, que una vez detenido, sin apartarse de la ley de su Señor, aceptara lo que le fuera aplicado y se mantuviera en el sufrimiento, y en su humildad conservara la paciencia. Pero, no pudiendo soportar la humillación de estar en poder de sus enemigos, ofreció un ejemplo bien claro, no de cordura, sino de insensatez; de imitación no para los mártires de Cristo, sino para los circunceliones de Donato.

Sin embargo, si consideramos el caso con más detención, aparece claramente cuán lejos estáis de él. En efecto, éste, una vez detenido por sus enemigos, no pudo huir libremente. Por eso se hirió con la espada, y al no poder matarse, se precipitó desde la muralla. Después, no pudiendo ya vivir, pero todavía respirando y moviendo con ímpetu su cuerpo, alcanzó a la carrera, a pesar de la sangre perdida, una roca abrupta; en ella se arranca con ambas manos sus intestinos, los dispersa, se deja caer; quedó de tal suerte rodeado por la turba, que no podía escapar, aunque pudiera sobrevivir.

Vosotros, por consiguiente, que ni escucháis al Señor cuando dice huid, ni imitáis a Razías que quiso y no pudo huir, no escucháis el mandato de aquél ni seguís el ejemplo de éste. Y ¿qué? Este Razías, según vuestro discurso, ¿no debe ser sin duda culpado? Dijiste, en efecto, que en virtud de la sentencia evangélica, en que dice el Señor: El espíritu está pronto, pero la carne es débil 76, vosotros habíais acudido al atajo de las hogueras porque sois débiles para soportar el poder de los enemigos si hubieran logrado apresaros. Entonces aquel que se hirió gravemente con la espada, que, herido, llegó a la muralla, que desde ella se precipitó de cabeza, que pudo, aun después de correr hacia una roca, permanecer en ella, sacarse los intestinos, cogerlos y esparcirlos, ¿se puede decir que tenía el espíritu pronto y la carne débil? No sólo su espíritu se mostró tan dispuesto, sino la carne tan firme, que se hace muy difícil creer que quiso y pudo hacer lo que hizo. De suerte que tenéis que sentiros avergonzados ante este que confunde con su firmeza el motivo de vuestra debilidad.

Por otra parte, si, pudiendo y no queriendo huir, hubiera recogido leña en su casa y al lanzarse los enemigos para cogerle les hubiese prendido fuego y se hubiera quemado con su propia casa, os habría servido a vosotros ciertamente de ejemplo, pero se habría ganado gran tormento. Pero ahora, dado que no pudo huir, quizá sea un poco menos culpable de su sangre al haberse dado la muerte que el enemigo le iba a dar al cogerlo.

37. "Pero en realidad la autoridad de las santas Escrituras ha alabado a Razías". ¿Por qué se le alabó? Porque amó la ciudad 77. Esto pudo hacerlo también según la carne, es decir, amó a aquella Jerusalén terrena, esclava junto con sus hijos, no la de arriba, nuestra madre libre 78. Fue alabado por haber perseverado en el judaísmo 79. Ahora bien, esto, dice el Apóstol 80, se considera pérdida y basura en comparación con la justicia cristiana. Fue alabado porque mereció ser llamado padre de los judíos 81. A esto se debe el que, como a hombre, le dominó el no poder soportar la humillación, de modo que prefirió morir a someterse a los enemigos. Se dijo de él que eligió morir con dignidad; mejor sería que hubiera preferido la humildad, y así se hubiera seguido la utilidad. Con esas palabras acostumbra a ensalzar la historia de la gentilidad; pero refiriéndose a los varones fuertes de este mundo, no a los mártires de Cristo. Se dijo que él se había precipitado virilmente desde la muralla a las turbas; no decimos nosotros que se comportara afeminadamente.

Aunque vosotros, que habéis explotado tanto este ejemplo, habéis enseñado también a practicar eso a vuestras mujeres; y hemos de confesar que ellas no lo llevaron a cabo con espíritu afeminado, sino varonil; aunque no saludablemente, porque no fue conforme a la fe. Con respecto a la invocación que se dice hizo al dominador de la vida y del espíritu, para que él le devolviera estas cosas, es decir, el espíritu y la vida, hay que decir que ni aun entonces pidió algo que distinga a los buenos de los malos. El Señor devuelve estas cosas aun a los que obraron mal, pero no en una resurrección para la vida eterna, sino en una resurrección para la eterna condenación.

Así pues, este Razías, amante de la ciudad, fue alabad como hombre muy reputado, esto es, de buena fama, porque fue llamado padre de los judíos, y porque perseveró en el judaísmo. Pero sobre su muerte, más digna de admiración que sensata, la Escritura contó simplemente cómo tuvo lugar, no la alabó como si debiera haber sido así. A nosotros nos toca, como nos amonesta el Apóstol, probar todo, retener lo que es bueno, abstenernos de toda apariencia de mal 82.

38. Estos libros, denominados de los Macabeos, no los aprecian los judíos como a la Ley, los Profetas y los Salmos, los cuales aduce el Señor como testigos suyos al decir: Convenía que se cumpliera todo lo que está escrito en la Ley y en los Profetas y en los Salmos de mí 83. Pero la Iglesia no los ha aceptado inútilmente si se leen o escuchan con prudencia, sobre todo por la alabanza de los Macabeos, que, como verdaderos mártires, soportaron por la ley de Dios ultrajes tan indignos y terribles por parte de los perseguidores, que incluso en ellos advierte el pueblo cristiano que no son comparables los sufrimientos de esta vida con la gloria futura que se ha de revelar en nosotros 84, por quienes padeció Cristo; suponiendo que soportaron con toda paciencia tales cosas por la ley que dio Dios por su siervo a aquellos hombres, por quienes no había entregado todavía a su Hijo.

Aunque también este Razías tiene algo de provecho para los que lo leen, no sólo para que se ejercite la mente juzgando rectamente lo que lee, sino también para que el espíritu humano y aun el espíritu cristiano perciba cuántas fatigas hay que soportar de parte de los enemigos con el ardor de la caridad, si él sufrió tanto de sus propias manos por temor a la humillación. Pero el ardor de la caridad desciende de las alturas de la gracia divina, mientras el temor de la humillación procede del deseo de alabanza humana; y así, aquél lucha por medio de la paciencia, y éste peca por no saber sufrir.

Por consiguiente, cuanto leemos en las Escrituras que realizaron hombres alabados incluso por el testimonio de Dios, no debemos aprobarlo y darles sin más nuestro asentimiento, sino discernirlo con la oportuna ponderación, no utilizando ciertamente el criterio de nuestra autoridad, sino el de las divinas y santas Escrituras; éstas no nos permiten imitar o alabar todos los hechos de aquellos hombres a quienes se tributa allí un laudable e ilustre testimonio, si se dan algunos que no fueron realizados conforme a justicia o que no encajan ya en estos tiempos. Pero sobre aquellas actitudes que entonces fueron correctas y ahora ya no lo son, ¿qué necesidad hay de discutir algo en esta cuestión, si esta acción de que se trata, es decir, que alguien se dé la muerte a sí mismo, sobre todo al que se le concede o más bien el que se ve forzado a vivir, está entre aquellos hechos que no podían nunca ser rectos ni lo pudieron ser según hemos demostrado ya suficientemente?

39. Por consiguiente, como quiera que consideréis la vida alabada de este Razías, su muerte no implica una sabiduría digna de alabanza, ya que no va acompañada de una paciencia digna de los siervos de Dios; y más bien le conviene aquella voz de la Sabiduría, que no es de alabanza, sino de reproche: ¡Ay de los que perdieron la paciencia! 85 En efecto, si creéis que hay que imitar todos los hechos de personajes alabados, ¿es acaso mejor ese Razías que David? Entonces, ¿por qué ninguno que sea bueno se propone como objeto de imitación el haber apetecido la esposa ajena y haber dado muerte a su esposo, antes bien lo mira como algo de que hay que guardarse y evitarlo 86? ¿Es acaso Razías mejor que Salomón? ¿Acaso os parece bien que pongamos como ejemplo de imitación su pasión por las mujeres, cuyas seducciones le llevaron hasta la construcción de templos a los ídolos? ¿Es mejor Razías que el apóstol Pedro, que cuando dijo: Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo 87, el Señor le proclamó tan bienaventurado, que mereció recibir las llaves del reino de los cielos? Sin embargo, no se le juzga digno de imitación en el momento en que, reprendido inmediatamente después, escuchó aquello: Retírate de mí, Satanás; no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres 88.

Pasaré por alto las cosas que con voz bien clara condenó la santa Escritura de la Iglesia, y mencionaré las que allí están solamente narradas y consignadas, y sobre las que no se ha dado sentencia ni de alabanza ni de vituperio, sino que han quedado como remitidas a nuestro juicio. ¿Acaso es mejor Razías que Noé? Y, sin embargo, ¿qué varón sobrio le alabará de haberse acostado ebrio 89? ¿Acaso es mejor Razías que el patriarca Judas? ¿Quién, sin embargo, aprobará a éste, a quién parecerá bien, a quién no ofenderá justamente su fornicación, no aquella en que se unió con su nuera porque ignoraba que lo fuera, sino otra, con una mujer que consideró una meretriz 90? ¿Es mejor Razías que Sansón? Atreveos a decir, si podéis, que aquel grande y divino secreto de poder que tuvo en su cabellera debía descubrirlo a los halagos de una mujerzuela 91. Pues el haberse dado muerte a sí mismo junto con sus enemigos, cuando derribó la casa sobre sí y sobre ellos, muerte que había de soportar luego de ellos, quiso que le fuera común con ellos porque no podía evadirse. Ciertamente no lo hizo por su propia iniciativa; antes bien, hay que atribuirlo al espíritu de Dios, que se sirvió de él para que hiciese, cuando le asistía, lo que no podía hacer cuando no le asistía 92. Lo mismo se diga de la voluntad de Abrahán de inmolar a su hijo: fue un acto de obediencia, por haberlo mandado Dios, lo que si no lo hubiera mandado no sería sino un acto de locura 93.

40. Enseñado por estas santas Letras, el bienaventurado Cipriano dijo en su declaración que la disciplina impedía que alguien se entregara. Notad el mal tan grande que hacéis cuando queréis daros muerte a vosotros mismos, que os saldríais de la disciplina incluso si quisierais entregaros a otros que quisieran datos muerte. Aquel a quien llamáis Salvador ordenó la huida, huida que permite el perseguidor: ¿qué norma seguís sino vuestro furor para perecer en vuestras hogueras? ¿Y aún te atreves a decir: "No es acaso una persecución esto que forzó a la muerte a tantos miles de inocentes?" Demostrad cómo sois inocentes vosotros que dividís a Cristo y os dais muerte. Demostrad cómo sois constreñidos a la muerte, vosotros a quienes por mandato divino se ordena la fuga y humanamente se les facilita la huida. Demostrad cómo libráis de la contaminación a vuestras almas por el atajo de las hogueras, a las que, con el sacrilegio de las hogueras las contamináis totalmente ofreciéndolas en sacrificio al demonio. Interrogad a Cristo, él os ordena que huyáis; interrogad al tribuno, él os permite huir; si pudierais interrogar al mismo Razías, os respondería: "Yo no pude huir". Por consiguiente, vosotros no tenéis ni a Cristo como salvador, ni al tribuno como perseguidor, ni a Razías como fiador.

Nada tienen que temer de los católicos

XXXII. 41. Tú dijiste, para que los vuestros se dieran muerte a sí mismos, que no habíais temido en vano, ya que quienes cayeron en nuestras manos o en las de los nuestros no pudieron evadirse. ¿De qué no pudieron evadirse, pregunto? Si de la muerte, ¿por qué os la causáis con vuestras manos, si la teméis de los nuestros? Pero es manifiesto que no habláis de la muerte. Pues bien sabéis cuánto deseamos que viváis; por eso queréis aterrarnos con vuestras muertes. Ahora bien, si dices que ninguno de los vuestros que cayó en nuestras manos ha podido evadir nuestra comunión, ¡ojalá fuera verdad lo que dices! ¡Qué felicidad no poder evadir la comunión que ofrecen los católicos, para librarse de la condenación que se prepara a los herejes!

Que es falso lo que dices, has podido verlo en vuestro Emérito, quien, habiendo venido a nosotros, antes quedó convicto por la verdad que compelido a entrar en nuestra comunión. Hay también otros, menos conocidos, pero iguales en la necedad. Todo el que participó de la misma vaciedad hasta el punto que, frente a una verdad clarísima, se tornó pertinaz con perversísima timidez, al avergonzarse de que se le tuviera por inconstante, desconocedor de la comunión católica, se apartó de nosotros. Sin duda dijiste: "Quien cayó en sus manos no pudo evadirse", porque pensaste que estaban ocultos los poquísimos que resisten con obstinación a la verdad más clara y se alejan de ella. Pero, según vuestro modo de pensar, has inferido una gravísima injuria a Emérito, que perdió ante ti la alabanza de su pertinacia, como si hubiera pretendido estar entre los pocos que consienten con la verdad, ya que mereció ser contado entre los que estaban ocultos. ¿Quién de los nuestros no creerá que tú estás celoso de tu colega? O si no es así, sigue su ejemplo. Ven a nosotros, como vino él; escucha lo que decimos, como lo hizo él; responde si puedes, cosa que no pudo él. Pero si no quieres responder, ni quieres entrar en la comunión, apártate, como hizo él. Ahí tienes cómo salió ileso de nuestras manos. ¿Por qué dices tú: "Quien cayó en sus manos no pudo evadirse?" Mira cómo no creyó él que le habían de faltar lugares donde estar oculto; ¿por qué te preparas para arder? ¿Aún no ves que sois más bien vosotros los que no pertenecéis a Dios, y los que obráis contra Dios, no sólo por la iniquidad común con que os resistís a la unidad de Cristo, sino también sobre todo porque os apresuráis a añadir vuestras muertes a tan gran crimen vuestro?

La Iglesia católica no es una fundación humana

XXXIII. 42. Texto de la carta: "Mas como a Tu Prudencia no le convenía el oficio de perseguidor, presta atención, te ruego, a unas pocas advertencias. Una es, pienso yo, la verdad sólida, y otra la apariencia de verdad, ya que la verdad se mantiene sólida por su propia robustez; en cambio, la imagen o el simulacro es lo que la presunción humana ha hecho verosímil con ultraje a la verdad; con todo, nunca la falacia podrá perjudicar a la verdad. Llamo adoradores de los ídolos a los que no mantienen la verdad; con vocablo ajeno llamo gentil al que se fabrica el ídolo que ha de adorar. Por lo cual es público y notorio que Gabinio y sus semejantes, arrancados de la libertad natural mediante amenazas, el terror, las frecuentes persecuciones, se fabricaron, como se sabe, falsos ídolos para venerarlos y se ven forzados contra su voluntad a adorarlos".

Respuesta a esto: Añades aún a vuestro furor palabras blasfemas, y no tienes reparo en afirmar que es una ficción la Iglesia católica, a la cual dice Dios: Yo soy el Señor que te ha creado, el Señor es su nombre. Y para que sepamos que ella es la Católica difundida por todo el mundo, sigue y añade: Y el que te libró se llamará Dios de Israel de toda la tierra 94.

A esta obra tan evidente de Dios la consideráis como ficción humana; y no paráis la atención en que, si no siguierais al hombre, en modo alguno os separaríais de esta Iglesia que Dios prometió que había de establecer en toda la tierra. Nosotros seguimos al que dijo a Abrahán: En tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos 95. Nosotros seguimos a quien dijo a su Iglesia lo que acabo de mencionar: Yo soy el Señor que te ha creado. El Señor es su nombre, y el que te libró se llamará el Dios de Israel de toda la tierra 96. Por eso, manteniendo la iglesia que se extiende y crece por todos los pueblos y por toda la tierra, no seguimos sin duda una ficción humana, sino la promesa y su cumplimiento divino.

Vosotros, en cambio, ¿qué es lo que seguís para estar separados de la comunión con esta divina promesa y con esta obra divina, y seguir el partido de Donato? ¿Quién os dijo a vosotros, Dios o un hombre, que las promesas de Dios habían desaparecido del orbe de la tierra por el pecado de Ceciliano y habían quedado en el partido de Donato? Si os lo dijo Dios, leédnoslo tomándolo de la Ley, Profetas, Salmos, Libros apostólicos y evangélicos. Leed, si podéis, lo que en modo alguno pudisteis leer en nuestra común Conferencia. Pero si esto os lo han dicho los hombres de quienes se dijo: Se envalentonaron con un discurso maligno 97, ahí tenéis la ficción humana, ahí tenéis lo que vosotros adoráis, ahí tenéis a quien servís, ahí tenéis el objeto de vuestra rebelión, de vuestra insensatez, de vuestras hogueras.

43. En cambio, Gabinio y los restantes que conocieron, eligieron y mantuvieron esta Iglesia, deseando mantener con los fieles no una ficción humana, sino la divina promesa anunciada y cumplida, no quisieron aguantar más las mismas molestias humanas en defensa de una ficción humana. Quien ha perdido por la verdad y la unidad de Cristo, no digo sus cosas, sino también su vida de aquí, siempre que se las quiten o les den muerte otros, tienen realmente fe, tienen realmente esperanza, tienen realmente caridad, tienen realmente a Dios.

En cambio, quien pierde en pro del partido de Donato, aunque no sea más que la orla de su vestido, no tiene en verdad corazón sano. Por consiguiente, ¿qué tiene de particular que los hombres sabios, al ver que se les proponían daños y destierros contra la antigüedad tan firme de una costumbre persistente, pensaran bien si deberían soportar estas cosas por el partido de Donato contra la Iglesia católica, esto es, por una ficción humana contra la obra de Dios? Y vieron ciertamente que no debían hacerlo, y lo que vosotros llamáis persecución lo tomaron ellos como una oportunidad de corrección, y practicaron lo que está escrito: Da al sabio una ocasión, y se hará más sabio 98. Ya puedes ver cuán sin fundamento dijiste al hombre que por orden de su piadosísimo emperador busca vuestra corrección, que el oficio de perseguidor no caía bien a Su Prudencia. ¿Qué mejor le puede convenir a quien milita por su religión que, en la causa en que aprecia que vosotros queréis ser una decepción para algunos, llegue a ser él la salvación para muchos que se han de corregir?

Función de los reyes en los asuntos religiosos

XXXIV. 44. Texto de la carta: "Para enseñar a su pueblo Israel, el Dios omnipotente dio su mensaje a los profetas, no lo mandó a los reyes. El Salvador de nuestras almas, Cristo el Señor, para anunciar la fe envió a pescadores, no a soldados".

Respuesta a esto: Escuchad, pues, a los profetas santos y a los santos pescadores; y no tendréis que soportar las molestias de los reyes piadosísimos. Ya demostré más arriba cómo se encargó al cuidado del rey que los ninivitas aplacaran a Dios, cuya ira había anunciado el profeta. Mientras vosotros no mantengáis la Iglesia que anunciaron los profetas y plantaron los apóstoles pescadores, los reyes que la mantienen juzgan con toda justicia que es de su incumbencia que vosotros no os rebeléis impunemente contra ella. Dios, en efecto, tuvo reyes entre los profetas: el santo David, como no podéis ignorar, fue rey. Así es que oíd a un rey que profetiza y no temeréis la ira de ningún rey piadoso; escuchad, digo, al rey profeta que dice de Cristo: Dominará de un mar a otro, y desde el río hasta el extremo del orbe de la tierra 99; y no temeréis a ningún rey cristiano que se irrite contra vosotros que blasfemáis contra esta Iglesia que, como anunció el rey profeta, se extenderá hasta los términos del orbe de la tierra. Incluso el rey Nabucodonosor, aunque no fue profeta, reprimió con religiosa severidad a los que blasfemaban contra el Dios de Sidrach, Misach y Abdénago 100.

El uso de la fuerza en el ámbito religioso

XXXV. 45. Texto de la carta: "Jamás esperó el auxilio de la milicia mundana Dios, el único que puede juzgar sobre los vivos y muertos".

Respuesta a esto: No espera Dios el auxilio de la milicia mundana, ya que más bien otorga mercedes a los reyes al inspirarles se preocupen de que en su reino se cumpla el mandato del Señor. A este efecto se les dijo: Ahora, oh reyes, entendedlo; instruíos los que juzgáis la tierra, servid al Señor con temor 101. Se dan cuenta de que su poder debe servir de tal modo al Señor que haga doblegarse a los que no quieren cumplir su voluntad. Tú tratas de suscitar malquerencia hacia los soldados; pero si, como ya hemos dicho, se demuestra en las santas Escrituras que este cuidado pertenece a los reyes, ¿por medio de quién, si no es por los soldados súbditos suyos, van a llevarlo a cabo contra los rebeldes circunceliones y sus insensatos colaboradores o jefes?

Error en la apreciación de su conducta

XXXVI. 46. Texto de la carta: "Pero esto no lo saben los usurpadores de los bienes ajenos, que ni oyen a Dios que dice: No codiciarás los bienes de tu prójimo 102, ni al Espíritu Santo, que dice por Salomón: Entonces los justos se enfrentarán con gran constancia a aquellos que los angustiaron y robaron el fruto de sus fatigas. Al verlo, se apoderará de éstos la turbación y un terror horrendo y se asombrarán de la repentina salvación de los justos, que ellos no esperaban; y arrepentidos y arrojando gemidos de su angustiado corazón, dirán dentro de sí: Estos son los que en otro tiempo fueron el blanco de nuestros escarnios, y a quienes proponíamos como un ejemplar de oprobio. Insensatos de nosotros. Su vida nos parecía una necedad, y su muerte una ignominia. Mirad cómo son contados en el número de los hijos de Dios, y cómo su suerte está con los santos. Luego, descarriados, nos hemos salido del camino de la verdad; no nos ha alumbrado la luz de la justicia. Nos hemos fatigado en seguir la carrera de la iniquidad y de la perdición; hemos andado por senderos fragosos, sin conocer el camino del Señor. ¿De qué nos ha servido la soberbia? O ¿qué provecho nos ha traído la vana ostentación de nuestras riquezas? Pasaron como sombra todas aquellas cosas 103. Por tanto, esta fe nos exhorta a morir libremente por Dios en esta persecución".

Respuesta a esto: Reconoced vuestro crimen, y no queráis usurpar el nombre ajeno. La Escritura dijo: Entonces los justos se enfrentarán con gran constancia a aquellos que los angustiaron y robaron el fruto de sus fatigas 104. No dijo: "Permanecerán en pie todos los que sufrieron males", sino: Permanecerán en pie los justos. De la misma manera que el Señor cuando dijo: Bienaventurados los que padecen persecución, si no hubiera añadido: por la justicia 105, no designaría sólo a los que son coronados por su paciencia en el Señor, sino también a los que son castigados por leyes justas.

Por ello, si pensáis que estas palabras de los justos que se han escrito se refieren a vosotros, demostrad primero que sois justos. Tenéis asuntos importantes entre vuestras justicias que habéis de resolver: el haber dividido a Cristo, haber anulado los sacramentos de Cristo, haber abandonado la paz de Cristo, la guerra contra los miembros de Cristo, las acusaciones contra la esposa de Cristo, la negación de las promesas de Cristo. Estas son vuestras justicias, por las cuales os mantenéis con gran constancia frente a los que os angustiaron y robaron el fruto de vuestras fatigas.

Ahora bien, ya que habéis comenzado a jactaros, como de un acto de justicia, de vuestros suicidios, ¿qué justo podrá equipararse con vosotros? Entonces aparecerá sobre todo que debéis ser vengados. Pero mirad de quiénes; ciertamente, de los que os mataron. Luego la venganza consistirá en ser castigados, ¿y así os enfrentaréis a vosotros mismos? Y os enfrentaréis sobre todo vosotros que, cerradas vuestras hogueras os encontráis en crueles estrecheces, de tal modo que quien quiera socorreros no pueda entrar, y quien quisiere escaparse no pueda evadirse. No es posible que se mantengan con gran constancia al encontrarse con tan mala conciencia. A no ser que penséis que puede Dios perdonaros vuestros crímenes, porque vosotros mismos no os perdonáis ahora.

Por eso también algunas de vuestras religiosas encinta se lanzaron por los precipicios, y al deshacérseles el útero, con el crimen del homicidio descubrieron los crímenes de los estupros; pensaban que tomando contra sí mismas esta venganza, en modo alguno lo haría ya Dios. También vosotros pensáis que, del mismo modo, al daros muerte a vosotros se os puede perdonar todo lo que por el sacrilegio del cisma y la herejía pudisteis cometer: vuestras depredaciones, decapitaciones, extracciones de ojos, homicidios; finalmente, el rebautismo de los católicos

Pero os equivocáis; esto también lo pensó Judas. ¿O queréis añadir aún este documento, para que conozcamos con más seguridad que fueron más bien vuestros antepasados los traditores, ya que imitáis a Judas el traidor?

Crímenes confesados

XXXVII. 47. Por consiguiente, lo que intentasteis negar con todo empeño en la Conferencia, la veracidad de ciertos hechos, lo confirmáis con esto. De acuerdo con las actas, el obispo Segundo de Tigisi, entonces primado de Numidia, perdonó a los traditores confesos; y en presencia de aquellos a quienes absolvió en Cirta de crímenes manifiestos y confesados, junto con ellos castigó en Cartago como traditores a otros no convictos y ausentes. De ese crimen de haber entregado los Libros Sagrados no pudo justificarse el mismo Segundo ante la acusación de Purpurio de Limata cuando éste le dijo: "Qué hiciste tú cuando fuiste detenido por el curador y el consejo para que entregaras las Escrituras? ¿Cómo te libraste de ellos sino dando u ordenando dar cualquier cosa? Pues no te soltaban sin más ni más".

Esto fue lo que confesó sin ambigüedad Segundo en su carta a Mensurio, que vosotros presentasteis y leísteis: que no entregó nada, sino que vinieron a él de parte del curador y del consejo los perseguidores a los que se refiere la acusación de Purpurio, para que entregara las Escrituras; al pedírselas, él respondió: "Soy cristiano y obispo, no traditor", y que no quiso entregar nada en absoluto. Queréis que nosotros le demos crédito, cuando vosotros mismos veis no se puede creer que en plena persecución un obispo detenido o llamado para que entregara las Escrituras del Señor fuera puesto en libertad sin haberlas entregado. Vosotros os empeñabais en demostrar que no habían podido reunirse los obispos en tiempo de la persecución en la ciudad de Cirta para ordenar a un obispo.

¿Cómo arreciaba la persecución si un obispo pudo ser detenido para que entregara las Escrituras y ser puesto en libertad impunemente sin entregarlas? Y, sin embargo, al describir la ferocidad de la persecución de aquel entonces, gritabais que ni siquiera habían podido reunirse en concilio doce obispos para ordenar a otro y confeccionar aquellas actas en que se perdonaron mutuamente el crimen de la entrega, y confiaron al Señor el juicio en pro de la paz de la Iglesia. Y decís que ahora sufrís vosotros tal persecución cual no existió nunca, es decir, que os faltan lugares en que refugiaros y poder esconderos, cuando estáis celebrando concilios y ordenando obispos aun en lugar de aquellos que se abrasaron en sus propias hogueras, y tales, a su vez, que están dispuestos a perecer en ellas. Y en tiempo de persecución tan grande, como pensáis y de ello os jactáis, pudisteis reuniros más de treinta, donde estuvo también Petiliano, que vociferaba que en tiempo de la persecución no habían podido reunirse más de doce.

48. Además, en el mismo concilio establecisteis que quienes, obispos o presbíteros, contra su voluntad, han entrado en comunión con nosotros, con tal que no hayan ofrecido sacrificio o predicado al pueblo, podían recibir el perdón y ser recibidos con sus honores; de esta manera, con este decreto vuestro anulasteis enteramente toda la fuerza de vuestras calumnias. ¿Dónde queda ahora aquel vano discurso vuestro en el que afirmáis que los que no fueron traditores se hicieron tales al entrar en comunión con nosotros, ya que, según calumniáis, los que nos mancharon fueron los que entregaron los libros eclesiásticos bajo la presión de poderes impíos? ¿Cómo, pues, absolvéis ahora del crimen a quienes sabéis han estado en comunión con nosotros contra su voluntad, con tal que no hayan ofrecido sacrificio ni hayan predicado al pueblo? Como si aquellos primeros traditores no hubieran entregado entonces los códices contra su voluntad bajo el terror y el horror de crueles suplicios, cuales nadie os ha causado a vosotros en modo alguno ahora, o hubieran ofrecido allí el sacrificio o hubieran predicado al pueblo.

Veis, por consiguiente, que como vosotros pudisteis perdonar a quienes sin fundamento alguno acusáis de que nuestra comunión los hizo traditores, si hubieran hecho algo contra su voluntad, así según la misma regla pudieron perdonar a los verdaderos traditores en una necesidad mucho más apremiante. Mas, para condenar a otros ausentes y sin haberles interrogado previamente, se vieron forzados por la facción de los enemigos de Ceciliano, haciendo lo que de los tales dice el Apóstol: En lo mismo que juzgas a otro, a ti mismo te condenas, ya que haces eso mismo tú que juzgas 106.

49. Por todo ello, como los donatistas siempre tuvieron a bien darse muerte a sí mismos, y desde el principio fueron traditores, ¿qué tiene de particular que enseñaran a sus seguidores a amar la muerte del traditor? Mas para evitar tal semejanza, nunca o con muchísima dificultad se dieron muerte colgándose de una soga. Claro que es un recurso inútil, ya que el que forzó a hacer esto a Judas es el mismo que arrojó muchas veces al agua y al fuego al joven que curó el Señor 107, precipitó al mar la manada de puercos 108 y con mucha presunción sugirió al mismo Señor que se precipitase del pináculo del templo 109. Así pues, aunque sean tan diversos los modos en que vosotros os entregáis voluntariamente a la muerte, al daros muerte a vosotros mismos imitáis por inspiración diabólica al traidor. Y si vosotros no sois traditores, llevados por el abominable magisterio de los que lo fueron y crearon el cisma en que os encontráis de buen grado, os enseñaron con nefando magisterio a llevar a cabo en vosotros lo que llevó a cabo el traidor. Ahí tenéis la justicia con que os enfrentaréis a los que os apremiaron, de suerte que si se fueran a vengar vuestras muertes, sólo en vosotros mismos se podrían vengar con toda justicia.

50. Ahora bien, ¿cuáles son los frutos de vuestras fatigas que os jactáis de que os han arrebatado? ¿Es acaso injusto que las iglesias que fueron vuestras, cuando pasan a la paz católica, pasen con todas sus cosas? Si ellas se pasan a nosotros y vosotros queréis quedaros con sus cosas, sin duda pretendéis arrebatar las cosas ajenas. La madre Católica os dice ciertamente lo que dijo a algunos el bienaventurado Apóstol: No busco vuestros bienes, sino a vosotros 110. Sin embargo, ¿no es una contradicción por vuestra parte el echarnos en cara ambas cosas: que deseamos poseer vuestras cosas y os forzamos con violencia a estar con nosotros? ¿No os dais cuenta de la contradicción existente? Si os buscamos y os retenemos contra vuestra voluntad en nuestra comunión, ¿cómo podemos desear vuestras cosas, que no podemos tener si estáis en comunión con nosotros? Y si deseamos conseguir vuestras cosas, ¿cómo os buscamos a vosotros, hasta el punto de perderlas, si estáis en comunión con nosotros? Pero hemos de confesároslo: nuestro deseo se llama caridad; ésta es la que os busca entre nosotros, ésta desea encontraros, corregiros y asociaros a la unidad de Cristo. Si tememos que os queméis en vuestras hogueras es porque hervimos en ese fuego. La caridad nos hace arder, de modo que no sólo no deseamos vuestras cosas, sino que deseamos que poseáis con nosotros aun las nuestras. Reconocedlo, venid, y no perezcáis; o si tenéis reparo en venir espontáneamente, ayudamos a vuestra debilidad a fin de que la caridad no pierda nada. He aquí que deseamos teneros, ¿por qué os dais prisa en arder? Os tenemos para la vida, os tenemos para la salvación, os tenemos para la unidad, la verdad, la suavidad de Cristo; y si no queréis venir espontáneamente, os empujamos a entrar en el festín de tan gran padre de familias.

Los católicos no buscan sus bienes

XXXVIII. 51. Se combate por la justicia, no por el dinero. Estad precavidos, no sea que mientras pensáis que se refiere a vosotros lo que está escrito: Entonces los justos se enfrentarán con gran constancia a aquellos que los angustiaron y robaron el fruto de sus fatigas 111, no os suceda eso respecto a los frutos de vuestros trabajos, sino más bien lo que está escrito en otra parte: Los justos comerán los trabajos de los impíos 112. No se enfrentarán ciertamente a vosotros los maximianistas, cuyas basílicas arrebatasteis cuando os fue posible; tampoco los paganos, cuyos templos abatisteis, cuyas basílicas destruisteis donde pudisteis, lo cual también hicimos nosotros; ni los músicos de los demonios, cuyas flautas y pedales quebrasteis, lo cual hemos hecho también nosotros.

De ese modo ni vosotros os enfrentaréis a nosotros. En todos estos casos no se desea robar, sino que se echa por tierra el error. De la misma manera, pues, que no se enfrentaron los cananeos a los israelitas, aunque los israelitas les arrebataron sus frutos, pero sí Nabot a Acab, porque fue obra de un delito, no de un mandato, el que el injusto arrebatase los frutos al justo. De idéntica manera los herejes no se enfrentarán a los católicos cuando en asuntos de herejes se cumplen los mandatos del imperio cristiano; ni los católicos arrebatan los bienes de los herejes, sino más bien los buscan y los guardan para, en cuanto sea posible, devolvérselos en abundancia si se corrigen.

En cambio, sí se enfrentarán los católicos no sólo a los gentiles, quienes despojaron a los verdaderos mártires, sino también a los circunceliones de los donatistas, porque también ellos les arrebataron los frutos de sus trabajos. Pero sobre los frutos pecuniarios la cuestión resulta más fácil si aquellos cuyos eran pasan a la paz católica. De hecho, a diario, si alguno pasa a nosotros, devolvemos el dinero, los vestidos, los frutos, los utensilios, los campos, las casas de los vuestros; vosotros, en cambio, ¿cómo nos vais a devolver los miembros de los nuestros?

52. Ea, pues, despertad de una vez, y observad que ni vosotros sois de quienes se dice, ni nosotros de los que dicen: Estos son los que en otro tiempo fueron el blanco de nuestros escarnios 113, ya que más bien hacemos llanto sobre vosotros. Vosotros no sois contados entre los hijos de Dios, a no ser que alejándoos del partido de Donato os adhiráis a esta Iglesia que el Hijo de Dios nos presenta como la anunció. Tampoco está vuestro lote entre los santos, sino entre los herejes. Pues respecto a lo que pensáis que dirán los otros sobre vosotros: Insensatos de nosotros, su vida nos parecía una necedad 114, me maravilla que seáis tan insensatos que no lo digáis ahora vosotros de vosotros mismos.

Los inmundos y los infieles dirán entonces estas cosas a los fieles verdaderos y santos; a aquellos de los que piensan ahora que son unos insensatos al no querer disfrutar de los placeres que se les presentan, mientras creen lo que no ven. Pero vosotros llegáis a una locura más desesperada si no tenéis como una insensatez, no digo vuestra vida, sino esta vuestra muerte que ciertamente os queréis causar. Y aquellas palabras: Luego, descarriados, nos hemos salido del camino de la verdad 115, etc., no serán solamente vuestras, sino sobre todo vuestras. Pues os extraviáis, como es manifiesto, del camino de la verdad y no brilla para vosotros la luz de la justicia, os fatigáis en el camino de la iniquidad y de la perdición, y recorréis caminando las soledades difíciles, pero ignoráis el camino del Señor. Y lo que sigue: ¿De qué nos ha servido la soberbia? O ¿qué provecho nos ha traído la vana ostentación de nuestras riquezas? Pasaron como una sombra todas aquellas cosas 116, no sé si habrá alguno entre todos que pueda decirlo más propia y convenientemente que tu predecesor Optato. No os tengáis por lo que no sois; ni perezcáis como sois, ya que no es la fe sino vuestro error perverso el que os exhorta no a morir de buen grado por Dios, como dices, en esta persecución, sino a soportar indignamente con vuestros hechos la persecución por Donato.

Traten de enmendarse para no sufrir el castigo

XXXIX. 53. Texto de la carta: "(con otra mano) Te deseo que amanses tu ánimo incólume con la visión de la verdad, y te abstengas de dar salida a inocentes".

Respuesta a esto: Vosotros sois más bien los que tenéis que amansar vuestro ánimo con la visión de la verdad, no sea que se ensañe tanto que ni a vosotros os perdone. ¿Se puede, en efecto, encontrar fácilmente algo más manso que el destinatario de esta carta, quien os ha invitado a la vida, y, si no la queréis vivir con nosotros, os ha dejado libertad para huir? Vosotros sois los duros con vosotros, vosotros los inexorables, vosotros los crueles sin consideración alguna hacia sentimientos de humanidad; vosotros los que hacéis en vosotros lo que acostumbran a hacer en sus enemigos los amantes de los errores y perseguidores de los hombres, hasta el punto de ser lo que lamentan con toda amargura los que persiguen los errores y aman a los hombres.

¿Por qué motivo deseas que se abstenga de dar salida a inocentes? Vosotros ciertamente no sois inocentes; con todo, el tribuno os proporcionó la oportunidad de escapar, pero queréis proporcionaros la muerte. Quiero pensar que el ignorar la palabra te engañó, y queriendo expresar la muerte, hablaste de salida. Y así, al exhortar con deseos de que el ejecutor de las leyes imperiales economizara las muertes de los inocentes, lo que pretendes es que perdone a los mentirosos y permita sean engañados impunemente los inocentes. ¿Qué otra cosa se sigue sino que aquel a quien tú piensas que le deseas el bien no ha de guardar su fidelidad ni a Dios ni a su emperador, ya que según vuestra justicia, no la verdadera, semejantes causas no deben caer bajo el cuidado de los emperadores para que se cure la división calumniosa, y sí, en cambio, para que se confirme una vez realizada?

Si esta doctrina, que no habéis aprendido en las santas Escrituras, sino ignoro dónde, os parece justa y según ella estas cosas no caen bajo la potestad imperial se les debía haber ocurrido a vuestros antepasados cuando, acusándolo, sometieron al juicio del emperador Constantino la causa de Ceciliano. Ahora bien, como los leones no perjudicaron a Daniel 117 por su inocencia, pretendéis que se perdone a los que, calumniándole, lo arrojaron a los leones. Pero no juzga como el hombre Dios, en cuyas manos está el corazón del rey y lo inclina a donde le place. Y cuando el corazón del rey es infiel, los buenos son ejercitados o probados, pero cuando es fiel, los malos o se corrigen o son castigados. Cuál de estos dos extremos prevalece en vuestra causa, ya lo he expuesto suficientemente, y suficientemente he respondido a tu carta sin pasar por alto lugar alguno; lo cual confío que por la misericordia de Dios ha de aprovechar a algunos de entre vosotros, y ¡ojalá también a ti!

54. Si te preparas para responder algo a todo esto, te ruego que leas las cuestiones que fueron tratadas con Emérito, a las cuales no pudo responder él, por ver si acaso tú puedes, como ya te recomendé más arriba lo intentases. También traté con él la causa de los maximianistas, respecto a la cual nada respondisteis a las objeciones que tantas veces os propusimos en la Conferencia, porque en cuestión tan manifiesta y reciente no pudisteis encontrar nada que responder: cómo Maximiano, a quien heristeis con una sentencia mucho más grave que a Ceciliano, hasta llamarle ministro de Datán, Coré y Abirón, a quienes la tierra tragó vivos por el crimen del cisma, no contagió a sus socios de cisma, a los que concedisteis un plazo para tornar a vuestra comunión; cómo no contagió un africano a africanos, un vivo a vivos, un conocido a conocidos, un socio a los otros socios, y en cambio contagió Ceciliano a los transmarinos, a los que habitan lejos, a desconocidos, a quienes aún no habían nacido.

Halla, si puedes, qué decir sobre cómo aceptasteis en su dignidad a Feliciano y a Pretextato de Asuras, a los cuales junto con Maximiano y otros doce condenasteis sin otorgarles plazo alguno, contra los cuales, para expulsarlos de sus basílicas, os querellasteis ante dos o, si no me equivoco, ante tres procónsules; y cuando ya habíais ordenado a otro en lugar de Pretextato, lo recibisteis, después de tan largo tiempo, en sus honores. ¿Con qué justicia, con qué razón, con qué cara se recibe en su dignidad al condenado Maximiano, y se condena sin interrogarlo al orbe de la tierra? ¿Con qué justicia, con qué razón, con qué cara afirmáis que hay que estar precavidos para que no contagie Ceciliano, tiempo ha ya muerto y totalmente desconocido para vosotros, condenado una vez siendo vuestros antepasados los jueces y absuelto tres veces siendo ellos mismos los acusadores; y no juzgáis que debéis precaveros contra el contagio de Feliciano, condenado por la boca de vuestro concilio universal, y recibido por todos vosotros sobre todo con el amparo de tu predecesor? ¿Con qué justicia, con qué razón, con qué cara anuláis el bautismo que dan las Iglesias que plantaron los apóstoles con sus fatigas, habiendo recibido el bautismo que dieron fuera de vuestra Iglesia Feliciano y Pretextato durante tiempo tan prolongado, cuando os querellabais contra ellos, a quienes habíais condenado?

En efecto, si como soléis comprender mal y echarnos en cara a nosotros, debe entenderse así lo que está escrito: A quien es lavado por un muerto, ¿de qué le aprovecha su baño? 118, entre esos muertos se encontraban, cuando bautizaban, éstos sobre los cuales resonó con tal estrépito vuestra sentencia de Bagái: "Conforme al ejemplo de los egipcios, las orillas están rebosantes de los cadáveres de los muertos; en la misma muerte tienen un castigo más grande, ya que, expulsada el alma por las olas vengadoras, ni siquiera logran encontrar sepultura". ¿Qué diréis a esto? He aquí que los muertos bautizan a los que vosotros recibís y, sin embargo, no morís; y nos calumniáis a nosotros como si estuviésemos muertos, de tal modo que, no queriendo estar en comunión con la Iglesia católica, morís verdaderamente en vuestras hogueras.

Responde a todo esto; tienes tiempo para pensar lo que quieras decir. Concedámoste al menos en esto cierto favor: mientras piensas cómo has de responder, no piensas en modo alguno cómo te vas a quemar. Pero no quiero que, por no tener qué decir, pienses que has de repetir aquel principio ya agotado y desvirtuado que acostumbráis: "Si somos tales, ¿por qué nos buscáis?" Respondo: La Iglesia católica debe buscaros con más razón, ya que perecisteis, si vosotros, perdidos, buscasteis a los maximianistas perdidos. Sacándolo del fondo de vuestro corazón nos decís: "¿Por qué nos buscáis a nosotros, reos de tantos y tan grandes crímenes?" Pero nosotros os respondemos con las palabras del libro de Dios: porque la caridad cubre la multitud de los pecados 119.